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"Una mujer analizada"

Sergio Rocchietti

Ni defensa, ni apología, ni ataque, ni explicaciones. Las cosas suceden, y suceden, tengan o no tengan porqué. En verdad, no lo tienen. Porqué. Nuestra débil razón, nuestra debilidad mental, hace que tengamos que refugiarnos en los porqués. Cuándo queremos razones, ¡qué tontos somos al pensar que vamos a alcanzar los porqués! ¡puede ser cualquier porqué o ninguno de los que pensamos! ¡pueden ser otros porqué, y seguramente son otros, y nada cambia!, cuando queremos razones buscamos calma, la calma que nos calme de la angustia, la calma que nos calme del sin sentido; la ausencia de razón o de la presencia de la "razón cualquiera" nos perturba intensamente.

Nada cambia en el "afuera", en el "mundo", nada que no sea lo que "pertenece de ese mundo a nosotros", algo cambia, quizás sí, nosotros sí. Pensamientos de consolación, de remordimiento, del tipo de: "y si hubiera hecho esto o aquello" las cosas hubieran sido de otro modo, las cosas, las cosas, siempre las cosas. Las cosas del amor. No las cosas ontológicas, no nos dedicamos a las cosas como sí, nos atrevemos a las cosas sin cosas que son las cosas del amor.

¡No y no!, no entiendo: ¿las cosas que son sin cosas que son las cosas del amor?

Sí, tan simple como que el amor son las cosas de las palabras que son las cosas sin cosas. Cada palabra de amor revuelve todas mis ausencias de todo lo que he vivido de lo que me ha sido arrebatado, diré, desde un punto de vista francamente yoico (vulgarmente: egoísta). Si el amor es tratar las ausencias y las palabras son ausencias de ausencias (¿qué relación tiene cualquier sonido con la cosa mentada o referida?) primer ausencia que se duplica en la de las cosas y por encima de ellas o junto con ellas, el amor se atreve a intentar calmar las ausencias del porqué ("sí estás nada falta"). De este nudo de negatividades de distinta índole se alza el amor como una positividad a la cual aferrarse.

Esta es una mera opinión, no lo tomen como otra cosa (¡y dale con la cosa!), como lo son todas las "discursividades", opiniones, de validez y alcance subjetivo o común, si alcanzan esa categoría que también perecerá, común, incluso las leyes físicas perecerán al calor de las físicas cuánticas o de los transtornos de la lógica y de la física formal (la newtoniana). Niñerías, bobaliconadas. Lo que vale en lo micro no valdrá en lo macro y a veces sí, singularidad, caos, y vuelta al orden. De regreso a casa, y no hay casa como el "yo". De acuerdo, la física y el amor no se conjugan en simetrías de razón.

Cada palabra de amor re-vuelve, me hace volver y me trae congojas y alegrías del pasado. Del pasado que no pasa y también del que pasa. Tiempos, dimensiones de tiempo, jirones de historia, y no me he movido, sigo en el presente, creo, pero me olvido, me olvido, que no soy yo, que "ese yo" se basa en puntos innumerables de certeza; certezas en movimiento, certezas que ni fisiológicamente conozco, certezas, kinestesias, y umbrales, magnitudes fisicoquímicas y mi bienamada, mi bien o mal querida, prefiero lo primero, con ( con titubeo) conciencia.

La conciencia también es escasa cuando el amor abunda, pero no desdeñemos la placentera benevolencia de nuestra "conciencia enamorada" (en términos de Quevedo: "seré polvo más polvo enamorado", escrito hace cuatrocientos años sabemos que Quevedo es polvo, pero en su verso sigue enamorado) distinta de la simple "conciencia vigil".

Cada palabra de amor me re-lanza a futuros que quiero cargados de sustancia amorosa, perennidad, el "para siempre", derrota de la muerte, en un combate atroz, la lucha continúa y seguirá, en cada frase de amor lanzada hacia el otro para anular los océanos de tiempo y distancia que nos separan, justamente, de la irreductible alteridad (otredad: otra negatividad) del otro. "Tan fuerte como la muerte... " dice el Antiguo Testamento, "el amor". ¿Alcanzaré con mis palabras la ribera ansiada, la otra orilla donde mi descanso en ser será alegría y placer?

Las frases nos atraviesan como los rayos gamma y ni nos enteramos, o a lo mejor sí, de las frases, cuando en algún golpe de suerte recordamos, enlazamos, referimos, disputamos, con los actos que algunas de ellas generan. Por suerte, otra, ya no de golpe, sino por la suerte de ser humanos, y no se crean que esto es gran cosa, nos olvidamos. Nos olvidamos de las frases, y de la mayoría de las personas que se cruzan ante nosotros, otras permanecen. No es muy importante esto, tampoco, es casi trivial. Nos sucede que existimos y desde nuestras vidas intentamos trascender, vana epopeya, ya encontrada como "argumentos" de proto-existencialistas en el "Gilgamesh", hace cuatro mil años, las "cosas" del yo y del amor eran ayer casi como hoy. Cambian, cambian los escenarios, sí, los exteriores, pero los "interiores" ¿cambian?

Poco casi nada. Y se puede afirmar lo contrario y sería igualmente válido. Discusiones bizantinas, de Bizancio, "el sexo de los ángeles" y situaciones afines, por eso lo importante no es la discusión, o la razón, sino, los puntos de vista. Inconciliables o no, conciliables. Y esto es lo importante en el amor, conciliar los puntos de vista, recorrer, moverse, no inmovilizarse. Poder acercarse a las perspectivas del otro; consejo inútil, o es o no es, o funciona o no funciona, o puedo o no puedo. Y todavía hay que agregar que hay que considerar el "otro lado". Luego, movimiento, barridos de múltiples perspectivas, panoramas y desplazamientos, relatos y emociones.

El relato de múltiples diálogos y la no consistencia del "otro" ni de "mí" es lo que encontraremos en el amor. Las palabras son soplos de viento y el amor es soplo de viento cálido en mi cuerpo, y no intentamos agregar al alma. ¡Sería demasiado! El amor contornea ausencias, incluyamos la nuestra allí, las que hemos hecho, las que nos han hecho y las finales, otra cosa surgirá. Ni buena ni mala, otra cosa.

El psicoanálisis es un método de interrogación acerca de uno mismo y de los otros, un método que puede llevar o muy lejos o hasta la esquina, esa que nunca me atreveré a cruzar, un método sin método, asociación libre, un soltar lo que ha sido aferrado como mano de náufrago al madero, represión, el "casi ahogado" dirá hasta dónde llegar, las caricaturas abundan, las críticas acertadas también, por eso empezamos escribiendo: "Ni defensa, ni apología, ni ataque, ni explicaciones", nos referíamos al fragmento que se leerá a continuación, transcribimos al escritor francés Michel Houellebecq en "Ampliación del campo de batalla", editorial Anagrama, Págs. 115/ 117, Barcelona, España, 1999, en una crítica acerca de lo que logra "el psicoanálisis" con las mujeres. Ni acordamos ni desacordamos: mostramos. Por supuesto, en "lo vivo" haremos algo diferente, no nos olvidemos: se trata de letras. La vida no son solamente letras: son letras y vida.

Veronique estaba «en análisis», como suele decirse; ahora me arrepiento de haberla conocido. Hablando en general, no hay nada que sacar de las mujeres en análisis. Una mujer que cae en manos de un psicoanalista se vuelve inadecuada para cualquier uso, lo he comprobado muchas veces. No hay que considerar este fenómeno un efecto secundario del psicoanálisis, sino simple y llanamente su efecto principal. Con la excusa de reconstruir el yo los psicoanalistas proceden, en realidad, a una escandalosa destrucción del ser humano. Inocencia, generosidad, pureza... trituran todas estas cosas entre sus manos groseras. Los psicoanalistas, muy bien remunerados, pretenciosos y estúpidos, aniquilan definitivamente en sus supuestos pacientes cualquier aptitud para el amor, tanto mental como físico; de hecho, se comportan como verdaderos enemigos de la humanidad. Implacable escuela de egoísmo, el psicoanálisis ataca con el mayor cinismo a chicas estupendas pero un poco perdidas para transformarlas en putas innobles, de un egocentrismo delirante, que ya sólo suscitan un legítimo desagrado. No hay que confiar, en ningún caso, en una mujer que ha pasado por las manos de los psicoanalistas. Mezquindad, egoísmo, ignorancia arrogante, completa ausencia de sentido moral, incapacidad crónica para amar: éste es el retrato exhaustivo de una mujer «analizada».

Tengo que decir que Veronique coincidía, punto por punto, con esta descripción. La quise tanto como pude; lo cual representa mucho amor. Ahora sé que derroché ese amor para nada; habría hecho mejor rompiéndole ambos brazos. No cabe duda de que ella tenía desde siempre, como todas las depresivas, disposición al egoísmo y la falta de ternura; pero el psicoanálisis la transformó de forma irreversible en una verdadera basura, sin tripas ni conciencia; un desperdicio envuelto en papel satinado. Recuerdo que tenía un tablón blanco donde solía apuntar cosas del tipo «guisantes» o «planchado». Una tarde, al volver de la sesión, anotó esta frase de Lacan: «Cuanto más desagradable seas, mejor irán las cosas». Sonreí; y me equivocaba. En aquella fase, la frase no era más que un programa; pero Veronique iba a aplicarla punto por punto.

No es necesario nos decíamos, no es necesario aclarar nada, pero nos dijeron: "No, no, es necesario" Ya no entendimos, lo cual es frecuente cuando se trata de lo que sucede entre -¿me atrevo a decirlo?- los humanos. Así que un pequeño agregado final, a todas luces, innecesario. Lo que presenta Houellebecq no es más ni menos que lo que puede circular en ciertos círculos europeos sobre los efectos del análisis, posibilidades de la ironía y la acidez y también, posibilidades. No lo descartamos, puede suceder. En nuestros espacios habituales se diría de otras maneras, el barrio tiene sus modos, como la zona norte tiene los suyos, para abreviar lo decimos así. Lenguas y lenguajes, idiomas y parroquias. Las caricaturas y las leyendas urbanas circulan y circularán. La verdad es una cuestión solitaria y estará lejos de allí.

Comentarios al autor: srocchietti@ciudad.com.ar

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