Mapa del sitio

Quienes somos

Comuníquese con nosotros

Tema Crónicas de viaje    Ver todas las notas de esta sección


Las catacumbas de París

Carolina Lerena

 

PARIS.- La plaza, el bulevar arbolado, los ómnibus... nada que lleve a suponer que la pequeña puerta situada en el número 1 de la plaza Denfert Rochereau es la entrada del cementerio más poblado de París.

Una escalera caracol rodeada por el muro desciende como por un agujero profundo hasta un túnel estrecho de paredes de piedra gris. Algunas lámparas tenues interrumpen por momentos la penumbra. En el plafón, un trazo negro indica el camino hasta el osario para impedir que los visitantes se pierdan en este laberinto de que calles que se cruzan.

También aquí a 20 metros bajo la ciudad, las plazas y los bulevares tienen nombres, los mismos que afuera, con los mismos letreros.

La red tiene 300 kilómetros y la puerta por la que entramos es una entre tantas. Es cierto que hoy, muchas calles están cerradas con rejas y las puertas diseminadas por la ciudad han sido clausuradas para evitar el acceso de los visitantes que venían durante la noche para realizar fiestas clandestinas, y de alguno que otro ladrón de esqueletos.

Orígenes y traslados

Durante el siglo XVIII, los cementerios del centro ya no alcanzaban a albergar cadáveres como lo habían hecho hasta entonces y 22 de estos campos santos, dependientes de las parroquias, enviaron sus restos al cementerio de los Inocentes entre 1702 y 1780. Este, situado en el actual barrio de Les Halles (Hall: mercado), donde estuvieron los mercados parisienses, tenía una extensión de dos hectáreas y llegaron a sepultarse allí más de dos millones de cadáveres. El cementerio se encontraba donde está actualmente la fuente de los Inocentes, rodeada hoy de negocios y de cafés.

Durante el invierno de 1709 se produjeron en la ciudad 29.488 decesos. La cantidad era tal que los cadáveres se amontonaban al aire libre antes de ser sepultados en fosas comunes sin llegar a ser bendecidos. Los cuerpos en estado de descomposición,sumados a los desperdicios, la orina y los excrementos que los vecinos arrojaban allí porque las casas no tenían baños todavía, produjo una proliferación de epidemias que acentuaron aun más la mortalidad.

En mayo de 1775, el Parlamento hizo conocer la prohibición de realizar inhumaciones en los cementerios de la ciudad y ordenó la creación de ocho cementerios extramuros. A fines de ese mes, una fosa común del cementerio de los Inocentes se desmoronó contra el sótano de una casa llenándolo de cadáveres, mientras en otras viviendas un fluido que producía reacciones en la piel se filtraba por las paredes. El cementerio de los Inocentes fue suprimido definitivamente diez años más tarde y comenzó entonces a plantearse el traslado de los esqueletos.

La ciudad había sido construida con el yeso y la piedra calcárea extraídos de las canteras subterráneas abiertas en la región y, a medida que la población crecía, las calles se extendían sobre el vacío. A fines del siglo XVIII, los problemas se evidenciaron, tras el derrumbe de la avenida Denfert-Rocherau y de la torre de una casa situada sobre la calle del Infierno. Tal vez, la simultaneidad de este conflicto y del destino todavía incierto de los cadáveres que deberían ser trasladados fuera de los límites de la ciudad llevó a pensar en la posibilidad de construir catacumbas en las canteras abandonadas, en un área perteneciente, entonces, a la comuna de Montrouge y anexada a París a mediados del siglo pasado.

Se perforó un pozo de 17 metros de profundidad donde se instaló una escalera, se consolidaron las bóvedas y se planeó la red de galerías que constituirían la necrópolis.

El traslado se realizó entre fines de 1785 y principios de 1788. Para efectuarlo, fueron necesarios 11.898 coches de día, 3.475 coches de noche, 1.000 carros para los huesos, 2.000 litros de vinagre, 2.500 litros de agua bendita y 16.000 faroles. Tal vez sea posible imaginar el sentido de este acontecimiento para quienes vieron pasar los grandes carros velados por sábanas negras, rodeados por hombres que portaban antorchas y precedidos por sacerdotes que cantaban el oficio de los muertos seguidos de patrullas a caballo y de la carroza adonde iban los sacerdotes delegados del arzobispo y los enviados de Chatelet, dirigiéndose a la puerta de las catacumbas, con la caída del sol. Otros traslados se realizaron desde entonces, entre los cuales, el más importante fue el de 1860, cuando 813 carretas penetraron en las galerías cargadas de huesos.

Sin saber la cifra exacta, se supone que alrededor de seis millones de cadáveres se encuentran hoy en las catacumbas, cuyos muros de huesos llegan a tener treinta metros de espesor.

Entre la escalera y la puerta del osario hay un kilómetro y medio de túneles estrechos. La línea que señala el camino, desaparece por tramos a causa de viejos derrumbes, y en algunos lugares el agua se filtra formando un barro blanco de yeso y cal.

Ante el imperio de la muerte

Sobre la puerta del osario, hay una frase de Delille impresa en letras negras: "¡Detente! Es aquí el imperio de la muerte ". A partir de allí, las paredes de las galerías son de huesos. Cráneos pálidos formando líneas o cruces sobre extremos de huesos o columnas circulares. Ningún esqueleto aparece completo, sino formando series de cráneos, series de fémures y húmeros que se suceden como los puntos de un trazo. La exposición excesiva de la muerte -ostentación obscena de los restos- aparece velada por los diseños. El cráneo es resto pero es, a la vez, un fragmento de la cruz, un punto en una línea. Algunas placas indican la fecha de llegada de los esqueletos a las catacumbas y el cementerio del que fueron expulsados. Otras, indican el acontecimiento que produjo las muertes (en casos de muertes masivas), pero casi todos los muertos son anónimos y no es posible encontrar a uno en el conjunto.

En la fuente de la Samaritana, el agua es un reflejo débil y un ruido constante al fondo de un pozo circular. Hubo un tiempo en el que se celebró cerca de allí, una misa anual por los muertos de las catacumbas. Pero esas muertes son viejas y esos homenajes quedaron atrás. Quienes vienen a esperan ver la muerte y no a un muerto, vienen más para ser conmovidos por este espectáculo (extraño y familiar, que muchos no se atreven a presenciar) que por la ilusión de un contacto con el ser amado.

Saliendo del osario, están las campanas de hundimiento (closhes de fontis, de 11 metros de altura, construidas en 1874 para evitar que el terreno superior de apenas 7 metros de espesor cayera en las canteras abandonadas.

Después se llega a otra escalera caracol estrecha que conduce frente a una puerta. Al otro lado, está la calle Dumoncel, un barrio como cualquiera con casas, bares, plazas y almacenes. Ningún indicio que lleve a imaginar lo que está detrás de Ia puerta. Una antítesis del gran Panteón...

 

Ubicación de las catacumbas:

1. Plaza Denfert-Rochereau.

2. Estación Denfert-Rochereau.

3. Subterráneo, Iínea RER línea B.

4. Omnibus línea 38.

Texto aparecido en el diario "La Nación" el 14-XII-1997.

Selección: S.R.

 

 

  

 

copyright 2004 Con-versiones.com Todos los derechos reservados.