Espectador
(setiembre de 1712), recogido en este volumen, Joseph Addison ha
observado que el alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo,
es a la vez el teatro, los actores y el auditorio. Podemos agregar que es
también el autor de la fábula que está viendo. Hay lugares análogos de
Petronio y de don Luis de Góngora.
Una lectura literal de la metáfora de Addison podría conducirnos a la
tesis, peligrosamente atractiva, de que los sueños constituyen el más
antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios. Esa curiosa tesis,
que nada nos cuesta aprobar para la buena ejecución de este prólogo y para
la lectura del texto, podría justificar la composición de una general de los
sueños y de su influjo sobre las letras. Este misceláneo volumen, compilado
para el esparcimiento del curioso lector, ofrecería algunos materiales. Esa
historia
hipotética exploraría la evolución y ramificación de tan antiguo género,
desde los sueños proféticos del Oriente hasta los alegóricos y satíricos de
la Edad Media y los puros juegos de Carroll y de Franz Kafka.
Separaría, desde luego, los sueños inventados por el sueño y los
sueños inventados por la vigilia.
Este libro de sueños que los lectores volverán a soñar abarca sueños de
la noche -los que yo firmo, por ejemplo-, sueños del día, que son un
ejercicio voluntario de muestra mente, y otros de raigambre perdida:
digamos, el Sueño anglosajón de la Cruz.
El sexto libro de la Eneida sigue una tradición de la Odisea
y declara que son dos las puertas divinas por las que nos llegan los sueños:
la de marfil, que es la de los sueños falaces, y la de cuerno, que es la de
los sueños proféticos. Dados los materiales elegidos, diríase que el poeta
ha sentido de una manera oscura que los sueños que se anticipan al porvenir
son menos preciosos que los falaces, que son una espontánea invención del
hombre que duerme.
Hay un tipo de sueño que merece nuestra singular atención. Me refiero a
la pesadilla, que lleva en inglés el nombre de nightmare o yegua de
la noche, voz que sugirió a Víctor Hugo la metáfora de cheval
noir de la nuit pero que, según los etimólogos, equivale a ficción o
fábula de la noche. Alp, su nombre alemán, alude al elfo o íncubo que
oprime al soñador y que le impone horrendas imágenes. Ephialtes, que
es el término griego, procede de una superstición análoga.
Coleridge dejó escrito que las imágenes de la vigilia inspiran
sentimientos, en tanto que en el sueño los sentimientos inspiran las
imágenes. (¿Qué sentimiento misterioso y complejo le habrá dictado el Kubla
Khan, que fue don de un sueño?) Si un tigre entrara en este cuarto,
sentiríamos miedo; si sentimos miedo en el sueño, engendramos un tigre. Esta
sería la razón visionaria de nuestra alarma. He dicho un tigre, pero como el
miedo precede a la aparición improvisada para entenderlo, podemos proyectar
el horror sobre una figura cualquiera, que en la vigilia no es
necesariamente horrorosa. Un busto de mármol, un sótano, la otra cara de una
moneda, un espejo. No hay una sola forma en el universo que no pueda
contaminarse de horror. De ahí, tal vez, el peculiar sabor de la pesadilla,
que es muy diversa del espanto y de los espantos que es capaz de infligirnos
la realidad. Las naciones germánicas parecen haber sido más sensibles a ese
vago acecho del mal que las de linaje latino; recordemos las voces
intraducibles eery, weird, uncanny, unheimlich. Cada lengua produce
lo que precisa.
El arte de la noche ha ido penetrando en el arte del día. La invasión ha
durado siglos; el doliente reino de la Comedia no es una pesadilla,
salvo quizá en el canto cuarto, de reprimido malestar; es un lugar en el que
ocurren hechos atroces. La lección de la noche no ha sido fácil. Los sueños
de la Escritura no tienen estilo de sueño; son profecías que manejan
de un modo demasiado coherente un mecanismo de metáforas. Los sueños de
Quevedo parecen la obra de un hombre que, no hubiera soñado nunca, como
esa gente cimeriana mencionada por Plinio. Después vendrán los otros.
El influjo de la noche y del día será recíproco; Beckford y De
Quincey, Henry James y Poe, tienen su raíz en la pesadilla
y suelen perturbar nuestras noches. No es improbable que mitologías y
religiones tengan un origen análogo.
Quiero dejar escrita mi gratitud a Roy Bartholomew, sin cuyo estudioso
fervor me hubiera resultado imposible compilar este libro.
Buenos Aires, 27 de octubre de 1975
Texto extraído de el "Libro de los sueños", Jorge
Luis Borges, Torres Agüero Editor, Buenos Aires, Argentina, 1976.
Selección: S.R.