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Vida de dios (Balzac)
Daniel Ares
Somos Dios o Dios no existe.
H. B.
Dos décadas antes de morir Bonaparte, ya había nacido -esta vez si en
Francia- un nuevo Napoleón: Balzac. Y quizás fuera más grande aún éste
que aquél, porque mientras el Emperador se limitó a conquistar el mundo y
transformarlo, Balzac prefirió, mejor, inventar un mundo propio, igual al
otro pero suyo, y tan perfecto y tan vivo y tan real que, muerto su creador,
gira todavía.
Honorato de Balzac era su nombre en la Tierra y un día dispuso, según sus
propias palabras, "competir con el registro civil" y, en pocos años, construyó
lo que hoy se conoce y reverencia bajo el titulo universal de
La Comedia Humana,
una sola gran novela
compuesta por más de cien novelas de las cuales él llegó a concluir nada
más -¡nada más!- que setenta y cuatro, casi todas ellas geniales.
Pero en Balzac no sólo impresiona la vastedad de su inteligencia, la dinámica
del conjunto, la hondura de su mirada la fuerza de su expresión y su erudición
sietecabezas, sino también -y a la par- la dimensión superhumana de su
obra, su magnitud planetaria.
Más laborioso que Dios, trabajaba hasta los domingos. Tan orgulloso de su
talento como de su voluntad, se enfundaba en un hábito monacal casi siempre
blanco y escribía no menos de catorce horas diarias, sin otro combustible que
mil litros del café más negro y recio que se conozca. Y en los intersticios de
esa faena desesperante, como si fuera humano, protagonizó, con su propia vida,
la mayor de sus novelas, y firmó, con su propia muerte, el más increíble de sus
desenlaces. Tan increíble que, de habérsele ocurrido ese argumento para uno de
sus folletines, no se hubiese animado a tanto.
En plena consagración, recién casado con la mujer que había esperado por más
de quince años, sin deudas por primera vez, feliz como nunca, la muerte en pocas
semanas se lo quitaba todo. Demasiado folletinesco; no, no lo hubiese escrito.
De hecho, no lo escribió. Pero así fue. Así acabó el ser supremo de tantas
criaturas que ahora viven para siempre y cuyas vidas son todavía su vida.
Destinado a ser un gigante del siglo, nació con el siglo el 20 de mayo de
1799, en la provinciana ciudad de Tours, pocos meses antes de que Napoleón en su
Brumario se convirtiera en Cónsul de Francia.
Su padre terrenal se llamó Bernard Françoise Balzac, un burgués en pleno
ascenso que pretendia fundar, con su sangre plebeya, una nueva estirpe de
aristócratas brillantes. Con tal obsesión y sin más atractivos que una buena
renta y una salud de hierro, monsieur Balzac se casó un día en Tours con madame
Laure Sallambier, una bella y refinada mujer treinta y dos años más joven, que
nunca lo amaría pero que a cambio iba a darle cuatro hijos, dos legítimos, y uno
glorioso: Honoré.
Mujer de corazón esquivo y ambiciones precisas, madame de Balzac nunca quiso
incomodarse con la educación de sus hijos, y pronto se los confió a una
institutriz inglesa que Honoré recordaría con terror infantil hasta más allá de
la madurez. Pero que sólo tendría que soportar hasta los ocho años, cuando
atentos a un plan de evolución familiar muy minucioso, sus padres lo internaron
como pupilo en uno de los mejores colegios de Francia. Allí el pequeño Honoré
-típico genio- será un alumno mediocre, haragán y extraño. Con el tiempo
quedaría estúpido.
Apartado del mundo, leía todo lo que llegaba a sus manos o lo que podía robar
de la biblioteca de la escuela, cuyos escondites secretos -más temprano que
tarde- fueron suyos. Desaparecía durante horas y pasaba noches enteras leyendo
tratados de química, estudios de zoología, poesía, novelas históricas, textos
religiosos, cualquier cosa. Un chico raro.
A los diez años escribe en alejandrinos exactos y torpes una epopeya sobre
los Incas y se gana las burlas de sus compañeros que ya lo llaman "el poeta".
Sus maestros lo reprenden por las disgresiones, y su madre le reprocha su
traición a tanto sacrificio paterno.
"Seguí con mis lecturas, me convertí en el escolar menos activo, más
perezoso, más contemplativo de la división infantil y, por todo ello, en el
castigado con mayor frecuencia."
Tan sólo un profesor percibe algo distinto y
apunta sobre el chico: "talento, agudeza, memoria, más imaginación que criterio
e inclinación hacia las maravillas y los sistemas".
Por suerte un día se enferma y se libra de la escuela. Una mañana despierta y
no despierta, queda atontado, catatónico, los ojos fijos, ido... Pero feliz:
vuelve a su casa.
Ya tiene catorce años y la infancia ha quedado atrás. Fue una infancia
triste, sin calor de madre ni juegos con los demás, una infancia solitaria,
sorda, muda... pero él ni se dio cuenta, la pasó fuera de sí, así, como perdido
en ese mundo que todavía no existía porque él iba a crearlo.
De vuelta a casa, ya nada es como antes. Algunos tropiezos financieros, malas
inversiones y excesos en los gastos, arrastraron a los Balzac de la provinciana
Tours a la pueblerina Villaparisi, y ahora más que nunca precisan de Honoré. Su
padre lo quiere abogado y, como Honoré aprecia mucho a su padre, comienza la
carrera de leyes y, en 1819, con veinte años, se licencia sin obstáculos y
pronto consigue empleo en un estudio muy renombrado donde aprenderá muchas cosas
importantes que por entonces no le importan pero que un día nutrirán sus
páginas: legislaciones, procedimientos, caracteres, casos, perfiles, escenas,
todo le interesa aunque nada le importe. Quiere ser escritor, ha decidido. ¿Por
qué?, por la fortuna y por la gloria, porque en su casa no despreciaban el arte,
"porque la esperanza es una memoria
que desea" -como dirá un día-, pero
más que nada, porque entre todas las posibilidades humanas, ser escritor era la
única forma de ser cada uno de los hombres y todos a la vez. Lo supiera o no, ya
buscaba el absoluto.
Apenas lo advierte, se lo comunica a sus padres y la familia, en reunión
cumbre, estudia la propuesta. Todos coinciden en que la gloria y el renombre son
importantes; pero se preguntan: ¿conduce la literatura a la riqueza? Su madre
duda; pero su padre, seguro y orgulloso de la inteligencia de su hijo, impulsa
la decisión: durante dos años, a partir de aquella fecha, le darán 1.500 francos
de renta anual para que se instale en París y demuestre sus talentos... o se
busque un trabajo en serio.
No puede pedir más. Vuela a París. Henchido de entusiasmo, respira de
antemano la gloria que lo espera. Es agosto de 1819 y es feliz. En otro agosto,
el de 1850, allí en París, se va a morir. Le quedan treinta y un años a partir
de ahora. Parece mucho, y sin embargo, en ese tiempo, ese hombre solo debe ser
Balzac.
Ahora son los días mejores. Tiene veinte años y está en París, solo, suelto y
sin más obligaciones que una ópera prima que trabaja despacio en versos
regulares y que lo aburren un poco. Pero qué va. Es completamente libre por
primera vez. Impulsivo, apasionado, incontinente; todo lo deslumbra, todo lo
subyuga, todo se lo lleva, todo lo quiere y todo lo puede, y lo que no puede, lo
compra. Se instala en una buhardilla de la rue Lesdiguieres, y ya entonces, se
desatan las tres grandes fuerzas que lo van a destrozar:
su obra, sus amantes y sus deudas.
"Papá nos ha dicho
-le escribe su hermana Laure-
que tus primeras acciones de hombre libre
han consistido en comprar un espejo cuadrado y dorado y un adorno para tu
habitación; ni papá ni mamá se han alegrado".
Es sólo el principio. Su relación con el dinero será para siempre la que tiene
el niño con el chocolate: lo acaba o lo derrite. Sus primeros acreedores son
vecinos y parientes, pero pronto abarcarán todo París y, con el tiempo, media
Europa. Su capacidad de producción será sólo superada por su capacidad de gasto.
Lo pierden las antigüedades, los muebles de estilo, las alfombras, la buena
ropa, los tapices más exquisitos. Sus guantes amarillos y esos bastones
exclusivos que pronto serán su símbolo en el circuito bohemio de París, adonde
llega para reinar.
Está loco de alegría y es entendible: tiene amigos por primera vez, amigos
divertidos, irresponsables, ingeniosos, artistas y periodistas, mercenarios de
la pluma que le enseñan el gustito a veneno de vivir de las palabras. Son
cronistas de teatro, chismosos profesionales que le abren las puertas de la
nobleza que a él le falta y tanto anhela. Está loco de alegría. Loco.
¿Su ópera prima? Un día la acaba, pero son cinco actos en verso titulados
Cronwell, sin ningún valor.
Como quien rinde cuentas, una noche, de vuelta a Villaparisi, Balzac dará
lectura a su obra, sacro fruto de dos años de trabajar sin trabajar. Los
familiares están ansiosos, sueñan con un nuevo Homero, pero a poco de comenzar,
Honorato advierte con espanto que el que no bosteza se aterra. Antes de que
termine, ya todos son conscientes del desastre. Temiendo con esperanza estar
ante una genialidad incomprensible, su padre le acerca el original a un famoso
crítico de la epoca para ver que dice. Y lo que dice es lapidario:
"el autor podrá dedicarse a muchas cosas, pero no a la
literatura".
El mundo se derrumba para todos los Balzac, menos para uno: él. Invulnerable
como el dios que lo habita, responde sin inmutarse:
"la tragedia no es lo mío, simplemente".
Y luego de meditarlo un poco -alentado por un amigo periodista y por el fervor
de los folletines populares-, decide probar suerte en la novela. Fugaz y
definitivo instante para la historia mayúscula de la literatura universal... él
sólo quiere dinero.
Antes de que termine ese año de 1822, habrá publicado tres obras en
colaboración y bajo séudónimo. Son tres novelas, tres folletines de los que no
espera nada a no ser calmar un poco a sus acreedores, cuya persecución
implacable le está dando a sus fugas un matiz levemente patético. Pronto tendrá
que dejar la buhardilla que habita, y en la nueva habrá de registrarse bajo el
nombre de una viuda, sus amigos precisarán una contraseña para encontrarlo y su
domicilio será un secreto carísimo; con el tiempo sólo alquilará casas con dos
puertas de salida para escapar y escapar mientras persigue el absoluto escribe y
se enamora. Así se disuelve.
Según todas las descripciones, era gordo, feo y petiso, tenía una nariz que
parecía de otro, no se peinaba nunca, vestía mal y sus modales toscos resultaban
a veces revulsivos. Sin embargo las mujeres no le negaban nada. Tuvo más amantes
de lo que ninguno de sus biógrafos consiguió inventariar jamás. Su debilidad
eran las aristócratas, pero en su bondad infinita admitía cortesanas,
admiradoras, vecinas y hasta parientes. Mas allá de su aspecto impresentable,
los testimonios subrayan el resplandor de su inteligencia, el encanto de su
imaginación y el brillo algo impreciso pero infalible en sus ojos negros y en su
"mirada de domador".
Glotón, voluptuoso, otra vez incontinente, ponía en todo lo que hacia la
misma devoción desesperada. "Hay que
hacer bien cualquier cosa que se haga, incluso una locura".
Así escribía, así gastaba, así comía, así amaba.
"Te tengo en mí como tengo mis pesares, mi
trabajo y mi sangre".
Pero de la suma incontable de mujeres, sólo dos malearán de verdad el oro de
su esencia. A una ya la conoce. Ese año de 1822, cuando visita a sus
padres, se enamora como un adolescente de madame de Berny, una vecina muy
amiga de su familia, casada, veintidós años mayor que él, madre de tres hijas,
en fin: imposible. Ella lo rechaza, claro, incluso hasta se ríe de ese gordito
arrogante cuyas insinuaciones suben de tono inconvenientemente... pero conforme
lo conoce y lo trata -otra vez su inteligencia, su encanto, sus ojos negros-
madarne de Berny se enamora hasta la muerte. Balzac va a sobrevivirla, pero
no va a olvidarla. Será para siempre, en su vida, en sus cartas,
La Dilecta,
su amante y su mentora, su consejera más escuchada y su lectora más
rigurosa. Más que una madre, mejor que la que tuvo. Llegará un día en que ella
estará dispuesta a dejarlo todo por él... pero él pertenece a sus criaturas y
sus criaturas quieren nacer ahora. Ya tiene otra razón para resplandecer, y ya
está seguro de lo que puede. Vuelve a París, a trabajar. Es 1823, tiene
veinticuatro años, le debe un mundo al mundo pero siente la fuerza que precisa,
y en un triple salto mortal imperceptible se arroja de cabeza en su tintero, y
nunca más vuelve a la superficie.
"Yo no vivo, me uso horriblemente; pero morir de trabajo o de otra cosa, todo
es lo mismo" , le escribe a una
amante en mayo de 1830. Ya tiene treinta y un años, ya no es un chico y
han pasado muchas cosas en los últimos tiempos. Con ilusiones de novelista, se
metió a mil negocios y fracasó uno por uno en todos. Compró minas de
plata en la Cerdeña, probó el cultivo de hortalizas y la comercialización del
abono; editó revistas, reeditó viejos clásicos, pidió prestado y fracasó
siempre. Para colmo ha muerto su padre y sus acreedores se han multiplicado. No
fueron buenos tiempos. Pero algo ocurrió: el año anterior -1829- publicó
El último chuan,
la primera de sus criaturas que
reconoce con su nombre. La firma Honoré de Balzac. En el ancho universo de su
cabeza, el big-bang tan esperado acaba de estallar.
El otro grande de su tiempo -el único de su talla-, lo lee y lo reconoce, y
se convierte en su amigo: es Víctor Hugo. De pronto el nombre de Balzac
aparece y se repite en los diarios y las revistas y su pluma ya se incluye entre
las mejores plumas de París. Los grandes salones son suyos, se cartea con la
marquesa de Castries, se convierte en amante de Olympe Péliser y hasta le
endilgan amoríos con George Sand. Por fin ha conseguido su silla en el gran
festín de los famosos donde los comensales son también la comida.
De buenas a mejores, en 1831, publica su primera gran obra, la primera
indiscutible: es La piel
de zapa,
una novela fantástica en todos los sentidos.
Cuenta la historia de un joven pobre pero lleno de ilusiones al que un anciano
anticuario le vende un pedazo de piel que parece una piel común y silvestre y
que sin embargo es mágica, porque concede todos los deseos que se le pidan...
sólo que, ante cada pedido, la piel se achica hasta extinguirse y con la piel la
vida de su dueño, que así se consume en sus deseos. Fantástico.
Ni bien se publica, es un éxito del tamaño que Balzac esperaba. Traducida al
inglés, al ruso y al alemán, su nombre se extiende por el mundo, tal como él
quería. Las mejores revistas reproducen su retrato, la gente lo reconoce por la
calle, un barbero le corta el pelo y un grupo de chicas se disputan sus
mechones; es moda, siente que tiene admiradoras por toda la tierra y brotan más
allá de lo que esperaba. Todas le escriben y a todas les contesta porque a todas
las ama. Pero entre todas, como una más, aparece por fin la que lo verá morir.
Es 1835 y es una marquesa rusa, apasionada, rica y anónima. Perfecto.
Firma como La Extranjera
y así la llama él, que aún antes de conocerla, en cartas de colección, le jura
amor eterno... Pero hay un problema: también madame Eve de Hanska, su
Extranjera,
está casada. Su marido es un viejo
coronel ruso al que no ama pero respeta y, aunque viejo, saludable. Sin embargo,
bien se ve, nada como un amor imposible para Balzac.
"La esperaré hasta el último de mis días",
le jura, y cumple, entonces si, mientras la espera hasta la muerte, inventa el
mundo que no muere.
Después del big-bang de sus primeras novelas, hubo en su universo un instante
de oscuridad, una nebulosa, un caos inicial, y luego sí, luego fue el verbo y
luego la luz y luego todo.
Fue una mañana de 1833 cuando, recién iluminado, Balzac entró,
exaltado y radiante, en la casa de su hermana, y le dijo: "¡Aclamadme, pues
estoy a punto de convertirme en genio!", y allí mismo, sin respirar, en pocos
minutos, le detalló paso a paso lo que seria un día La Comedia Humana.
"Creo que en 1838 tres cuartas partes de esta obra gigantesca estarán, si no
rematadas, cuando menos muy trabajadas, lo que permitirá formarse una opinión
del monumental conjunto. Los Estudios de costumbres
representarán todos los efectos sociales, sin que falten en ellos ni una
situación de la vida, ni una fisonomía, ni un carácter de hombre o de mujer, ni
una manera de vivir, ni una profesión, ni una zona social, ni un territorio
francés, ni nada que se relacione con la infancia, con la vejez, con la edad
madura, con la política, con la justicia o con la guerra. Una vez establecido
esto, la base consistirá en la historia del corazón humano trazada hilo a hilo,
la historia social expuesta en todas sus partes. Y no se tratará de hechos
imaginarios: será lo que ocurre por todas partes. Luego, el segundo entramado
estará formado por los Estudios filosóficos,
ya que, después de los efectos, vendrán las causas. Os habré descrito, en los
Estudios de costumbres,
los sentimientos y su juego, la vida y su aire. En los
Estudios filosóficos, diré el porqué de
los sentimientos, el cómo de la vida; expondré cuáles son las condiciones más
allá de las cuales la sociedad y el hombre dejan de existir; y después de haber
recorrido la sociedad para describirla, la recorreré para juzgarla. Y si en los
Estudios de costumbres
hallamos las individualidades tipificadas, en los Estudios
filosóficos hallamos los tipos
individualizados. De esta forma habré dado vida por doquier, al tipo
individualizándolo y al individuo tipificándolo. Habré dotado de pensamiento el
fragmento, habré dado al pensamiento la vida del individuo... Así el hombre, la
sociedad, la humanidad, serán descritos, juzgados, analizados sin repeticiones y
en una obra que será como 'Las mil y una noches de occidente'... Y cuando todo
esté acabado, mi Madeleine pulido, mi frontón esculpido, mis tablones retirados
y dados los últimos retoques con el peine, yo, querida hermana, tendré razón o
estaré equivocado. "
Así habló. Grandioso, seguro. Nunca un escritor -un hombre solo- se habla
propuesto semejante epopeya literaria. Y no fue sólo decirlo. De pronto sus
novelas se sucedían solas, ya no precisaba concebirlas, inventarlas. Le bastaba
con crear y echar a vivir seres hechos a su imagen y semejanza, y luego contar
lo que les pasaba, lo que decían y hacían bajo su mirada omnisciente,
omnipresente y omnisapiente. Su obra se extiende, se ramifica y se ahonda. Sus
personajes saben de alquimia, de comercio, conocen las relaciones de las mareas
y los cultivos, los bajos fondos, las miserias de la plebe y los vicios de la
nobleza. Su sabiduría es infinita.
Su ardor también. Mientras escribe como diez hombres, vive como otros tantos.
Le jura sincero amor a madame de Berny, a madame de Hanska, a madame de Abrantes
y a otras madames que seduce y suma mientras viaja y escribe y el público lo
aclama y los editores lo tientan y los acreedores lo cercan y la crítica lo
rechaza. No le perdonan su estilo algo barroco ni sus largas descripciones ni
sus pretensiones monumentales ni sus muchos lectores ni su envidiable talento.
Es comensal y comida. Poco le importa. Vive como un rey y gasta como tal. No
para. Mañana será rico y hoy dilapida por las dudas. En cartas que ahora
valen fortunas, les pide prestado a sus amantes y, en garantía de pago, adjunta
manuscritos de sus novelas. "¡Son
valiosísimos!", asegura y adivina.
Pero el 27 de julio de 1836, muere
La Dilecta madame de Berny. Y
ya no hay otra para él, a no ser
La Extranjera,
madame Hanska, con quien siempre se
escribe. Han tenido su primer encuentro furtivo en Ginebra, donde por fin se
vieron sin decepcionar ni decepcionarse. Se trata de una mujer madura pero
bella, sensible y, a la vez, voluptuosa. Desde que la conoce, sólo quiere una
cosa: morir a su lado. La piel de sus deseos se lo va a conceder, pero...
(1)
Ha crecido demasiado. Él y su mundo. Su última novela,
Ilusiones perdidas,
se convierte en un éxito demasiado
grande. Pagará su precio. En ella Balzac, con divino cinismo y precisión
quirúrgica, retrata y
diseca la industria periodística, cuyas perversiones y miserias conoce como
nadie. Sabe lo que hace: rompe lanzas, y la prensa no se lo perdona.
"Los periodistas quieren arrancarme la
cabellera y yo quiero beber en sus cráneos".Ya
no le importa, no se trata de literatura: se trata de su obra, de un mundo y de
sus criaturas, seres suyos que han dejado de pertenecerle, que por las noches se
reproducen y le rezan y le chupan la sangre, cada vez más espesa de tinta y
café. Es todo un pueblo en su cabeza.
Un balzaqueano ejemplar, Fernand Lotte, se tomó alguna vez el trabajo
de censar La Comedia
Humana,
y al cabo de sus 12.000 páginas, identificó -con nombre, familia,
profesión, etcétera- más de 2500 personajes además de otros 1500
anónimos pero estables. Un pueblo entero en una sola cabeza.
En una carta de 1842, Balzac se confiesa a su Extranjera:
"En resumen, éste es el juego al que yo
juego: cuatro hombres habrán tenido una vida inmensa, Napoleón, Couvier,
O'Connell y yo, que seré el cuarto. El primero ha vivido la vida de Europa, ¡se
ha contagiado de los ejércitos! ¡El segundo se ha desposado con el globo! ¡El
tercero se ha encarnado en un pueblo! ¡Yo habré llevado a toda una sociedad en
mi cabeza".
Todo un mundo, y además el mundo: las deudas, los viajes, la critica,
los otros y ella, a la que siempre espera, hasta que por fin, un día de 1841, el
viejo marido de madame Hanska muere. Balzac, renacido, pretende
casarse prácticamente durante el funeral. Madame, por supuesto, se niega; se
niega primero por
pudor y después por prudencia: casarse con Balzac representaba casarse con
sus deudas y con su familia también llena de deudas. Para colmo Honorato,
incontenible, sin esperar el sí de su amante -y lo que es peor, a cuenta de
ella-, prepara el nuevo hogar y gasta fortunas incalculables en cosas
inservibles. Madame Hanska lo reprende por carta y le dice que está loco. Él le
contesta: "¿Se trata de locuras? ¡Perdonádme,
pero no son ni damiselas galantes, ni tabaco, ni orgías! ¿Y cómo no comprar ropa
de cama, ajuar?... El pomo del mecanismo del agua para la cadena de nuestro
excusado, ¡es de cristal de Bohemia, de color verde!",
le cuenta contento y ella duda más todavía. Pero él la tranquiliza.
"Acabo de examinar lo que puedo hacer en
cuanto a novelas y voy a superponer los manuscritos según la extensión de la
deuda... En 1847 ganaré cien mil francos con, primero, el final de
Vautrin, segundo, Los veteranos,
tercero, El diputado de Arcís, cuarto, Los soldados de la república".
Lo dice y lo hace. Es su leyenda.
En 1845, le dan la Legión de Honor, publica dos nuevos tomos de
La Comedia Humana,
Víctor Hugo lo propone para la
Academia, en fin... la gloria sucede a la celebridad pero a él ya no le importa
otra cosa que casarse con madame Hanska. Es su gran último deseo. En 1847
pasa el invierno con ella en su castillo de Ucrania, y al cabo de los meses más
felices de su vida, por fin la convence. La piel se encoge
(1).
Ahora precisa una fortuna y nada más. Le será concedida.
Vuelve a París, prueba en el teatro, y su deseo se cumple: el público y la
crítica reconocen sus dotes como dramaturgo y él se transforma en una industria
que lo agota más. "El único
pensamiento del director, de los actores, de las actrices, del escenógrafo y
hasta del lamparista es imponeros un drama que no sea el vuestro... Cedéis y
luego silban sobre vuestro nombre todas estas tonterías combinadas. Pero el
teatro me dará los quinientos o seiscientos mil francos que preciso, o reventar".
Reventará. Ya ve doble, se agita con sólo reir, tiene las piernas muy
hinchadas y vomita sangre cada tanto.
"Me siento envejecer, el trabajo se me hace
difícil y tengo, a lo sumo, suficiente aceite en la lámpara como para alumbrar
los últimos manuscritos que quiero hacer".
La Comedia Humana
no se detiene. Al pueblo que lo habita no le
importa la salud de su dios ni su vigilia ni sus sueños. Ellos tenían sus vidas
y querían su mundo.
El 14 de marzo de 1850, se cumple su gran último deseo: se casa con
madame Eve de Hanska,
La Extranjera.
Tres días después, con la ilusión
acorazada, le escribe a su médico:
"tal unión es, creo yo, la recompensa que Dios me tenía guardada como
compensación a tantas adversidades... No he tenido ni una juventud afortunada ni
una primavera florida; pero tendré el más brillante verano, el más dulce de
todos los otoños".
No, no tendrá nada. La piel de sus deseos ya no existe
(1).
Todo lo que le queda es esa primavera y será
negra. Morirá antes del verano, inconsciente y entre estertores, demacrado,
consumido, irreconocible.
Paró un domingo, como Dios. El 18 de agosto de 1850, en París,
en su lecho nupcial, poco antes de la medianoche, perdió la conciencia. Según su
esposa -a su lado entonces-, lo último que dijo fue
"sólo Bianchon podría salvarme".
Pero como Bianchon era uno de los mejores médicos de
La Comedia Humana,
nadie pudo salvarlo y Balzac entró en
coma. Se detuvo algunas horas entre su mundo y el otro, y luego se elevó sobre
los dos.
Esa noche Víctor Hugo, como un grande, cruzó todo París para ver por
última vez al único más grande. Llegó a la casa, subió a su cuarto, estuvo con
él, y después lo contó en Cosas vistas:
"Emanaba del lecho un hedor insoportable. Levanté el cobertor y tomé la mano de
Balzac. Estaba impregnada de sudor. Se la apreté, pero él no respondió a la
presión... Tenía el rostro violáceo, casi negro, inclinado hacia la derecha; no
iba afeitado; le hablan cortado sus grises cabellos y tenía los ojos abiertos,
con una mirada fija... Visto de perfil, se parecía al Emperador".
Era aún más grande. Porque mientras el Emperador desafiaba a Dios, Balzac lo
habla reemplazado y ahora sólo pagaba el precio de la eternidad.
Murió antes del amanecer. Sus criaturas ya no lo precisaban. Su mundo era tan
real y sus seres tan vivos, que al igual que en el mundo de los hombres, también
ellos aprendieron a vivir sin su dios, y su dios se les murió. Vive en ellos,
que viven todavía, pero ellos no lo saben porque no lo ven. Reina invisible más
allá del Tiempo, fue su divino destino: cumplió cada uno de sus deseos, nombró
un mundo y lo echó a rodar, se fragmentó en sus creaciones, hasta fundirse con
ellas, y cuando alcanzó la perfección -el absoluto- se deshizo y fue inmortal.
Vida de dios.
Nota (S.R.) :
(1) Referencia a la piel de zapa, que
cada vez que concedía un deseo se achicaba y con ella se reducía la vida de su
poseedor.
Texto extraído del libro "Historias de escritores" de Daniel Ares, Págs.
21/38, editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1998.
Selección: S.R.
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