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Palabra y sujeto en el psicoanálisis
Julia Kristeva
Lo "dado a leer" es una operación que una vez efectuada ha implicado lo "ya
leído". Nuestra propuesta es que simplemente se lea y que las acentuaciones
perceptibles en una autora como J.Kristeva nos devuelvan una y sólo una
posibilidad: recuperar nuestra capacidad de lectura. Des-ligarse de lo "ya
leído" es también la condición de una lectura transdisciplinaria o simplemente
de una lectura "trans", o si se prefiere, de una "translectura", una que opere
de través y a través ¿para qué? para instalar el otra vez. Claro, es difícil,
combinamos, se nos combina, lo espacial, lo temporal, y las operaciones, lo cual
da como resultado: sujetos.
No es lo mismo un sujeto enamorado, digamos mejor, implicado en un discurso
amoroso, que otro implicado en uno diferente. ¿Es la lectura una implicación en
el discurso analítico? Avanzamos notas provisorias y preguntas igualmente
provisorias hasta que encuentren su forma, su mejor forma de ser preguntas.
También acercamos: ¿qué es lo que queda de "nosotros" luego de leer -recorrer-
un texto? Más simple pero no igual y ni siquiera equivalente: ¿qué es lo que
queda en nosotros luego de leer un texto?
Lo dado a leer es una invitación. Aceptable o rechazable. Mejor leamos.O
no.Cuestión de decisión (o no).
Sergio Rocchietti
En la disolución del amplio continente teológico que se opera desde
Descartes hasta fines del siglo XIX, el psicoanálisis (junto con la lingüística
y la sociología) fue el último en constituirse en un enfoque racional de la
conducta humana y de esa "significación" siempre enigmática que le es propia. No
obstante, y en contraposición con las otras ciencias del hombre, el
psicoanálisis no respeta la racionalidad positivista. Freud creó el
psicoanálisis a partir de la psiquiatría para abarcar un campo que, para
algunos, sigue siendo el de lo "irracional" o de lo "sobrenatural". El objeto
del psicoanálisis, en efecto, es tan sólo la palabra intercambiada -y los
accidentes de este intercambio- entre dos sujetos en situación de
transferencia y contratransferencia.
En la actualidad, tanto la técnica como los principales postulados de la cura
analítica están bastante difundidos y vulgarizados, lo cual hace innecesaria la
exposición de su advenimiento y de sus puntos fundamentales. La vulgata
analítica -del complejo de Edipo a la pulsión de muerte, pasando por la libido o
el simbolismo de los sueños- es muy conocida y a menudo injustamente acusada de
esquemática. Hay que diferenciarla de la actitud secreta y estrictamente
individual de la práctica analítica; de esta última no se puede hablar como de
un objeto exterior. El psicoanálisis se habla directamente en primera persona o
en impersonal, expresando privación, exaltación o dolor.
El discurso referido al análisis no pudo, sin embargo, escapar a la acción de
los medios masivos de comunicación ni de la mundaneidad imperante. Sin duda,
este debate es, en parte, consecuencia de ese fenómeno. No nos lo ocultemos,
tratemos más bien de preservar la otra parte del mismo.
Los analistas, lejos de ser "víctimas" de estos fenómenos actuales, se
prestan de buena o mala gana a ellos; y en este momento asistimos a un cierto
descrédito -mundano también- del análisis, consecutivo a su pretensión de
algunos años atrás de ser la nueva visión del mundo que aportaría respuesta a
todas las crisis. En cambio, al replegarse en el tecnicismo de la observación y
de la puesta a prueba de sus modelos teóricos, el análisis afirma su pertinencia
y garantiza su eficacia presente y futura.
Por lo tanto, me limitaré a recordarles algunos elementos de esta práctica
compleja e irresumible que -a mi parecer- pueden conducirnos al núcleo de la
cuestión.
El sujeto en análisis -o si se prefiere, el analizado- dice en suma lo
siguiente: "Sufro de un traumatismo arcaico, a menudo sexual, que es en el fondo
una herida narcisística, que revivo desplazándola sobre la figura del
analista. En el aquí y ahora, es él el agente todopoderoso (padre o madre ... )
de mi estar o mal-estar *
(étre ou malétre). Esta dramática invisible que anima el sentido profundo
de mi palabra presupone que yo acuerde al analista un poder considerable,
pero la confianza que en él deposito implica, por sobre todo, el amor que
por él siento y que supongo él también siente por mí."
Semejante operación, que moviliza la inteligencia y el cuerpo de dos
personas, por medio tan sólo de la palabra que las une, posibilita una
mejor comprensión de la conocida observación de Freud respecto de los
fundamentos de la cura: "Nuestro Dios Logos" (en El porvenir de una
ilusión). Evoca también los siguientes postulados evangélicos: "En el
comienzo era el Verbo" (Jn, I, l), y "Dios es amor" (1, Jn, IV, 8; II Cor., XIII,
11).
Si bien es cierto que el discurso analítico no toma -o al menos no siempre
toma- la forma exagerada de la palabra amorosa (que puede ir desde la
hipnosis ante las cualidades supuestamente ideales de la pareja, hasta la
efusión sentimental histérica o la angustia fóbica de abandono), el sujeto
recurre al análisis a causa de una falta de amor. Y es mediante la
restitución de la confianza y la capacidad amorosa en el vínculo transferencial
-antes de tomar distancia respecto del mismo- como conduce su experiencia
analítica. A partir de ser el sujeto de un discurso amoroso durante los
años del análisis (y en el mejor de los casos, también después de éste) toma
contacto con sus potencialidades de transformación psíquica, de innovación
intelectual, e incluso de modificación física.
Este tipo de experiencia parece
ser el aporte específico de nuestra civilizaci6n moderna a la historia de los
discursos amorosos: en efecto, el espacio analítico es el único lugar
explícitamente designado por el contrato social en donde hay derecho de hablar
de las heridas, y de buscar nuevas posibilidades de recibir nuevas personas,
nuevos discursos. Supongo también que
fue mi definición del discurso transferencial como una nueva "historia de amor"
(1)
la que generó -a partir de vuestra propia historia y de vuestra tradición las
asociaciones que los llevaron a sugerir el tema "psicoanálisis y fe" para este
encuentro (2).
La palabra analítica, por ser un discurso amoroso, posee
cualidades que, por un lado, le confieren su eficacia, y por otro, revelan
leyes esenciales de toda enunciación (si bien son poco visibles en otros
discursos). ¿Cuáles son?
El dispositivo peculiar de un diván en donde alguien, acostado, habla, y de
un sillón en donde alguien, sentado, escucha, bloquea la motricidad y
facilita el desplazamiento de la energía pulsional hacia la palabra. En la
medida en que se trate de una palabra transferencial, es decir amorosa, el
discurso analítico (llamado de "asociación libre") deja de ser sólo intelectual
para ser, implícitamente, afectivo. Por eso, no se lo puede comprender a partir
del modelo lingüístico que desdobla los signos verbales en "significante" y
"significado". La
palabra analítica opera con signos que comprenden por lo menos tres tipos de
representaciones: representaciones de palabras (análogas al significante
de la lingüística), representaciones de cosas (análogas al significado de
la lingüística)(3)
y representaciones de afectos (inscripciones psíquicas móviles, sometidas
a las operaciones de "desplazamiento" y "condensación" del proceso primario, y
que denominé "semióticas" por oposición a las representaciones "simbólicas"
propias o consecutivas del sistema de la lengua)
(4).
Decir que la
significación es una significancia
que comprende estos tres tipos de representaciones no es tan sólo una
tentativa de dinamizar dicha noción mediante la introducción de un sufijo activo
(-ancia), ni de recuperar una palabra de uso medieval. Se trata de abrir,
en y más allá de la escena de las representaciones lingüísticas, modalidades de
inscripción psíquica que son previas o que trascienden el lenguaje, y de esta
manera, reencontrar el sentido etimológico del griego semeion -huella,
marca, particularidad. En los comienzos de la filosofía, antes que nuestro
modo de pensamiento se cerrara en el horizonte de un lenguaje entendido como la
traducción de una idea, Platón -recordando a los atomistas- habló en el
Timeo de una chóra, receptáculo arcaico, móvil, inestable,
anterior al Uno, al padre e incluso a la sílaba, designado metafóricamente como
nutricio y maternal.
Esta tentativa de pensar una modalidad psíquica lógica y cronológicamente
anterior al signo, al sentido y al sujeto, recordará a los filósofos esa
evidencia platónica. Es innecesario aclarar que este intento se inscribe en la
línea de pensamiento freudiano, que trata de distinguir los distintos
tipos de representaciones en la dinámica psíquica, los cuales son más o
menos subsumibles en el lenguaje de la comunicación pero que escapan en forma
inevitable al dominio de la conciencia. Al precisar el status de las
inscripciones afectivas que
denominamos "semióticas" de un modo más
tajante de lo que lo hace Freud, nos procuramos un instrumento teórico
que nos permite clarificar la heterogeneidad de las representaciones
conscientes y las representaciones inconscientes. Este interés surge a partir de
la observación clínica de una modalidad psíquica en la cual el deseo, la
angustia o el narcisismo conducen al sujeto al borramiento de la
significación, sin desposeerlo por ello de un sentido pulsional
que registra las señales bioenergéticas en inscripciones que ya
son intrapsíquicas, inaprehensibles pero duraderas. (Por ejemplo en las
afecciones narcisísticas y en las psicosis.)
Por supuesto, este recorrido de la
significancia,
propia de la palabra analítica, es también aplicable a cualquier discurso, si
bien es cierto que la transferencia analítica la actualiza de modo más acentuado
y observable. Esta
concepción estratificada de la significancia
permite comprender cómo la palabra lógica, apuntalada por representaciones
infralingüísticas, puede alcanzar el registro físico. Propone un modelo de lo
humano eficaz, en el cual
el lenguaje no está separado del cuerpo;
sino por el contrario, donde el "Verbo" siempre puede afectarlo, para bien o
para mal.
A partir de esta
trama significante- que comprende desde las
precondiciones del lenguaje (semiótica de los afectos) hasta las
representaciones propias del lenguaje, y por derivación, las representaciones
ideológicas (simbólicas)- el analista trata de interpretar los discursos
esenciales que le traen los pacientes: los síntomas y los fantasmas.
El dolor de cabeza, la parálisis, la hemorragia, pueden ser el retorno en
los órganos de algo reprimido no simbolizado. Entonces, la represión
de la palabra de odio o de amor, de una sutileza emocional para la cual
no se encuentra una adecuada expresión verbal, reactiva descargas energéticas
que a partir de ese momento no aparecerán ya en ninguna inscripción ni
representación psíquica, sino que atacan los órganos, trastornándolos.
Los signos mudos se transforman en síntomas. Además, los
pacientes se quejan de los
fantasmas:
realización figurada de los deseos en
abrumadores escenarios imaginarios, agotadores por su efecto de excitación,
aplastantes por su catastrofismo lúgubre. El analista no ve en los síntomas y
los fantasmas aberrantes errores, sino verdades del sujeto que los
refiere, aun cuando estas verdades se presenten a la razón como ilusiones. Por
lo tanto, los toma en serio pero refiriéndolos al pasado, y
fundamentalmente, al hacerlos revivir en la cura los desarma.
No por ello desaparecen, a lo
sumo adoptan una nueva configuración que se espera sea más benéfica para el
sujeto y su medio.
Etimológicamente , el análisis es
una disolución: ana, de abajo hacia arriba, a través; presente;
aoristo, elüsa F. lüso, destruir, desatar, disolver, pagar; lat. luo,
pagar expiar; solvo, desatar, de se-luo; verbo skr. lu-ná-ti,
partir, dividir, aniquilar; got. fra-liusan, perder; lat. luxus,
luxado; etcétera.
El análisis hace pagar -en el
sentido estricto del término-
el precio que el sujeto quiere establecer para descubrir que sus quejas,
los síntomas, los fantasmas, son discursos
de amor hacia un
otro imposible:
siempre insatisfactorio, huidizo, incapaz de colmar ni las demandas ni los
deseos. Y no obstante, el sujeto, al manifestar las demandas y los deseos que lo
atraviesan, dirigiéndolos a su analista,
posibilita su acceso a la eficacia de la
palabra y, al mismo tiempo,
introduce esa palabra en todas las marcas
consideradas innombrables
de la significancia.
Accede así a sus síntomas y organiza o borra sus fantasmas con mayor o menor
habilidad.
La adhesión inicial (intermitente a lo largo de todo el análisis, pero
siempre intensa) que lo llevaba, a través de la persona del analista, a
un polo de potencia y de saber -fusión narcisística, idealización indispensable
dada la debilidad de animal prematuro y separado-, se ve debilitada al
final del recorrido ante la constatación de que el otro es esquivo, que
nunca lo podrá poseer ni siquiera alcanzar tal como sus deseos lo imaginaron,
idealmente satisfactorio. Más aún, este descubrimiento le revela que, en
definitiva, él es él mismo, hasta lo más profundo de sus demandas y deseos,
inseguro, descentrado, dividido. Esto, lejos de eliminar su capacidad de
adhesión o de confianza, las hace -literalmente, y sólo así-
representables.
Es decir que la experiencia de la cura analítica nos descubre una
subjetividad paradójica.
Admitamos que es legítimo hablar de Sujeto cuando el lenguaje reúne
una identidad en instancia de enunciación y, al mismo tiempo, le confiere un
interlocutor y un referente. El vasto dominio del inconsciente freudiano,
con sus representaciones de cosas y las inscripciones semióticas de los afectos,
sigue siendo tributario del lenguaje, y se actualiza tan sólo en la relación de
deseo, de palabra para el otro. Ahora bien, la "otra escena" del inconsciente
freudiano expresa ya la esencial heterogeneidad del ser humano. No obstante, en
el extremo límite de las inscripciones psíquicas, antes aun que las
representaciones de palabras o de cosas, encontramos las
marcas
últimas de los procesos
bioquímicos que tienen lugar en un sujeto en interacción con un otro, y que en
consecuencia ya son presignos, precondiciones o sustratos del deseo y de la
comunicación.
En tanto seres parlantes, desde siempre potencialmente parlantes, estamos,
también desde siempre, clivados, separados de la naturaleza. Y este
desdoblamiento deja en nosotros la huella de procesos semióticos que son
previos al lenguaje o que lo trascienden, y que son nuestra única vía de acceso
a la memoria de la especie o a los mapas neuronales bioenergéticos. Dichos
procesos semióticos (inscripciones arcaicas de los lazos entre nuestras
zonas erógenas y las del otro, en tanto huellas sonoras, visuales, táctiles,
olfativas, rítmicas) constituyen en la diacronía un presujeto (el "infans").
En la sincronía figuran la angustia catastrófica (la "pasión") de la psicosis
melancólica. Con su insistencia, surcan nuestras lucideces -frágiles después de
todo poblándonos de olvidos, de vértigos, de fantasmas *
(fantómes).
Sin lugar a dudas somos sujetos permanentes de una palabra que nos sujeta.
Pero sujetos en proceso, perdiendo a cada instante nuestra identidad,
desestabilizados por las fluctuaciones de esa misma relación con el otro que
presenta sin embargo cierta homeostasis que nos mantiene unificados. El
analista, al postular este
eclipse de la subjetividad en
los comienzos de la vida, al reconocer un
hiato en la subjetividad
en los momentos intensos de las pasiones,
lejos de "biologizar la esencia del hombre" como temía Heidegger, deposita una
confianza exorbitante en el poder del vínculo transferencial y de la palabra
interpretativa, sabiendo por experiencia que a través de ellos es posible -una
vez reconocidos, y por lo tanto nombrados, tanto el eclipse como el hiato en el
sujeto- restablecer su unidad provisoria. Para recomenzar el proceso viviente de
nuestras pasiones.
El fin del análisis señala la disolución de algunos fantasmas, así
como también la del analista, cuya omnipotencia desaparece. La depresión de fin
de análisis, antes de que resurjan -cuando se trata de un análisis exitoso- las
ilusiones provisorias, lúdicas, marca con claridad esa etapa. El fantasma se
inscribe entonces en la vida psíquica, pero deja de ser fuente de quejas o
dogmas. Aparece como resorte de un artificio: el arte de vivir.
Notas:
(1)
Kristeva, Julia: Histoires d' amour,
París, Denoël, col. L´ Infini, 1983.
(2) Conferencia pronunciada ante los
alumnos de la escuela Sainte-Geneviève de Versalles, diciembre de 1984.
(3) Freud, S.: La Métapsychologie,
París, Gallimard, 1952.
(4) Cf. Kristeva, Julia: La
Révolution du langage poétique, París, Seul, 1974, cap. I 'Le semiotique et
le symbolique'.
* Para discriminar entre fantasme
(expresión lacaniana para fantasía
inconsciente), y fantôme
(literalmente: fantasma), traducidos ambos por
"fantasma", se agregará en el segundo caso la expresión original entre
paréntesis. Así fantasme:
fantasma; y fantome:
fantasma (fantôme).
[T.]
Texto extraído del libro "En el comienzo era el amor... (Psicoanálisis y
fe)", Julia Kristeva, editorial Gedisa, Buenos Aires, Argentina.
Selección y destacados: S.R.
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