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Alejandra Pizarnik
Por
Virginia Trueba, Barcelona
(www.literateworld.com)
Alejandra Pizarnik es una de las grandes
poetas argentinas del siglo XX y una de las voces más inquietantes de la poesía
contemporánea en castellano. Ahora mismo es también un mito al que contribuye su
misteriosa personalidad y su suicidio final con apenas cuarenta años de edad.
Pero Pizarnik es mucho más que ese mito, es ante todo una poesía luminosa y
opaca al mismo tiempo, una poesía concentrada situada en los límites de lo
decible. Desgarradoramente contenida.
Pizarnik pertenece a una familia de inmigrantes judíos rusos en Argentina. Sus
padres, Elías Pozharnik y Rejzla Bromiker, hubieron de asistir horrorizados,
como Alejandra, a la muerte de sus respectivas familias en manos del holocausto
nazi. Nace Alejandra en Avellaneda, localidad cercana a Buenos Aires, en 1936. A
los 18 años decide estudiar filosofía y letras. Más tarde se interesará también
por la historia de la religión y la literatura francesa. En sus años de
formación, entra igualmente en el mundo de la pintura gracias al surrealista
uruguayo Juan Battle Planas, quien le enseñará un sentido del espacio que le
servirá más tarde a Pizarnik para situar las palabras de sus poemas. No es la de
Pizarnik una juventud plácida y despreocupada, los conflictos están en ella para
no abandonarla nunca, entre ellos, y tal vez el principal, su resistencia a
abandonar el mundo de la infancia. De ahí la dependencia de sus padres en todos
los sentidos, unos padres que la mantienen durante muchos años pagándole desde
la edición de sus obras hasta las terapias, fieles compañeras de Pizarnik.
Precisamente la infancia junto a la muerte constituirán con el tiempo los
grandes temas de su poesía. Pizarnik es siempre una inadaptada. Y una mujer
torturada por su propio físico, por su baja estatura y su gordura, por su
tartamudez y su asma. Todo ello no le impide, sin embargo, integrarse sin
problemas en los diversos grupos bohemios y literarios de Buenos Aires, entre
los que vivirá noches saturadas de alcohol y literatura. Pizarnik no es una
mujer solitaria. Su figura aparece junto a la de Olga Orozco, Silvina Ocampo,
Adolfo Bioy Casares, Elizabeth Azcona Cranwell, Juan Jacobo Bajarlía, entre
otros muchos, es decir, "el plenum literario de Buenos Aires, en una totalidad,
sin excepciones", como ha dicho César Aira. No es una solitaria pero hay algo en
ella que sólo será capaz de decir en sus versos: su conciencia de extranjera, de
ser, como dirá el poeta y pintor surrealista Enrique Molina, una "extraviada de
sí misma" o, como dirá ella misma, "un cuerpo sin piel, una llagada". Pizarnik
es una desterrada, una nómada, una ausente. Por eso escribe. "En mí el lenguaje
es siempre un pretexto para el silencio". Escritura necesaria. "El horror de
habitarme, de ser- qué extraño- mi huésped, mi pasajera, mi lugar de exilio". En
1955 aparece su primera obra, La tierra Más Ajena y un año más tarde,
La última inocencia que en 1976 reeditaría Botella al Mar con el
célebre prólogo escrito por Enrique Molina. En 1958 aparece Las aventuras
perdidas. La obra está en marcha y es imparable. Hasta el final. En 1960
decide trasladarse a París donde residirá cuatro años en los que colabora con la
revista Cuadernos y en numerosas editoriales, traduciendo a Antonin
Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy. En la capital francesa,
entra en contacto con numerosos artistas y escritores, entre ellos, Julio
Cortázar y Octavio Paz. Este último escribirá un prólogo a la obra que Pizarnik
publica desde allí, Arbol de Diana (1962). Ya a su regreso a Buenos Aires
ven la luz Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra
de locura (1968), El infierno musical (1971) y la obra en prosa La
condesa sangrienta (1971). El mundo académico le reconoce sus méritos como
demuestra que en 1969 se le conceda una beca Guggenheim y en 1971 una Fullbright.
Poco tiempo le queda, sin embargo, a Pizarnik. La poesía ha llenado sus últimos
años pero también lo han hecho los intentos de suicidio que dejarán de ser
tentativas para convertirse en realidad el día 25 de septiembre de 1972. Una
sobredosis de seconal acaba con su vida. Escribe en su diario: "no escribo más
este diario de una manera continuada. Tengo miedo. Todo en mí se desmorona. No
quiero luchar, no tengo contra quién luchar. Todo esto es tan viejo, tan
cansado. Ojalá pudiera no mentir nunca".
Pizarnik ha sido siempre una criatura herida, castigada y salvada al mismo
tiempo por lo que fue su único oficio, la poesía. Sus versos nombran esa
imposibilidad que se llama silencio, vacío, ausencia, noche. Pizarnik quiere
nombrar al "yo" pero la palabra poética nombra la dispersión de toda identidad.
El pronombre queda hueco, aullando su herida. Enrique Vila Matas ha dicho que
quizás Pizarnik inventó su vida para poder crear su obra. "Una lírica extrema y
también una tragedia", escribe Vila Matas.
Selección V.G.
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