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La lógica de la culpabilidad

Juan David Nasio

 

¿Qué es la culpabilidad? ¿Cómo entender la naturaleza de este afecto doloroso que para Freud fue el problema capital del desarrollo de la civilización y que todo psicoanalista sitúa en el centro del sufrimiento neurótico?

Debo precisar, inmediatamente, que el psicoanálisis no se ocupa del culpable bajo el aspecto de una ley social, ni de aquél que se siente culpable después de haber cometido una falta.

No. El psicoanálisis considera la culpabilidad como un sentimiento inconsciente que regula nuestra relación con el sufrimiento y con nuestras satisfacciones.

Yo distingo tres variantes del sentimiento de culpabilidad. En primer lugar, un sentimiento efectivamente vivido como opresión que el sujeto se explica por el hecho de haber cometido una falta real o ficticia. Segundo, un sentimiento que es igualmente sentido como agobiante, pero sin que tampoco el sujeto sepa de qué falta él es culpable. En este caso el sentimiento es por cierto padecido, pero la representación de la culpa permanece inconsciente y reprimida. Y finalmente, la tercer variante: la más importante, corresponde al sentimiento inconsciente de culpabilidad propiamente dicho, sentimiento que no es vivido ni tampoco referido a la mínima idea de una culpa.

Si el concepto psicoanalítico de culpabilidad se muestra tan fecundo, es porque revela la existencia de un afecto paradojal no sentido concientemente por el sujeto y no justificado por una causa definida. "El sentimiento de culpabilidad - escribe Freud - es mudo para el paciente el analizante prisionero de la culpa no se siente culpable, pero sí enfermo". En efecto, se puede ser culpable en el inconsciente, es decir no saber que lo somos, puesto que concientemente ninguna opresión nos pesa, nada nos acusa y no nos parece haber cometido ningún delito. Ahora bien, esta culpabilidad de la que no hay ninguna huella consciente, se traduce diferentemente en la clínica de la histeria, de la neurosis obsesiva y de la melancolía. En la histeria, el sentimiento de culpabilidad y la representación de la culpa que lo origina permanecen ambos totalmente inconscientes. En la neurosis obsesiva, la culpabilidad es vivida como un sentimiento opresor, pero la representación de la falta que determina ese sentimiento de culpabilidad permanece inconsciente, a pesar que el obsesivo logra siempre justificar su problema. Y, finalmente, en el caso de la melancolía, la culpabilidad toma la forma punzante de una voz delirante y persecutoria.

Notemos que ese sentimiento, que es el origen de numerosas conductas de fracaso frente al éxito, es también el motivo en los criminales, del gesto asesino. Gesto que provoca un alivio del peso opresor que significa la culpabilidad inconsciente. En estos casos, el crimen no suscita culpabilidad, sino que a la inversa, curiosamente es la culpabilidad la que conduce al crimen.

Entre los diferentes comportamientos de fracaso provocados por la culpabilidad inconsciente, no quisiera olvidar el mencionar el caso ejemplar de la reacción terapéutica negativa. Después de un trabajo analítico que produce una neta mejoría del estado del paciente, el psicoanalista constata, inesperadamente la reaparición y agravación de un sufrimiento que se creía desaparecido. Como si existiese en el analizante una fuerza ignorada que le impide progresar y le impone a manera de castigo, la reaparición de un antiguo sufrimiento. La culpabilidad, que es la que origina un autocastigo tal, bajo la forma de una recaída, no aparece de ningún modo en forma conciente para el paciente; él no puede hacer más que quejarse y deplorar el retorno inexplicable de sus síntomas. El paciente se dice enfermo, pero no culpable.

Sin embargo, más allá de estas manifestaciones clínicas precisas, la culpabilidad inconsciente está en el centro del ser de deseo y de goce que nosotros somos, como sí encerrásemos en nosotros el peso de una culpa inconsciente que nos sería constitutiva, constitutiva y esencial a nuestro ser. Mientras que en la conciencia somos inocentes, en el inconsciente somos todos eternamente culpables. "A juzgar por nuestros deseos inconscientes -escribe Freud- no seríamos más que una banda de asesinos".

¿Pero cuál es esa culpa constitutiva? ¿De qué somos ontológicamente culpables? Para contestar, adelantaré la hipótesis de una lógica de la culpabilidad, es decir de una serie de momentos sucesivos que muestran que la culpabilidad se sitúa en el centro mismo del sufrimiento neurótico. Si el neurótico debiese resumir en una palabra el malestar, qué le pasa, la insatisfacción que lo acompaña permanentemente, enunciaría: "No estoy contento con mi suerte cotidiana y sueño que algún día obtendré una felicidad que será la felicidad absoluta. Ya que no tengo algo mejor, me contento con sacar el máximo provecho de tal o cual pequeño goce efímero, en general prohibido. No obstante sigo insatisfecho y lo que es peor me siento culpable por haber gozado y transgredido la ley. Y así mis lamentaciones recomienzan una y otra vez". ¡He aquí la ecuación desafortunada del neurótico!

Dividiré en tres tiempos el proceso lógico que conduce a ese malestar culpable del neurótico. Cada uno de esos tiempos está marcado por una angustia especifica: el primero corresponde a la angustia frente al goce absoluto, el segundo tiempo a la angustia frente al otro externo, y el tercero, finalmente, a la angustia frente al super yo. Este último tiempo es el de la culpabilidad propiamente dicha. Quiero decirles que con el objeto de hacer la teoría más dinámica, tomé la opción de dramatizar conceptos difíciles dando la palabra al sujeto de la enunciación del neurótico.

 

Primer tiempo: angustia frente al goce absoluto

Comencemos por el principio, es decir por el deseo que pretende alcanzar hipotético goce ilimitado. Si, por ejemplo, encarno la figura mítica de Edipo, del varón edípico, soñaré entonces con el goce que me procuraría la relación sexual con mi madre deseante tomada como objeto sexual; o de aquél que me procuraría la relación en la que me ofrezco como objeto sexual de mi padre. Soñaría también con el goce que me procuraría la muerte de ese padre, y aspiraría, finalmente, al placer inconmensurable - eminentemente narcisista - de tomar el lugar de ese padre ideal todopoderoso.

He aquí los goces inhumanos hacia los cuales tiende mi deseo: gozar de la más perfecta relación sexual, gozar de la destrucción más radical del otra ya sea mi padre, Dios o mi prójimo y gozar , finalmente, del más inalcanzable ideal narcisista. Pero he aquí que el miedo me invade. Tengo miedo que mi deseo se acelere y me lleve a realizar verdaderamente esos sueños obtendría entonces una satisfacción tan desbordante y sentiría una tensión tal, que inevitablemente se disolvería mi ser. En una palabra: realizar esos hipotéticas goces extremos y absolutos sería verdaderamente peligroso para nosotros neurótico "sustanciales".

La angustia frente a la fuerza que me empuja hacia ese paraíso infernal, me obliga a inventar un artificio, una astucia singular que pueda quebrar mi propio impulso. Este obstáculo se llama el Otro. Invento un Otro que tendrá el poder de censurar mis deseos y obligarme a renunciar al goce. Por miedo de reencontrar lo absoluto, invento como recurso, la instalación de una valla que se erige entre el goce soñado y yo mismo, la figura de un Otro que obstruye el pasaje y me prohibe realizar el deseo. Gracias a este "sargento" (policia) creado pieza por pieza, logré reemplazar mi deseo y mi temor de ir, demasiado lejos, por una prohibición que viene de afuera y a la cual me pliego.

Gracias a este obstáculo de un Otro inventado, logro desembarazarme de la angustia suscitada por la amenaza de un goce infinito, pero he aquí que aparecen nuevas dificultades. Puesto que el deseo permanece siempre tendiendo hacía el goce absoluto, tropieza ahora con el obstáculo de este Otro que fabriqué yo mismo. Así, toda satisfacción - por mínima que sea - será ganada con dificultad por un deseo siempre confrontado a la prohibición de un Otro interdictor. La prohibición, por tanto, me protege del goce absoluto, pero también me impide realizar mi deseo. Desde ese momento, las satisfacciones obtenidas no serán más que satisfacciones parciales ganadas a pesar de la prohibición.

 

Segundo tiempo: angustia frente al otro externo

Hagámonos ahora la pregunta que nos conducirá al tema de la culpabilidad, a saber: ¿quién es ese Otro que me sirve de represor? Es ante todo un Otro externo, una autoridad externa, seguramente mi padre, pero también mi prójimo, la sociedad, Dios o también el destino. Más adelante, el rol del represor será tomado por un Otro interno que ya conocemos y que el psicoanálisis llama "super yo". El pasaje del primero al segundo, del exterior al interior, constituye el salto decisivo que significa la llegada del super yo y el nacimiento de la culpa.

Detengámonos un instante para comprender bien cómo se produce ese salto y como se origina el super yo. Pero antes de convocar a los personajes que encarnarán al Otro interno, quisiera hacer aquí algunas observaciones previas.

En principio, el Otro externo, llamado a hacerse interno debe ser deseado, temido, odiado y amado, sobre todo, temido. De estas cuatro mociones afectivas que se dirigen al Otro -deseo, angustia, odio y amor- la más importante, insisto, es la angustia. Puesto que es por angustia, es decir, por miedo al peligro que significa su autoridad, que debo escaparme del Otro, abandonarlo y, en el fondo, perderlo en la realidad exterior.

Pero si bien es cierto que mi angustia me aleja de él, en cambio el amor que le tengo me incita a acercarme y a conservarlo dentro mío. Por tanto, me separo de él en la realidad, pero la guardo como una parte de mi mismo que tiene por nombre "Super yo". Así podríamos afirmar que el nacimiento del super yo se produce no sólo por angustia sino también por amor.

Una vez establecida esta lógica, veamos ahora cuál es ese Otro externo que, una vez interiorizado, constituye el Super yo. Empleo la expresión "Otro externo" en singular, pero deberían mejor escribir "Otros externos" pues son cuatro. ¿Quiénes son ellos? Una mujer deseada y deseante, un hombre deseado, un hombre temido y odiado y, finalmente, un hombre amado.

La mujer deseada y deseante es, bien entendido, la madre, es decir la mujer de otro hombre. El hombre deseado es mi padre, del cual yo desearia ser el objeto femenino de su deseo: ocupar frente a sus ojos el lugar de la mujer que él desea. Luego, el hombre temido es también mi padre, pero esta vez en tanto autoridad que, en nombre de la ley prohibe, y se presenta ante mí como un rival odiado, en la lucha por la conquista de un objeto "tercero". Y, finalmente, el hombre amado sigue siendo aún mi padre, pero admirado como el ideal que yo quisiera ser.

La madre deseada como objeto sexual pero también deseante; el padre deseado, el padre temido y odiado como autoridad; y, finalmente, el padre amado como ideal; he aquí los cuatro personajes prototípicos del Otro externo. Estos personajes no son más que simples formas huecas, moldes en los cuales el yo hace fluir la energía de sus deseos. En esos moldes ustedes pueden alojar el ser de su elección a condición, bien entendida que él sea deseado, temido, odiado y amado.

Puede parecer llamativo que, para dar cuenta del origen del Superyo, ponga en escena cuatro figuras exteriores, y no me detenga en la del padre represor temido y odiado como uno lo piensa habitualmente. En efecto, yo propongo considerar al Super yo no sólo bajo los rasgos de un gendarme autoritario y malo, sino construido como una criatura compuesta por cuatro facetas: la de una madre deseada, la de un padre igualmente deseado, y hasta perverso, de un padre terrible y rival y de un padre ideal.

Cada una de estas facetas resulta por lo tanto de la introyección de uno de esos personajes externos que debí abandonar por angustia y guardar en mi seno por amor. Pero, ¿por qué razón haberlo abandonado?

La angustia de ser castigado por el padre represor me ha obligado a renunciar, a esa mujer -mi madre- que es el objeto de mi deseo incestuoso. Otra razón de haber necesitado separarme de mi madre ha sido mi miedo a su propio deseo devorador. Por otra parte, mi odio contra ese padre castigador y autoritario se torna en una angustia tal de ser castrado, que hace que necesite huir. Además, el miedo de desaparecer por el peso aplastante de ese mismo padre, ha sido una razón de más para abandonarlo. Finalmente, la angustia de fundirme en la imagen ideal de un padre perfecto también me ha conducido a abandonarlo. Es entonces por angustia que me separo de cada uno de esos personajes externos, pero es por amor que conservo sus huellas en mi psiquismo. Huellas que revivo constantemente prestándoles voces que me hablan sobre el modo incitativo de la seducción, imperativo de la prohibición y exhortativo del ideal. Voces todas que materializan y encarnan presente al Super yo.

 

Tercer tiempo: angustia ante el super yo o la culpabilidad

Distingo, entonces, cuatro cabezas en esta criatura híbrida que es el super yo - cada una de ellas vociferando su conminación superyoica. La primera, a la que llamo "super yo del goce" se ha formado por la introyección de la madre, mujer no sólo atractiva y objeto de deseo, sino también, deseante y atractiva. Este primer super yo tiene por función incitar a la transgresión de todos los límites. Su hechizante exhortación cautiva al yo susurrándole al oído: "¡Anda. Ven. Goza!" Y éste, a su vez, se defiende reconociendo su impotencia: "No puedo y tampoco quiero porque me está prohibido".

El otro super yo al que llamo "super yo prohibidor", está formado por la introyección de la autoridad paterna coercitiva, temida y odiada. Su comunicación es una vociferación brutal y violenta que le grita al yo: ¡"Cuidado! Te prohibo que toques a esta mujer y te prohibo gozar. ¡Renuncia al goce!" Y el yo, aturdido aún por las palabras amenazantes, se dice a sí mismo en silencio:" Realmente no sabré renunciar porque mi deseo es tan vivo y exigente que me arrastrará inevitablemente a transgredir tu ley".

El tercer super, yo, "super yo del ideal narcisista", es aquél que tiene como función exigir la máxima perfección. Está formado por la introyección del padre amado y admirado como modelo a alcanzar. La conminación implacable ordena al yo: ¡"Esfuérzate! Sé perfecto según la imagen de mí mismo!". La respuesta será otra vez la impotencia: "Yo no podré jamás llegar a igualar tu imagen".

El cuarto super yo, que yo llamo "super yo sádico", es un tirano que humilla y hace gozar al yo de su humillación. Este super yo está formado por la introyección de un padre que no es ni amado, ni odiado o temido, sino de un padre al cual quisiera ofrecerme pasivamente como objeto de su deseo perverso. El super yo sádico envilece al yo y con una voz penetrante , lo intima: "Sométete, déjate hacer!" Te hará sentir y vivir el goce más supremo!". A diferencia de las otras respuestas de impotencia, el yo aquí se deja, sin embargo, subyugar por el super yo y goza masoquísticamente de ser humillado, posición que Freud calificó de masoquismo femenino, femenino no porque se trate de masoquismo de una mujer, sino porque el varón goza imaginándose siendo una mujer abusada sexualmente por un hombre, padre perverso.

¿Qué podemos deducir? Que el yo del neurótico sometido a tres exhortaciones superyoicas que le ordenan gozar y a una exhortación opuesta, la del super yo prohibidor que le prohibe gozar. Tres exhortaciones que le dicen: "¡Anda!" y una que le dice: "¡Para. Cuídate. Renuncia!".

El yo es incapaz de responder a esas exigencias contradictorias. No puede someterse a la demanda opresora de tres voces que lo intiman gozar, y al mismo tiempo obedecer a una voz opuesta que, al contrario, le prohibe gozar.

Ahora, bien, retomemos nuestra pregunta del principio: ¿De qué nos sentimos culpables? ¿Qué culpa nos abruma? Ante los diferentes super yo que lo exhortan al goce, el yo es culpable de no realizar su deseo: es una culpa por defecto; ante el super yo que prohibe y condena, el yo es culpable de transgredir la censura y realizar parcialmente su deseo: es una culpa por exceso. Doblemente culpable a las ojos del super yo: por no llevar adelante su deseo y a la inversa, por haberlo realizado a pesar de la prohibición. Así el yo permanece paralizado y atrapado por la tenaza de esas dos exigencias antagónicas .

¿ Qué entonces la culpabilidad? Propongo dos definiciones. La culpabilidad es en primer lugar una angustia, un sentimiento de angustia que surge cuando nos sentimos impotentes para responder a las conmínaciones intransigentes y contradictorías del super yo. Segunda definición, esta vez más general y que es una variante de la primera: la culpabilidad es la angustia que emana de un fantasma inconsciente en el cual estamos sometidos a órdenes desmedidas, proferidas por un Otro, órdenes enunciadas para no ser seguidas, relativas a lo que puede y no puede mi deseo.

Esta es la neurosis, la coyuntura típicamente neurótica. Retomemos nuestro camino, que está jalonado por los tres grandes tiempos de esta lógica que llamo lógica de la culpabilidad.

Primer tiempo: corresponde a la angustia frente al peligro del goce absoluto. Esta angustia conduce al neurótico a buscar un Otro que le prohiba el goce. En primer lugar, ha encontrado este Otro en la figura de una autoridad externa, deseada, temida, odiada y amada.

Segundo tiempo: está marcado por la angustia frente al peligro que significa la autoridad de este Otro exterior. La angustia frente al Otro de afuera conduce al neurótico a abandonarlo en la realidad y a reencontrarlo en su psiquismo como una voz opresora, la voz del super yo. Una autoridad cuya representación no se limita sólo al carácter cohercitivo del padre, sino que se extiende a diferentes atributos tales como el de ser un objeto sexual, a el de ser un padre ideal; y esta autoridad se extiende igualmente a la madre en su rol no sólo de un atractivo objeto sexual, sino también de un Otro deseante. Subrayemos bien esta última característica de la madre de ser atrayente y deseante, puesto que es este aspecto el que origina el super yo de goce.

Tercer y último tiempo: es el surgimiento de una nueva forma de angustia, denominada culpabilidad, ante las exigencias inexorables de este maestro irracional que es el super yo.

¿Qué ha hecho entonces el neurótico? Ha transformado la angustia frente al goce impersonal, desconocido y temible, en culpabilidad ante un Otro interno que encarna y personaliza a la vez ese goce, pero también su prohibición. 0 dicho de otra modo: ha cambiado una angustia intolerable frente al peligro de lo desconocido en una culpabilidad relativamente soportable frente al Otro interior. Convengamos que el beneficio de esta operación neurótica es bien pobre. En total, ¿qué ha obtenido el neurótico, sino afrontar el goce soñado y temido transformándolo en voces inexistentes?

Quisiera concluir con una pregunta: ¿podemos nosotros concebir una exigencia que no venga de un Otro, sea exterior o interior? ¿Existiría un deber que no se confunda con las normas impuestas por el Otro? Sí; hay una exigencia; es un imperativo, que no proviene de ninguna autoridad, ni ningún super yo. Un imperativo tranquilo, no violento, un deber exigido por una voz serena, en las antipodas de vociferaciones superyoicas, una voz que emana de lo más intimo del ser.

Esta voz nos dice y ustedes la van a reconocer fácilmente, si recordáramos esa máxima sanmartiniana: "¡Sé! Sé lo que debas ser, sino no serás nada!" Sí tuviésemos que calificar el super yo que enunciara este imperativo , lo llamaríamos como "Super yo ético", super yo de una ética psicoanalítica. Puesto que, ¿qué otro principio rige el psicoanálisis que el de definir al humano como un ser de deseo? "Sé lo que debas ser" significa "Sé un ser de deseo". En otros términos, es el sujeto en sí mismo el que debe tolerar la tensión de un deseo que empuja y que es frenado. Como si el analizante, en un momento privilegiado de la cura, después de atravesar una adversidad, debiera comprender que él es un ser de deseo, que el deseo es y estará siempre ahí, realizándose a través de satisfacciones limitadas. Como si él debiese sobre todo comprender que el deseo -por más insatisfecho que esté-, por más desconocido, por ser la cosa más íntima y sin embargo más ajena a su ser, el deseo es la vida misma.

Si hay una falta de la cual el yo se siente culpable es la de no serle fiel al impulso de sus deseos, es la de olvidar que su deseo, por más insatisfecho que esté, seguirá siendo su bien más preciado.

 

Texto revisado por su autor. Corresponde a la tercera reunión del seminario realizado en Buenos Aires en agosto de 1996 cuyo tema fue: "El dolor, el odio, la culpabilidad".

Traducción del francés: A.M. Gómez, L. Neuman, M. Olasagasti.

Revisión y destacados: S.R.

 

  

 

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