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Hitler: ¿histérico?

Diane Chauvelot

Hitler

 

¿Y la histeria ahora?

Al plantear así la pregunta, su signo de interrogación la convierte en absurda.

¿Por qué preguntarse si ha desaparecido o ha cambiado?

La histeria hay que considerarla como estructura, no como enfermedad. En tanto que tal, es un efecto de la estructura de lo inconsciente que depende a su vez del lenguaje: en tanto que seamos seres hablantes, nuestro inconciente podrá proveerse de una estructura histérica.

En caso de frustración, de agresión, de decepción, de sufrimiento, la estructura histérica en lugar de acudir a la cólera -momento donde lo inconsciente puede liberarse de sus constricciones-, elige una sintomatología, una enfermedad para hablar. Pero no elige cualquiera: se trata de una enfermedad que choca con el entorno, que hace de la histérica un centro de interés, de inquietud y de solicitud, una enfermedad de la que se habla, que los demás conocen y temen.

¿Qué histeria hay, hoy, que se pudiera expresar por alaridos de posesión o dolores de la crucifixión? Esos medios están pasados de moda. Una histérica sabe bien que este tipo de síntomas la harían pasar por loca, simplemente.

Las manifestaciones de la histeria siguen la evolución cultural, social, y son fieles a la moda.

Son un reflejo posible de la impregnación de toda la psique por el lenguaje. Los animales domésticos que se bañan en el lenguaje humano son capaces de histeria.

En la medida en que reina el lenguaje, la histeria seguirá estando viva: es la enfermedad humana, por excelencia.

En el siglo xx, ¿cómo va a gritar?

¿Sola, con la voz de un gran enfermo, o colectivamente, como hace con ocasión de las cruzadas o de las posesiones?

De las dos maneras.

 

Hitler, ¿histérico?

La primera mitad de nuestro siglo ha conocido un movimiento de masas terrible, centrado en el odio y la erradicación sistemática, casi industrial, de grupos étnicos, ordenado por una voz que ruge órdenes mortíferas.

No se trataba de «Dios lo quiere, vayamos a liberar la tumba de Cristo que cayó en manos de los infieles y que perezcan todos los que quieran impedírnoslo», sino, más globalmente, y sin la sombra de ninguna preocupación altruista por la gloria de Dios: «los judíos, y de forma subsidiaria los gitanos y algunos otros, son responsables de nuestra derrota y se ensañan en nuestra pérdida: matémosles a todos»

Este movimiento de masas tenía el aspecto de las grandes oleadas histéricas de la Edad Media, pero era la primera vez que el genocidio quedaba elevado a la nobleza de una virtud colectiva y nacional.

El exterminio que humilla aún a la humanidad hoy en día se debe a un personaje del que tenemos derecho a preguntarnos: ¿tuvo algo que ver con la histeria? Es desde ese punto de vista desde el que le consideramos aquí. No se trata de un estudio psicológico, psiquiátrico o psicoanalítico del personaje Hitler. Existen miles, de los que hay cientos en cada librería (1): todo ha sido dicho, en todas las lenguas.

Cuando uno se acerca a esta historia, se atribuyen a Hitler todas las neurosis posibles, psicosis diversas y monstruosas, perversiones para hacer enrojecer al «divino marqués».

En esta variedad de síntomas no deja de confortar la hipótesis de un Hitler histérico. Naturalmente, no una histeria pequeña comportamental, sino una verdadera locura histérica.

Un historiador americano, Rudolph Binion (2), aporta elementos que nos permiten hacer entrar la locura de Hitler en el cuadro de la estructura histérica, y eso no por una vaga intuición clínica sino según hechos reales que han dejado huellas, a pesar del cuidado del Führer en borrarlas todas.

Hitler tuvo como síntoma una ceguera histérica de la que fue curado por una psicoterapia, lo que implica, sin tergiversación posible, que se trataba de algo histérico.

Que, para algunos, esta psicoterapia -que nada le debe a Freud- haya sido más que un estallido del momento fecundo inaugurante de un delirio paranoico es una hipótesis seductora; pero tenemos igualmente derecho a mantener que esta psicoterapia ha curado la ceguera, lo que marca el diagnóstico de histeria.

Reconsiderando todo lo que se ha dicho y escrito a propósito de la infancia de Hitler, vuelve otra vez la misma pregunta: ¿Cómo de simples personas como los padres de Adolf -él, Alois, empleado de aduanas austríacas, la imagen de un padre un poco demasiado tiránico, y ella, Klara, dedicada a su marido, a sus chicos y a su casa-, cómo estos padres tan convencionales han podido alumbrar un monstruo? Es que la vida no se priva de ocultar cadáveres en los armarios: cuando Adolf nació, Klara acababa de perder, uno tras otro, tres niños enfermos de difteria: Gustav con dos años y medio, Ida con un año y medio y Otto con unos días. Después de dos años sin maternidad -una vida de duelo y de esterilidad voluntaria, dicen algunos autores-, el nacimiento de Adolf supuso para Klara la angustia constante de perderlo. Esperó cinco años para dar vida a Edmundo, que a su vez moriría, pero de la rubéola, a los seis años. Por último nació una chica, Paula, que sobrevivió como su hermano Adolf Seis nacimientos, dos hijos.

Erich Fromm publicó en 1973 un estudio psicoanalítico en el que da una interpretación propia de la personalidad de Adolf Hitler. Es, sin duda posible, un caso de «necrofilia maligna» (3). Se basa sobre los numerosos trabajos relativos a la infancia y la vida de Adolf Hitler, utilizando además una relación personal que pudo establecer con Speer, antiguo ministro del Tercer Reich y amigo íntimo de Hitler. Y esta excelente documentación nos informa de esto:

En dos momentos de su vida, Hitler presentó crisis convulsivas localizadas a la altura del brazo izquierdo. Es la sintomatología epiléptica bravais-jacksoniana. En esas dos ocasiones se enfrentó con la muerte de otros o con un fracaso personal. La primera vez, en noviembre de 1923, cuando muchos de sus cómplices murieron con ocasión del complot fallido; la segunda, cuando se enteró de la derrota de Stalingrado. El origen psicógeno de estas crisis epilépticas parece marcado.

Si estas crisis epileptiformes hubieran sido explicables por causas orgánicas, o bien habría comenzado un tumor cerebral en 1923 y no habría tenido tiempo de convertirse en Führer, o bien habría sido un comicial -cosa que no pasa desapercibida- y lo hubiera seguido siendo toda su vida. Estas manifestaciones en apariencia bravais-jacksoniana no podían ser orgánicas; en consecuencia, Hitler ha pasado a formar parte de la cohorte de histéricos a los que una perturbación les empuja a manifestaciones convulsivas.

Pero a los que esperan argumentos suplementarios, aquí están los testimonios concluyentes debidos al trabajo de Rudolph Binion que Sean Wilder hizo conocer en un artículo en la revista Dire.

Klara se mantiene apasionadamente vinculada a su único hijo que no ha perdido, Adolf Cuando ella se pone enferma, este hijo naturalmente amante -aunque la cosa ha sido muy controvertida- hace venir a su cabecera al doctor Eduard Bloch, un médico judío muy estimado pero con los honorarios muy altos. El diagnóstico de cáncer de mama se plantea, con su pronóstico fatal. El médico refiere no haber visto nunca un joven tan desesperado por la enfermedad y la muerte inminente de su madre que este. Lo sabemos por el estudio de Binion y por los recuerdos públicos en 1953 de August Kubizec, un amigo de infancia de Hitler, que certifica no haberle visto nunca en un estado parecido de pasión anteriormente: «Al volver de la consulta de Bloch, Hitler gritaba: "incurable.... incurable, ¿qué quiere decir eso? No que la enfermedad sea incurable, sino solamente que los médicos son incapaces de curarla". Y el fuego le subía a las mejillas, y la cólera flameaba» . La amputación se planteó con urgencia, pero no tuvo el efecto deseado: la enfermedad se extendía dolorosa y Klara suplicaba que la calmaran. Bloch propuso con reticencia un tratamiento por aplicación de gas con yodoformo, sin ocultar el peligro de envenenamiento posible. El hijo, enloquecido por los sufrimientos de los que era testigo, insistió en ese tratamiento. La acción nociva del yodoformo, al envenenar las funciones renales y hepáticas, aceleró el fin fatal sin haber aportado alivio alguno.

El joven Hitler se sintió enormemente responsable, sin manifestar rencor hacia el doctor Bloch, al que por otra parte, más tarde, una vez que se convirtió en jefe, ayudaría a abandonar el país.

La búsqueda de los significantes es apasionante: este es el trabajo de Sean Wilder en su artículo. Retengamos únicamente las evidentes homofonías entre jod (yodo) y jud (judío); gaze (la gasa) y gas (el gas).

Así, el 15 de octubre de 1918, Adolf Hitler es gaseado con hiperita en el frente de Flandes. Es quemado y cegado, repatriado e internado en el hospital militar de Pasewalk, cerca de Berlín. Allí le curan y recupera normalmente el uso de sus ojos. Pero el 11 de noviembre de 1918 el capellán del hospital anuncia a la vez la noticia del armisticio y la revolución que estalla en Berlín.

Sobrecogido por un rapto de desesperación, Hitler se vuelve a quedar ciego.

La intensidad inesperada de esta desesperación y la vuelta de la ceguera impresionaron a los médicos del hospital, que llamaron a un profesor de la facultad, el psiquiatra Edmund Forster, especialista en «histerias de guerra».

Rudolph Binion ha sido uno de los primeros, con Ernst Dauerlein, en los años 1970, en subrayar que algo crucial pasó en Adolf Hitler en su estancia en Pasewalk. Mientras que nunca dejó de informar alegremente de los múltiples recuerdos de su hospitalización de herido de guerra, no hizo jamás alusión a su tratamiento psiquiátrico y nunca evocó al doctor Forster. Por el contrario, en el relato de su herida y su curación a un biógrafo autorizado no solamente borró la existencia del psiquiatra, sino que lo reemplazó por una imagen de madre consoladora, una enfermera que «sostiene a este soldado ciego y lleno de espasmos en sus brazos». Ella va a decir las palabras que le curarán.

Antes de su herida por gas, Hitler aparecía como alguien modesto, servicial, incluso tímido, aunque valiente como soldado.

Incapaz de hablar en público, se animaba con enfados contra los derrotistas, los «rojos» y los jesuitas; era conformista aun cuando se enfadaba. A la salida del hospital era otro hombre distinto: una nueva voz, una nueva mirada, un gusto por la diatriba en un tono que fascinaba a sus oyentes. En síntesis, tenía el carisma y el tono de sus futuros discursos. El antisemitismo estaba presente en todas sus intervenciones.

¿Qué había pasado? Pues bien, precisamente aquello de lo que nunca quiso hablar: su psicoterapia con Edmund Forster.

El método de Forster no agradaba a sus colegas, obligados a apoyar muchos logros terapéuticos pero admirándose de ver a los antiguos pacientes que manifestaban gratitud y estima a este médico que no había dudado en injuriarles, incluso en maltratarlos. Pues asi era, robusta y directa, la terapia del doctor Forster. ¡En todo caso, no debía nada a Freud! Maltrataba a sus pacientes si la sugestión o el hipnotismo no bastaban: tenía que imponer su concepción del estado patológico incriminando al enfermo y, para hacer esto, le amenazaba: no era de cuidados de lo que tenía necesidad sino de un consejo de guerra y del tribunal militar. La enfermedad en cuestión no era tal, no se debía más que a la debilidad y al carácter quejumbroso, y no tenía más que una meta: alejarle de su deber de soldado.

Se encuentra con mucha precisión este tipo de discurso en un pasaje de Mein Kampf:

"Cuando en los últimos días de la lucha terrible el gas rampante empezó a atacarme y a atormentar mis ojos, y cuando por miedo a quedarme ciego para siempre experimenté un momento de desesperación, la voz de la conciencia me gritó: ¡miserable, te atreves a lloriquear cuando hay miles que sufren cien veces más que estos dolores tuyos!

Rudolph Binion no deja de hacernos notar: «aquí se escucha la voz de Forster».

¿Qué poder ha tenido entonces esta voz de Forster? ¿Qué marca ha dejado en el inconsciente del paciente, además de la curación deseada? ¿Qué discurso ha podido tener? Lo explica él mismo: «Si empleo el método de la sugestión, para lo que saben los pacientes, me sirvo de él no como un medio de curación de una enfermedad, sino que les digo que este método prueba únicamente que no están enfermos; porque si lo estuvieran no servirían para nada» (2). Discurso peculiar de una terapia lograda como contraejemplo. Forster ha utilizado el fanatismo patriótico de su paciente contra su propia enfermedad. La alteridad entre el médico y su paciente falla completamente en esta relación artificial que ilustra el peligro extremo de la utilización del «yo fuerte» del terapeuta. Pues sale curado de su ceguera, Hitler sale alienado en su propia personalidad, como explicará él mismo con lirismo:

"El que ha sido condenado a la noche eterna, quien había sufrido su gólgota... la crucifixión espiritual y física... la muerte como muerte de cruz... ¡se convierte en alguien clarividente! Un guerrero desarmado había sido llevado a la enfermería de este pueblo de Pomerania. Un guerrero en pie sale en grandes zancadas al mundo germánico alienado. Está armado hasta los dientes de fe, voluntad y confianza en la victoria, ¡armas invencibles! ".

Forster no pasó por alto tomar notas y redactar una observación sobre el caso de ceguera histérica de Adolf Hitler. Este dossier formaba parte de los archivos del hospital. Desde 1933 desaparecieron por orden del Führer. Fueron conservadas copias por Canaris, jefe de los servicios secretos de la Wehrmacht, así como por Himmler hasta el año 1940. Pero en los archivos nazis capturados después de la guerra no se encontró ni rastro.

Con el ascenso de Hitler al poder. Forster se sintió en peligro. Efectivamente, había tenido que redactar igualmente informes sobre Goering, a quien había tratado por cocainómano, y peor aún sobre Bernard Ruste, ministro de Educación nazi, a quien se le había incoado un expediente por un asunto de violación y a quien había tenido que certificar como "irresponsable por incapacidad mental".

En 1933 Forster se fue a París y allí contactó con los emigrados alemanes editores de un diario antifascista, Das neue Tagebuch, entre los que estaba Walter Mehring, quien cuenta en sus memorias, Die verlorene bibliothek, esta visita al diario del psiquiatra alemán sin nombrarlo sin embargo. El equipo editorial del diario, quiso~ase rar la presencia de un interlocutor testigo de la entrevista y llamaron a Ernst Weiss cirujano de formación como Forster, antiguo alumno de Freud en Viena, se dice, convertido en hombre de letras.

Y este hombre de letras, intrigado por el relato de Forster relativo a Adolf Hitler, tuvo la idea de escribir una novela, la historia de la curación milagrosa de A. H. Este libro, que en francés se titulará Le témoin oculaire (El testigo ocular), es una ficción, no una biografía, pero está completamente construido basándose en el relato que Forster hizo de sus relaciones con Hitler en Pasewalk.

La historia sucede en P., donde un hombre, A. H. se ve aquejado de una «ceguera histérica»; ha recibido un ataque de gas y en el hospital desempeña el papel de desdichado héroe de guerra enfermo, volviendo para su provecho los recursos médicos destinados a los «verdaderos» heridos. Se muestra odioso, moralizador, haciendo alardes de la imperativa necesidad de dar su vida a la causa alemana que está a punto de caer por falta de combatientes válidos. La antipatía que provoca le afecta también al psiquiatra jefe, pero este está intrigado por una patología así y se empeña en lograr la cura de A. H. utilizando su fanatismo primario contra el síntoma mórbido mismo.

Durante una larga sesión nocturna, le hace hablar incansablemente, le lleva hasta expresar con frenesí su patriotismo exaltado.

Sigue una segunda sesión en el curso de la cual procede a un nuevo examen de los ojos, de donde concluirá que A. H. es médicamente incurable. Después, continuando en la oscuridad, sugiere que ponga a prueba su fuerza «absolutamente sobrenatural» para curar sin ayuda exterior, pues estima que A. H. puede curarse por sí mismo. Este se concentra para intentar ver una cerilla encendida en lo oscuro, después un par de velas, mientras que el psiquiatra le ayuda con este discurso exaltado: «Alemania necesita hombres como usted ahora... Austria se ha terminado, no Alemania... ¡Para usted todo es posible! ¡Dios le ayudará si usted se ayuda a sí mismo!». Y por fin este juego de palabras grosero que hay que tomar al pie de la letra: «hace falta que usted tenga una confianza ciega. En ese momento dejará usted de estar ciego» (3). En ese momento, A. H. recupera la vista. La continuación de la novela refiere la persecución del psiquiatra por el Estado bajo el control de A. H.

El fin de esta historia, no en la novela sino en la realidad, es el siguiente: Forster se suicidó a su vuelta de París, en 1933. Weiss se suicidó a su vez en 1940 a la entrada de las tropas alemanas en París.

¿Tal vez Rudolph Binion ha confiado demasiado en el relato de Ernst Weiss? Comoquiera que sea, la ceguera histérica y su curación por psicoterapia están probadas.

 

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Notas:

(1) Helm Stierlin, Adolf Hitler, París, P. U. F., 1980, p. 11.
(2)Rudolph Binion, HitIer Among the Germains, Northern Illinois University Press, 1984.
(3)Erich Fromm, Anatomía de la destructividad humana, México, Siglo XXI, 1992, 11 a ed.

 

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Texto extraído del libro "Historia de la histeria", Diane Chauvelot, Págs. 180/186, editorial Alianza, Madrid, España, 2001.

Selección y destacados: S.R.

 

        

 

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