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Sobre el contenido de la felicidad
Fernando Savater
Nos hemos inclinado ante el concepto de malestar tantas
veces que es hora ¿por qué no? de referirnos a su opuesto: la felicidad. Se cree
que "ser feliz" es una propuesta del discurso común. Sí, se ha difundido tanto
su propuesta: "ser feliz", que nos hemos olvidado que era la propuesta de
Aristóteles para el obrar humano, alcanzar la "eudemonía", el buen daimon. Este
obrar está contemplado en sus escritos sobre la ética. Tiempos lejanos, nos
hemos ido muy lejos como para pensar en acercar ética y felicidad, quizás sea él
nuestro un tiempo de retornos. Por eso el texto que continua en la pluma de un
filósofo. Si ética y felicidad pueden acercarse, también lo pueden hacer vida y
filosofía; es nuestra propuesta.
Sergio Rocchietti
De la felicidad no sabemos de cierto más que la vastedad de su demanda. En ello
reside precisamente lo que de subversivo pueda tener el término, pues, por lo
demás, resulta ñoñería de canción ligera o embaucamiento de curas. La felicidad
como anhelo es así, radicalmente, un proyecto de inconformismo: de lo que se nos
ofrece nada puede bastar. Se trata del ideal más arrogante, pues descaradamente
asume que tacharla de «imposible» no es aún decir nada contra ella.
Imposible, pero imprescindible: irreductible. Su rostro permanece tenazmente
oculto, pero la nitidez de su reverso nos basta para impulsarnos a requerirla
sin concesiones: tal como Jehová a Moisés, sólo nos muestra su espalda (o su
trasero), pero también en este caso ese disimulo resulta beneficioso. Cualquiera
de sus habituales sinónimos fracasa al intentar sustituirla, porque su ápeiron,
en último término, es más imprescindible para entenderlos o, al menos,
definirlos de lo que ellos sirven para concretarla.
El placer o la utilidad o aun el bien nada significan en cuanto ideales de vida
si no se los refiere a la felicidad, mientras que ésta se obstina en no dejarse
agotar por ninguno de ellos, ni siquiera por su conjunto. Esta resistencia
resulta de nuevo subversiva porque fallan así las más comunes primas a la
productividad y las recompensas de la obediencia, sobre las que se basa la falsa
reconciliación colectivista, sea liberal o autoritaria. Felicidad es todavía lo
que los políticos no se atreven a prometer directamente en nuestros días -aunque
ya no se trate de esa idea «nueva en Europa» que encandiló a Saint-Just-, y ello
debe ser subrayado en honor del término (1).
No sabríamos definirla, no la confundimos con ninguno de los sucedáneos que
pretenden reemplazarla; pero suponemos que seríamos capaces de reconocerla si
por fin nos adviniese. Lo cual, por decir lo menos, no parece seguro. Quizá
lo que ocurre con la felicidad es que somos incompatibles con ella. Felicidad es
aquello que brilla donde yo no estoy, o aun no estoy o ya no estoy. Para ser
feliz tendría que quitarme yo. Y, sin embargo, es el yo el que quiere ser
feliz, aunque no se atreva a proclamarlo a gritos por las calles del mundo,
aunque finja resignación o acomodo a la simple supervivencia, es decir, a la
obligación de la muerte. Decir "quiero ser feliz" es una ingenuidad o una
cursilería, salvo cuando se trata de un desafío, de una declaración de
independencia, de una forma de proclamar: 'Al cabo, nada os debo'. En cuanto
deja de ser un cebo o una reconciliación piadosa, la felicidad -por inasible,
por perennemente hurtada- comienza a liberar. De ahí que la echa a perder del
todo eso del "derecho a la felicidad". A todo puede haber derecho, menos
a ella; se trata de lo contrario de aquello que se consigue o recibe en
cumplimiento de un derecho. Quizá pueda decir legítimamente que tengo derecho
a ser infeliz a mi modo o -siguiendo al Tolstoi del comienzo de Ana Karenina---
que tengo derecho a mi propia historia. Tal es el principio de mi aceptación y
rechazo de la colectividad, pues mi estilo de infelicidad se encuentra
necesariamente mediado por muchos otros intentos semejantes, aunque
profundamente divergentes del mío. A la administración de mi infelicidad sí
tengo derecho -o, mejor, sí que hay derecho-; pero no hay tal cosa como
un "derecho a la felicidad". Ni brota de un convenio ni está garantizada por
una institución superior a la que por ese motivo haya que rendir cauta
pleitesía. Tampoco sabría ganármela de ningún modo, aunque, en cambio, discierno
aquellas de mis acciones que colaboran a rubricar su alejamiento: y son
demasiadas Kant habló de que lo importante -es decir, lo que nos
concierne en cuanto propósito actual- no es la felicidad, sino «ser dignos de la
felicidad». Ser dignos de la felicidad no es tener derecho a ella ni ser capaces
en modo alguno de conquistarla (recordemos aquel beato título del bueno de
Bertie Russell: The conquest of happiness), sino intentar borrar o
disolver lo que en nuestro yo es obstáculo para la felicidad, lo que resulta
radicalmente incompatible con ella. Aquellas contingencias que no responden
al puro respeto a la ley de nuestra libertad racional, tales serían esas
opacidades del yo bloqueadoras de la transparencia feliz, según Kant;
Schopenhauer y los budistas supusieron más bien, como ya ha quedado insinuado,
que es el yo mismo lo que nos hace indignos de la felicidad.
Borges escribió en una ocasión que el dragón es una figura que contagia
irremediablemente de puerilidad las historias en que aparece, y yo hace tiempo
me permití pararafrasearle señalando que también la palabra felicidad puede
rebajar un poco la madurez o la verosimilitud de los intentos teóricos en que se
la incluye. Debo añadir ahora que mi interés por los dragones y por la felicidad
proviene precisamente de esa circunstancia en apariencia derogatoria. Pero
comprendo muy bien lo que debía sentir el personaje de Heinrich Böll
cuando expresaba así su fastidio: «En las películas de divorcio y de adulterio
juega siempre un gran papel la felicidad de alguien. "Hazme feliz, querido", o
"¿Quieres ser un obstáculo a mi felicidad?". Por felicidad no alcanzo a entender
nada que dure más de un segundo, puede que dos o tres como máximo» (Opiniones de
un payaso). El rechazo instintivo de tan blandengues cursilerías -como el que
sentía Nabokov hacia la suave música ambiental en locales públicos- es una
inequívoca muestra de salud mental. Hay que exigir mas a nuestra búsqueda en
cuestiones que se suponen peligrosamente inefables.
Las páginas que siguen intentan llegar un poco más lejos en este camino, aunque
quizás el lector pueda sentirse en principio contrariado porque de la felicidad
misma, directamente, no parece hablarse. La razón es esta: parto de la base
de que la única perífrasis que puede sustituir consecuentemente a la voz
felicidad es «lo que queremos». Llamamos felicidad a lo que queremos; por
eso se trata de un objeto perpetuamente perdido, a la deriva. La felicidad sería
el télos último del deseo, ese mítico objetivo una vez conseguido el cual
se detendría en satisfecha plenitud la función anhelante. Al decir «quiero ser
feliz», en realidad afirmamos «quiero ser». 0 sea, unir
definitivamente el en-sí y el para-sí, superar la adivinanza hegeliana según la
cual el hombre «no es lo que es y es lo que no es». De lo que el hombre quiere
-no de lo que debe o puede--- trata precisamente la ética. Por tanto,
creo que una aproximación especulativa al contenido de la felicidad que pretenda
huir de la cursilería y de la puerilidad no puede hablar más que de ética.
El ensayo que da título a este volumen intenta ser una aproximación al
funcionamiento interno de la decisión ética. Los restantes textos amplían,
precisan o prolongan algunas de las cuestiones que fueron planteadas en mi obra
principal sobre este tema, La tarea del héroe, Ficciones útiles y Alma y
espiritu, escritos en principio como breves artículos para un diccionano de
filosofia, aportan una nota en cierta suerte metodológica, indicando desde dónde
y cómo suena el discurso ético.
Este libro pertenece a ese género inusual, la filosofía. La mayor parte
de lo que hoy se ampara bajo ese nombre un tanto ajado no lo merece, pues no
consiste más que en apuntes de clase en torno a alguna obra venerable o en un
recetario de fichas de lectura mejor o peor hecho. La filosofía es un
ejercicio diferente, cuyo designio mismo no es, en modo alguno, ajeno al tema de
la felicidad.
De Aristóteles a Spinoza, como también luego en Hegel y Schopenhauer, se ha
pensado que la dicha más alta para el hombre consiste, a fin de cuentas, en la contemplación racional. Nuestra hora es más cauta ante manifestaciones de
este tipo, pero no las ha olvidado del todo, ni quisiera yo, desde luego,
pasarlas por alto aquí. Más allá de una supuesta autocomplacencia gremial o de
una intelectualización abusiva de la vida humana, encierran un adamantino núcleo
de verdad, que debe ser rescatado. Quizá sea Adorno quien lo haya
expresado mejor: "El atractivo de la filosofía, su beatitud, es que aún
la idea más desesperada lleva en sí algo de esa certidumbre de lo pensado,
última huella de la prueba ontológica de la existencia de Dios, tal vez lo que
en ella hay de imperecedero".
Nota: (1) La felicidad se ha considerado durante largo tiempo una idea
políticamente «de izquierdas». Un autor paradójico y secreto de nuestros días,
Gabriel Matzneff, escribía en este sentido a mediados de los sesenta: «La
felicidad, esa flor exquisita y rara, es un estado sospechoso a ojos de la
sociedad burguesa, que husmea en ella un germen de trastorno y las primicias de
las revoluciones. Si debiera convencerme de que no soy un hombre de derechas, me
bastaría considerar el abismo que separa un afán muy vivo de felicidad y la
desconfianza que le testimonia la reacción» (Le Defi). Sin embargo, no faltan
representantes de un izquierdismo lúgubre y sanguinario que también consideran
la búsqueda de la felicidad como una muestra de «egoísmo burgués». Según parece,
no hemos venido a este mundo para intentar ser felices, sino para procurar
«hacer felices a los demás», según rezaba la consigna de un cura televisual del
Opus Dei hace no tantos años.
Que la felicidad sea una idea tan excesiva como para que ya no se la pueda
incluir impunemente en un programa político tiene una ventaja: mostrar los
límites intuitivos de la política. Pero también la desventaja y el peligro de
los objetivos sombríos que sustituirán a su promesa. Volver
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