Transexual
Jean Baudrillard
El cuerpo sexuado está entregado actualmente
a una especie de destino artificial. Y este destino artificial
es la transexualidad.
Transexualidad. Transexual no en el sentido
anatómico, sino en el sentido más general de travestido, de juego
sobre la conmutación de los signos del sexo y, por oposición al
juego anterior de la diferencia sexual, de juego de
la indiferencia sexual, indiferenciación de los polos sexuales e indiferencia al sexo
como goce. Lo sexual reposa sobre el goce (es el leitmotiv de la liberación), lo transexual reposa sobre el artificio, sea éste
el de cambiar de sexo o el juego de los signos indumentarios,
gestuales, característicos de los travestis. En todos los casos,
operación quirúrgica o semiúrgica, signo u órgano, se trata de
prótesis y, cuando como ahora el destino del cuerpo es volverse
prótesis, resulta lógico que el modelo
de la sexualidad sea la transexualidad y que ésta se
convierta por doquier en el lugar de la seducción.
Todos somos transexuales. De la misma
manera que somos potenciales mutantes biológicos, somos transexuales
en potencia. Y ya no se trata de una cuestión biológica. Todos
somos simbólicamente transexuales.
Cicciolina, por ejemplo. ¿Existe una encarnación
más maravillosa del sexo, de la inocencia pornográfica del sexo?
Ha sido enfrentada a Madonna, virgen fruto del aerobic
y de una estética glacial, desprovista de cualquier encanto y
de cualquier sensualidad, androide musculado del que, precisamente
por ello, se ha podido hacer un ídolo de síntesis. Pero ¿acaso
Cicciolina no es también transexual? La larga cabellera
platino, los senos sospechosamente torneados, las formas ideales
de una muñeca inflable, el erotismo liofilizado de cómic o de
ciencia ficción y, sobre todo, la exageración del discurso sexual
(jamás perverso, jamás libertino), transgresión total llaves en
mano; la mujer ideal de los teléfonos rosa, más una ideología
erótica carnívora que ninguna mujer asumiría actualmente -a
no ser precisamente una transexual, un travestido: sólo ellos,
como es sabido, viven unos signos exagerados, unos signos carnívoros
de la sexualidad. El ectoplasma carnal que es Cicciolina
coincide aquí con la nitroglicerina artificial de Madonna,
o con el encanto andrógino y frankensteiniano de Michael Jackson.
Todos ellos son mutantes, travestis, seres genéticamente barrocos
cuyo look erótico oculta la indeterminación genérica. Todos son
«gender-benders», tránsfugas del sexo.
Michael Jackson, por ejemplo. Michael Jackson es un
mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto en tanto
que universal, la nueva raza de después de las razas. Los niños
actuales no tienen bloqueo respecto a una sociedad mestiza: es
su universo y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan
como un futuro ideal. A lo que hay que añadir que Michael Jackson
se ha hecho rehacer la cara, desrizar el pelo, aclarar la piel,
en suma, se ha construido minuciosamente: es lo que le convierte
en una criatura inocente y pura, en el andrógino artificial de
la fábula, que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo
y reconciliarlo porque es mejor que un niño-dios: un niño-prótesis,
un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos
liberarían de la raza y del sexo.
Se podría hablar
también de los travestis de la estética, de los que Andy
Warhol sería la figura emblemática. Al igual que Michael Jackson,
Andy Warhol es un mutante solitario, precursor de un mestizaje
perfecto y universal del arte, de una nueva estética para después
de todas las estéticas. Al igual que Jackson, es un personaje
completamente artificial, también él inocente y puro, un andrógino
de la nueva generación, una especie de prótesis mística y de máquina
artificial que, por su perfección, nos libera tanto del sexo como
de la estética. Cuando Warhol dice: todas las obras son
bellas, sólo tengo que elegir, todas las obras contemporáneas
son equivalentes; o cuando dice: el arte está en todas partes,
así que no existe, todo el mundo es genial, el mundo tal cual
es, en su misma banalidad, es genial, nadie puede creerlo. Pero
ahí describe la configuración de la estética moderna, que es
de un agnosticismo radical.
Todos somos agnósticos, o travestis del arte o del
sexo. Ya no tenemos convicción estética ni sexual, sino que las profesamos
todas.
El mito de la
liberación sexual permanece vivo en la realidad bajo muchas formas,
pero en lo imaginario domina el mito transexual, con sus variantes
andróginas y hermafroditas. Después de la orgía, el travestido.
Después del deseo, la expansión de todos los simulacros eróticos,
embarullados, y el kitsch transexual en toda su gloria. Pornografía
postmoderna si se quiere, en la que la sexualidad se pierde en
el exceso teatral de su ambigüedad. Las cosas han cambiado mucho
desde que sexo y política formaban parte del mismo proyecto subversivo:
si Cicciolina puede ser elegida actualmente diputada en el Parlamento
italiano, es precisamente porque lo transexual y la transpolítica
coinciden en la misma indiferencia irónica. Esta performance,
inimaginable hace sólo unos pocos anos, habla en favor del
hecho de que no sólo la cultura sexual
sino toda la cultura política ha pasado al lado del travestido.
Esta estrategia
de exorcismo del cuerpo por los signos del sexo, de exorcismo
del deseo por la exageración de su puesta en escena, es mucho
más eficaz que la tradicional represión por la prohibición. Pero
al contrario de la otra, ya no se acaba de ver a quien beneficia,
pues todo el mundo la sufre indiscriminadamente. Este régimen
del travestido se ha vuelto la base misma de nuestros comportamientos,
incluso en nuestra búsqueda de identidad y de diferencia. Ya no
tenemos tiempo de buscarnos una identidad en los archivos, en
una memoria, ni en un proyecto o un futuro. Necesitamos una memoria
instantánea, una conexión inmediata, una especie de- identidad
publicitaria que pueda comprobarse al momento. Así, lo que hoy
se busca ya no es tanto la salud, que es un estado de equilibrio
orgánico, como una expansión efímera, higiénica y publicitaria
del cuerpo -mucho más una performance que un estado
ideal-. En términos de moda y de apariencias, lo que se
busca ya no es tanto la belleza o la seducción como el look.
Cada cual busca
su look. Como
ya no es posible definirse por la propia existencia, sólo queda
por hacer un acto de apariencia
sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no:
existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen - ¡look,
look! -. Ni siquiera es narcisismo sino una extroversión
sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la
que cada cual se convierte en empresario de su propia apariencia.
El look
es una especie de imagen mínima, de menor definición, como
la imagen vídeo, de imagen táctil, como diría McLuhan, que ni
siquiera provoca la mirada o la admiración, como sigue haciendo
la moda, sino un puro efecto especial, sin significación concreta.
El look ya no es
la moda, es una forma superada de la moda. Ni siquiera se basa
en una lógica de la distinción, ya no es un juego de diferencias,
juega a la diferencia sin creer en ella. Es la indiferencia.
Ser uno mismo se ha vuelto una hazaña efímera, sin mañana,
un amaneramiento desencantado en un mundo sin modales...
Retrospectivamente,
este triunfo del transexual y del travestido arroja una extraña
luz sobre la liberación sexual de las generaciones anteriores.
Dicha liberación, lejos de ser, de acuerdo con su propio discurso,
la irrupción de un valor erótico máximo del cuerpo, con asunción
privilegiada de lo femenino y del goce, sólo habrá sido quizá
una fase intermedia en el camino de la confusión de los géneros.
La revolución sexual quizá sólo habrá sido una etapa en el camino
de la transexualidad. En el fondo, es el destino problemático
de toda revolución.
La revolución
cibernética conduce al hombre, ante la equivalencia del cerebro
y del computer, a la pregunta crucial: «¿Soy
un hombre o una máquina?» La revolución genética que
está en curso lleva a la cuestión: «¿Soy un hombre o un clon virtual?» La revolución
sexual, al liberar todas las virtualidades del deseo, lleva al
interrogante fundamental: «¿Soy un
hombre o una mujer?» (por lo menos, el psicoanálisis
habrá contribuido a este principio de incertidumbre sexual). En
cuanto a la revolución política y social, prototipo de todas las
demás, habrá conducido al hombre, dándole el uso de su libertad
y de su voluntad propia, a preguntarse, según una lógica implacable,
dónde está su voluntad propia, qué quiere en el fondo y qué tiene
derecho a esperar de sí mismo -problema insoluble-.
Ahí está el resultado paradójico de cualquier revolución: con
ella comienzan la indeterminación, la angustia y la confusión.
Una vez pasada la orgía, la liberación habrá dejado a todo el
mundo en busca de su identidad genérica y sexual, cada vez con
menos respuestas posibles, dada la circulación de los signos y
la multiplicidad de los placeres. Así es como todos nos hemos
convertido en transexuales. De la misma manera que nos
hemos convertido en transpolíticos, es decir, seres políticamente
indiferentes e indiferenciados, andróginos y hermafroditas, hemos
asumido, digerido y rechazado las ideologías más contradictorias
llevando únicamente una máscara, y transformándonos en nuestra
mente, sin saberlo quizá, en travestis de la política.
Texto extraído
del libro "La transparencia del mal" (Ensayo sobre los
fenómenos extremos), Jean Baudrillard, Págs. 26/31; editorial
Anagrama, Barcelona, España, febrero 1991.
Selección
y destacados: Sergio Rocchietti.
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