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BRAM VAN VELDE
Para una teoría de las formas primeras de la sublimación (*)

Sylvie Le Poulichet
Selección Vanesa Guerra

A través de la obra y la trayectoria de Bram van Velde examinaré en un primer momento los límites del concepto de sublimación en psicoanálisis, confrontándolo con los procesos de engendramiento de cuerpos extraños en el corazón de una economía traumática.
Evocaré la aventura de ese pintor (1) que sólo podía mantenerse vivo en el peligro y no dejaba de marchar al encuentro de ese algo que llamaba "el instante visto", justo antes de realizarse la visión. Me parece necesario asociar en esta reflexión sus pinturas y sus palabras, para dejar que resuenen juntas, y elaborar un enfoque de su obra que sitúe la mirada del analista entre discurso y pintura. En relación con los hermanos van Velde, Beckett decía con justicia: "de las dos cosas, la tela y el discurso, no siempre es fácil saber cuál es el huevo y cuál la gallina' (2)
Esa ambigüedad debe mantenerse, de modo que uno no pueda considerarse simplemente una consecuencia del otro. 

1. El instante visto: un tiempo para cobrar cuerpo 

Con respecto a esta obra, durante mucho tiempo se repitió que no había nada que ver, que la pintura no estaba presente en ella, que sólo aparecían allí falta, ausencia, fracaso. ¿Pero cómo podían dejar de verse unas imágenes que, literalmente, saltan a los ojos por la violencia suntuosa de sus colores y el montaje de formas que, en su ardor por nacer, cautivan la superficie de la tela? (3)
En efecto, Bram van Velde se pasaba el tiempo pintando sin llegar verdaderamente a pintar nunca. Es por eso que Beckett lo consideraba un "pintor del impedimento" y caracterizaba su pintura mediante una paradoja: "Para que aparezca la figura, Bram van Velde procura ser lo menos figurativo posible". (4) 
Bram van Velde se mantendrá asociado a esta condición del movimiento en su pintura, que por otra parte asimila a su vida: en ella todo elemento es precario, no está ni terminado ni hundido, y se encuentra en perpetua mutación. El ojo no retiene más que un instante lo visible, que parece librado en seguida al abandono, sin puntos de referencia. Luego se remite súbitamente a otras sacudidas cromáticas, a formas insistentes que se sustraen y metamorfosean aun más. Lo que aquí se presenta al ojo nunca es un edificio terminado, sino una serie de desequilibrios, superposiciones y rupturas que nos hacen doblegar la mirada, como uno se imagina que doblegan el pincel de Bram van Velde, que no quiere afirmar nada. Esta pintura jamás da descanso al ojo y no se deja apropiar. En ella, toda profundidad se remite a la superficie, mientras se repiten de manera cada vez más insistente márgenes, rebordes y estructuras de triangulación que forman un laberinto. "Mi tela es una circulación -dice Bram van Velde -. Es como el ser, la vida. Siempre están en movimiento. Si mi tela estuviera fija, estática, sería falsa.” (5) 
 Bram van Velde sólo pudo pintar en la soledad de un garaje hasta los cincuenta años. Luego, su primera exposición fue un fiasco. Este hombre tenía una verdadera ineptitud para lo familiar y había huido de sus semejantes como para evitar la fractura de un espejo que reflejara demasiado de prisa y demasiado pronto.
Además, Bram van Velde perdía sin cesar la memoria de lo que le sucedía, y por eso estaba obligado a avanzar siempre "a toda marcha". Se veía forzado a precipitarse hacia adelante, como si al pasar todo -y en primer lugar él mismo - se borrara bajo sus pasos: "Desaparecí en mi aventura -dice -. Nada de países, de familia, de vínculos. Ya no existía. Tenía que avanzar a toda marcha". (6)
Para él, avanzar a toda marcha quiere decir en primer lugar precipitarse hacia la tela donde surgirá algo que denomina el instante visto. Y además: "Pintar es intentar alcanzar un punto donde uno no pueda sostenerse". (7) 
Bram van Velde dice con claridad que lo espanta el mundo visible y que siempre está huyendo. Para él, ese mundo visible, donde la gente puede "sostenerse" y constituir una memoria en el espejo que es su semejante, no es sin duda más que una herida. Dice: "El mundo en que vivimos nos aplasta. Siempre está regido por las mismas leyes. Hay que crear imágenes que no le pertenezcan". (8)
Esto no es una mera consideración estética, porque para él el mundo ya constituido, lo ya visible y lo ya ahí se convierten inmediatamente en espantosos. "Para él el mundo no se sostiene -dice Yves Peyré -, sólo la pintura lo sostiene y lo recrea." (9) Sólo esta pintura en desequilibrio y en vías de borrarse, en efecto, puede reinventar y sostener por un instante un mundo no saturado. Como si lo familiar se degradara de inmediato en amenaza de aniquilación, lo que ya está representado se vuelve inevitablemente aplastante. Por eso tiene que huir sin cesar del peso del mundo visible para ir hacia el instante visto. Bram van Velde está constreñido a acercarse a lo que se aleja sin cesar y siempre debe crear otras imágenes, instantes de imágenes, porque verdaderamente no se puede ver más que un instante.. . El resto no sería sino la viscosidad de un espejo que quiere petrificar los instantes, la viscosidad de un mundo visible detenido y poseído, que para Bram efectúa probablemente un trabajo de muerte: sin duda la invasión de imágenes que se cadaverizan.
Un pintor -dice - es quien ve. Yo pinto el momento en que uno va, en que uno va a ver. Y para el espectador es lo mismo. También él, al abordar la tela, va hacia un encuentro. El encuentro con la visión. (10)
No se trata, sobre todo, de pintar lo que se verá, sino únicamente el momento en que uno va a ver: pintar el acercamiento al instante visto, pintar el lugar de un posible encuentro, pintar el instante, justo antes de que la visión se realice. Dicho de otra manera, el cuadro quedará incompleto, privado de lo que permite, tendido hacia lo que no muestra, puesto que eso va a curnplirse... en un instante. 
En esas condiciones, el mundo tal vez no se petrifique, y Bram tenga todavía un rostro por venir; dado que "pintar es buscar el rostro de lo que no tiene rostro, y la pintura es el hombre ante su desastre". (11)
Sin duda es esta experiencia de una puesta en acto del tiempo en la imagen lo que hizo decir a Beckett que Bram van Velde pinta "la cosa en suspenso" y que se trata de una "pintura de la imposibilidad de ser" (12)

 

Le bonheur de Matisse, lithografie,1981
(www.wanadoo.nl/bobvaneck/velde02.htm)




Hantise,1977 lithografie
(www.wanadoo.nl/bobvaneck/velde02.htm)
 



Ecoute,1974,lithografie
(www.wanadoo.nl/bobvaneck/velde02.htm)

 2. El Rostro y el Nombre

Cuando observamos una tela de Bram van Velde, en principio ésta choca con todo lo que hay en nosotros. (13)  Pero si dejamos que la mirada recorra sus circulaciones, el cuadro se forma... y nos atrapa. Ese cuadro es un tiempo para ver y entrar en el movimiento que engendra. Cada tela de Bram van Velde parece inventar un tiempo para cobrar cuerpo en una extraña circulación que no permite ningún paso atrás, ninguna perspectiva. (Bram había aprendido de Matisse que "un cuadro es chato".) Cada tela representa un dispositivo que transforma el mundo visible en un tiempo para ver. Se trata de cobrar cuerpo de manera totalmente diferente que en un espejo, que fija una estatura y una "estatua del yo".
"Estoy partido en mil pedazos. En cierta forma, la pintura Me hace uno", dice Bram van Velde. ¿Serán esos pedazos su única unidad y su única continuidad, la espera y el acercamiento al instante visto que lo hace uno? Pero es un volverse uno que siempre recomienza, porque la serie de sus telas se parece a una cuenta abierta que repite la diferencia de una misma marca: la doble V de su nombre.
Lo más extraño es que Bram van Velde nos comunica ese volverse uno siempre recomenzado con unas pinturas que en un primer momento nos deshacen, nos dispersan, para hacernos entrar pronto en sus colores.
Lo que se mantiene en carne viva en sus telas y sus palabras es la presencia del peligro. Dice: "La vida no es más que cuchilladas. ¿Somos la herida? (14) 
Sólo la tela puede precipitar en un instante un cuerpo que no será aplastado, que no será ya pre -visto. "Hay que saber ponerse en peligro -agrega -. Que no haya más defensa. Ni contra el afuera, ni contra el adentro." Y además: "Hay que destruir toda seguridad”.(15) 
Para Bram van Velde, que dice no tener lugar y que no se sostiene en lo cotidiano, el peligro parece encarnar paradójicamente la única condición de existencia posible. Como si no pudiera sentirse vivo más que en él, sin adorno ni alarde, se impulsa hacia adelante, hacia el instante visto.
"Hizo dos grandes aguadas -dice Charles Juliet, Cuando le hablo de la fuerza y la impresión trágica que se desprenden de lo que pinta, señala: 'Traté de meterme íntegramente en ellas'."(16) La amenaza sería claramente el aplastamiento del cuerpo en un mundo visible en que se convierte en herida. Por eso la solución consiste en permanecer en peligro, para tratar una vez más de meterse íntegramente en la tela. Se trata de tal modo de hacerse un cuerpo por venir, "un cierto algo", según su expresión, que lo acoja en el instante visto.
Quedar fijado en un espejo o una imagen familiar provocaría sin duda una forma de aniquilación. Estar en peligro anima la tensión de un cuerpo todavía por venir, y por lo tanto aún no aplastado. Hay que mantenerse en movimiento para no coincidir con una imagen detenida, para no correr el riesgo de coincidir consigo mismo, porque ese "sí mismo" parece identificado con un trauma y probablemente, en la historia de Bram. van Velde, con el no reconocimiento de un padre: el abandono del hogar familiar por su padre redobló el abandono de su madre, hija ilegítima de un conde.
Quedar fijado en un espejo (que puede representar en especial a un semejante) amenazaría indudablemente la integridad de un yo precario: puesto que si la relación del yo y el semejante se inviste como tal, si la superficie del yo aparece en ese vínculo, el peligro se convierte en atribuible. Se lo experimenta en un marco imaginario que lo revela. Por eso, si la imagen del yo se inviste como tal, el peligro se coagula y atribuye a un lugar determinado, porque ese yo parece identificado aquí con una ruptura traumática infantil. En la lógica del arte del peligro, es preferible sin duda sacrificar la superficie de contacto con el otro en vez de experimentar la ruptura traumática de la superficie del yo.
La persistencia del peligro parece convertirse aquí en el motor de un proceso de autoengendramiento de un cuerpo por venir. Se trata, ante todo, de no apartarse del peligro, pues éste parece  representar la condicion de puesta en acto de un tiempo de elaboración del cuerpo.

"Para llegar a un cierto algo, ya no hay que ser nada", dice Bram van Velde. ` ¿Llegar a un "cierto algo" no es volverse uno, por un instante? ¿No se convierte Bram en ese algo en el instante visto? Un "cierto algo" sería ese cuerpo por venir: un lugar de transformación. Y pintar sería en ese caso el momento de engendramiento de un "cierto algo" en el cual Bram puede meterse íntegramente para hacerse uno.
Pero el enigma se adensa aun más porque al principio Bram aparece como la sombra de su hermano Geer, ese hermano que pinta y lo asiste. Bram empieza tal vez a imitar las figuras poscubistas de Geer; durante mucho tiempo se los llama “Ios hermanos van Velde" y ambos tienen la misma firma.
Luego la firma de Bram se integra cada vez más a los cuadros para convertirse en rostro, triángulo, aristas: desarrollos de la doble V. Poco después de 1945, ya no los firmará. Como si el nombre hubiera entrado en ellos y se hubiese convertido en el rostro en el cuadro (¡como en eco al relato de Henry James, "La figura en el tapiz"!). La doble V de las iniciales sigue estructurando la pintura de Bram y seguirá siendo el borde en que se apoyarán todas las figuras. Hacia el final, en sus telas depuradas ya no queda más que una figura o un rostro simplificado, luego esa figura desaparece y sólo subsiste una X central desdibujada que une las dos alas de la V de su apellido. 
De allí en más queda la traza de la borradura de un rostro que no es más que la otra cara del nombre. Así se mantiene el poder de un "trazo generador”: traza, borradura de la traza y traza de la borradura, es decir, tres tiempos para dejar actuar a un significante. (18)  Pero éste no es un significante cualquiera porque se trata también de la traza de un rostro. Bram permanece tendido hacia el instante visto de la borradura de un rostro y el desdibujamiento de un nombre siempre por cumplir: surgimiento de una pura presencia, tanto más acentuada por trazar el borde de su desaparición. La puesta en acción de la oposición simbólica entre la ausencia y la presencia puede realizarse en especial a través de ese devenir del acto creador. 
Tal retraimiento evoca igualmente el "espacio de engendramiento del acontecimiento -rostro" del que habla Pierre Fedida.(19)  Lo que Bram van Velde denomina la búsqueda del rostro ("pintar es buscar el rostro de lo que no tiene rostro") no tiene nada que ver con la de una imagen. En ella, el rostro es más bien la puesta en figura de un Nombre propio, sabiendo que un Nombre no puede cobrar toda su dimensión en un mundo ya visto. El "acontecimiento -rostro" sería tal vez el advenimiento de un Nombre propio como figura, como en un sueño.

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Zonder Titel, 1954, 102 x 150 cm, gouache,
Collectie Jacques Putman, Paris

Zonder Titel, 1958, 115 x 115 cm, gouache, Particuliere collectie

Zonder Titel, 1961, 100 x 80,5 cm, Paris,
Galerie Maeght _ultima de la pagina

3. Del desamparo a la presencia: la impronta 

Bram van Velde no parece haber tenido que recurrir al psicoanálisis para llevar a cabo su aventura, pero el psicoanálisis tal vez pueda recurrir a su experiencia para entender el arte del peligro. ¿Su trayectoria y su obra no nos inducen a repensar la cuestión de la sublimación en su relación con el peligro? En efecto, podrían suscitar una teoría del arte del peligro que se comunicara con la hipótesis de formas primeras de la sublimación. 
No todos los individuos son iguales frente al goce. Algunos se precipitan muy pronto en él, más allá de todo mantenimiento posible de una homeostasis, en un exceso que derriba desde siempre todos los diques levantados por el "principio del placer -displacer". Así invadidos, desbordados por las oleadas de excitación que los entregan a una mera cultura de la fractura, algunas forjan sin saberlo un arte de la supervivencia.
Desde siempre en exceso y por lo tanto en exilio, precipitados por adelantado en las zonas del éxtasis y el desamparo, estos hambrientos de la vida, estos funámbulos del deseo, nos dieron las más hermosas obras y la preciosa huella de los saltos más peligrosos... Más exactamente, no podemos hablar más que de quienes pudieron sobrevivir lo suficiente, quienes pudieron sostener el arte del peligro. (20) 
Más allá del principio de placer, hay cuerpos precipitados tan precozmente en la urgencia de un goce devorador, que no tienen la "opción de la neurosis" ni del repliegue psicótico. Su principal defensa consiste a veces en la elaboración de un borde precario en el que puedan sostenerse: un reborde muy delgado que hay que volver a trazar cada día. Lo que aquí llamo "borde" representa un fragmento de realidad susceptible de investirse, que ancla la presencia del cuerpo en el mundo y organiza puntualmente la conjunción de un afuera y un adentro, así como la articulación de una plenitud y un vacío, y luego la de una presencia y una ausencia. La constitución muy particular de ese borde en el cual se sostienen podría designarse como una forma primera de la sublimación. Esa es una de las hipótesis que el presente trabajo querría proponer. Esta forma primera de la sublimación habría representado la única defensa confiable en su devenir psíquico. Único recurso presuntamente efectivo frente a la experiencia de un puro desamparo, esa sublimación aparecería como la elaboración de un arte del peligro. Éste puede entenderse como un "arte de vivir en peligro" que ulteriormente se trastoca en un peligro puesto en juego en el acto creador.
Antes de precisar más detalladamente qué hay que entender aquí por arte del peligro, evocaré su origen a través de la experiencia primera de una puesta en forma del goce, o del encuentro de un borde que viene a circunscribir parcialmente el exceso del goce, es decir, la experiencia de un desborde pulsional devastador y sin límites.
Esa primera puesta en forma del goce se realizarla por intermedio de la sobrecarga de un cierto algo, según la expresión de Bram van Velde. Ese algo sería, por ejemplo, una disposición singular de ruido y luz, o bien la huella del precipitado de un fonema y un movimiento. No se trataría más que de un punto de tope y rebote de un goce que sin ello amenazaría desintegrar el cuerpo. El encuentro con un algo se asimila al encuentro de un borde que permite cobrar cuerpo, allí donde la experiencia de un puro desamparo, antes bien, dejaría librado el cuerpo a la invasión y la fragmentación.
En otro contexto, Lacan evocó brevemente la dimensión de este encuentro que sólo se produce más allá o más acá de la relación imaginaria entre el yo y el otro, en un tiempo en que el ego está desorganizado, el otro está ausente y "toda intersubjetividad aparentemente se disuelve": (21) "El sujeto se precipita en un enfrentamiento con algo que no puede confundirse en modo alguno con la experiencia cotidiana de la percepción, algo que podríamos denominar un id y que, para no suscitar confusiones, llamaremos simplemente un quod, un ¿qué es?" (22)
En la hipótesis aquí propuesta de una forma primera de la sublimación, se trata del encuentro brutal con un hay, que estampa la marca de una presencia en lo real o tacha la materia indiferente de lo real con un algo investido por la pulsión. El algo es a la vez una cosa cualquiera -por lo tanto una cosa entre otras - y un "casi nada", según la evolución del sentido etimológico del latín res: la cosa convertida en nada.(**) Un algo produce aquí el advenimiento de una pura presencia gratuita sobre un fondo de nada.
 El algo, esa amalgama de ruidos, luces, pulsaciones u olores, no es otra cosa que la oportunidad o el accidente de una presencia y por ende de una ausencia. Es la apertura del cuerpo al tiempo de la cosa a favor de un desfase repentino: una distancia del cuerpo que funda una distancia para el cuerpo. El algo, en efecto, se convertiría en una parte separada aunque retenida del cuerpo propio, y permitiría la elaboración de ese cuerpo en tiempos de capturas pulsionales, en la medida en que esa parte separada estuviera, en cierta forma, protegida en el exterior. En todo caso, es preciso aventurar aquí esta hipótesis para entender lo que sigue, a saber, el destino del arte del peligro.
La captura, la huella y la sustracción que se cumplen de tal modo constituyen el acontecimiento psíquico o el gesto primero de una psique entregada al desamparo y la fractura: es una captura de cuerpo en un fuera del cuerpo, una autoseparación del cuerpo que se convierte en una autocaptación, una captura (prise) que vale ya como una reanudación (reprise), es decir, la constitución posible de un tiempo. 
No se trata de un "mundo sin otro", pero, no obstante, es este encuentro el que da lugar a un "trazo generador", según la expresión de Heidegger, y abre el acceso a un Otro (lugar del lenguaje según Lacan) del que el representante real no pudo sino "despojarse" o desprenderse. El surgimiento del algo, recompuesto a posteriori, sería el acontecimiento en bruto del placer de que algo sea... simplemente que algo sea o, como diría Heidegger, la apertura de un lugar vacante" para que "resplandezca la singularidad del acontecimiento de que la cosa sea" (23) 
Un objeto -deposición y derivación de una parte del cuerpo- habría quedado de entrada "elevado a la dignidad de la Cosa", de acuerdo con la fórmula que Lacan reserva para la sublimación(24 Así, pues, no se trata de una elaboración estética tardía, sino de un encuentro o un accidente que funda un "trazo generador" en lo real, al margen del vínculo con el otro. "En el análisis -dice Lacan -, el objeto es un punto de fijación imaginaria que, cualquiera sea el registro que se considere, da satisfacción a una pulsión. (25)
En cuanto a la sublimación, se ejerce a partir del momento en que la Cosa queda revelada más allá del objeto, mientras éste sigue estructurado por la relación narcísica. Esa revelación procura entonces una "satisfacción que no exige nada a nadie". Gracias a un "cambio de meta de la pulsión" y una desfamiliarización del objeto, este último quedaría por lo tanto apartado de la relación narcísica con el semejante. Lo que se investiría sería entonces la "cosidad" misma del objeto: su carácter gratuito y ajeno (como los "zuecos" de Van Gogh, que ya no tienen nada de familiar sino que nos ponen en relación con lo inaudito y lo desconocido que la Cosa -zueco hace surgir en la tela). Más precisamente, esta "cosidad" aparece con "el advenimiento de un lugar vacante" y la aparición de un puro "trazo generador", como el contorno de un jarrón. El ejemplo elegido por Heidegger y retomado por Lacan para designar la eclosión de esta “cosidad" es, en efecto, el del primer modelado de un jarrón por un ceramista. Este modelado implica la aparición de un borde como advenimiento de un "trazo generador":
Lo que crea es verdaderamente el vacío, introduciendo con ello la perspectiva misma de llenarlo. El jarrón introduce el vacío y la plenitud en un mundo que, por sí mismo, no conoce nada semejante. El vacío y la plenitud entran como tales en el mundo a partir de ese significante modelado que es el jarrón. (26
El jarrón es el objeto que, al ser creado, hace surgir repentinamente “la existencia de un vacío en el centro de lo real", así como una oposición recíproca entre el vacío y la plenitud. El ceramista que con su mano crea el jarrón alrededor del vacío da lugar a un "trazo generador" y "eleva el objeto a la dignidad de la Cosa" en el momento mismo del acto creador, anterior a toda familiarización del objeto. Ese vacío sobrevenido es una nada que hace resonar la Cosa, que le da su dimensión.
En la hipótesis de una actividad primera de sublimación, el surgimiento y la investidura de semejante "trazo generador" asumen una consistencia esencial. Naturalmente, el ejemplo del primer modelado de un jarrón por un ceramista no parece muy apropiado en ese contexto. El gesto del ceramista no se piensa en referencia al arte del peligro y el análisis de Heidegger se sitúa en la muy clásica perspectiva de la emergencia de tekhné griega. Sin embargo, introduce las nociones de “lugar vacante" y "trazo generador" con la consistencia de un borde. Estas referencias, desde luego, asumen dimensiones muy diferentes en el marco de formas primeras de la sublimación, donde no puede tratarse de entrada de un objeto constituido, sino más bien de un tiempo constituyente de un "trazo generador" por una captura del cuerpo en un fuera del cuerpo. Sólo puede ser cuestión aquí de un advenimiento precario que se cumple debido a una precipitación del cuerpo en una forma o un compuesto con el cual se identifica puntualmente.
Al margen de la relación narcísica con el otro, esta forma de” elevación de un objeto a la dignidad de la Cosa" desempeñaría una función crucial en un tiempo de elaboración del cuerpo pulsional. Un primer acto de derivación y transformación de una parte del cuerpo podría entrañar en su estela un proceso de autoidentificación gracias a la captura de la impronta o a la sustracción que realiza. Esta precipitación adelantada y el borde a modelar día tras día en el encuentro de un algo constituirían verdaderamente una forma de tiempo identificante, (27) en el cual una recaptura de la impronta ahonda el surco de un posible devenir en un proceso de autoidentificación. El sujeto se reidentificaría allí en cada uno de sus encuentros con un "trazo generador", cuando por otra parte se debilitan las referencias identificatorias susceptibles de embarcarlo en una trayectoria edípica estructurante. Ese algo, que es una derivación y una transformación de una parte de su propio cuerpo, asumiría finalmente la función de un trazo identificatorio fundador.
Empresa arriesgada, no hace falta decirlo... Sin garantía alguna de escapar a lo que Winnicott llama las "agonías primitivas", es decir, la desintegración, la despersonalización o la caída que no cesa, entre otras (28) El arte del peligro sería no obstante la posibilidad de la elaboración primera de un modo de acceso al goce que representa a la vez una experiencia de autoéxtasis y autoidentificación en la captura renovada de la impronta de un trazo que hace las veces de cuerpo y de borde.

 
Compositie, 1972, 108 x 75 cm, gouache op papier,
Particuliere collectie



Compositie, 1973, 146,5 x 158,5 cm, gouache en inkt op papier, Lousiana Museum, Humlebaek

http://home.wanadoo.nl/bobvaneck/velde03.htm

 

4. La muerte atrapada, en la carne viva del sujeto(***) 

Pero el arte del peligro está siempre en movimiento, sólo subsiste en movimiento, como un salto que debe efectuarse sin cesar. Pone en juego un advenimiento puntual o una efímera eclosión, que reinscriben no obstante el recorrido del salto a realizar cada día. No brinda una morada estable y no siempre puede poner a su huésped al abrigo de una forma de suicidio. Por otra parte, es en ese sitio donde se juega el equívoco posible sobre el salto.
Esta forma de identificación primera que puede representar el encuentro con un "trazo generador" brindaría sin embargo la oportunidad de una sublimación primera que inscribe sobre un fondo de desamparo y fractura el gesto fundador de un sujeto posible en el tiempo, es decir, la captura de una impronta de deseo en una composición aún por venir.
¿Por qué hablar de sublimación como de un posible destino inaugural de la pulsión? En cierto modo, un cambio de meta y de objeto de la presión pulsional (29) habrían salvado la pulsión de vida, como si hubiesen impreso un primer movimiento identificatorio en una derivación esencial, en un desplazamiento obligado (lo que por otra parte no excluye otros destinos ulteriores de la pulsión).
Retomar aquí el concepto freudiano de sublimación, revisitado por Lacan, es apuntar necesariamente a la dimensión de un fallo esencial en la relación con una total satisfacción pulsional.
Se trata también de otro tipo de trayecto pulsional que no sufre la represión y que, en el marco de la elaboración de una forma primera de sublimación, terminaría no obstante por mitigar el fracaso parcial de una represión originaria a la que se atribuye estructurar la realidad psíquica.
A raíz de ello, se modificaría al mismo tiempo la relación con una "metáfora paterna": si en el marco de la teoría lacaniana esta última se reduce simplemente a una sustitución del Deseo de la Madre por el Nombre del Padre durante un proceso de represión originaria, parece que el arte del peligro debe volver a poner en juego cotidianamente esa metáfora a través de una incesante fabricación de Nombres del Padre, vale decir, la composición de los bordes susceptibles de constituir un dique al Espejismo de la Madre. Los "trazos generadores" que surgen en la intención creadora asumirían la función de Nombres del Padre, es decir, de balizas para dar forma al deseo y no quedar reducido a un puro objeto en el Espejismo de la Madre.
Hay que agregar que ese movimiento de autoseparación no está exento de una potencialidad destructora, pero que en el arte del peligro la muerte queda atrapada en la carne viva del sujeto precisamente en ese desplazamiento. El movimiento de una pura pérdida se transmuta en un trayecto y un trazado que dan brillo a una presencia y circunscriben un lugar vacante. Esa es sin duda la gran apuesta del arte del peligro: se trata de trazar un reborde que delimite y erotice una pérdida en el momento mismo en que el cuerpo podría bascular hacia la autodestrucción. Ese tiempo de modelado de un borde ajeno interrumpe un terror demasiado familiar. La inscripción de ese movimiento puede equivaler entonces a un "trazo generador" que viene a señalizar el goce.
La captura o toma del algo no es como tomar el velo o los hábitos... El hábito o la imagen del yo, justamente, podrán seguir faltando parcialmente. Del mismo modo, a veces la captura del algo viene a paliar la captura del rostro, ese otro momento fecundo que puede no producirse, debido al movimiento perpetuo, la imposibilidad de la captación o la de la "imagen detenida", dado que desfallecen la mirada y la palabra de un Otro primordial del que depende la coherencia del sujeto con su imagen especular. No obstante, la inscripción de un "trazo generador" gracias a la captura de un algo es susceptible de orientar un devenir, en el cual debe cumplirse sin cesar en acto el equivalente de una metáfora paterna. Ese sucedáneo de la metáfora paterna permitiría una vez más el advenimiento de la captación de un Nombre en una Figura. 
El encuentro con el algo es sin duda lo que siempre intentan vivir las criaturas incapaces de soportar "una existencia velada de pantallas", como dice Bacon. Y éste, como otros, no quiere sino experimentar y hacer experimentar el choque que acompaña el surgimiento de la presencia. Quiere vaciar lo visible para acosar a la presencia. Su pintura es "una tentativa por rehacer la violencia de larcalidad misma", (30) más allá de los velos: "Se trata de hacer una construcción gracias a la cual se capte algo en crudo y en vivo, que después se dejará allí y ¡ listo! "' (31)
En un estilo muy distinto, esta búsqueda recuerda lo que Joyce denominaba la "epifanía del objeto" en su obra Stephen el héroe: cuando aun el objeto más común realiza su epifanía, su alma, su estructura así ajustada, nos parece resplandecer. De acuerdo con Joyce, la epifanía sería el momento en que la realidad de la cosa nos invade como una revelación. 

5. Hacerse un cuerpo extraño 

A través de todas estas reflexiones sobre el arte del peligro, no se reconocerá aquí la referencia a la dichosa y apacible elaboración de un "espacio transicional": el espacio yo/no yo y el área de creación que se organizan progresivamente en el corazón del lazo tejido entre una "madre suficientemente buena" y su hijo: "La adaptación de la madre a las necesidades del pequeño, cuando ella es suficientemente buena, le da a éste la ilusión de que existe una realidad exterior, que corresponde a su propia capacidad de crear. En otras palabras, hay superposición entre el aporte de la madre y lo que el niño puede concebir", dice Winnicott, (32) que añade que esta ilusión representa la función fundamental del objeto y los fenómenos transicionales.
Si bien esta tesis de Winnicott sigue siendo esencial, pese a ello no da cuenta de toda la realidad clínica relativa a la creación. Lo que llamo aquí la captura del algo en el corazón de la experiencia del desamparo se funda mucho más en el fracaso de la constitución de un "área transicional" o una "posesión no yo" que se asienten sobre la experiencia de un "holding" primario. Y es sabido que muchos artistas, los más escaldados, construyeron su obra sobre el filo de una navaja, en la elaboración cotidiana de un borde que siempre se sustraía, en la condena al fracaso de un espacio estable y lo que se llama "creatividad". En la medida misma en que fracasan un "holding " y una experiencia de ilusión generadora de la creatividad, se invoca a veces otro tipo de creación en el corazón de una experiencia de puro desamparo.
La utilización generalizada del descubrimiento de Winnicott pudo hacer pensar que toda experiencia de creación tenía su origen en un período en que los cuidados maternales adaptados a las necesidades del niño suscitaban el espacio de ilusión necesario para la creación de lo que es potencialmente hallable. El "espacio transicional" se apoya sobre un medio ambiente protector y se funda en la autoridad de un sentimiento de continuidad, de tal modo que el espacio de separación entre el niño y la madre (durante la experiencia progresiva de desilusión) se transforma en una capacidad de crear y utilizar el objeto, es decir, en una matriz de producción cultural. Sin embargo, no es posible referirse sólo a esta teoría para considerar los fundamentos y las evoluciones de todo acto creador.
El arte del peligro parece más bien proteger al Yo (Je) de un aplastamiento o una dispersión, cuando no puede desplegarse un “espacio transicional" fundado sobre un "área de ilusión". El esbozo del Yo [Je] parece coincidir con una ruptura traumática, aun antes de que un "área de ilusión" pueda organizar una relación entre el niño y el mundo. En el arte del peligro, la experiencia de la creación no es otra cosa que un "salto" que permite hacerse un cuerpo por venir, y se inscribe en una verdadera discontinuidad: es una manera de entregar un cuerpo y un mundo día por día, incluso sobre las ruinas de un "espacio de ilusión".
Hay que imaginar aquí la condición de un yo cuerpo sumergido por un estado de desamparo que condena al fracaso la experiencia de una permanencia posible del Yo (Je) y el objeto. Más precisamente, como el Yo (Je) no pudo constituir aún su propio tiempo y su propio lugar en el lenguaje, unas experiencias traumáticas precoces hicieron a ese lugar no susceptible de investirse en el lazo con el otro y en una historización. De tal modo, la elaboración de una unidad, por el rodeo de un "área de ilusión", y luego la de un espejo y una memoria, pueden quedar parcialmente inaccesibles. La presencia directa de un semejante, entonces, puede experimentarse igualmente como una amenaza, como si redujera automáticamente el cuerpo a las condiciones de una posible fractura, un desamparo y un estallido de sus límites. Ahora bien, sobre la base misma de una amenaza de invasión de ese tipo, los procesos psíquicos pueden desplegar un arte del peligro. En esta invención, hay que "avanzar a toda marcha" y sin cesar, como dice Bram van Velde, y allí, adelante, hacerse un cuerpo extraño, crear además un cuerpo posible en el encuentro brutal con un algo. En verdad se trata, por lo tanto, de mantenerse en peligro, a fin de rehacer todos los días ese salto y modelar un cuerpo por venir, lejos de toda familiaridad. (33)
Parece entonces que el peligro da un tiempo y un objeto al desamparo, aun cuando ese objeto siga siendo "desconocido". Hay en ello una manera de hacer actuar la presencia del peligro contra el fuera de tiempo y de lugar del desamparo. Así se ejerce a veces la exigencia de mantenerse en peligro, habida cuenta de que el mero tiempo constituido del sujeto compete a la espera y la tensión que lo precipitan hacia adelante, al surgimiento de un borde y la "eclosión de un lugar vacante". A través de una sobrecarga del peligro puede ejercerse una forma de autoconservación paradójica, precisamente gracias a la apertura de una distancia entre el desamparo y la espera del peligro. Esta distancia representa a veces el único tiempo de que dispone el sujeto para defenderse contra la invasión y hacer acto de anticipación. Por eso el arte del peligro puede representarse durante mucho tiempo como la única respuesta viable al hostigamiento del desamparo y la angustia de la dispersión: el único desplazamiento imaginable.
La espera del peligro es susceptible de instaurar un tiempo psíquico o el gesto de un desplazamiento decisivo que permite no coincidir con la invasión y la desintegración correlativas del puro desamparo. El Yo (Je) no persiste entonces más que en el acto de ese desplazamiento, en una anticipación y una precipitación a renovar sin cesar a través de la investidura de un "trazo generador". En lo fundamental, si el Yo [Je] no pudo elaborarse sino por conducto de un arte del peligro, no podrá tratarse nunca de una verdadera permanencia. Si no puede autoproducirse en el tiempo del peligro y "avanzar a toda marcha" hacia el encuentro de un "trazo generador", corre una vez más el riesgo de desaparecer en la fractura, de volver a convertirse en la fractura misma.
¿El arte del peligro no es con ello un estilo de devenir psíquico entre otros, que la clínica analítica debe reconocer y sostener como tal, apartándose de toda intención normativa? No se puede subestimar la fuerza de ese singular procedimiento de autoidentificación que prorroga un proceso de subjetivación. Cuando esos funámbulos vienen al análisis, el clínico no puede arriesgarse a dejarse engañar procurando distanciar el peligro, pues éste es ya el garante de una distancia. Antes bien, el analista tiene la misión de reforzar el estilo de esa identificación y trabajar con delicadeza en el reborde abierto por la espera del peligro.
Me parece que el análisis puede disponer un lugar de resonancia y redespliegue de los algos, vale decir, un tiempo de recaptura de los "trazos generadores". Si se cumple esta condición, el análisis será también un lugar posible de escritura de la historia. Se trata sin duda de recomponer la trama de los "trazos generadores" en torno de los cuales pueden volver a anudarse los lazos y la historia, y cumplirse a veces una recaptura del rostro.
Tal recomposición sólo puede imaginarse en la distancia establecida por un humor y una poesía propios del acto analítico. En esta clínica, en efecto, no es posible permitir el ahondamiento del abismo de la búsqueda de una verdad última a revelar, pues la angustia desmesurada que se manifestaría entonces no tendría borde. Si en el estilo del análisis siempre se mantiene la distancia poética y humorística, la rememoración y el sueño tendrán, por medio de la transferencia, el poder de fortalecer captaciones, de volver a dar Nombres y Rostros a figuras pasadas que no entraron en la historia, que no fueron simbolizadas. En el análisis, un trabajo tal de escritura y puesta en figuras sería tal vez el único modo de domesticar lo infantil y acercarse a unas zonas quemadas por una pulsión de muerte que se alimenta silenciosamente de identificaciones con no lugares: identificaciones con los agujeros dejados en la trama de la historia, que siempre amenazan aspirar al sujeto en una forma de autodestrucción.

 



Zonder Titel, 1976, 32 x 22 cm, lithografie, Paris,
Editions Fata Morgana


Frôlement, 1974, 22 x 14 cm, lithografie, Paris,
Editions Prisunic

http://home.wanadoo.nl/bobvaneck/velde03.htm

Notas
(*) El presente texto corresponde al capítulo dos del libro: "El arte de vivir en peligro" de Sylvie Le Poulichet, editorial Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 1998. 

(1) Bram van Velde nació en 1895 en Holanda y, para pintar, se instaló en París en 1924, luego en el extranjero y más tarde en el sur de Francia. Murió en 1981.

 

(2) Citado por Claire Stoullig, "Bram van Velde. Un certain état de la fortune critique", en Bram van Velde, París, Éditions du Centre Pompidou, 1989, p. 18.
(3) Florian Rodari, "Notes pour un voyage au centre de la peinture de Bram van Velde", en Brani van Velde, op. CiL, p. 19.
(4) Citado por C. Stoullig en Brain van Velde, ol). cit., p. 15.
(5) Citado por Charles Juliet, Rencontres avec Bram van Velde, París, Éditions Fata Morgana, 1978, p. 35.
(6) Ibid., p. 30. A los doce años, Bram huyó de su familia miserable y más tarde se instaló en París, siempre en la miseria; empero, como lo señala Hubert Lucot, "el sitio de Bram van Velde es indefinible", no se sabe de dónde es: "Bram habitaba en el país le Bram y nunca vivió sino en la pintura". Véase Bram ou Seule la peinture, Macght Editeur, 1994, p. 37.
(7) Citado por Ch. Juliet, Rencontres..., op. cit., p. 82.
(8) Ibid - p. 5 1

(9) Yves Pevré. -Vers une peinture hors mesure", en Bram van Velde, op. cit., p. 9.
(10 Ch. Juliet, Rencontres.... op. cit., p. 33.
(11) Ibid., p. 22. 
(12) Samuel Beckett, “Peintres de I'empéchement", en Le monde et le pantalon, París, Minuit, 1994.
(13) Florian Rodari dice que - - -cualquier imagen de Bram van Velde nos arroja, casi intempestivamente, al centro mismo del desorden, nos sacude en todo momento en el propio corazón del acto contemplativo. De ese modo, el pintor nos hace asistir a las innumerables metamorfosis de la materia pictórica, nos arrastra con él en su gesto Y nos instala en la dinámica enloquecedora de su mirada. [...] Y el desconcierto que Puede experimentarse provisoriamente frente a una tela de Bram siempre es derrotado por la insistencia obstinada de un deseo que termina por imponer su orden”  F. Rodari,  "Notes pour un voyage...” op. cit., pp. 20 -21. 
(14) Citado por Ch. Juliet, Rencontres. op. cit., p. 42. 
(15) Ibid., p. 69.
(16) Ibid., p. 95.
(17) Ibid.,p.41
(18) Según la proposición de Lacan inspirada por la borradura de la huella del paso sobre la arena en la historia de Robinson Crusoe, en Le Seminare Livre III. Les psychoses, París, Seuil, 1975, p 188
(19) Pierre Fedida, Crise et contre-transfert, París, PUF,1922,p.115 
(20)Aclaro que mi objetivo no es describir la génesis de todo "don artístico", y es evidente que no a todos los llamados "artistas" les incumbe el arte del peligro. Aquéllos tocados por éste, por otra parte, no necesariamente serán reconocidos como creadores (o bien lo serán muy tardíamente) y muchas veces resultan incapaces de entrar en el circuito codificado de lo listo para exponer o publicar de nuestro "rnercado" actual del arte y la cultura.  
(21) J. Lacan, Le Séininaire. Livre II. Le moi dans la théorie de Freud et dans la technique de la psychanalyse, París, Seuil, 1978, p. 2 10.
(22) Ibid.  
(**)El francés rien, nada, proviene de rein, acusativo de res, ,cosa,, en latín (N. del T.). 
(23 Martin Heidegger, Chemins qui ne ménent nulle part, París, Gallimard, 1980, p.79. 
(24) J. Lacan, Le Séminare Livre VII. L'éthique de la psychanalyse, París, Seuil,1986,p.133.
(25) Ibid., p. 135.
(26) Ibid.,p. 145. 
(27) Cf. el primer capítulo de mi libro:  La obra del tiempo en psicoanalisis.... op. cit. 
(28) D, W. Winnicott, - - -Lacrainte de I'effondrement", en Nouvelle Revue de Psychanalyse, n' 11, primavera de 1975. 
(***)El título original de la sección es "La mort saisie dans le vif du sujet"; dans le vifdu sujet es una expresión que también significa - - -en el meollo, la parte esencial del tema" (N. del T.). 
(29) Me refiero aquí, por supuesto, a los elementos constitutivos de la pulsión y a su especificidad en la sublimación, de acuerdo con las indicaciones transmitidas por Freud en su texto -Pulsions et destins des pulsions", en Métapsychologie, París, Gallimard, 1968.  
(30) Francis Bacon, L Art de L´impossible. Entretiens avec D. SyNester, Ginebra, Skira, 1976, vol. 11, p. 31, col. "Les Sentiers de la création”.
(31) Ibid.. p. 129. 
(32) D. W. Winnicott, "0bjets transitionnels et phénoménes transitionnels", en Jeu et réalité..., op. cit., p. 22
(33) En 1940, Bram van Velde escribía a Beckett: "Mi trabajo es un salto, un salto [en castellano en el original] hacia la vida, hacia la energía que hace vivir". Citado por H. Lucot, Bram ou Seule la peinture, op. cit., p. 42.

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 (*****) Nota de selección: Subrayar la selección de un texto puede resultar de orden redundante. Y lo es en cierto sentido. Una selección es como un íntegro subrayado, pero en un texto tan rico como el de Sylvie Le Poulichet, no puedo evitar remarcar ciertas ideas que están expresadas con deliciosa claridad, operación que entiendo de su parte como un  afán y un deseo de transmitir y donar un saber. De allí mi respeto y también mi gratitud para con esta autora psicoanalista.
El criterio que dio origen el subir a la revista la selección de un capitulo del Libro El Arte de vivir en peligro, resulta al menos de dos cuestiones, en primer lugar la obra de esta analista es para mí una suerte de testimonio de trabajo que a través de los años que va teniendo más y  más consistencia. En lo que refiere a las toxicomanías, el pensamiento clínico de Le Poulichet es y ha sido un legado de herramientas en mi formación.
En la apertura de este texto escribe: “
esta obra se inscribe en la continuidad de mis trabajos sobre adicciones y mis investigaciones sobre el tiempo en psicoanálisis . El lazo que establezco hoy con la creación tal vez parezca enigmático. Sin embargo un “hilo conductor” atraviesa estas obras: se trata de los procesos de engendramiento de cuerpo extraños...
Leal a una idea freudiana sostiene: “Las relaciones del arte y el psicoanálisis suscitaron durante mucho tiempo enojosos equívocos. Sin embargo, ya no es aceptable poner al psicoanálisis en situación de transmitir un saber sobre el arte y los artistas puesto que, muy por el contrario a menudo son las experiencias de los creadores las que permiten acercarse a su propio enigma.”
En segundo término, es a través de este trabajo que surge un fuerte interés de mi parte por conocer la pintura de Bram van Velde. Por eso en esta subida hemos editado algunas fotos de las telas del pintor, que fueron accesibles para nosotros a través de una pagina en Internet (www.wanadoo.nl/bobvaneck) Sin duda, ella hubiera elegido otras, mas no tenemos la dicha de contactarnos con la autora, así es que sepa entonces disculpar nuestro atrevimiento.
Texto en conversiones relacionado: el mundo y el pantalón, Samuel Beckett

Vanesa Guerra

Comentarios al autor: vmalmsten@hotmail.com

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