|
"Belleza"
Eugénie Lemoine-Luccioni
"Mi
interior engendró mi exterior".
Mary Barnes (Viaje a través de la locura)
La belleza como dije, es un atributo homérico. La mujer es bella por
definición, puesto que si se sabe o se declara fea, ya no es más una mujer. Por
lo menos esto es lo que se oye en análisis, donde una proposición generalmente
va acompañada por la otra, a pesar de que según la sabiduría popular una mujer
fea tiene más temperamento que una bella. Una mujer que tiene temperamento, ¿no
sería entonces una mujer? Digamos que,
en nuestro lenguaje y en
nuestra sociedad, una mujer se define por su belleza y no por su capacidad
sexual.
Sucede que esta belleza le provee al cine su materia prima, y si hay
un consumo, como se dice hoy hasta el hartazgo, este es, sobre todo, el de los
ojos. El cine consume a la vedette y la ofrece al consumo del
público. Claro que las mujeres no son las únicas en mostrarse en la pantalla;
pero la palabra "vedette" es femenina y, por una vez, es el femenino el
que gana: las vedettes masculinas, en virtud de lo que es el fenómeno
mismo, pasan por mujeres. No hay duda de que hay películas, grandes películas
incluso, concebidas contra el principio mismo de la vedette. Pero lo que
hace delirar a las multitudes, lo que las mueve, es la vedette. Para
convencerse de ello basta pensar en las fotografías que adornan los roperos de
los dormitorios militares o los escritorios escolares. Las mechas de Brigitte
Bardot, las gracias inclinadas de Delphine Seyrig, como en otros tiempos la boca
sangrante de Joan Crawford o la pálida mejilla de Greta Garbo, pueden ser
captadas en la misma calle, exponiéndose provocativas. Por otro lado, la
vedette no tuvo que esperar el cine para reinar: ya en un siglo
lejano la belleza de Helena hacía estragos, y Carmides (un
hombre-vedette) sabía mostrarse. Este último responde a nuestra idea de la vedette,
mejor que Helena ya que se hacía anunciar en todos lados, antes de
aparecer, por el enjambre de miradas que se le dirigían; de tal modo que
Sócrates, al esperar su aparición, lo captaba ya visto, ya proyectado, ya
objeto de visión, ya "dibujado",en el sentido que da a esta palabra el
presidente Schreber (dessin: dibujo; dessein: designio,
propósito).
Antes que el cine, fue la pintura la proveedora de formas: ¡llena de
caras, de carnes y de senos! Y, curiosamente, la gran época de la pintura fue
también la época en que el tema religioso suministraba comúnmente el argumento
de los cuadros. Hoy ha tomado ese lugar el erotismo declarado.
Pero no existe nada contradictorio en estos desplazamientos: de la
contemplación a la consumación no hay más que un paso, aunque no haya
que franquearlo de ningún modo; así como tampoco hay que pasar de la
escena erótica a la escena religiosa.
El amor de los poetas udritas nos dice cuál es ese paso o ese "no
paso" que la religión sacraliza. El objeto de amor mantenido
a distancia y ofreciéndose a la contemplación, sólo a la mirada,
desencadena la palabra en el amante poeta: la mujer se muestra,
el poeta canta. Tahar Labib Djedidi (1)
en la obra ya comentada sobre la poesía árabe, reproduce este pasaje
de un cuento: "... la novia [...] rehúsa volver a ponerse su
camisa, que se ha sacado para exhibirse ante él [el novio] y mostrarle
que no tiene defectos. Ella le dice: «No me la vuelvo a poner a
menos que improvises una poesía». Y Tahar Labib Djedidi explica:
"La novia, siendo mujer, se ha definido por medio de su cuerpo.
En cuanto a él, debe realizarse en sus versos". Las comparaciones
con la poesía cortesana no han errado: el poeta contempla
a su Dama y canta al amor; no lo consuma. La relación belleza/castidad,
destaca Tahar Labib Djedidi, "es impresionante. La castidad
no es aquí una trasposición de un sentimiento religioso. No es la
expresión de una continencia religiosa, sino de un respeto excesivo
por la belleza: simplemente, si Dios es la Belleza, hay
isomorfismo. De entrada, esta relación es incompatible con la
vida inmediata; ser casto en presencia de una belleza (sexual) es
renunciar al símbolo mismo de la vida: el deseo".
De este modo, contemplar la belleza de la mujer y no consumar el acto
sexual son una y la misma cosa. El amor de la forma es negación del
otro en tanto sujeto del deseo. Un sujeto que sin embargo está allí, e insiste.
Sólo que la imagen hace pantalla, donde el ojo rebota sin
alcanzar al otro: "La mirada no puede alcanzar a esta mujer
"impenetrable", dice el poeta. Es cierto: no seguramente la mirada que
pone a distancia. La mirada no podría penetrar nada. El objeto del amor
contemplado siempre está lejos.
"Porque estás lejos
mi mirada regresa
cada vez que la tiendo hacia ti
conducida por la abundancia de mis lágrimas"
Esta dama contemplada y nunca alcanzada también es la Unica,
como la Dama del trovador; y el poeta udrita, como el trovador, sólo
puede morir de amor:
"He jurado amarte sólo a ti
hasta que el polvo de la tumba me cubra".
Por ende la belleza pone a distancia al objeto del deseo del hombre;
pero mantiene así a este objeto en su estatuto de tal.
De igual modo, su propia belleza pone a la mujer a distancia de su
mirada; como lo hacía la imagen especular. Pero puesto
que se trata de la propia belleza, el objeto no tiene ya el mismo
estatuto. Pudimos destacar al pasar la poca consistencia del mundo
objetal en la mujer. Es frecuente escuchar de boca de las mujeres
frases que se parecen a las de Aucassine
(2).
Veamos, por ejemplo, lo que escribe Marie Cardinal:
"Tenía la impresión de irme, de ser trasportada de pronto
lejos de todo lugar y de toda cosa. No estaba en ningún lado. Volvía
bruscamente, por ejemplo tocando algo. Luego los objetos no quisieron
ser tocados más. Estaba como perdida en el aire, como un fantasma,
o como disuelta; todo parecía abandonarme. Estaba vacía, ausente,
en ninguna parte. Sólo era un objeto. Me había ido. A veces era
muy difícil volver porque los objetos familiares me parecían diferentes.
La atmósfera había cambiado y todo me era extraño, como si me encontrase
en la luna y sólo fuese un objeto"
(3).
No se puede decir mejor, simultáneamente, que
los objetos son más que objetos
para la mujer, dado que son garantes de su existencia; y que ella misma es sólo
un objeto para sí, puesto en otra parte.
"Todavía estaba hundida en los objetos", escribe Mary Barnes, cuando
relata qué furia le desencadenó el solo hecho de que una amiga hubiese querido
tomar prestada su pinza de depilar. Igual furia le daba si corrían de lugar una
de sus telas pintadas. Sus objetos eran suyos realmente, de igual forma
que su cuerpo. Con sólo tocarlos, se desencadenaba el "ello": esta es la
palabra que empleaba para designar su furia destructora.
También Gina Lombroso habla muy bien del lazo íntimo que liga a la mujer
con sus objetos; recuerda que su padre, el eminente criminalista
italiano, al haber observado que muchas mujeres se volvían locas
cuando se las obligaba a mudarse *,
había previsto una ley que
les permitiera conservar la propiedad de sus muebles en caso de
divorcio. Lacan, por su parte, ha dicho que la mujer fácilmente
tiene aire de extraviada: sin sus objetos la mujer efectivamente
está perdida. Philiberte (4)
cree recordar que, siendo niña, casi un bebé, volvió con su madre
al pueblo natal, después de la muerte de su padre, y se perdió en
él desesperadamente, hasta el momento en que unos pobladores la
llevaron a la casa, que se hallaba inexplicablemente cerca. En su
enloquecimiento, sin duda se había alejado, en lugar de quedarse
donde la habían puesto. Pues bien, de una persona que pierde la
cabeza se dice que se sale de las casillas. Jean Cayrol supo
muy bien hacer salir de las casillas su mundo en La mudanza
(5).
La relación objetal de la mujer permanece marcada por el narcisismo, como el
amor materno, por la sencilla razón de que ni objeto ni sujeto son para ella
categorías aseguradas. ¿Pero han pensado en
lo que sería un mundo enteramente masculino, lleno de objetos, si no estuviese
en él precisamente la mujer para darle al objeto la dignidad de la "cosa"
en el sentido de Lacan? Estaría simplemente todo lleno de cosas (en
plural indefinido).
Cosas con las que el hombre juega, como ya juega con su pene. Pude decir que
la niña no juega. Al menos el juego femenino y el juego
masculino no tienen gran cosa en común. Están los juegos masculinos
y los juegos femeninos; los analizantes saben decir muy bien a qué
juegos jugaban de niños: femeninos o masculinos, a pesar de su sexo
o contra él. Jeanne, una analizante homosexual declarada, jugaba
con sus hermanos sólo juegos de varones; le gustaban las bolitas
y detestaba las muñecas; hoy, en la casa, hace de todo: se sube
a la escalera para reparar la antena en el techo; desarma las bicicletas
y se afana alrededor de los motores de auto. Esta sí juega. Pero
la niña con su muñeca no juega. "Durante el terremoto de Messina
-escribe otra vez Gina Lombroso- se vio a niñitas errar entre las
ruinas y desafiar el frío y la muerte para encontrar a su muñeca,
como lo haría una madre con sus hijos". ¿No es la historia
de Deméter recomenzada? Descendía hasta los infiernos para buscar
a Perséfone. Kerenyi
(6) dice
que Deméter y Perséfone son una "Doble-Diosa",
tema mayor de la feminidad.
Notas:
(1) Tahar
Labid Djedidi, La poésie amoreuse des arabes, SNED, 1974.
(2) Véase
el capítulo 3: "De la partición a la castración simbólica".
(3) Marie
Cardinal, "Les mots pour dire", Grasset, 1973.
* "Salir
de las casillas" sería lo más aproximado a un segundo sentido
de la palabra: "déménager", siendo el otro "mudarse".
[N. del T.]
(4) Caso
clínico presentado en las págs. 29/31.
(5) Le
déménagement, Editions du Seuil, 1956.
(6) C. Kerenyi,
Eleusis, Pantheon Books, 1967.
Texto extraído del libro "La partición de las mujeres", Eugénie Lemoine-Luccioni,
Págs. 113/116, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1982.
Selección y destacados: S.R.
|
|