Mapa del sitio

Quienes somos

Comuníquese con nosotros

  Tema Psicoanálisis    Ver todas las notas de esta sección


El grito y la Cosa

Christian Oddoux

  El yeso te dice siempre: ¡sigue, sigue! El mármol te dice siempre: ¡detente, detente! ; Ipousteguy.

«Yo no sé si a los deseos inconcientes hay que reconocerles realidad», nos dice Freud en las últimas líneas de La interpretación de los sueños (1). De este modo nos deja en suspenso entre realidad psíquica y realidad material, que es preciso no confundir, agrega. La voz de Freud, que así se abre sobre una doble cuestión, ¿no da testimonio también de una insatisfacción duradera, tomada ella misma como «fragmento de realidad»? A esta realidad, cuando llega al análisis de la repetición, Freud la atribuye al instinto de muerte, «estructura última y punto de fuga de toda realidad que se pudiera alcanzar». También experiencia de división, acto tras acto, en que sabemos bien que, como entre pincel y acto, zafa, para dejar su incisión en el texto de las reminiscencias, un poder de aprehensión que nos reduce a inventar, a construir y aun a interpretar (2) experiencias de rupturas de un saber de siempre, puesto en falta. Corte y también testimonio, para el analista, de que es extrapensamiento donde opera esa zafadura.

Por otra parte, aun después de reconducir la "inspiración" al concepto operatorio de «proceso primario» (3), Freud no insiste menos en esa manera que el poeta tiene de poner la «verdad en abismo», condición que es la misma para nosotros, analistas, como silencio entre saber y sexo, de una posible restitución de ese «fragmento perdido de una historia vivida» (4) el grano de verdad que todo delirio oculta (5). ¿Acaso no es el silencio el campo de las libres asociaciones o no es la llave de una neutralidad que asaz a menudo se experimenta como malévola? Garante de esto, al menos, es que «precisamente porque algo ha sido anudado a la palabra, el discurso lo puede desanudar»(6); y que «un discurso vacío murmura por encima de los actos humanos, vueltos impenetrables, por la imaginación de esos motivos que se han hecho irracionales precisamente en tanto están racionalizados sólo en la perspectiva yoica del desconocimiento»(7). Helo ahí, entonces, a ese silencio, simulante también del objeto en psicoanálisis, es decir: en tanto «hace las veces de nada»; y que por lo mismo atestigua que se trata del psicoanálisis, experiencia de lo real, o sea «de lo que no puede no ser».

Desde la carta 52 a Fliess, Freud muestra el objeto ligado, íntima e irremediablemente, a la dimensión del tiempo; es que está tomado como objeto primordial de una primera aprehensión de la realidad, como experiencia de desprendimiento. Certidumbre y Urgencia son aquí lo mismo, y el objeto no de-viene si no es con el dolor. Leyendo a Freud vemos bien que grito y silencio se mezclan aquí, como se mezclan «al lado» y «similitud», «separación» e «identidad», cuando la experiencia primera del prójimo promueve su envés: el extraño. Así el Grito constituye el abismo en que el silencio se precipita, nos dice Lacan (8) por ese agujero, central al sujeto, que es el objeto del deseo. Esto ha sido representado topológicamente por la figura del toro, superficie constituida por las espiras de la demanda, trayecto pulsional cuya escritura (Sujeto tachado losange Demanda) es igualmente válida para el Grito. Sobre esta escritura (Sujeto tachado losange Demanda), Lacan recuerda que «si es justamente en correlación con la demanda donde por primera vez aparece el sujeto tachado, he ahí algo que tal vez no deje de guardar relación con esta función del silencio»(9). «El silencio -prosigue-: es notable que para ilustrárselos a ustedes yo no haya encontrado nada más acorde a mi opinión que eso que ustedes han visto y que se llama el Grito... ¿Quién lo oiría, a ese grito que nosotros no oímos, sino justamente porque impone ese reino del silencio que parece subir y descender en ese espacio a la vez centrado y abierto?»(10).

Leamos ahora a Freud en el «Proyecto»: «Toda vez que ante el dolor no se reciban buenos signos de cualidad del objeto, la noticia del propio gritar sirve como característica del objeto» (11).

Del agujero, el grito recibe su carácter primordial. Por eso da testimonio para un sujeto de aquello que lo constituye como primer exterior, aunque íntimo. Momento y lugar de un entre sujeto/extra sujeto, que Lacan situará con das Ding como «extimidad». Digamos que ahuecando el ser hablante como Razón, ni siquiera tendría que ser pronunciado; de donde, quizá, la pertinencia de esta frase de Georges Bataille: «La verdad, que únicamente el silencio no traiciona». Porque, sobre un fondo de silencio, la verdad, se sabe, habla en la Cosa (das Ding). Esta cosa, realidad muda, paradójicamente, habla de ella misma y da testimonio de un vacío central en el orden de la palabra, parte maldita y para siempre perdida en nuestra relación con el otro: son esos cortes, discontinuidades, que aseguran cuasi continuidad entre Uno y Otro.

Como contrapunto, por otra parte, he aquí la conclusión de «Nota sobre la "pizarra mágica"»: «Hago que las interrupciones, que en la pizarra mágica sobrevienen desde afuera, se produzcan por la discontinuidad de la corriente de inervación; y la inexcitabilidad del sistema percepción, de ocurrencia periódica, remplaza en mi hipótesis a la cancelación efectiva del contacto. (...) Trabajo discontinuo del sistema P-Cc en que se basa la génesis de la representación del tiempo»(12). Esta concepción del tiempo como espacio-tiempo es para nosotros esencial. Sabemos que llevó a Freud, apoyándose en el concepto de nachträglich, a introducir modificaciones fundamentales en su teoría. Este concepto de «aprés-coup» es inherente, según señala Lacan, al paso de una segunda a una tercera dimensión como producción de un espacio real: el volumen. De un vacío central rodeado de planos dan testimonio la arquitectura, la escultura. Por otra parte, si esta última tiene algo en común con el psicoanálisis, nos dice Freud, es que ella y este proceden «por sustracción», arrancando a la piedra bruta todo lo que recubre la superficie de una forma que ella contiene.

Soldando grito y silencio, una discontinuidad, entre los paneles de un políptico, está Eón, forma vacía del tiempo de algo siempre ya pasado y no obstante eternamente todavía por venir (13). Ahí se sitúa el límite entre simbólico y real, indicador geométrico para la Cosa, que el autor aprende a ceñir tan de cerca que termina por destinarse a fijar ese desfallecimiento imaginario que le es propio bajo la forma de la ilusión. Esto por el desvío de su técnica, que, como tekné, es cuestión de armazones; escuchemos entonces a Henry Moore en sus «Propos sur I'os»: «El primer agujero cavado en un bloque de piedra es una revelación. El agujero liga una parte con la otra, poniendo de manifiesto el carácter tridimensional del conjunto. Un agujero puede tener una significación formal tan importante como la masa sólida. Cuando comprendí el papel del espacio en la escultura, consideré el agujero como una forma que tenía su propia existencia a expensas del cuerpo sólido, devorándolo casi, a punto tal que, a veces, este no es más que la cáscara de un agujero» (14).

Cada muesca es accidente, alianza del hacer y del tiempo. De huella en huella, de caída en caída, sin que empero en ninguna parte el objeto sea aprehensible, aquello que en definitiva se aprese se asirá más vivamente que lo otro que se procuraba, siempre marcado por un agujero de silencio, agujero en el corazón del espíritu humano, que, para Lao Tse, contiene el vacío merced al cual el retorno es posible.

 

Debate: Muriel Chaperon, Jacques Sédat

M. CHAPERON: Con pocas palabras, me pareció que era llegado el momento de saludar, no tanto el silencio que G. Bataille califica de deslizante, cuanto ese deslizamiento del silencio en el lugar del intervalo analista-analizando. Me gustaría decir que el grito es siempre huella de lo real, se trate de un grito mudo o de un grito portado por el aliento. Mudo, el grito es ese agujero que la imagen de la carne en las pinturas de Bacon evoca tan bien, o es esa boca abierta de Medusa. El agujero del grito petrifica -invoco aquí la erección-, trae consigo la caída del cuerpo como si volviera a la cosa y ahuecara la palabra. Con el grito, el cuerpo se expulsa de sí mismo y provoca el silencio. Articularé ahí mi interrogación: el grito no sería solamente un primer objeto, como lo dice Freud, o un simple abyecto, según lo refiere Kristeva, sino que sería productor de un silencio. De un silencio que es preciso entender como el encuentro fallido del analista y del analizando..

J. SEDAT: Quisiera, en el marco de nuestra jornada dedicada al silencio, introducir una reflexión sobre el lenguaje, la palabra y el discurso. Muy a menudo no sabemos a qué función corresponde cada uno de estos términos, que designa una instancia diferente a que el hombre está sometido. Un texto, el nombre de cuyo autor callaré por el momento, muestra el nexo del hombre con el lenguaje:

"El hombre se conduce como si fuera el creador y el amo del lenguaje; por lo contrario, este es y no deja de ser su soberano. Cuando esa relación de soberanía se invierte, extrañas maquinaciones acuden a la mente del hombre. El lenguaje se convierte en un medio de expresión. Como medio de expresión, el lenguaje puede descender al nivel de un simple medio de presión. Es bueno que aun en tal utilización del lenguaje uno cuide sin embargo su habla; pero este cuidado, por sí solo, nunca nos ayudará a poner remedio a la inversión de la verdadera relación de soberanía entre el lenguaje y el hombre. Porque en el sentido propio de los términos, la lengua es la que habla. El hombre habla solamente en tanto responde al lenguaje escuchando lo que este le dice. Entre todos los llamados que nosotros los hombres podemos contribuir a hacer hablar, el del lenguaje es el más elevado y es, dondequiera, el primero. El lenguaje nos hace signos y él es quien, el primero y el último, conduce así hacia nosotros el ser de una cosa".

Este texto, que es de 1951 y, por lo tanto, prácticamente contemporáneo del informe de Roma, no es un texto de Jacques Lacan, sino de alguien a quien Lacan leyó mucho y aun trató: Heidegger. En su conferencia «El hombre mora en poeta», Heidegger muestra al hombre totalmente sujeto a un lenguaje que se hace palabra. El discurso que el hombre mantiene no es en cierto modo sino la respuesta segunda al lenguaje en la medida en que se deja llevar por él. De la misma manera que el lenguaje nos conduce hacia el ser de la Cosa, como dice Heidegger al final de su texto, el lenguaje nos entrega el silencio de la Cosa o bien, para retomar sus términos, «el ser transparente de la cosa, y ello de manera directa y definitiva, como se entrega un objeto listo para el uso».

 

Notas:

(1) En OC, vol. V, 1979, pág. 607.

(2) Cf. J. Derrida, «Le colossal»: La vérité dans la peinture, Ed. Champs Flammarion, pág. 144.

(3) S. Freud, «El creador literario y el fantaseo», en OC, vol. IX, 1979, pág. 135.

(4) S. Freud, «Construcciones en el análisis», en OC, vol. XXIII, 1980, págs. 269-70.

(5) S. Freud, El delirio y los sueños en la «Gradiva» de Jensen, en OC, vol, IX, 1979, pág. 67.

(6) J. Lacan, Les formations de l' inconscient, seminario inédito, lección del 6 de noviembre de 1957.

(7) Ibid.

(8) J. Lacan, Problèmes cruciaux pour la psychanalyse, seminario inédito, lección del 17 de marzo de 1965.

(9) Ibid., lección del 10 de marzo de 1965.

(10) Ibid., lección del 17 de marzo de 1965 (las bastardillas son nuestras).

(11) S. Freud, «Proyecto de psicología», en OC, vol. 1, 1982, pág. 415.

(12) S. Freud, «Nota sobre la "pizarra mágica"», en OC, vol. XIX, 1979, pág. 247.

(13) G. Deleuze, F. Bacon, Logique de la sensation, París: De la Différence, 1981.

(14) H. Moore, «Propos sur I'os» (inédito).

Texto extraído de "El silencio en psicoanálisis", varios, bajo la dirección de J.D. Nasio, Págs. 145/150, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1988.

Selección y destacados: S.R.

 

 

  

 

copyright 2004 Con-versiones.com Todos los derechos reservados.