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"La
Fenomenología del Espíritu"
G.
W. F. Hegel
Parte
B: Autoconciencia.
A.
Independencia y sujeción de la autoconciencia; el amo y el esclavo.
La
autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es
en sí y para sí para otra autoconciencia; es decir, sólo es en
cuanto se la reconoce. El concepto de esta unidad de la autoconciencia
es su duplicación, de la infinitud que se realiza en la autoconciencia
(1)
es
una trabazón multilateral y multívoca, de tal modo
que, de una parte los momentos que aquí se entrelazan deben
ser mantenidos rigurosamente separados y, de otra parte, deben ser,
al mismo tiempo en esta diferencia, tomados y reconocidos también
como momentos que no se distinguen o tomados en esta diferencia,
y reconocidos siempre en su significación contrapuesta. El doble
sentido de lo diferenciado se halla en la esencia de la autoconciencia
que consiste en ser infinita o inmediatamente lo contrario
de la determinabilidad en la que es puesta. El desdoblamiento del
concepto de esta unidad espiritual en su duplicación presenta ante
nosotros el movimiento del reconocimiento.
1.
La autoconciencia duplicada
Para la autoconciencia
hay otra autoconciencia; ésta se presenta fuera de sí. Hay
en esto una doble significación; en primer lugar, la autoconciencia
se ha perdido a sí misma, pues se encuentra como otra esencia;
en segundo lugar, con ello ha superado a lo otro, pues no ve tampoco
a lo otro como esencia, sino que se ve a sí misma en lo otro.
Tiene que superar
este su ser otro; esto es la superación del primer doble
sentido y, por tanto, a su vez, un segundo doble sentido; en primer
lugar, debe tender a superar la otra esencia independiente para
de este modo devenir certeza de sí como esencia y, en segundo lugar,
tiende con ello a superarse a sí misma, pues este otro es ella misma.
Esta superación
de doble sentido de su ser otro de doble sentido es, igualmente,
un retorno a sí misma de doble sentido, pues, en primer lugar, se
recobra a sí misma mediante esta superación, pues, deviene de nuevo
igual a sí por la superación de su ser otro, pero, en segundo lugar,
restituye también a sí misma la otra autoconciencia, que era en
lo otro, supera este su ser en lo otro y hace, así, quede nuevo
libre a lo otro.
Este movimiento
de la autoconciencia en su relación con otra autoconciencia se representa,
empero, de este modo, como el hacer de la una pero este hacer
de la una tiene él mismo la doble significación de ser tanto su
hacer como el hacer de la otra pues la otra es igualmente
independiente, encerrada en si misma y no hay en ella nada que no
sea por ella misma. La primera autoconciencia no tiene ante
sí el objeto tal y como este objeto sólo es al principio para la
apetencia, sino que tiene ante si un objeto independiente y que
es para sí y sobre el cual la autoconciencia, por tanto, nada puede
para sí, si el objeto no hace en sí mismo lo que ella hace en él.
El movimiento es, por tanto, sencillamente el movimiento
duplicado de ambas autoconciencias. Cada una de ellas ve a la otra
hacer (2)
lo mismo que ella hace; cada una hace lo que exige de la otra y,
por tanto, sólo hace lo que hace en cuanto la otra hace lo mismo;
el hacer unilateral sería ocioso, ya que lo que ha de suceder sólo
puede lograrse por la acción de ambas.
El hacer
por tanto, no sólo tiene un doble sentido en cuanto que es un hacer
tanto hacía si como hacía lo otro, sino también en
cuanto que ese hacer, como indivisible, es tanto el hacer de
lo uno como el de lo otro.
En
este movimiento vemos repetirse el proceso que se presentaba
como juego de fuerzas, pero ahora en la conciencia. Lo que en el
juego de fuerzas era para nosotros es ahora para los extremos mismos.
El término medio es la conciencia de sí, que se descompone en los
extremos; y cada extremo es este intercambio de su determinabilidad
y el tránsito absoluto al extremo opuesto. Pero, como conciencia,
aunque cada extremo pase fuera de sí, en su ser fuera de
sí es, al mismo tiempo, retenido en si, es para sí y su fuera
de si es para él (3).
Es para él para lo que es y no es
inmediatamente otra conciencia; y también para él es este otro para
si solamente cuando se supera como lo que es para si y es para si
solamente en el ser para sí del otro. Cada extremo es para el otro
el término medio a través del cual es mediado y unido consigo mismo,
y cada uno de ellos es para sí y para el otro una esencia inmediata
que es para sí, pero que, al mismo tiempo, sólo es para si a través
de esta mediación. Se reconocen como reconociéndose mutuamente
(4).
Hay
que considerar ahora este puro concepto del reconocimiento, de la
duplicación de la autoconciencia en su unidad, tal como su proceso
aparece para la autoconciencia. Este proceso representará primeramente
el lado de la desigualdad de ambas o el desplazamiento del
término medio a los extremos, que como extremos se contraponen,
siendo el uno sólo lo reconocido y el otro solamente lo que reconoce
(5).
2.
La lucha de las autoconciencias contrapuestas
La autoconciencia es primeramente
simple ser para sí, igual a sí misma, por la exclusión de sí
de todo otro; su esencia y su objeto absoluto es para ella
el yo; y, en esta inmediatez o en este ser
su ser para sí, es singular. Lo que para ella es otro es
como objeto no esencial, marcado con el carácter de lo negativo
Pero lo otro es también una autoconciencia; un individuo
surge frente a otro individuo. - Y, surgiendo así, de un modoinmediato,
son el uno para el otro a la manera de objetos comunes; figuras
independientes, conciencias hundidas en el ser de la vida
-pues como vida se ha determinado aquí el objeto que es-,
conciencias que aún no han realizado la una para la otra
el movimiento de la abstracción absoluta consistente en aniquilar
todo ser inmediato para ser solamente el ser puramente negativo
de la conciencia igual a sí misma; o, en otros términos, no se presenta
la una con respecto a la otra todavía como puro ser para sí,
es decir como autoconciencias. Cada una de ellas está bien cierta
de sí misma, pero no de la otra, por lo que su propia certeza de
sí no tiene todavía ninguna verdad, pues su verdad sólo estaría
en que su propio ser para sí se presentase ante ella como objeto
independiente o, lo que es lo mismo, en que el objeto se presentase
como esta pura certeza de sí mismo. Pero, según el concepto del
reconocimiento, esto sólo es posible si el otro objeto realiza
para él esta pura abstracción del ser para sí, como él para el otro,
cada uno en sí mismo, con su propio hacer y, a su vez, con el hacer
del otro (6).
Pero
la presentación de sí mismo como pura abstracción de la autoconciencia
consiste en mostrarse como pura negación de su modo objetivo o en
mostrar que no está vinculado a ningún ser allí
(7) determinado,
ni a la singularidad universal de la existencia en general, ni se
está vinculado a la vida. Esta presentación es el hacer duplicado;
hacer del otro y hacer por uno mismo. En cuanto hacer del otro
cada cual tiende, pues, a la muerte del otro. Pero en esto se da
también el segundo hacer, el hacer por sí mismo, pues aquél
entraña el arriesgar la propia vida (8).
Por consiguiente, el comportamiento de las dos autoconciencias
se halla determinado de tal modo que se comprueban por sí
mismas y la una a la otra mediante la lucha a vida o muerte. Y deben
entablar esta lucha, pues debe elevar la certeza de sí misma de
ser para sí a la verdad en la otra y en ella misma. Solamente
arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que
la esencia de la autoconciencia no es el ser, no es
el modo inmediato como la conciencia de sí surge, ni es su
hundirse en la expansión de la vida, sino que en ella no se da nada
que no sea para ella un momento que tiende a desaparacer, que la
autoconciencia sólo es puro ser para sí. El individuo que
no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona
(9)
pero no ha canzado la verdad de este
reconocimiento como autoconciencia independiente.
Y, del mismo modo, cada cual tiene que tender a la muerte del otro,
cuando expone su vida, pues el otro no vale para él más de lo que
vale él mismo; su esencia se representa ante él como un otro, se
halla fuera de sí y tiene que superar su ser fuera de sí; el otro
es una conciencia entorpecida de múltiples modos y que es; y tiene
que intuir su ser otro como puro ser para sí o como negación absoluta.
Ahora
bien, esta comprobación por medio de la muerte suprime precisamente
la verdad que de ella debiera surgir, y suprime con ello,
al mismo tiempo, la certeza de sí misma en general; pues como la
vida es la posición natural de la conciencia, la independencia
sin la negatividad absoluta, la muerte es la negación natural
de la misma conciencia, la negación sin la independencia y que,
por tanto permanece sin la significación postulada del reconocimiento.
Por medio de la muerte llega a ser, evidentemente, la certeza de
que los individuos arriesgaban la vida y la despreciaban cada uno
en sí mismo y en el otro, pero no se adquiere para los que afrontan
esta lucha. Suprimen su conciencia puesta en esta esencialidad ajena
que es el ser allí natural o se suprimen a sí mismos, y son suprimidos
como extremos que quieren ser para sí. Pero, con ello, desaparece
del juego del cambio el momento esencial, consistente en desintegrarse
en extremos de determinabilidades contrapuestas; y el término medio
coincide con una unidad muerta, que se desintegra en extremos muertos,
que simplemente son y no son contrapuestos; y los dos extremos no
se entregan ni se recuperan el uno al otro, mutuamente, por medio
de la conciencia, sino que guardan el uno con respecto al otro la
libertad de la indiferencia, como cosas. Su hacer es la negación
abstracta, no la negación de la conciencia, la cual supera
de tal modo que mantiene y conserva
lo superado, sobreviviendo con ello a su llegar a ser superada.
En
esta experiencia resulta para la autoconciencia que la vida
para ella algo tan esencial como la pura autoconciencia. En la autoconciencia
inmediata, el simple yo es el objeto absoluto, pero que es
para nosotros o en sí la mediación absoluta y que tiene como momento
esencial la independencia subsistente. La disolución de aquella
unidad simple es el resultado de la primera experiencia;
mediante ella, se ponen una autoconciencia pura y una conciencia,
que no es puramente para sí sino para otra, es decir, como conciencia
que es o conciencia en la figura de la coseidad.
Ambos momentos son esenciales; pero, como son, al comienzo, desiguales
y opuestos y su reflexión en la unidad no se ha logrado aún, tenemos
que estos dos momentos son como dos figuras contrapuestas de la
conciencia: una es la conciencia independiente que tiene por esencia
el ser para si, otra la conciencia dependiente, cuya esencia es
la vida o el ser para otro; la primera es el amo,
la segunda el esclavo (10).
3.
Amo y esclavo. a) El señorío
El amo
es la conciencia que es para sí, pero ya no simplemente el
concepto de ella, sino una conciencia que es para sí, que
es mediación consigo a través de otra conciencia, a saber:
una conciencia a cuya esencia pertenece el estar sintetizada con
el ser independiente o la coseidad en general. El amo
se relaciona con estos dos momentos: con una cosa como tal,
objeto de las apetencias, y con la conciencia para la que la coseidad
es lo esencial; y en cuanto que él, el amo, a) como concepto
de la autoconciencia, es relación inmediata del ser para sí,
pero, al mismo tiempo,b) como mediación o como un ser para
sí que sólo es para si por medio de un otro, se relaciona a)
de un modo inmediato, con ambos momentos y b) de un modo
mediato, a cada uno de ellos por medio del otro. El amo se
relaciona al esclavo de un modo mediato, a través del ser independiente
pues a esto precisamente es a lo que se halla sujeto el esclavo;
ésta es su cadena de la que no puede abstraerse en la lucha y por
ella se demuestra como dependiente, como algo que tiene su independencia
en la coseidad. Pero el amo es la potencia sobre este ser,
pues ha demostrado en la lucha que sólo vale para él como algo negativo;
y, al ser la potencia que se halla por encima de este ser y este
ser, a su vez, la potencia colocada por encima del otro,
así en este silogismo tiene bajo sí a este otro. Y, asimismo,
el amo se relaciona con la cosa de un modo mediato,
por medio del esclavo; el esclavo, como autoconciencia
en general, se relaciona también de un modo negativo con la cosa
y la supera; pero,al mismo tiempo, la cosa es para él algo
independiente, por lo cual no puede consumar su destrucción por
medio de su negación, sino que se limita a transformarla.
Por el contrario, a través de esta mediación la relación inmediata
se convierte, para el amo, en la pura negación de la
misma o en el goce, lo que la apetencia
no lograra lo logra él: acabar con aquello y encontrar satisfacción
en el goce. La apetencia no podía lograr esto a causa de la independencia
de la cosa; en cambio, el amo, que ha intercalado al
esclavo entre la cosa y él, no hace con ello más que unirse
a la dependencia de la cosa y gozarla puramente; pero abandona el
lado de la independencia de la cosa al esclavo, que
la transforma.
En estos dos
momentos deviene para el amo su ser reconocido por
medio de otra conciencia; pues ésta se pone en ellos como
algo no esencial, de una parte, en la transformación de la cosa
y, de otra parte, en la dependencia con respecto a una determinada
existencia; en ninguno de los dos momentos puede dicha otra conciencia
señorear el ser y llegar a la negación absoluta. Se da, pues, aquí,
el momento del reconocimiento en que la otra conciencia se
supera como ser para sí haciendo ella misma de este modo lo que
la primera hace en contra de ella. Y otro tanto ocurre con el otro
momento, en el que esta acción de la segunda es la propia acción
de la primera; pues lo que hace el esclavo es, propiamente,
un acto del amo; solamente para éste es el ser para sí, la
esencia; es la pura potencia negativa para la que la cosa no es
nada y, por tanto la acción esencial pura en este comportamiento,
y el esclavo, por su parte, una acción no pura, sino inesencial.
Pero para el reconocimiento en sentido estricto falta otro
momento: el de que lo que el amo hace contra el otro lo haga también
contra sí mismo y lo que el esclavo hace contra sí lo haga también
contra el otro. Se ha producido solamente, por tanto, un reconocimiento
unilateral y desigual.
Para el amo,
la conciencia no esencial es aquí el objeto, que constituye
la verdad de la certeza de sí mismo. Pero, claramente se
ve que este objeto no corresponde a su concepto, sino que en aquello
en que el amo se ha realizado plenamente deviene para él algo totalmente
otro que una conciencia independiente. No es para él una conciencia
tal, sino, por el contrario, una conciencia dependiente; el amo
no tiene, pues, la certeza del ser para sí como de la verdad,
sino que su verdad es, por el contrario, la conciencia no
esencial y la acción no esencial de ella.
La verdad de la conciencia independiente es, por tanto,
la conciencia servil. Es cierto que ésta comienza apareciendo
fuera de sí, y no como la verdad de la autoconciencia. Pero,
así como el señorío revelaba que su esencia es lo inverso de aquello
que quiere ser, así también la esclavitud devendrá también, sin
duda, al realizarse plenamente lo contrario de lo que de un modo
inmediato es; retomará a sí como conciencia repelida sobre
sí misma y se convertirá en verdadera independencia (11).
b) El temor
Sólo hemos visto lo que es la esclavitud en el comportamiento del
amo. Pero la esclavitud es autoconciencia y debernos paramos a considerar
ahora lo que es en y para sí misma. Primeramente, para la esclavitud,
el amo es la esencia; por tanto, la verdad es, para
ella, la conciencia independiente y que es para sí, pero
esta verdad para ella no es todavía en ella. Sin embargo,
tiene en ella misma de hecho, esta verdad de la pura negatividad
y del ser para sí, pues ha experimentado en ella misma esta
esencia. En efecto, esta conciencia se ha sentido angustiada no
por esto o por aquello, no por este o por aquel instante, sino por
su esencia entera, pues ha sentido miedo de la muerte, del
amo absoluto. Ello la ha disuelto interiormente, la ha hecho
temblar en si misma y ha hecho estremecerse cuanto había en ella
de fijo. Pero este movimiento universal puro, la fluidificación
absoluta de toda subsistencia es la esencia simple de la autoconciencia,
la absoluta negatividad, el puro ser para sí, que es así
en esta conciencia. Este momento del puro ser para sí, es
también para ella, pues en el amo dicho momento es su objeto.
Además, aquella conciencia no es solamente esta disolución universal
en general sino que en el servir la lleva a efecto realmente;
al hacerlo, supera en todos los momentos singulares
su supeditación a la existencia natural y la elimina por
medio del trabajo.
c) La formación cultural
Pero
el sentimiento de la potencia absoluta en general y en particular
el del servicio es solamente la disolución en sí, y aunque
el miedo al amo es el comienzo de la sabiduría
(12),
la conciencia es en esto para ella misma y
no el ser para sí. Pero a través del trabajo llega
a sí misma. En el momento que corresponde a la apetencia, en la
conciencia del amo, parecía tocar a la conciencia servidora
el lado de la relación no esencial con la cosa, mientras
que ésta mantiene su independencia. La apetencia se reserva aquí
la pura negación del objeto y, con ella, el sentimiento de sí mismo
sin mezcla alguna. Pero esta satisfacción es precisamente por ello
algo que tiende a desaparecer pues le falta el lado objetivo,
o la subsistencia. El trabajo, por el contrario es
apetencia reprimida, desaparición contenida, el trabajo
formativo
(13).
La relación negativa con el objeto se convierte
en forma de éste y en algo permanente, precisamente
porque ante el trabaiador el objeto tiene independencia.
Este término medio negativo o la acción formativa es, al
mismo tiempo, la singularidad o el puro ser para sí de la
conciencia, que ahora se manifiesta en el trabajo fuera de
sí y pasa al elemento de la permanencia; la conciencia que trabaja
llega, pues, de ese modo a la intuición del ser independiente,
como de sí misma.
Ahora
bien, la formación no tiene solamente esta significación
positiva de que, gracias a ella, la conciencia servidora se convierte
como puro ser para sí, en lo que es, sino que tiene
también una significación negativa con respecto a su primer momento,
al temor. En la formación de la cosa, la propia negatividad, su
ser para sí sólo se convierte para ella en objeto en tanto que supera
la forma contrapuesta que es. Pero este algo obietivamente
negativo es precisamente la esencia extraña ante la que temblaba.
Pero, ahora destruye este algo negativo extraño, se pone en cuanto
tal en el elemento de lo permanente y se convierte de este modo
en algo para sí mismo, en algo que es para sí. En
el amo el ser para sí es para ella un otro o solamente
para ella; en el temor, el ser para sí es en ella
misma; en la formación, el ser para sí, deviene como su propio
ser para ella y se revela a la conciencia como es ella misma en
y para sí. Por el hecho de colocarse hacia afuera, la forma
no se convierte para ella en algo otro que ella, pues esta forma
es precisamente su puro ser para sí, que asi se convierte para ella
en la verdad. Deviene, por tanto, por medio de este reencontrarse
por si misma sentido propio, precisamente en el trabajo,
en que sólo parecía ser un sentido extraño. Para esta reflexión
son necesarios los dos momentos, tanto el del temor y el
del servicio en general como el de la formación, y ambos,
de un modo universal. Sin la disciplina del servicio y la obediencia,
el temor se mantiene en lo formal y no se propaga a la realidad
consciente de la existencia. Sin la formación, el temor permanece
interior y mudo y la conciencia no deviene para ella misma. Si la
conciencia se forma sin pasar por el temor primario absoluto,sólo
es un sentido propio vano, pues su negatividad no es la negatividad
en sí, por lo cual su formarse no podrá darle la conciencia
de sí como de la esencia. Y si no se ha sobrepuesto al temor
absoluto, sino solamente a una angustia cualquiera,
la esencia negativa seguirá siendo para ella algo, externo,
su sustancia no se verá totalmente contaminada por ella. Si todos
los contenidos de su conciencia natural no se estremecen, ésta conciencia
pertenece aún en sí al ser determinado; el sentido propio,
es obstinación, una libertad que sigue manteniéndose
dentro de la esclavitud. Y, del mismo modo, que la pura
forma no puede devenir esencia, tampoco esta forma,
considerada como expansión más allá de lo singular, puede ser formación
universal, concepto absoluto, sino una habilidad capaz
de ejercerse sólo sobre algo, pero no sobre la potencia universal
y la esencia objetiva total.
Notas:
(1)
Se trata de la oposición de la sustancia absoluta (un poco antes
en la obra se hace mención por primera vez en ella -no reproducido
el párrafo- al Espíritu) opuesta al sujeto. La unidad es el moviento
de las autoconciencias que enfrenta al sujeto y al Espíritu (bajo
estos momentos del amo y el esclavo, bajo estas formas y bajo estos
sentidos, véase más adelante).
(2)
Primera mención en la obra del hacer, que luego nos llevará al "trabajo"
como hacer y como concepto.
(3)
Primera mención en el texto del para él ; todos los lugares
de enunciación de la Fenomenología, en sí, para sí, nosotros, etc;
sean pronominales o adverbiales (temporalidades), deben ser leídos
con el Prefacio de la obra que fue escrito al final de la misma
y es la que cierra la circularidad del despliegue temporal y fenoménico
de las distintas figuras de la misma, como conclusión del saber
absoluto y de haber alcanzado el fin de la historia.
(4)
El último párrafo presenta la identidad de la diferencia de la autoconciencia.
(5)
Introducción del aspecto fenomenológico.
(6)
Se delinea el tema del arriesgar la vida con su acción específica
que es la de la lucha de las conciencias.
(7)
La cosa tal como se muestra inmediatamente.
(8)Los
dos haceres que hacen al reconocimiento: la lucha a muerte y el
arriesgar la propia vida.
(9)
Individuo como sujeto de derecho: la "persona" jurídica.
(10)
El "simple yo" es el "yo que dice: yo soy
yo", luego de esas dos figuras de la conciencia, una será la
autoconciencia y la otra la conciencia.
(11)
La esclavitud es la "conciencia repelida" sobre sí misma
que logrará su libertad por otros medios que los de la lucha contra
el amo.
(12)
Antiguo Testamento.
(13)
Formación (bildung). La formación cultural es la superación de la
mera existencia como vida y será por medio del trabajo como formativo
que se pueda edificar, formar la cultura, y ello dará lugar a la
independencia del esclavo del amo. La paideia versus la condición
guerrera. Atenas versus Esparta.
Texto
extraído de la "Fenomenología del Espíritu" de G. W. F.
Hegel, parte B, Autoconciencia, punto cuatro: La verdad de la certeza
de sí mismo. A. Independencia y sujeción de la autoconciencia. El
amo y el esclavo.
Editorial
Fondo de Cultura Económica, México, 1973.
Selección,
notas y destacados: Sergio Rocchietti.
Revista
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