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Vida de dios (Balzac)

Daniel Ares

Somos Dios o Dios no existe.

H. B.

Dos décadas antes de morir Bonaparte, ya había nacido -esta vez si en Francia- un nuevo Napoleón: Balzac. Y quizás fuera más grande aún éste que aquél, porque mientras el Emperador se limitó a conquistar el mundo y transformarlo, Balzac prefirió, mejor, inventar un mundo propio, igual al otro pero suyo, y tan perfecto y tan vivo y tan real que, muerto su creador, gira todavía.

Honorato de Balzac era su nombre en la Tierra y un día dispuso, según sus propias palabras, "competir con el registro civil" y, en pocos años, construyó lo que hoy se conoce y reverencia bajo el titulo universal de La Comedia Humana, una sola gran novela compuesta por más de cien novelas de las cuales él llegó a concluir nada más -¡nada más!- que setenta y cuatro, casi todas ellas geniales. Pero en Balzac no sólo impresiona la vastedad de su inteligencia, la dinámica del conjunto, la hondura de su mirada la fuerza de su expresión y su erudición sietecabezas, sino también -y a la par- la dimensión superhumana de su obra, su magnitud planetaria.

Más laborioso que Dios, trabajaba hasta los domingos. Tan orgulloso de su talento como de su voluntad, se enfundaba en un hábito monacal casi siempre blanco y escribía no menos de catorce horas diarias, sin otro combustible que mil litros del café más negro y recio que se conozca. Y en los intersticios de esa faena desesperante, como si fuera humano, protagonizó, con su propia vida, la mayor de sus novelas, y firmó, con su propia muerte, el más increíble de sus desenlaces. Tan increíble que, de habérsele ocurrido ese argumento para uno de sus folletines, no se hubiese animado a tanto.

En plena consagración, recién casado con la mujer que había esperado por más de quince años, sin deudas por primera vez, feliz como nunca, la muerte en pocas semanas se lo quitaba todo. Demasiado folletinesco; no, no lo hubiese escrito. De hecho, no lo escribió. Pero así fue. Así acabó el ser supremo de tantas criaturas que ahora viven para siempre y cuyas vidas son todavía su vida.

Destinado a ser un gigante del siglo, nació con el siglo el 20 de mayo de 1799, en la provinciana ciudad de Tours, pocos meses antes de que Napoleón en su Brumario se convirtiera en Cónsul de Francia.

Su padre terrenal se llamó Bernard Françoise Balzac, un burgués en pleno ascenso que pretendia fundar, con su sangre plebeya, una nueva estirpe de aristócratas brillantes. Con tal obsesión y sin más atractivos que una buena renta y una salud de hierro, monsieur Balzac se casó un día en Tours con madame Laure Sallambier, una bella y refinada mujer treinta y dos años más joven, que nunca lo amaría pero que a cambio iba a darle cuatro hijos, dos legítimos, y uno glorioso: Honoré.

Mujer de corazón esquivo y ambiciones precisas, madame de Balzac nunca quiso incomodarse con la educación de sus hijos, y pronto se los confió a una institutriz inglesa que Honoré recordaría con terror infantil hasta más allá de la madurez. Pero que sólo tendría que soportar hasta los ocho años, cuando atentos a un plan de evolución familiar muy minucioso, sus padres lo internaron como pupilo en uno de los mejores colegios de Francia. Allí el pequeño Honoré -típico genio- será un alumno mediocre, haragán y extraño. Con el tiempo quedaría estúpido.

Apartado del mundo, leía todo lo que llegaba a sus manos o lo que podía robar de la biblioteca de la escuela, cuyos escondites secretos -más temprano que tarde- fueron suyos. Desaparecía durante horas y pasaba noches enteras leyendo tratados de química, estudios de zoología, poesía, novelas históricas, textos religiosos, cualquier cosa. Un chico raro.

A los diez años escribe en alejandrinos exactos y torpes una epopeya sobre los Incas y se gana las burlas de sus compañeros que ya lo llaman "el poeta". Sus maestros lo reprenden por las disgresiones, y su madre le reprocha su traición a tanto sacrificio paterno. "Seguí con mis lecturas, me convertí en el escolar menos activo, más perezoso, más contemplativo de la división infantil y, por todo ello, en el castigado con mayor frecuencia." Tan sólo un profesor percibe algo distinto y apunta sobre el chico: "talento, agudeza, memoria, más imaginación que criterio e inclinación hacia las maravillas y los sistemas".

Por suerte un día se enferma y se libra de la escuela. Una mañana despierta y no despierta, queda atontado, catatónico, los ojos fijos, ido... Pero feliz: vuelve a su casa.

Ya tiene catorce años y la infancia ha quedado atrás. Fue una infancia triste, sin calor de madre ni juegos con los demás, una infancia solitaria, sorda, muda... pero él ni se dio cuenta, la pasó fuera de sí, así, como perdido en ese mundo que todavía no existía porque él iba a crearlo.

De vuelta a casa, ya nada es como antes. Algunos tropiezos financieros, malas inversiones y excesos en los gastos, arrastraron a los Balzac de la provinciana Tours a la pueblerina Villaparisi, y ahora más que nunca precisan de Honoré. Su padre lo quiere abogado y, como Honoré aprecia mucho a su padre, comienza la carrera de leyes y, en 1819, con veinte años, se licencia sin obstáculos y pronto consigue empleo en un estudio muy renombrado donde aprenderá muchas cosas importantes que por entonces no le importan pero que un día nutrirán sus páginas: legislaciones, procedimientos, caracteres, casos, perfiles, escenas, todo le interesa aunque nada le importe. Quiere ser escritor, ha decidido. ¿Por qué?, por la fortuna y por la gloria, porque en su casa no despreciaban el arte, "porque la esperanza es una memoria que desea" -como dirá un día-, pero más que nada, porque entre todas las posibilidades humanas, ser escritor era la única forma de ser cada uno de los hombres y todos a la vez. Lo supiera o no, ya buscaba el absoluto.

Apenas lo advierte, se lo comunica a sus padres y la familia, en reunión cumbre, estudia la propuesta. Todos coinciden en que la gloria y el renombre son importantes; pero se preguntan: ¿conduce la literatura a la riqueza? Su madre duda; pero su padre, seguro y orgulloso de la inteligencia de su hijo, impulsa la decisión: durante dos años, a partir de aquella fecha, le darán 1.500 francos de renta anual para que se instale en París y demuestre sus talentos... o se busque un trabajo en serio.

No puede pedir más. Vuela a París. Henchido de entusiasmo, respira de antemano la gloria que lo espera. Es agosto de 1819 y es feliz. En otro agosto, el de 1850, allí en París, se va a morir. Le quedan treinta y un años a partir de ahora. Parece mucho, y sin embargo, en ese tiempo, ese hombre solo debe ser Balzac.

Ahora son los días mejores. Tiene veinte años y está en París, solo, suelto y sin más obligaciones que una ópera prima que trabaja despacio en versos regulares y que lo aburren un poco. Pero qué va. Es completamente libre por primera vez. Impulsivo, apasionado, incontinente; todo lo deslumbra, todo lo subyuga, todo se lo lleva, todo lo quiere y todo lo puede, y lo que no puede, lo compra. Se instala en una buhardilla de la rue Lesdiguieres, y ya entonces, se desatan las tres grandes fuerzas que lo van a destrozar: su obra, sus amantes y sus deudas.

"Papá nos ha dicho -le escribe su hermana Laure- que tus primeras acciones de hombre libre han consistido en comprar un espejo cuadrado y dorado y un adorno para tu habitación; ni papá ni mamá se han alegrado". Es sólo el principio. Su relación con el dinero será para siempre la que tiene el niño con el chocolate: lo acaba o lo derrite. Sus primeros acreedores son vecinos y parientes, pero pronto abarcarán todo París y, con el tiempo, media Europa. Su capacidad de producción será sólo superada por su capacidad de gasto. Lo pierden las antigüedades, los muebles de estilo, las alfombras, la buena ropa, los tapices más exquisitos. Sus guantes amarillos y esos bastones exclusivos que pronto serán su símbolo en el circuito bohemio de París, adonde llega para reinar.

Está loco de alegría y es entendible: tiene amigos por primera vez, amigos divertidos, irresponsables, ingeniosos, artistas y periodistas, mercenarios de la pluma que le enseñan el gustito a veneno de vivir de las palabras. Son cronistas de teatro, chismosos profesionales que le abren las puertas de la nobleza que a él le falta y tanto anhela. Está loco de alegría. Loco.

¿Su ópera prima? Un día la acaba, pero son cinco actos en verso titulados Cronwell, sin ningún valor. Como quien rinde cuentas, una noche, de vuelta a Villaparisi, Balzac dará lectura a su obra, sacro fruto de dos años de trabajar sin trabajar. Los familiares están ansiosos, sueñan con un nuevo Homero, pero a poco de comenzar, Honorato advierte con espanto que el que no bosteza se aterra. Antes de que termine, ya todos son conscientes del desastre. Temiendo con esperanza estar ante una genialidad incomprensible, su padre le acerca el original a un famoso crítico de la epoca para ver que dice. Y lo que dice es lapidario: "el autor podrá dedicarse a muchas cosas, pero no a la literatura".

El mundo se derrumba para todos los Balzac, menos para uno: él. Invulnerable como el dios que lo habita, responde sin inmutarse: "la tragedia no es lo mío, simplemente". Y luego de meditarlo un poco -alentado por un amigo periodista y por el fervor de los folletines populares-, decide probar suerte en la novela. Fugaz y definitivo instante para la historia mayúscula de la literatura universal... él sólo quiere dinero.

Antes de que termine ese año de 1822, habrá publicado tres obras en colaboración y bajo séudónimo. Son tres novelas, tres folletines de los que no espera nada a no ser calmar un poco a sus acreedores, cuya persecución implacable le está dando a sus fugas un matiz levemente patético. Pronto tendrá que dejar la buhardilla que habita, y en la nueva habrá de registrarse bajo el nombre de una viuda, sus amigos precisarán una contraseña para encontrarlo y su domicilio será un secreto carísimo; con el tiempo sólo alquilará casas con dos puertas de salida para escapar y escapar mientras persigue el absoluto escribe y se enamora. Así se disuelve.

Según todas las descripciones, era gordo, feo y petiso, tenía una nariz que parecía de otro, no se peinaba nunca, vestía mal y sus modales toscos resultaban a veces revulsivos. Sin embargo las mujeres no le negaban nada. Tuvo más amantes de lo que ninguno de sus biógrafos consiguió inventariar jamás. Su debilidad eran las aristócratas, pero en su bondad infinita admitía cortesanas, admiradoras, vecinas y hasta parientes. Mas allá de su aspecto impresentable, los testimonios subrayan el resplandor de su inteligencia, el encanto de su imaginación y el brillo algo impreciso pero infalible en sus ojos negros y en su "mirada de domador".

Glotón, voluptuoso, otra vez incontinente, ponía en todo lo que hacia la misma devoción desesperada. "Hay que hacer bien cualquier cosa que se haga, incluso una locura". Así escribía, así gastaba, así comía, así amaba. "Te tengo en mí como tengo mis pesares, mi trabajo y mi sangre".

Pero de la suma incontable de mujeres, sólo dos malearán de verdad el oro de su esencia. A una ya la conoce. Ese año de 1822, cuando visita a sus padres, se enamora como un adolescente de madame de Berny, una vecina muy amiga de su familia, casada, veintidós años mayor que él, madre de tres hijas, en fin: imposible. Ella lo rechaza, claro, incluso hasta se ríe de ese gordito arrogante cuyas insinuaciones suben de tono inconvenientemente... pero conforme lo conoce y lo trata -otra vez su inteligencia, su encanto, sus ojos negros- madarne de Berny se enamora hasta la muerte. Balzac va a sobrevivirla, pero no va a olvidarla. Será para siempre, en su vida, en sus cartas, La Dilecta, su amante y su mentora, su consejera más escuchada y su lectora más rigurosa. Más que una madre, mejor que la que tuvo. Llegará un día en que ella estará dispuesta a dejarlo todo por él... pero él pertenece a sus criaturas y sus criaturas quieren nacer ahora. Ya tiene otra razón para resplandecer, y ya está seguro de lo que puede. Vuelve a París, a trabajar. Es 1823, tiene veinticuatro años, le debe un mundo al mundo pero siente la fuerza que precisa, y en un triple salto mortal imperceptible se arroja de cabeza en su tintero, y nunca más vuelve a la superficie.

"Yo no vivo, me uso horriblemente; pero morir de trabajo o de otra cosa, todo es lo mismo", le escribe a una amante en mayo de 1830. Ya tiene treinta y un años, ya no es un chico y han pasado muchas cosas en los últimos tiempos. Con ilusiones de novelista, se metió a mil negocios y fracasó uno por uno en todos. Compró minas de plata en la Cerdeña, probó el cultivo de hortalizas y la comercialización del abono; editó revistas, reeditó viejos clásicos, pidió prestado y fracasó siempre. Para colmo ha muerto su padre y sus acreedores se han multiplicado. No fueron buenos tiempos. Pero algo ocurrió: el año anterior -1829- publicó El último chuan, la primera de sus criaturas que reconoce con su nombre. La firma Honoré de Balzac. En el ancho universo de su cabeza, el big-bang tan esperado acaba de estallar.

El otro grande de su tiempo -el único de su talla-, lo lee y lo reconoce, y se convierte en su amigo: es Víctor Hugo. De pronto el nombre de Balzac aparece y se repite en los diarios y las revistas y su pluma ya se incluye entre las mejores plumas de París. Los grandes salones son suyos, se cartea con la marquesa de Castries, se convierte en amante de Olympe Péliser y hasta le endilgan amoríos con George Sand. Por fin ha conseguido su silla en el gran festín de los famosos donde los comensales son también la comida.

De buenas a mejores, en 1831, publica su primera gran obra, la primera indiscutible: es La piel de zapa, una novela fantástica en todos los sentidos. Cuenta la historia de un joven pobre pero lleno de ilusiones al que un anciano anticuario le vende un pedazo de piel que parece una piel común y silvestre y que sin embargo es mágica, porque concede todos los deseos que se le pidan... sólo que, ante cada pedido, la piel se achica hasta extinguirse y con la piel la vida de su dueño, que así se consume en sus deseos. Fantástico.

Ni bien se publica, es un éxito del tamaño que Balzac esperaba. Traducida al inglés, al ruso y al alemán, su nombre se extiende por el mundo, tal como él quería. Las mejores revistas reproducen su retrato, la gente lo reconoce por la calle, un barbero le corta el pelo y un grupo de chicas se disputan sus mechones; es moda, siente que tiene admiradoras por toda la tierra y brotan más allá de lo que esperaba. Todas le escriben y a todas les contesta porque a todas las ama. Pero entre todas, como una más, aparece por fin la que lo verá morir. Es 1835 y es una marquesa rusa, apasionada, rica y anónima. Perfecto. Firma como La Extranjera y así la llama él, que aún antes de conocerla, en cartas de colección, le jura amor eterno... Pero hay un problema: también madame Eve de Hanska, su Extranjera, está casada. Su marido es un viejo coronel ruso al que no ama pero respeta y, aunque viejo, saludable. Sin embargo, bien se ve, nada como un amor imposible para Balzac. "La esperaré hasta el último de mis días", le jura, y cumple, entonces si, mientras la espera hasta la muerte, inventa el mundo que no muere.

Después del big-bang de sus primeras novelas, hubo en su universo un instante de oscuridad, una nebulosa, un caos inicial, y luego sí, luego fue el verbo y luego la luz y luego todo.

Fue una mañana de 1833 cuando, recién iluminado, Balzac entró, exaltado y radiante, en la casa de su hermana, y le dijo: "¡Aclamadme, pues estoy a punto de convertirme en genio!", y allí mismo, sin respirar, en pocos minutos, le detalló paso a paso lo que seria un día La Comedia Humana.

"Creo que en 1838 tres cuartas partes de esta obra gigantesca estarán, si no rematadas, cuando menos muy trabajadas, lo que permitirá formarse una opinión del monumental conjunto. Los Estudios de costumbres representarán todos los efectos sociales, sin que falten en ellos ni una situación de la vida, ni una fisonomía, ni un carácter de hombre o de mujer, ni una manera de vivir, ni una profesión, ni una zona social, ni un territorio francés, ni nada que se relacione con la infancia, con la vejez, con la edad madura, con la política, con la justicia o con la guerra. Una vez establecido esto, la base consistirá en la historia del corazón humano trazada hilo a hilo, la historia social expuesta en todas sus partes. Y no se tratará de hechos imaginarios: será lo que ocurre por todas partes. Luego, el segundo entramado estará formado por los Estudios filosóficos, ya que, después de los efectos, vendrán las causas. Os habré descrito, en los Estudios de costumbres, los sentimientos y su juego, la vida y su aire. En los Estudios filosóficos, diré el porqué de los sentimientos, el cómo de la vida; expondré cuáles son las condiciones más allá de las cuales la sociedad y el hombre dejan de existir; y después de haber recorrido la sociedad para describirla, la recorreré para juzgarla. Y si en los Estudios de costumbres hallamos las individualidades tipificadas, en los Estudios filosóficos hallamos los tipos individualizados. De esta forma habré dado vida por doquier, al tipo individualizándolo y al individuo tipificándolo. Habré dotado de pensamiento el fragmento, habré dado al pensamiento la vida del individuo... Así el hombre, la sociedad, la humanidad, serán descritos, juzgados, analizados sin repeticiones y en una obra que será como 'Las mil y una noches de occidente'... Y cuando todo esté acabado, mi Madeleine pulido, mi frontón esculpido, mis tablones retirados y dados los últimos retoques con el peine, yo, querida hermana, tendré razón o estaré equivocado. "

Así habló. Grandioso, seguro. Nunca un escritor -un hombre solo- se habla propuesto semejante epopeya literaria. Y no fue sólo decirlo. De pronto sus novelas se sucedían solas, ya no precisaba concebirlas, inventarlas. Le bastaba con crear y echar a vivir seres hechos a su imagen y semejanza, y luego contar lo que les pasaba, lo que decían y hacían bajo su mirada omnisciente, omnipresente y omnisapiente. Su obra se extiende, se ramifica y se ahonda. Sus personajes saben de alquimia, de comercio, conocen las relaciones de las mareas y los cultivos, los bajos fondos, las miserias de la plebe y los vicios de la nobleza. Su sabiduría es infinita.

Su ardor también. Mientras escribe como diez hombres, vive como otros tantos. Le jura sincero amor a madame de Berny, a madame de Hanska, a madame de Abrantes y a otras madames que seduce y suma mientras viaja y escribe y el público lo aclama y los editores lo tientan y los acreedores lo cercan y la crítica lo rechaza. No le perdonan su estilo algo barroco ni sus largas descripciones ni sus pretensiones monumentales ni sus muchos lectores ni su envidiable talento. Es comensal y comida. Poco le importa. Vive como un rey y gasta como tal. No para. Mañana será rico y hoy dilapida por las dudas. En cartas que ahora valen fortunas, les pide prestado a sus amantes y, en garantía de pago, adjunta manuscritos de sus novelas. "¡Son valiosísimos!", asegura y adivina.

Pero el 27 de julio de 1836, muere La Dilecta madame de Berny. Y ya no hay otra para él, a no ser La Extranjera, madame Hanska, con quien siempre se escribe. Han tenido su primer encuentro furtivo en Ginebra, donde por fin se vieron sin decepcionar ni decepcionarse. Se trata de una mujer madura pero bella, sensible y, a la vez, voluptuosa. Desde que la conoce, sólo quiere una cosa: morir a su lado. La piel de sus deseos se lo va a conceder, pero... (1)

Ha crecido demasiado. Él y su mundo. Su última novela, Ilusiones perdidas, se convierte en un éxito demasiado grande. Pagará su precio. En ella Balzac, con divino cinismo y precisión quirúrgica, retrata y

diseca la industria periodística, cuyas perversiones y miserias conoce como nadie. Sabe lo que hace: rompe lanzas, y la prensa no se lo perdona. "Los periodistas quieren arrancarme la cabellera y yo quiero beber en sus cráneos".Ya no le importa, no se trata de literatura: se trata de su obra, de un mundo y de sus criaturas, seres suyos que han dejado de pertenecerle, que por las noches se reproducen y le rezan y le chupan la sangre, cada vez más espesa de tinta y café. Es todo un pueblo en su cabeza.

Un balzaqueano ejemplar, Fernand Lotte, se tomó alguna vez el trabajo de censar La Comedia Humana, y al cabo de sus 12.000 páginas, identificó -con nombre, familia, profesión, etcétera- más de 2500 personajes además de otros 1500 anónimos pero estables. Un pueblo entero en una sola cabeza.

En una carta de 1842, Balzac se confiesa a su Extranjera: "En resumen, éste es el juego al que yo juego: cuatro hombres habrán tenido una vida inmensa, Napoleón, Couvier, O'Connell y yo, que seré el cuarto. El primero ha vivido la vida de Europa, ¡se ha contagiado de los ejércitos! ¡El segundo se ha desposado con el globo! ¡El tercero se ha encarnado en un pueblo! ¡Yo habré llevado a toda una sociedad en mi cabeza".

Todo un mundo, y además el mundo: las deudas, los viajes, la critica, los otros y ella, a la que siempre espera, hasta que por fin, un día de 1841, el viejo marido de madame Hanska muere. Balzac, renacido, pretende casarse prácticamente durante el funeral. Madame, por supuesto, se niega; se niega primero por

pudor y después por prudencia: casarse con Balzac representaba casarse con sus deudas y con su familia también llena de deudas. Para colmo Honorato, incontenible, sin esperar el sí de su amante -y lo que es peor, a cuenta de ella-, prepara el nuevo hogar y gasta fortunas incalculables en cosas inservibles. Madame Hanska lo reprende por carta y le dice que está loco. Él le contesta: "¿Se trata de locuras? ¡Perdonádme, pero no son ni damiselas galantes, ni tabaco, ni orgías! ¿Y cómo no comprar ropa de cama, ajuar?... El pomo del mecanismo del agua para la cadena de nuestro excusado, ¡es de cristal de Bohemia, de color verde!", le cuenta contento y ella duda más todavía. Pero él la tranquiliza. "Acabo de examinar lo que puedo hacer en cuanto a novelas y voy a superponer los manuscritos según la extensión de la deuda... En 1847 ganaré cien mil francos con, primero, el final de Vautrin, segundo, Los veteranos, tercero, El diputado de Arcís, cuarto, Los soldados de la república". Lo dice y lo hace. Es su leyenda.

En 1845, le dan la Legión de Honor, publica dos nuevos tomos de La Comedia Humana, Víctor Hugo lo propone para la Academia, en fin... la gloria sucede a la celebridad pero a él ya no le importa otra cosa que casarse con madame Hanska. Es su gran último deseo. En 1847 pasa el invierno con ella en su castillo de Ucrania, y al cabo de los meses más felices de su vida, por fin la convence. La piel se encoge (1). Ahora precisa una fortuna y nada más. Le será concedida.

Vuelve a París, prueba en el teatro, y su deseo se cumple: el público y la crítica reconocen sus dotes como dramaturgo y él se transforma en una industria que lo agota más. "El único pensamiento del director, de los actores, de las actrices, del escenógrafo y hasta del lamparista es imponeros un drama que no sea el vuestro... Cedéis y luego silban sobre vuestro nombre todas estas tonterías combinadas. Pero el teatro me dará los quinientos o seiscientos mil francos que preciso, o reventar".

Reventará. Ya ve doble, se agita con sólo reir, tiene las piernas muy hinchadas y vomita sangre cada tanto. "Me siento envejecer, el trabajo se me hace difícil y tengo, a lo sumo, suficiente aceite en la lámpara como para alumbrar los últimos manuscritos que quiero hacer".

La Comedia Humana no se detiene. Al pueblo que lo habita no le importa la salud de su dios ni su vigilia ni sus sueños. Ellos tenían sus vidas y querían su mundo.

El 14 de marzo de 1850, se cumple su gran último deseo: se casa con madame Eve de Hanska, La Extranjera. Tres días después, con la ilusión acorazada, le escribe a su médico: "tal unión es, creo yo, la recompensa que Dios me tenía guardada como compensación a tantas adversidades... No he tenido ni una juventud afortunada ni una primavera florida; pero tendré el más brillante verano, el más dulce de todos los otoños".

No, no tendrá nada. La piel de sus deseos ya no existe (1). Todo lo que le queda es esa primavera y será

negra. Morirá antes del verano, inconsciente y entre estertores, demacrado, consumido, irreconocible.

Paró un domingo, como Dios. El 18 de agosto de 1850, en París, en su lecho nupcial, poco antes de la medianoche, perdió la conciencia. Según su esposa -a su lado entonces-, lo último que dijo fue "sólo Bianchon podría salvarme". Pero como Bianchon era uno de los mejores médicos de La Comedia Humana, nadie pudo salvarlo y Balzac entró en coma. Se detuvo algunas horas entre su mundo y el otro, y luego se elevó sobre los dos.

Esa noche Víctor Hugo, como un grande, cruzó todo París para ver por última vez al único más grande. Llegó a la casa, subió a su cuarto, estuvo con él, y después lo contó en Cosas vistas: "Emanaba del lecho un hedor insoportable. Levanté el cobertor y tomé la mano de Balzac. Estaba impregnada de sudor. Se la apreté, pero él no respondió a la presión... Tenía el rostro violáceo, casi negro, inclinado hacia la derecha; no iba afeitado; le hablan cortado sus grises cabellos y tenía los ojos abiertos, con una mirada fija... Visto de perfil, se parecía al Emperador".

Era aún más grande. Porque mientras el Emperador desafiaba a Dios, Balzac lo habla reemplazado y ahora sólo pagaba el precio de la eternidad.

Murió antes del amanecer. Sus criaturas ya no lo precisaban. Su mundo era tan real y sus seres tan vivos, que al igual que en el mundo de los hombres, también ellos aprendieron a vivir sin su dios, y su dios se les murió. Vive en ellos, que viven todavía, pero ellos no lo saben porque no lo ven. Reina invisible más allá del Tiempo, fue su divino destino: cumplió cada uno de sus deseos, nombró un mundo y lo echó a rodar, se fragmentó en sus creaciones, hasta fundirse con ellas, y cuando alcanzó la perfección -el absoluto- se deshizo y fue inmortal. Vida de dios.

Nota (S.R.) :

(1) Referencia a la piel de zapa, que cada vez que concedía un deseo se achicaba y con ella se reducía la vida de su poseedor.

Texto extraído del libro "Historias de escritores" de Daniel Ares, Págs. 21/38, editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1998.

Selección: S.R.

 

 

  

 

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