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"El
desierto de las masas"
(una apología de la repostería)
Sergio Rocchietti
"El
horizonte es esa tierra
que llevamos en la suela
de nuestros zapatos con
forma de barro"
"El
verdadero amor, como suele decirse, es siempre un paréntesis que
arranca al sujeto de su mundo".
Comenzamos con
una cita, cuando querríamos finalizar en una cita que daría comienzo
a otro espacio, ese otro mundo al que queremos llegar por medio
de esa palabra dicha "amor". No vamos a hablar más que
de individuos, de personas, y de lo que sucede entre ellas, en la
espera de esa cita de amor. De un amor en el porvenir, que me arranque
de mi cotidiano mundo vivido en la reiteración de los hábitos, que
si no me hacen monje ni monja (los hábitos), me hacen en mi "segunda
naturaleza", esto último es otra cita, que no es cita de amor,
sino de autoridad, "lo dijo Aristóteles" (el hábito es
la segunda naturaleza). Si la primer naturaleza es que somos animales,
esto es, que somos vivientes, esto es, que somos vivientes animales
parlantes,- y aquí ya dudo de que estemos en la primer naturaleza,
con el hablar, pero abandonemos este camino- la segunda naturaleza
es que hacemos y hacemos y hacemos... lo mismo.
Nos reiteramos
y en ese reiterarnos hacemos a nuestra segunda naturaleza y esa
segunda naturaleza, lo que hacemos y hemos hecho, se pega a nuestra
piel, nuestra primer naturaleza.
Ni pensar siquiera
que nos aventuraremos en nuestros viejos y malos (¿por qué siempre
tendrían que ser buenos?) hábitos de largas disquisiciones etimológicas
y filosóficas acerca del término naturaleza en los griegos y en
la Edad Media o en el Renacimiento, no lo haremos porque podemos
despegarnos de nuestros hábitos como, si podemos o queremos podemos
despegarnos de nuestra piel, o pieles. Es cuestión de tirar y desollar.
Y cambiar. Duele.
Un paréntesis,
eso es lo que se consigue con un trazo de verdadero amor, de intenso
amor. Sólo eso, nada más que eso. Un universo en paréntesis ¿o debiéramos
decir un universo de paréntesis? No está mal, úsese en cualquier
conversación para producir impacto: "el amor es un universo
de paréntesis".
Aclaramos, nuestra
traducción de la cita, en referencia a la palabra "auténtico
amor", no es otra que: un amor que quema. Describimos: un amor
que quema desde dentro y quema hasta nuestra piel. Quema hasta nuestros
hábitos. Quema hasta nuestra segunda naturaleza. Escribe los paréntesis
en el mundo.
Un auténtico amor
es cambio, hoguera y catástrofe. Incendio hasta el borde.
Incendio en el
borde.
Arrancados
de nuestros hábitos que nos cansan y agotan en su infernal repetición,
el auténtico amor, el sentido, el arrebatado, el pasional, el incontrolable,
nos "arranca" de nuestro "mundo conocido", gastado,
roído, por siglos de pasos consumados. Huella que borra huella que
hace huella que nuevamente e infinitamente borra huella, hasta que
brota la nada, la nada de nada, de hastío y de espera. Frío en el
borde, en el borde de los trayectos configurados por los gestos
y movimientos incesantemente repetidos. Extraña geografía la de
los hábitos que diseñan bizarros mapas que no sirven a otros para
orientarse. Estamos perdidos porque estamos solos en nuestras "segundas
naturalezas". Estamos solos en los bordes fríos. Estamos solos
en la espera. Estamos solos en el borde de la espera. Estamos solos
con nuestros horizontes.
*
El interior, el paisaje interior es, en su mismidad,
irreductible. Hay otros paisajes, pero me refiero, me ciño, me atengo
exclusivamente a este, es un desierto. El paisaje interior es a
veces un desierto.
No se crea, sería un cruel error para con uno mismo, suponer que
el paisaje interior es uno y sólo uno, nada de unificaciones en
esos lugares; hágase a la idea, después ya será más fácil sentirlo
así, incluso luego de hacerse a la idea uno podrá atreverse a pequeñas
excursiones por allí, y así como así, uno puede llegar a dejar los
tours y decidirse, sí, porque hay que decidirse, hay que atreverse,
a realizar excursiones en el interior sin un grupo que lo acompañe.
Lo sabemos, e incluso lo desaconsejamos, no es aconsejable en las
primeras ocasiones salir a pasear por esos lugares sólo. Primero
hay que aprender y nos han enseñado muy mal, bueno, seámos benévolos,
los que nos han enseñado, a pesar de ellos, no fueron tampoco instruídos
en esas lides.
El resultado es pobre. El resultado, a veces, es una espera. Una
espera que se eterniza en el borde, en cualquiera de ellos. ¡Hay
tantos! Se puede elegir. Lo que no varía es esa espera.
En el prólogo a "El desierto de los tártaros" J. L. Borges
escribe que "este libro... está regido por el método de la
postergación indefinida y casi infinita, caro a los eléatas y a
Kafka... hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida
y esperada... el desierto es real y es simbólico, está vacío y el
héroe espera muchedumbres".
Es totalmente distinta la escena de los desesperanzados esperadores
de Godot, aunque la situación sea de postergación, es cierto que
Beckett, los ubica en un campo, en un camino junto a un árbol y
es en ese encuentro de Vladimir y Estragon que ya se deja oír algo
de lo que provendrá a lo largo de todo ese tiempo de espera: "No
hay nada que hacer" dice uno,tratando de realizar una acción,
y contesta el otro, "Empiezo a creerlo". Son las primeras
palabras que podemos escuchar de su diálogo que continuará estirando
las creencias de ese nada que hacer. Ese nada que hacer llegará
hasta la pregunta por el quehacer del Señor Godot y la respuesta
por supuesto será "nada". Luego, ya estamos en los tramos
finales del día que se termina y tratan de ahorcarse en ese mismo
árbol, en ese árbol del cual se dice: "Sólo el árbol vive".
Ya que ellos no, ellos esperan y han esperado y seguirán esperando.
"Nos ahorcaremos mañana"... "A menos que venga Godot"."Y
si viene", "Nos habremos salvado". Por supuesto,
no se ahorcarán, ni se salvarán. Esperar a God(dios)ot no es más
que esperarlo, para Beckett, para Vladimir, para Estragon, y para
nosotros. Volver a esperarlo. Mañana. En el mismo sitio.
***
¡Qué figura magnífica! ¡Qué alegoría! y ¡Qué metáfora!
Las señoras escupían imperceptibles migas de masas finas mientras
decían lo que decían. Mientras leían arrobadas las letras de un
desierto que jamás contemplarían. Que jamás vivirían. Las señoras
leían y hablaban. Hablaban y leían.
Ellas. Enfundadas en finas ropas de aquellas que
comen masas finas en gruesos cuerpos en "confiterías"
de avenida céntrica. Ellas,
decían ¡pero fíjese que bien describe cuando escribe! la sutil figura
fina de un cuerpo más sutil aún, la susodicha autora, la nombrada
en la solapa, y ¡fíjese qué guapa! la Alejandra, y con dedos apenas
manchados en crema, leían y comían, comían y leían. ¿Qué? Letras
con crema, crema con tinta, masa con cuerpo, cuerpo anhelado casi
al lado, pero nadie aparecía. Allí, allí en la línea, línea azul,
casi un fino borde, que se llama horizonte. Nadie aparecía. Porque
ya habían aparecido y desaparecido. Esposos, padres, novios, amigos,
habían huído al desierto de los varones. Tantos desiertos hay tan
cerca no tan lejos como el de los tártaros, ¡qué rica la salsa tártara!,
también.
Entonces, leamos y comamos, leamos que comamos,
comamos que leemos historias de amor, sueños eternos, sueños infinitos
de carencia infinita. Y no se oían pero se creían que cada una de
ellas podía ser la heroína, la que podría salvar a todos aquellos
que se van al desierto a esperar a los tártaros. Que se van a desierto
hasta con los tártaros para no soportar más la crema, las migas,
las letras, el cuerpo, las confiterías y las amigas.
***
Un auténtico amor no se amasa en la repostería. Un horizonte no
se quiebra fácilmente. Un desierto es lo que nos acompaña en el
interior. Y el desierto, la víspera o la confitería, e incluso nuestro
interior, no son más que las formas de distintos espacios que pueden
hacerse equivalentes en el tiempo de la espera, en el tiempo de
esas esperas que no van a mostrar su desesperación hasta que nos
alcance el horizonte.
***
Nota:
Este
texto ha sido causado por otro "Víspera azul sobre el desierto"
de Vanesa Guerra (ver), al leerlo le envié
las siguientes frases que apuntalaron la posibilidad que se realizara
este.
"Mi
amor de letra forja el trazo que contempla el gesto y lo dibuja,
que lo "escritura" en superficie plana, eso es "uno
escrividor"con la ve corta de la vida. Descendiente de egipcio,
descendiente de babilonio y de pintor rupestre, eso es lo que nos
ha precedido, no desoigamos el destino destinado a cada quien, en
insondables noches de pulsión. Pasión de pulsión. Las letras nos
habitan y nos ordenan y nos desordenan, tantas cosas. Las letras
nos matan y nos viven y nos hacen vivir".
La
cita del inicio pertenece a Colette Soler, "La maldición sobre
el sexo", editorial Manantial.
"El
desierto de los tártaros", Dino Buzzatti, Hyspamérica, Buenos
Aires, Argentina, 1985.
Esperando
a Godot, Samuel Beckett, Corregidor, Buenos Aires, Argentina, 1977.
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