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Sopa de letras (juego, ficción y literatura)
Vanesa Guerra - Sergio Rocchietti

 

Un niño juega y cuando juega tiene entre sus manos todo el universo. Un niño lee y cuando lee lleva en su interior paisajes que nunca encontrará en la prosaica "realidad". Un niño escribe y traza en las superficies planas surcos de luz y oscuridad.

Escribe el niño, juega el niño, lee el niño.

Hemos sido niños, hemos sido cúmulos de células en alocada reproducción, hemos sido el encuentro de dos que hicieron a otro en un instante de inexorable ignorancia.

No por nada podríamos decir que el Doktor, el famoso Dr. Frankenstein es más conocido por su "criatura" que por su nombre propio. Pero sin embargo, a pesar de todo, fue un buen "padre", dio su nombre a otro que encarna ese nombre por el cual todos lo conocemos. ¿Hay alguna diferencia entre el "hijo Frankenstein" y el "personaje Frankenstein"?

Se puede decir que sí, se puede decir que uno existe y el otro no. No obstante los Centauros no tienen que existir efectivamente en la realidad para que nos encontremos centauros por la calle, las imágenes aceptan múltiples modos de existencia. E incluso, ya no podemos preguntarle a los aztecas qué sintieron cuando vieron a esos hombres que formaban una unidad con sus caballos (centauros), los españoles de hace algunos siglos, que incluso desembarcaban de "ciudades flotantes". Sí, es inevitable, podemos encontrar sirenas, centauros, dragones, hadas, brujas y príncipes, caminando por las calles de cualquier ciudad de la época postmoderna. ¡Milagros de urbanidad! ¡Milagros de lo dado a ver en las pantallas! ¡Milagros de lo dado a leer en las pantallas!

Algunas ideas

Partamos de la frase: "literatura es ficción"; y avancemos por la senda para sostener que la literatura en su carácter de ficción se encuentra relacionada con el juego de las letras. Las letras son el soporte material en su combinatoria de múltiples posibles de una intencionalidad que caduca en sus determinaciones. Lo cual es decir, fácilmente, lo que hemos dicho difícilmente, que cada escritor no escribe lo que quiere. Y ni siquiera que está sometido a lo que puede, se trata de lo que cada uno que escribe encuentra de azar y límite, de lo que ya ha sido dado y hace frontera y lo que se puede franquear inadvertidamente.

La literatura y el juego de las letras se presentan creando un espacio donde todo es posible: territorio de la ficción.

Igualmente, cuando un niño juega se hace en su derredor el reino de lo fantástico en su faz más palpable, la de un territorio. El niño despliega lo que el escritor pliega.

El territorio de la ficción se anuda en un punto a cierto reino de lo fantástico, que más allá de ser uno de los géneros narrativos, implica subjetivamente cierta correspondencia a un terreno cuya construcción se debe al ignoto e involuntario trabajo de la fantasía.

El reino de lo fantástico habitualmente es llamado fantasía y adjudicado al recorte de lo individual, es así, pero podemos continuar nuestras apreciaciones y no detenernos sólo en lo individual. Podemos plantear las relaciones y espacios de complejidad que surgen de estas consideraciones que, a simple vista, son casi elementales. Situamos de esta manera: que la literatura y el juego a partir de la puesta en escena de la fantasía resultarán espacios equivalentes, no iguales.

La puesta en escena de la escritura nos quita de la acción inmediata, el exterior se interioriza en un interior, ya sea que escribamos o que leamos, "no estamos allí", por supuesto, podemos volver, sería un problema grave que no lo hiciéramos, para los otros. El juego, el juego acción de un niño, despliega el interior en el exterior. Un sucedáneo habitual que reúne ambos lugares, con funciones distintas, son las competencias deportivas, el juego acción de los deportistas y los espectadores.

Las palabras nacen (y también mueren)

Rastreando el origen de la palabra ficción comprendimos que dicho término deriva del verbo fingir, del latín fingere: amasar, inventar; y una derivación interesante a considerar es: efigie, que significa hacer imágenes, representar. Al mismo tiempo, ficción alude a una realidad que se diferencia de la realidad de hecho, quizás éste sea su uso más habitual y conocido, aquella realidad que de una manera u otra nos envuelve: "Hoy, por ejemplo, llueve". Ergo, la ficción es la otra realidad, otra escena que comparte virtual-mente el mismo escena-rio, es la realidad que responde a la imaginación o por ser más precisos a la realidad psíquica. No creamos que la realidad psíquica se aloja en un cerebro. Lo psíquico es una argamasa de entramados, intersecciones todavía no denominadas, tenemos la experiencia de lo psíquico, no la explicación, que, consideramos, siempre será insuficiente como explicación para decir de nuestros actos.

Uno de estos entramados se conjuga entre ficción y realidad, hasta devenir inseparables.

La ficción es una criatura, algo creado que sale a pasear por allí (como Frankenstein). Algo que se impone y se gesta en cada uno de nosotros. Un sueño, entonces, también es una ficción, un extraño texto que se escribe en las noches a través de una pluma que no nos pertenece.

La ficción jamás es un "vil engaño", pues guarda estrechas relaciones con ese otro lugar llamado: La Verdad, que en su carácter de inefable tan sólo puede decirse a medias. La ficción es siempre una verdad dicha a medias (como toda verdad), y los mitos nos dan cuenta de esto en tanto que ellos nos hablan de la condición humana en su extremosa lo saben, el extremo de la vida es el origen y la muerte. Y ese extremo implica la angustia. Porque no queremos saberlo. No queremos recordarlo. Una franca herida del saber, un dolor inasimilable frente a la existencia, que provee multiplicidades materiales por su carácter inefable de carencia.

La ficción: un espacio de representación

Parece ser, entonces, que en toda ficción se trata de la puesta en escena de una verdad. Una verdad que al ser representada se integra en múltiples elementos, objetos, decorados, fachadas... Pensemos en un escenario y sus elementos; podríamos imaginar a los actores, el telón, los utensilios, el apuntador... Pero, ¿Donde está la verdad allí? ¿Dónde es la verdad? ¿Está oculta? No. Esta representada, figurada, puesta en formas. Está allí, entre, en las relaciones, esta allí, entre las palabras dichas, entre las no dichas, en las acciones representadas, en algún objeto olvidado al margen. Entre las cosas, dejada de lado, arrojada a un costado.

En los márgenes hay huellas que conducen hacia ti.

Como no hay la verdad, entera, hay fragmentos de tu estallido nunca realizado porque naciste así, verdad, en pedazos.

La verdad gusta de ocultarse ante los ojos en blanco del que la busca. Verdad gusta disfrazarse con los ropajes de la mentira, la farsa y el engaño. Verdad, tu huida es tan pertinaz como tenue nuestra búsqueda.

¿Quién dice la verdad, quién miente? Eres tú Epiménides, el cretense, el que dice que eres un cretense y que agrega que: "todos los cretenses son mentirosos".

Una pena: la pregunta por lo verdadero o lo falso no tiene lugar. La mentira puede hablar la verdad. La verdad puede decir la mentira.

Nadie osaría preguntar si realmente existió Edipo o si Narciso realmente se ahogó en las aguas que reflejaban su imagen. Esa no es la cuestión, el análisis del mito se realiza a partir de los elementos que el mito mismo aporta. De esta manera, la verdad se presenta representada entre los elementos y se teje entre las palabras.

El mito, tiene su origen allí donde nosotros, -cualquier grupo humano en cualquier tiempo- no encontramos respuesta a una determinada problemática, sin embargo, el mito no es la respuesta sino un modo de narrar y universalizar la pregunta.

El mito es la respuesta dada a una situación dada, la del origen, de un grupo en particular, pero no es la respuesta total, siempre habrá el margen no ocupado donde se situará la desazón o la angustia, la pregunta en espera, y ésta pregunta informulada, para hacerse, debe atender al tiempo de lo que vendrá, el tiempo de lo que todavía no sucedió, no aconteció. Es por eso que lo universal de la pregunta atraviesa los tiempos y los engarza en figuras de extraños diseños.

Allí donde La Verdad se ahueca en un interrogante; el mito habla. De la misma forma que el mito nos revela la carencia de la condición humana; la literatura en su expresión máxima, como si fuera un espejo oscuro, nos devuelve los fragmentos de la humanidad; fragmentos que sólo algunos audaces, en su naturaleza de "escribientes", pueden captar, unir y volver a lanzar al aire de su ruptura.

¿Y quien más audaz que un niño que juega entre la verdad?.

La ficción es siempre un representar, esto significa: hacer presente aquello que no lo está. Hacerlo presente en un espacio de representación es ponerlo en un escenario. La ficción vehiculizada por la imaginación, es justamente aquello que nos permite encontrar un punto de conexión estrecho entre la literatura y el juego.

Así en la literatura, la ficción consiste en gestar un mundo otro ajeno a nosotros, pero al mismo tiempo dentro de cada uno. La ficción podría representarse bajo la metáfora del sentirse extranjero en la propia tierra. Y recorrerla haciéndola presentarse con letras. Con letras-paisaje, con letras-comarca, con las toponimias de una región cartografiada por los viajeros-escritores, por los niños-jugadores.

¿Qué es lo que permite que una obra trascienda en el tiempo y en el espacio? Pues bien, en principio diremos que parte del universo se encuentra representado; aquel escritor ha sabido capturar bajo su letra parte de la esencia humana que trasciende al tiempo y al espacio. Y por otro lado diremos, que de la misma manera que esa esencia nos conforma, al mismo tiempo se nos presenta huidiza, tan huidiza que sólo puede decirse bajo la figura de una ficción. El escritor no hubiera encontrado mejor forma para hablar de ello que sumergiéndose allí en aquellas ficciones que lo habitan.

De un modo semejante, el juego plasma sobre un escenario real, una realidad de ficción; entonces, la escalera puede ser un anfiteatro y cada objeto que pertenece a la realidad de ese lugar se transformará en un personaje de las escenas puestas en juego. La ficción se independiza de la realidad, no la necesita como referente, tiene sus propias reglas y tiempos; los personajes de una novela determinada pueden haber existido o no, sin embargo, en el preciso momento en que son capturados por la función literaria se produce en ellos una metamorfosis: no volverán a ser quienes eran; sino que se transformarán a partir de ese acto de creación literaria en personajes envueltos entre tiempos y escenarios ficticios, con voluntades propias que el escritor dejará rebelar. La ficción crea sus referentes. Es uno de los modos por medio del cual el hombre soporta lo real de la realidad real, no necesariamente como acto de cobardía, sino como inevitable producto del lenguaje, en tanto que nos mediatiza del mundo de las cosas.

La aparición de la palabra en el hombre implicó una compleja operación psíquica, que consistió en la capacidad de representar lo que estaba ausente. Así, cada palabra remite siempre a la ausencia de un objeto. Y a la vez, la destrucción de las "cosas" para llegar al símbolo, dieron con las potencias de lo negativo, encuentro entre el salto y la nada. Entre el trazo que hiende y la muerte en su crudeza biológica. La persistencia del símbolo ausenta a las cosas en su presencia real y efectiva. Ingresa el tiempo en las líneas que van figurando nuestros signos. Comienza allí un largo recorrido que hoy prosigue. Cuestión que nos permite plantear que cada palabra es una ficción, cada palabra es metáfora de alguna cosa.

Cada palabra es destrucción de algo. Cada palabra es construcción de otra cosa que lo destruído.

Para un niño pequeño, cuando todavía no se ha gestado esta operación psíquica, lo que no está presente ante sus ojos, no existe. El juego y más tarde la palabra permitirá hacer de esa ausencia, una re-presentación.

Uno de los primeros juegos que acontece en la infancia es aquel que Freud denominó "Fort-da", en nuestros términos "está - no está". Vale aclarar, que es a partir de la operación psíquica que supone este quehacer infantil que podemos hablar de juego en la infancia, no antes. Se trata del juego de hacer aparecer y desaparecer objetos, o personas (¡acá está! \ no está...) Para sintetizar, vamos a decir que este quehacer lúdico implica y exige al aparato psíquico crear la dimensión de lo presente y lo ausente. Hasta ese momento lo ausente no se había inscripto en la estructura subjetiva, todo estaba presente: ya y aquí, caso contrario no existía.

Con este juego se aprende a representar; de manera tal que los objetos podrán no estar presentes, pero eso no implicará que hayan dejado de existir.

Freud escribe:

"Se advierte que los niños repiten en el juego todo cuanto les ha hecho gran impresión en la vida; de ese modo abreaccionan la intensidad de la impresión y se adueñan por así decir de la situación." (1920).

Desarrollemos esto. La ausencia materna, el desaparecer materno, o de los que cumplen esas funciones, que tanto desespera al niño, supone una ausencia en la madre, una madre deseante, una madre no-pura presencia, que inexorablemente cuestiona el ser del niño. Esa ausencia materna, que no es otra cosa que la función del deseo en la madre, genera en el niño un incomprensible malestar y es por medio del jugar que él intenta reelaborarlo: vía repetición de la pasividad vivenciada a la actividad que impone el juego. Los sonidos engarzándose en el juego van trenzando las escenas y las realidades, las soledades y las ausencias, que se atenúan en palabras. Del sonido al símbolo, del juego al consuelo. A partir de ese momento algo puede representarse, algo estará agujereado, teñido de ausencias y presencias. Esta es la primera muerte de lo Absoluto. Muerte necesaria para que se instale otra dimensión, no sólo la alteridad de las personas sino la alteridad de los símbolos que primero es unión con ellos; unión con las palabras y combinación de los cuerpos con los significados.

Claro que la vivencia no necesariamente es algo ocurrido en el mundo, pudo también tratarse de una fantasía tan o más intensa. De esta forma el juego es una repetición de aquellas impresiones incomprensibles y una reelaboración de las mismas. Nos referimos a los juegos primordiales de situaciones primordiales.

Por otro lado, el juego se convierte en el primer modo que adquiere el discurso humano. Que un niño juegue nos indica que los símbolos lo habitan.

El juego habla.

Entonces, de acuerdo a lo que hemos planteado hasta aquí, el "fort-da" será la base de los futuros juegos y de las futuras letras.

El juego supone la capacidad de transformar lo presente en ausente y hacer de lo ausente una presencia, de este modo un paraguas es una metralleta, y hojitas de árbol, comida para una muñeca.

Si continuamos con la tesis freudiana, comprendemos que el juego tiene un propósito, y más aún: forma parte de las primeras expresiones simbólicas que acuden en lo humano.

Por cierto, la totalidad del juego realizado por el niño no es la repetición exacta de aquello que ha generado angustia y pide elaboración. En determinado momento del juego se presentará algo muy puntual, que está relacionado con el detonante de ese juego, es un acontecimiento, algo que irrumpe. Supongamos -acudimos a un recorte de la clínica- que lo puntual fuera el momento en donde la niña toma a la muñeca con fuerza y quiere introducirle una cuchara llena de hojas dentro de la boca; mas en tanto le resulta imposible, la tira al suelo y luego la pisa.

"Eso" ya traducido en este obrar lúdico, ha causado el juego y se recorta del mismo; el resto formó parte del escenario (tan necesario), que permitió que "eso" se tradujera y se desplegara en la ficción.

En la escritura sucede algo muy parecido; el acto de escribir, el acto creativo surge, se desencadena a partir de algo que se encuentra emparentado al escritor, algo que generalmente el escritor desconoce y más aun el lector que se encuentra imposibilitado de intervenir con una pregunta.

El escritor sólo es el vehículo por medio del cual algo que no conoce se manifiesta ante sus ojos y ante su trazo; luego será el trabajo que a voluntad realice lo que haga de esa obra algo literario como búsqueda permanente de hallar las mejores formas. "Eso" se plasmará en un escenario ficticio y allí echará raíces, independizándose de la realidad y en cierta medida del escritor: "Algo se escribirá allí". Esto es se independiza, puesto que el texto escrito puede sostenerse en distintos tiempos históricos, puede ser leído desconociendo al autor, por tanto, todos los elementos que necesita para ser verosímil, dentro de su propia lógica, se encuentran presentes en el relato.

Es la ficción, entonces, como escenario fantástico, aquella que permite el despliegue de lo inefable. El juego y la escritura, en el acto creativo, se valen de ella hasta volver a encontrar lo inefable en otro sitio. Allí se detienen.

Comentarios a los autores: Vanesa Guerra, Sergio Rocchietti


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