Transferencia y religión
No se gana
nada con borrar, mediante recortes hábilmente dispuestos, la filiación
teológica (ateológica) del pensamiento de Marx. A través de la
ruptura introducida por Feuerbach, es de una crítica de la religión
cristiana, de una ateología, que surgió el marxismo. Es tanto más necesario
recordar que el análisis del fetichismo, como ilusión alienante, pero
también del Estado, es en principio la transposición a la economía
política de la crítica religiosa operada por Feuerbach.
En La
esencia del cristianismo, Feuerbach introduce
una crítica de la ilusión religiosa que es muy cercana a la
de Freud: realización imaginaria de deseos, confesión
de secretos de amor. Feuerbach insiste sobre la escisión:
la religión es la escisión del hombre consigo mismo, la escisión
del hombre y de su propia esencia. Ya que Dios, que aparece
como un otro no es más que el hombre separado de sí mismo,
transformado en extranjero de sí mismo. En efecto, dice Feuerbach,
"el hombre (y se podría decir aquí "el sujeto")
comienza por proyectar su esencia fuera de sí y por hacer de
ella un objeto exterior a sí, antes de encontrarla en sí mismo.
Tiene así por objeto su propio ser bajo la forma de otro ser"
(1).
0 incluso: "Prudencia, voluntad, justicia, amor, tantos
atributos infinitos que constituyen el ser propio del hombre
y que éste proyecta fuera de sí, que objetiva en un ser fantástico,
puro producto de su imaginación, a quien da el nombre de Dios"
(2).
Es pues, para Feuerbach, la carencia de la conciencia
de sí lo que funda la religión: es la escisión (podría decirse
el clivaje) del sujeto. La religión es la relación del sujeto
consigo mismo, pero como un otro ser. Ahora bien, esa
transferencia implica una dominación. El hombre escindido
obedece a su propia ley pero como a una ley impuesta, exterior.
La omnipotencia es un atributo de este Otro.
La operación
feuerbachiana, la inversión, se inscribirá como una recaptura,
una reapropiación del sí mismo alienado en la transferencia
proyectiva. No es pues sino un progreso en la conciencia de
sí lo que restituirá como subjetivo lo que era pensado como
objetivo. "Lo que era contemplado y adorado como Dios
es en el presente reconocido como humano. La antigua religión
es, para la que viene después, idolatría"
(3).
Así Feuerbach
propone las vías de una superación de la escisión. Lo que era
prometido solamente en el más allá, a saber el cara a cara con
lo divino sin mediación, la supresión de la escisión entre Dios
y el hombre (la reconciliación), es posible aquí abajo, mediante
una profundización de la conciencia de sí, es decir, la reapropiación
subjetiva de las proyecciones transferidas. Si Dios
no es más que la escisión del sujeto consigo mismo, es posible
para el hombre suprimir la religión tomando conciencia de "su
esencia secreta" de "sus tesoros escondidos",
de "sus pensamientos más íntimos", de "sus secretos
de amor"
(4).
Se ve aquí lo que aproxima el gesto feuerbachiano a aquello
que está en cuestión en el psicoanálisis.
Con
esta diferencia entretanto: que el descubrimiento freudiano
deja menos esperanzas que Feuerbach sobre lo que sería una superación
posible de la escisión, del clivaje del sujeto. Es como decir,
muy rápidamente, que lo que se indica, con Freud y sobre todo
Lacan, como castración es la marca en el sujeto de una
mancha ciega, de una mácula, de donde el sujeto sufre
una pérdida que proviene de una zona donde lo que es producido,
transferido, no le vuelve, cualesquiera sean las idas
y vueltas de la conciencia de sí. Hay pues un sacrificio
radical que el sujeto debe consentir para su unión estabilizante
con la ley del Otro. La teología, es (sabe)*
el clivaje del sujeto; plantea la escisión con el ser otro como
no reductible: es incluso, en su vertiente autoritaria, la explotación
socializada de los clivajes, la plusvalía de sentidos organizados
por la focalización comunitaria de las manchas ciegas, de las
pérdidas que agujerean las conciencias de sí.
Ahora
bien, la posición de Feuerbach sobre la supresión posible de la escisión, la
recaptura de sí, la anulación de lo religioso, es de una importancia
política que hoy no podría minimizarse, en tanto la crítica ateológica de
Feuerbach queda como la matriz de la crítica de la economía política
efectuada por Marx. Si el profeta de la revolución proletaria se opone,
es verdad, a Feuerbach, en tesis ya célebres (que han tenido por efecto
secundario impedir la lectura de las ambigüedades fecundas de la Esencia
del cristianismo), no es sobre la cuestión de la escisión. Es
incluso, por el contrario, al comienzo por lo menos, a partir de ese
concepto, que Marx ubica el futuro comunista. La divergencia
con Feuerbach no se refiere a la abolición posible de la alienación,
en consecuencia a la posibilidad de una socialidad ateológica. Es más
bien una prolongación del registro de lo imaginario (donde Feuerbach
se acantonaba) al de lo simbólico; es decir una extensión o una
transposición de lo que eran proyecciones fantásticas, en los productos, en
las relaciones, en el intercambio.
Para Marx
es el desconocimiento de la relación escondida bajo la
envoltura de las cosas lo que determina el fetichismo mercantil,
esa forma económica de lo religioso. Este desconocimiento
es el producto de un cierto tipo de relación. Lo imaginario
fetichista está determinado por una fase del modo de simbolizar,
de intercambiar, de entrar en relación: es un efecto del
modo de simbolizar en la fase del circulante universal, del
régimen monetario de los intercambios. Al criticar la idea
de una esencia humana antihistórica proyectada, transferida
por el imaginario religioso, Marx sitúa al sujeto como
el conjunto de las relaciones sociales en las que esta
preso, y en consecuencia sitúa al sujeto como un efecto de
lo simbólico. Lo subjetivo no es una escena reservada,
críptica, sino un nudo de metabolismos. La crítica
de Marx contra Feuerbach no se ejerce pues sobre la posibilidad
de superar la escisión mediante la conciencia, apunta a extender
a la deteminación socio-simbólica lo que era localizado por
Feuerbach tan sólo en el registro de lo imaginario. Mientras
que en la inversión feuerbachiana puede decirse, según
el resumen de Engels, que los seres superiores creados por nuestra
imaginación religiosa no son más que el reflejo fantástico de
nuestro ser propio, Marx va a situar la alienación, la dominación,
también en el registro de lo simbólico (de la relación).
Extendiendo a lo simbólico la alienación imaginaria feuerbachiana
Marx encuentra lo que será el punto fuerte de su crítica social:
la reificación y el fetiche. Considera la alienación imaginaria
como un efecto del modo de simbolizar. Ya que el sujeto humano
no se desliga sólo de sí mismo por su sumisión a los dioses,
sino en principio y ante todo, por su relación reificada con
el Estado, con la propiedad, con la mercancía. Pasaje de
la crítica de Dios a la crítica del Dinero y del Estado. Pasaje
de la crítica teológica a la crítica política. El dinero,
aunque producto humano, es una esencia extranjera, separada
del hombre, de su trabajo: esencia extranjera que lo domina
y que él adora. La transición es visible en La cuestión judía:
"Del mismo modo que el hombre, en tanto está bajo el yugo
de la religión, no puede concretizar su ser más que, construyendo
un ser fantástico y extranjero, del mismo modo no puede [ ...]
afirmarse prácticamente [ ... ] más que sometiendo sus productos
y su actividad a la dominación de una entidad extranjera, el
dinero"
(5).
Se sostiene
aquí la traslación fundamental que va a ordenar en Marx
la analogía, de estructura y de historia, entre lo teológico
y lo monetario, no sólo en las primeras obras, sino incluso
en los desarrollos más acabados de El Capital. Pues es
precisamente, al comienzo y hasta en las obras "economistas",
la inversión ateológica feuerbachiana lo que constituye la matriz
de la crítica de la economía política. Ahora bien, esta matriz,
en su doble registro imaginario y simbólico es más rica (según
lo que nuestras tentativas de integración estructural permiten
reconocer como espesor isotópico (6)
de lo que su dimensión marxista economista
permitiría suponer, en el hecho que ella atrae o acompaña en
Occidente un rodeo ateológico. Rodeo del que aún no hemos
captado su dimensión y que no podría reducirse al estatuto de
lo que circula sobre la escena mercantil.
Por otra
parte no es Karl Marx sino su precursor Moses Hess, apodado
"el rabino comunista", quien por primera vez, después del trueno
feuerbachiano en el cielo sereno de 1841, produjo una transposición social
del gesto crítico de La esencia del cristianismo, escribiendo, a
partir de ese molde La esencia del dinero: "Dios no es más que el
capital idealizado, y el cielo el mundo mercantil teorizado".
El producto simbólico universal
Lo que
descubre pues Marx, a continuación de Hess, es que el (desprendimiento)
denunciado por Feuerbach es un efecto del propio metabolismo. Por la
aparición de un "producto simbólico universal" como la moneda (y se podría
agregar la lengua) el intercambio de actividades y productos y la relación
mutua de los individuos se presentan a éstos como una cosa. Elequivalente
general deviene un intermediario extranjero, un tercero independiente.
Los atributos propios de la actividad humana son transferidos a este
mediador. Marx toca aquí algo que él mismo no pudo encarar más que
tangencialmente y que hará de la alienación un efecto propio de lo
simbólico.
Sin insistir,
ligaremos este efecto a lo que dice Lacan de lo simbólico,
concebido explícitamente como relación. "Lo simbólico introduce
un tercero, elemento de mediación". Esta mediación, forzosamente
"trascendente" a los sujetos del intercambio, es del
orden de una ley. Pero por otra parte, en lo que hace a los
efectos de lo simbólico como relación, Lacan llega a decir que
"el inconciente es en el sujeto una escisión del sistema
simbólico, una limitación, una alienación inducida por el sistema
simbólico"
(7).
Ahora
bien, detrás de la cuestión del fetichismo está la del tercero simbolizante.
El fetiche, tal como Marx lo sitúa, no es sino la vertiente imaginaria
de la reificación de lo simbólico inducida por el intercambio en el
momento del equivalente universal.
Se ve pues
que la superación del fetichismo (que Marx encara cada vez más de un modo
excesivamente restringido al plano de los intercambios económicos) toca una
cuestión mucho más considerable: el poder, la ley, lo trascendental en la
relación, lo Instituído. La crítica del fetichismo mercantil no basta
pues a modo de fundación ateológica de la relación social.
Lo que Marx
descubre en el plano de la relación económica en el capitalismo,
como plusvalía, reenvía a una subordinación mucho más general
que no es simplemente económica. Lo que se halla implicado es
la cuestión de la jerarquía. Ahora bien, la jerarquía
es "trascendental", en un sentido que el psicoanálisis
debe poder ayudarnos a precisar. Decimos que la plusvalía económica
es un caso particular de una gratificación que reenvía a la
dimensión teológica-política de toda relación social, en tanto
el clivaje de los sujetos es irreductible. Hay plusvalía,
ya que el intercambio económico determina, por la mediación
monetaria, es decir mediante el producto simbólico universal,
emplazamientos jerarquizados; pero, de modo más general, la
dialéctica de toda relación, la dialéctica de lo simbólico,
determina emplazamientos de poderes. No es por azar que
la crítica ateológica de Feuerbach constituya el crisol
teórico fundamental e inaugural a partir del cual será posible
la crítica de la economía política (con Marx), o la crítica
del Estado con Bakunin, quien retoma escrupulosamente
la temática de la transferencia feuerbachiana. Toda crítica
de la dominación toca la cuestión de la umbilicación
trascendental del sistema simbólico. Es a partir de la crítica
de Dios que Bakunin funda la crítica del Estado,
ya que para él, "en tanto tengamos un amo en el cielo,
seremos esclavos sobre la tierra"
(8).
El antiteologismo de Bakunin, surgido de Feuerbach, lo
conduce lógicamente al anti-estatismo, como había conducido
a Marx a denunciar al comienzo como una misma alienación la
dominación teológica y la dominación del Estado.
Ahora bien, el escollo paradojal de esta
posición es que ella se funda (con Feuerbach) sobre la capacidad efectiva de
suprimir integralmente el clivaje, la proyección, la transferencia (mediante
la conciencia de sí): está fundada sobre la creencia en una reapropiación
total posible del sujeto por sí mismo, sin alteridad de sí mismo a sí mismo.
Desconociendo las coacciones radicales del clivaje que "sabe" la teología, y
que recuerda el psicoanálisis, el marxismo paradojalmente ha dejado el campo
libre a un retorno feroz de la dominación, a una dependencia
teológico-política que se ha vuelto impensada, impensable.
Lo impensado
de esta dimensión está ya en Feuerbach, no sólo porque permanece en
lo imaginario sino porque la reapropiación y la recaptura que quiere operar
pasan por encima de todo clivaje, de toda tópica diferenciada del sujeto.
Apoyándose sobre la noción de hombre (cristalizada por el
pensamiento burgués. pero también proveniente del cristianismo -"Dios hecho
hombre"), Feuerbach borra toda distinción utópica en el ser del sujeto:
el hombre es utópico. Marx, a pesar de la restitución de la relación que
se opera, permanece en cuanto al sujeto en una tabla rasa, y no tiende a ver
en la religión más que sus determinaciones exógenas. Ahora bien, es a partir
de la relación socializada de los sujetos clivados que se ha hecho
posible el emplazamiento del poder. Como ocupación de las fuentes
transferidas y focalizadas en un lugar central que exige un sacrificio, una
pérdida, un esfuerzo, un trabajo, como precio de las directivas dadas por la
Ley, sin las cuales reinan la angustia y la locura. Es esta tópica del
sujeto, que lo sitúa como dividido en relación a una alteridad no
reductible, lo que limita el deseo utópico.
Marx
comprende la fetichización (económica) según el modelo de la divinización, y
esta fetichización entra a su vez en el marco de la reificación (de las
relaciones). En Feuerbach, decíamos, la crítica de la religión apunta
a una reapropiación de lo imaginario. En Marx, a partir de la misma
matriz teórica, a lo que se apunta es a la reapropiación de lo simbólico, es
decir de la relación. La ruptura marxista, a partir de Feuerbach, se
sostiene en ese pasaje de lo imaginario a lo simbólico: el hombre no es
una esencia inmutable, que proyecta hacia afuera productos inmutables de su
espíritu, que él diviniza y adora, sino que es el conjunto de las relaciones
sociales. La alienación no está en el desconocimiento que implica la
proyección hacia afuera de lo que está adentro, sino en la relación, el
intercambio y precisamente la reificación de las relaciones vivientes en el
Estado, la propiedad, el dinero. Los individuos alienan sus relaciones
sociales bajo forma de objeto. Si hay un nudo resistente de la crítica de
Marx, reside en esta denuncia de lo instituido.
Denunciar el
fetichismo, es encontrar detrás de una formación imaginaria una
relación simbólica estructurante. Lo imaginario del valor (la
valorización fantástica de la mercancía o de la moneda) está reglado por
lo simbólico, ya que una relación social se disimula detrás de la
apariencia de una objetividad del valor. La ilusión fetichista es
inseparable de un cierto modo de producción y de intercambio, es decir de un
cierto modo de simbolizar; ella supone que las relaciones entre personas
estén mediatizadas por el valor de cambio y que la circulación de un
equivalente general (de una moneda), dando una expresión común y universal
al valor de las mercancías, vele las relaciones sociales de los productores.
Así, la ilusión fetichista es lo imaginario específico que
corresponde a la simbolización monetaria, a la simbolización de tipo
"equivalente general".
Pero el
fetichismo económico no es más que un caso de los efectos de lo
simbólico y no hay que limitar el análisis y la denuncia política a la
ilusión banal de que las mercancías tendrían un valor en sí. Tocando, en el
caso simple y restringido de la moneda, la cuestión del intercambio, o
incluso de lo que él llama, en algún rodeo de los Fundamentos "el
producto simbólico universal", Marx desencadena una problemática de
la socialidad, de la relación, del metabolismo significante, que se equivoca
al intentar dirigirla sobre la economía política, como si la ilusión
monetaria fuese la más decisiva de aquéllas donde se anuda la cuestión de un
poder.
Detrás del
fetichismo, está la cuestión de saber cómo los sujetos alienan sus
relaciones sociales bajo forma de objeto, es decir cómo la relación
simbólica, instaurando un orden tercero, una mediación universal, produce la
dependencia de los sujetos. En esta vía del fetichismo como dominación
de los sujetos por los productos simbólicos universales (que son sin embargo
efectos de relaciones, de intercambio), no se encuentra tanto el fetiche
sexual (como sustituto, in extremis, de lo que la madre no tiene)
como la cuestión del tercero y de la ley.
La relación
mutua de los individuos, en el intercambio universal, se les presenta como
una cosa extranjera e independiente. Ese producto simbólico universal se
convierte en un intermediario extranjero, un tercero, una potencia
independiente, un "verdadero Dios". El corte se profundiza con ese mediador.
La alienación que describe Marx es pues una alienación inducida
por lo simbólico, un efecto de lo simbólico sobre el sujeto.
Ahora bien,
Marx no designa el lugar de ese desprendimiento de los individuos
singulares y de sus relaciones por medio de una universalidad
alienante, sólo en el Estado y la moneda: en una indicación
breve, fulgurante (reducida a un simple paréntesis)
(9),
designa también la Ciencia mediante los mismos
considerandos. Por esta posición de la ciencia, él toca los
bordes de su propia pertenencia al modo de simbolizar que describe:
y el paréntesis abierto por un instante no puede menos que volverse
a cerrar.
Ya se trate
de la religión, de la economía o de la sexualidad, el fetichismo es cada
vez la valorización o la sobrevalorización de una cosa, por oposición
a la relación entre la personas. El fetiche religioso es cosa del
adorador y no su señor. El fetiche en economía es no ver que
el valor es una relación social de las personas entre ellas y no un atributo
fijo de la mercancía. El fetiche sexual es un pedazo de cosa
sobrevalorizado, sobreestimado, que reemplaza a una persona o a aquello que
le falta. Es pues el nudo común de una reificación, de una insistencia
alienante sobre la cosa, lo que hay que buscar para justificar el transporte
del término "fetiche" en esos campos tan diferentes. El fetichismo
es el medio de ligar lo imaginario al objeto, en consecuencia de aferrarse a
lo real, de investirlo, pero sin pasar por la relación entre las personas, a
saber por la relación simbólica que supone la regulación sobre una
alteridad, esto es, una trascendencia. El fetichista, según Hegel, no
reconoce la ley de Dios. Para Marx, a lo que no se accede a
través del fetichismo de la mercancía, es a la relación de las
personas que intercambian, en tanto ésta está regida por la ley reguladora
de los intercambios. En lugar de situar el valor como el homogéneo que
regula el intercambio de las actividades entre personas -en consecuencia un
residuo, un efecto, del pacto simbólico-, el fetichismo económico aísla el
"precio" de la cosa. Es precisamente más acá de un reconocimiento de otro y
de la relación con él que se sitúa el enganche fetichista a la cosa
sobreestimada, en tanto este acceso a la relación simbólica supone el
atravesamiento de una pérdida.
Si el
fetichista sexual prefiere un fantasma a la realidad de la diferencia de
los sexos, el fetichista económico prefiere un fantasma a la realidad de la
relación. Es la renegación de la relación social.
Si hubiera que forzar la analogía entre el
fetichismo freudiano y el fetichismo marxista,
diríamos que el vacío que el fetiche económico llena y vela es aquello que
las relaciones entre personas, los intercambios de actividades vitales,
tienen de "trascendental". Pero justamente es en ese trascendental de los
intercambios que se sitúa la plusvalía. Ella no concierne tan sólo a la
economía política sino al poder social en general. La plusvalia es,
en el campo de la economía, la parte de estructuración teológico-política de
toda relación social; la plusvalía es teocrática.
Esto no aparece netamente sino al repensar lo que hace del sobretrabajo un
sacrificio en las primeras sociedades de clases con dominación
sacerdotal (Egipto, México). El sacrificio es la deuda inextinguible
para con una fuente superior que hace ley. Sería el efecto imaginario
inherente a la regulación socio-simbólica de las alteridades.
Es
sin duda en Hegel donde debe buscarse la fuente de la
noción de fetiche, tal como Marx la usa en el
campo crítico de la economía. El fetichismo es un momento
de la religión. Es el aspecto más negro de la religión.
La de los negros**.
Hegel localiza allí un
vínculo entre poder y representación: "Ellos hacen de su
poder un objeto de representación exterior a su conciencia y
le otorgan una figura"
(10).
En esto
consiste el fetiche: en él, parece manifestarse una autonomía objetiva
frente al libre albedrío del individuo. Estaríamos pues muy cerca de
Feuerbach. La crítica hegeliana del fetiche sin embargo no es en absoluto
anticipadora de la inversión feuerbachiana. Ya que lo que denuncia Hegel
en el fetiche no es la alienación del hombre. Por el contrario, es su
independencia. El dios-fetiche permanece aún sumiso a quien lo ha creado. El
fetiche queda como criatura de su creador, permanece siempre entre sus
manos, puede ser repudiado como ha sido adorado. Es la cosa de su
adorador. El dios-fetiche es un dios-fantoche. No hay ninguna relación de
dependencia verdadera del individuo respecto de Dios. El fetichismo no es
pues una verdadera religión. El fetiche no podría ser supremo, un poder
superior al cual el individuo se someta. El fetiche es un falso dios porque
permanece bajo el poder de su creador, no es autónomo, separado, extranjero,
objetivo. El individuo, en el fetiche, no alcanza aún la objetividad sólida
o la solidez objetiva de Dios, del Eterno, del Justo.
Esta
crítica de Hegel, si bien pareciera ir a contrapelo de Marx, permite
aclarar al fetiche como denominado por una carencia de relación con la ley.
Digamos que el fetiche viene a precisarse por una solidez faltante. Pero
desde el instante en que lo que hace abismo trascendental es
reconocido, después de la torsión que impone la regulación simbólica de las
alteridades, como fuente de la ley, el fetiche ya no es el eslabón necesario
donde se engancha el deseo valorizante. Los ídolos son destruídos en el
momento en que la ley universal es reconocida. Esta ley es lo que
permite al sujeto soportar finalmente el vacío del santuario, sin que deba
poblarlo de fetiches y de imágenes. El momento judaico iconoclasta se
inscribe en esta capacidad de soportar, sin reenganche fetichista
idolátrico, el vaciamiento del templo. Se hace tolerable por el acceso
logrado a la regulación simbólica.
El hecho de
que Marx sea el crítico del fetichismo, en el campo de lo económico,
al descubrir la relación de legislación simbólica de las alteridades detrás
del velo de las proyecciones fantásticas, es decir la ley (de los
intercambios) detrás del fantasma (del valor), no deja de
estar sobredeterminado por la herencia judaica.
Judaísmo y crítica del fetichismo
Lo que no han
visto aquellos a quienes sorprende el antijudaísmo de Moses Hess
(antes que el "rabino comunista" se transformara en uno de los padres del
sionismo moderno) o de Karl Marx, es que la crítica del dinero, si
bien conlleva, por amalgama la crítica de los judíos, es no obstante
efectuada, radicalmente, según un gesto perfectamente judaico. Decimos que
Marx denuncia el fetichismo de la moneda según una figura muy comparable
a la crítica de la idolatría, que constituye la originalidad religiosa del
judaísmo. La cólera mosaica iconoclasta, que rompe los ídolos tallados
en los que los malos creyentes se imaginan representar, o sea, encarnar, a
sus dioses, se prolonga en la crítica marxista del fetichismo. ¿Qué dice el
Eterno al profeta? "Yo extirparé de en medio de tí tus imágenes talladas y
tus estatuas y tú no te prosternarás más ante la obra de tus manos". Lo que
puede significar, entendiéndoselo al sesgo y de rebote: lo que tomas por un
dios, esa imagen visible en medio del templo, no es más que el producto de
tu propia elaboración. Renuncia a tomar como realización de Dios, y en
consecuencia objeto de culto, lo que no es más que el resultado de tu propio
trabajo. "Un ídolo ¿acaso no es un obrero quien lo funde". En la crítica del
fetichismo monetario el que interviene, es precisamente un gesto comparable,
si bien sometido a una deformación, una compresión, un extracto: "Lo que
tomáis por un valor en sí, ese oro que adoráis como un dios y del que hacéis
vuestro ídolo tutelar, no es más que el producto de vuestras manos, de
vuestra actividad, como cualquier otra mercancía. Su valor sagrado, su
fuerza enigmática son una ilusión. Una pieza de oro, ¿acaso no es fabricada
por un obrero?". Pero el fetichista cree que ella es valor en sí,
tanto como el idólatra cree que el ídolo del templo es algo distinto al
producto de un trabajo humano, un verdadero dios.
Incluso si
Marx critica al judaísmo, ya se sabe, con una violencia sin piedad y
apasionada (está comprometido en ello), incluso si compara el dinero
con el dios de los judíos (o más bien, lo que es más severo aún, enuncia que
el dinero es el dios de los judíos), ya que se ha transformado en una
esencia separada del hombre, de su trabajo, de su existencia, una esencia
extranjera que lo domina y a quien él adora, no es menos cierto que la
crítica del fetichismo económico se inscribe perfectamente en la denuncia de
los ídolos de la que el judaísmo es el héroe infatigable e intransigente.
El hecho de que la crítica feuerbachiana de la religión cristiana haya sido
relanzada, amplificada, extendida más allá de lo religioso por un Moses Hess
y un Karl Marx, dos pensadores marcados en algún sentido por una filiación
cultural judaica, debe hacernos reflexionar sobre lo siguiente: hay toda
una vertiente del gesto teórico feuerbachiano que va en el sentido de una
crítica de los ídolos, de los fetiches, de las representaciones proyectivas,
cuya exigencia había ya inventado y perpetuado el judaísmo. El ídolo es
el simple producto del obrero, dice Isaías. Es el hombre quien produce las
imágenes de la divinidad, dice Feuerbach. Así el judaísmo se pone en
posición de devolver a su fundamento humano, las representaciones
imaginarias de Dios, al seguir una reflexión desproyectiva, que se
anticipa a la operación de Feuerbach. Por otra parte, el hecho de que se
deba a pensadores de filiación cultural judía la extensión histórica y
social de lo que no era más que crítica teológica y psicológica en Feuerbach,
que un Marx haya sociologizado lo teológico, está de
acuerdo con la circunstancia de que, contrariamente a la interiorización
cristiana, lo sagrado, para los judíos, está en la historia, y
la sociedad es ella misma un objeto de la teología.
Pero sin
embargo la diferencia entre la crítica judaica de los ídolos y el gesto
Feuerbachiano es fundamental. Ya que es la trascendencia extranjera e
"inhumana" del Eterno de los judíos la que, al plantear un clivaje
radical entre el sujeto y Dios, prohibe, mediante la suspensión de toda
figuración, que la imagen, lo imaginario, pase del lado desconocido del
clivaje. Si bien el Eterno es "extranjero" (para retomar el
término de la crítica religiosa de Marx) no es, por definición,
contrariamente a lo que dice Marx, "fantástico". Lo fantástico está en el
ídolo. Así desde el punto de vista judaico, el hecho de que el ídolo no sea
más que un producto de la actividad humana, desconocido como tal, que el
idólatra, creyendo adorar a Dios, no haga más que prosternarse ante la obra
de sus manos, no lleva a negar la existencia del dios, sino a plantearlo
como un Otro absoluto, un Irrepresentable, un Infigurable. El Eterno deviene
un lugar no metaforizable, un sitio que no puede más que sustraerse
constantemente al trabajo de lo imaginario. Desde allí, el judaísmo
marca, inscribe, afirma un clivaje irreductible ya que sustrae un sitio
infigurable (el Eterno) a toda la riqueza abigarrada de las producciones de
lo imaginario. El Eterno es extranjero (Otro), pero no es fantástico.
Allí está la gran diferencia entre el judaísmo y el antropomorfismo
teológico del cristianismo. Ya que para este último, a través de la temática
del Padre y del Hijo, hay una identificación de Dios y del Hombre: Dios se
hace Hombre.
Ahora bien, es a partir de esa relación que la crítica feuerbachiana se hace
posible. Es la humanidad de Dios en el cristianismo, lo que hace posible la
inversión que descubre la esencia del cristianismo. La proximidad de Dios
y el Hombre permite invertir las relaciones: no es el Hombre quien es
reflejo y producto de Dios, sino que es Dios quien es reflejo y producto del
Hombre. Así el cristianismo es el momento teológico que permite, por
simple inversión, decir con Engels al resumir a Feuerbach, que
los seres superiores creados por nuestra imaginación religiosa no son más
que el reflejo fantástico de nuestro propio ser. Desde allí, esta inversión
que es la matriz de la inversión marxista, lleva a considerar superable,
reductible, el sagrado clivaje. La alteridad (divina), puede
resolverse en la conciencia (de sí). El Hombre puede reintegrar su esencia
propia que perdía en provecho de una divinidad extranjera. El sabe que
transfería su intimidad inconciente. Así Feuerbach, y Marx a
continuación de él,
creen poder superar el clivaje del sujeto
reintegrando en la conciencia de sí lo que era transferido imaginariamente
sobre una alteridad divinizada.
Es allí
pues que Feuerbach (y Marx) se separa del judaísmo. Ya que si lo
imaginario, para el judaísmo, puede y debe volver al sujeto, eso no impide
que el clivaje sea irreductible. La alteridad permanece como sitio.
Freud, con el
descubrimiento del inconciente, si bien confirma la reapropiación posible
por la conciencia de lo que es en principio transferido, proyectado, se
muestra no cristiano en lo que designa, alrededor de la castración, lo que
permanece en posición de alteridad irreductible. Por el contrario
Feuerbach, al negar el clivaje absoluto que marca un sitio infigurable,
distinto de la conciencia de sí, permanece en el surco de la creencia
cristiana de una identidad de Dios y del Hombre. La identidad cristiana,
invertida, permanece en la ilusión de la identidad.
El punto más
sensible de nuestra demarcación de las filiaciones religiosas que se
entrecruzan en el inconciente cultural del marxismo es el siguiente: todo
sucede como si en Marx se operase una acumulación (o una multiplicación) de
exigencias judaicas y de exigencias cristianas. No es pues suficiente
enraizar el marxismo en la herencia judeo-cristiana -y ver allí
eventualmente el cisma más grandioso que haya conocido esta historia desde
hace muchos milenios, con los efectos planetarios que se conocen, y por los
cuales la cultura europea se halla hoy día enteramente dividida- sino que
hay que concebir (aquí según uno de los numerosos estratos posibles)
en la doctrina de Marx, una confluencia, un entrecruzamiento nuevo de
lo que separadamente trabajaban por una parte el judaísmo y por otra el
cristianismo. Se podrá reconocer desde allí que es en esta multiplicación
que el marxista sostiene a la vez su fuerza y su imaginario.
El
judaísmo suprime
toda tentación idolátrica mediante la exigencia iconoclasta severa, la
interdicción de figurar. Pero como contrapartida (o por eso mismo) mantiene
el clivaje, la alteridad; plantea la otra escena como irreductible. El
cristianismo,
mediante el dogma del "Dios hecho Hombre", levanta algo del clivaje, de la
escisión, y restituye un campo de proyecciones imaginarias, simbólicas.
Ahora bien, Marx, a partir del
cuestionamiento feuerbachiano del cristianismo, es llevado a acumular la
crítica judaica iconoclasta (de la proyección cristalizada en ídolo) y la
crítica de la escisión, de la alteridad, del clivaje. La ausencia de
fetiche ya no tiene por corolario el clivaje del sujeto de un Otro
absoluto infigurable, se acompaña de la recaptura total por el sujeto
humano, de sus proyecciones imaginarias e incluso de las reificaciones
simbólicas. Esta reapropiación subjetiva completa de los predicados
transferidos sobre la divinidad es la empresa misma del ateísmo; se
puede reconocer su movimiento, como sus bordes, a partir de la
inauguración feuerbachiana y a través de Marx, Nietzsche, Freud. El
ateísmo no puede tener por corolario más que una economía de la
conciencia de sí completamente nueva, de la que Feuerbach ha
sabido esbozar el proceso y de quien todos los que lo han seguido son
tributarios, aún indirectamente...
Pensar acerca
de este crisol, es rechazar las pretensiones de un cierto marxismo
constituído, pero es también leer al filósofo alemán Ludwig Feuerbach
de otro modo que como un simple eslabón intermediario que asegura
modestamente el interín o el interregno entre la declinación del emperador
Hegel y la ascensión del profeta Marx. Hay en Feuerbach
un gesto fundador que desborda el alcance del marxismo en tanto tal:
la fundación del ateísmo.
Comenzarnos recién ahora, quizás, a poder decir algo sobre él. A poder decir
algo del sujeto ateo, de la sociedad atea.
Si hay
utopía en la doctrina de Marx, es quizás allí donde menos se la
espera, en el propio corazón de sus considerandos ateológicos.
Utopía y abolición de los equivalentes
universales
Volvamos,
luego de este rodeo, a la crítica del "producto simbólico universal"
que constituye, a nuestro entender, el nudo a la vez más sólido y más
problemático de la construcción crítica marxista. En el lugar de la
relación donde se constituye la simbolicidad, en el lugar del intercambio,
de la relación, donde los sujetos pueden metabolizar en un tejido en parte
reversible los significantes que los constituyen, lo simbólico se fija en
una mediación rígida que los domina. Si la relación simbólica
introduce un tercero, un elemento de mediación mediante el cual se
escurre el incesante aluvión de lo imaginario (lo que permite el acceso no
desregulado y no desprovisto de eje a lo real), lo simbólico, por una suerte
de contragolpe, de curso forzado, de equilibración bloqueada, desamarra a
los sujetos de su propia actividad, bajo la forma del Estado, de la moneda,
del concepto...
Ahora bien, la utopía, ¿qué pretende?
Invertir la tiranía de lo simbólico. De Tomás Moro a Karl Marx o Bakunin,
hay un gesto que se prolonga en el pensamiento (revolucionario) occidental y
que es la crítica del tercero simbolizante, como moneda, concepto,
Estado, Dios.
La república
utopista, la sociedad comunista o la sociedad anarquista se determinan muy
precisamente, en su principio, por la crítica de un tirano, a saber
la mediación fijada, el tercero en la relación, que aliena a los sujetos
dominando las relaciones, los intercambios, hasta el despotismo.
Decimos que
la abolición (la supresión radical no dialectizada) de
los equivalentes generales
(11)
en tanto son los instrumentos de la
tiranía de lo simbólico, es utópica. Si decimos utópica, no
es por abuso de lenguaje, sino en el sentido muy preciso en
que la Utopía de Tomás Moro no sería otra cosa que
un mundo de donde los terceros simbolizantes hubieran sido desterrados.
En principio, la república utopista es una
sociedad sin moneda y sin conceptos.
Así el dinero,
que en el continente es la "llave de oro", "el
dios y la medida universal"
(12)
es desconocido en la isla de Utopía donde sólo el valor de uso
y no el valor de cambio
(13)
es tomado en consideración para la apreciación de un objeto.
Detrás de la crítica utopista (por no decir utópica)
del dinero o del oro (en el continente "el oro es
adorado como un Dios, buscado como el bien soberano"
(14)
factor
de enriquecimiento y de empobrecimiento, causa de desigualdad,
se esconde la crítica de la moneda. Este intermediario,
delegando el valor, escindiendo el uso y el cambio, abriendo
la sustitución y la representación, impide la comunidad de vida
y de bien de las que se reclama la república de Utopía.
Sin la evaluación monetaria que parasita o pervierte todos los
valores, sanos, de uso, por aquellos, adquisitivos, de cambio,
la riqueza reencuentra su significación de goce natural.
En la república utopista, el oro no es un metal fetichizado:
tanto como en la sociedad futura prometida por Lenin
-donde, según una precisión sensacional del jefe proletario
que los surrealistas no dejaron de retener, habrá mingitorios
de oro- se hará un uso simple y trivial del metal amarillo,
incluso para las tazas de noche
(15)
.
Nada de moneda, ese intermediario extranjero, pero tampoco nada de
concepto.
Los conceptos abstractos, los habitantes de
Utopía, cuenta Tomás Moro, no los conocen: el hombre "en general",
por ejemplo, ese coloso, el más inmenso de los gigantes, nadie en Utopía ha
podido percibirlo. . .
Ahora bien,
se agrega a esto entre los Utopianos una prescripcion religiosa que merece
nuestra atención. Fuera de la isla, ella no nos es desconocida. No hay
en los templos ninguna imagen de los dioses.
Pero en
Utopía, la no representación de la divinidad, el santuario
vacío, no tiene el sentido de un rechazo combativo de toda materialización
idolátrica que rebajaría la soberanía única y no compartida
del Altísimo. Tiene el sentido de la libertad de religión. El
libre pensamiento utopista implica un dios infigurable; pero
es por politeísmo liberal y no por monoteísmo radical. "No
se ve en los templos ninguna imagen de los dioses, a fin de
que sea libertad de cada uno concebir a la divinidad bajo la
forma que convenga a su creencia"
(16).
Así, del mismo modo en que ningún intermediario extranjero y
único, ninguna moneda, debía venir a medir y reglar los metabolismos
económicos (esto es aplastar el valor de uso bajo el valor de
cambio), de igual manera el principio de la libre divinidad,
de la conveniencia personal, impide la común medida teológica,
es decir la metabolización de la creencia, el intercambio
social de lo trascendental, el lugar convergente de la castración.
Entre el
templo vacío de la república utopista y el sancta sactórum judaico, existe
entonces esta diferencia: la interdicción de representar mantiene al
Altísimo en una alteridad irreductible, de hecho el Otro absoluto, que
escapa a todo capricho fetichista, a toda reapropiación; está fuera de las
proyecciones imaginarias. Por el contrario, en el templo utopista la
ausencia de representación no es más que una ausencia de representación
común, que apunta a permitir todas las representaciones subjetivas; a
dejar abierto, singular, el imaginario de la divinidad, a hacer posible
a cada uno celebrar, dice Moro "los misterios particulares de su fe". La
paradoja de la religión utopista es que facilita la diversidad de las
creencias, dejando flotante la metabolización comunitaria del misterio donde
se umbilica el orden simbólico, en tanto que en lo real reina la
uniformidad.
Santo
Tomás Moro, el filósofo decapitado, ha pensado pues como liberación, en
un mismo gesto reformador, que se anticipa a Marx y Bakunin, el vacío del
templo y la ausencia de la moneda. Es incluso sobre esta cuestión del
comercio de dinero, abolido en la isla maravillosa de Utopía, que se
termina el relato imaginario.
Paradoja de
la utopía, sin embargo. Ya que la abolición del tercero simbolizante, de la
regulación legislativa central, no se obtiene más que mediante la adecuación
forzada del orden real de la ciudad a un orden previo. Plegando la vida de
la ciudad a una organización inmutable, realizando la ley en cada pliegue,
cada nudo, cada articulación de la economía social, se puede eludir, en
efecto, la regulación simbólica, pero al precio de la locura totalitaria.
Todo, en la república utopista de Moro, está uniformizado.
La utopía de una sociedad sin ley de
intercambio que gira alrededor del eje de un tercero simbolizante no es
posible más que por la ficción de una sociedad identitaria. Si hay un orden
utopista, es un orden que, en lo real, está fundado sobre lo uniforme.
Construídas sobre un mismo plano, con los mismos edificios, las cincuenta y
cuatro ciudades cuadradas de Utopía son idénticas. El lenguaje, las
costumbres, las instituciones, las leyes son allí las mismas. Y hasta las
vestimentas que tienen en todos lados una misma forma, invariable.
La
paradoja es que el sueño utópico no se sostiene más que de la ficción del
Legislador perfecto, del Fundador. . . Utopus es el padre que produce la
buena organización, el orden óptimo al cual deberá ajustarse lo real social.
Las modificaciones inventadas por generaciones sucesivas, no hacen mella
en la deuda colectiva hacia el ingeniero ancestral del buen orden. En este
sentido, la ausencia de la mediación circulante, de un tercero legislativo
como función de equilibración de las partes que intercambian, lugar de
acuerdo del debate de los intereses, no es posible más que por la ficción
utopista según la cual la prudencia de un fundador ha producido las
condiciones racionales e inamovibles del orden. La regulación ya no está en
las circulaciones presentes, sino por el acto único de iniciativa del que su
orden inmutable emana. El racionalismo político de Utopía procede de
la creencia (que devendrá cartesiana) en el legislador perfecto, de la
existencia de un punto de vista de la razón que autoriza la construcción de
la totalidad.
Ahora bien,
del templo vacío, del que puede decirse que el respeto que provoca parece
una victoria conseguida por la ley soberana sobre el fetichismo y la fobia,
debe aún decirse lo siguiente: no es sólo la religión en Utopía, sino
también la utopía de la religión. Un texto de Zohar da testimonio de
ello sin rodeos, asignando como fin de la historia un mundo sin
representación: "El mundo mesiánico será un mundo sin imágenes, en el cual
no habrá más comparación posible entre la imagen y lo que ella representa".
¡La cosa
misma! La lógica del reemplazo, de la equivalencia, del "en lugar de",
perpetuado por el signo, el valor y el deseo equivalente simbólico viene en
lugar de lo que no es presentable: sea de un no-real ciue hace aeujero,
vacío y fantasma, ya sea de lo real de la cosa, en la imposibilidad de su
exhibición coherente. El signo o el fetiche, como lo que viene al lugar
de lo que no es presentable, testimonian una incompletud, una pasión, una
desdicha. Testimonian, como toda imagen, un borde recortado o más bien dos
bordes, uno que abre sobre la exterioridad de lo real y el otro sobre un
vaciamiento interno donde el sujeto se engancha en una umbilicación de
efecto trascendental.
El fin de la imagen es el fin de la desdicha.
La Utopía, el
mundo mesiánico, la ciudad comunista -en una palabra, el Paraíso- es una
relación transformada con la imagen. No más proyección, representación,
fetiche, e incluso tercero simbolizante. El fin de la historia es la
reintegración total, en la conciencia de sí, de las proyecciones
transferidas; pero con ella también, la supresión de los duplicados del
mundo objetivo.
Lafargue
-ese Lafargue que tuvo el mérito, en un panfleto gracioso, de
reivindicar "el derecho a la pereza" contra aquellos
que querían hacer el trabajo, por un lúgubre contrasentido que
no ha dejado de reinar, un valor proletario- pone sorprendentemente
el acento, a propósito del "ideal comunista", sobre
la intención mesiánica que comporta, referida al inconciente.
"El reino del inconciente estará cerrado"
(17),
escribe en conclusión.
La utopía, es pues la transparencia, la reapropiación total, tanto
imaginaria (Feuerbach) como simbólica (Marx). Utopía inevitable, deseable.
Es el deseo mismo. Es el deseo del Rostro de Dios,
del que habla
San Anselmo a propósito de la noción de paraíso.
Ahora bien, hay clivaje. Hay inconciente.
La cuestión del
poder no puede
partir simplemente de la utopía, por otra parte ya olvidada, de la
reapropiación. Debe tomar en
cuenta, en una nueva aprehensión socio-simbólica, los efectos reales del
clivaje de los sujetos. Eso significa que lo
religioso no es jamás elucidado y eludido de una vez y para siempre,
sino profundizado, trabajado (e incluso refundido y reocupado) por una
profundización ateológica constante. Eludiendo la profundización ateológica
indicada por Feuerbach, el marxismo ha permitido que el poder del
Estado utilice nuevamente bajo una forma transpuesta y perversa algo del
dispositivo teocrático.
Es como si,
olvidando la parte de utopía ateísta que estaba en su base, es decir
desviándose en algún lado sobre las relaciones entre conciente e inconciente,
el marxismo dogmatizado, una vez transformado en religión de Estado,
pero religión imposible, invivible, hubiese transformado la inflación
racionalista de la conciencia de sí, hacia la que conduce al ateísmo, en
totalitarismo político.
Notas:
(1)
L ' Essence du christianisme, París, Maspéro, 1973, p.
130. Hay edición castellana: La esencia del Cristianismo,
Ed. Claridad, Bs. As., 1963.
(2)
Ibid., p. 191.
(3)
Ibid., p. 130.
(4)
Ibid., p. 130.
(*)
Juego de palabras intraducible: c'est-sait (homofónicos en francés)
N. del T.
(5)
La Question juive,
Paris, UGE, 1968,
p. 55. Hay edición castellana: "La cuestión judía",
en El marxismo y la cuestión judía, Ed. Plus Ultra,
Bs. As., 1965.
(6)
Cf. nuestro ' 'Numismatiques" in Economie et Symbolique,
París, Ed. du Seuil, 1973. Hay edición castellana: Los equivalentes
generales en el marxismo y el psicoanálisis, Ed. Caldén,
Bs. As., 1973.
(7)
Le Seminaire, Livre I, Les écrits techniques de Freud,
París, Ed. du Seuil, 1975, p. 220. Hay edición castellana:
El Seminario, Libro I, Los escritos técnicos
de Freud, Paidós, Barcelona, 1981.
(8)
"Dieu et I' Etat", in Oeuvres, t. I, París,
Stock, 1912, p. 114. Hay edición castellana: Dios y el
Estado, Ed. Proyección, Bs. As.
(9)
Cf. Fondements de la
critique de L' Economie politique, París, Ed. Anthropos,
1967. Hay edición castellana: Elementos fundamentales para
la crítica de la economía política, Ed. Siglo XXI, Bs. As.,
1972.
(**)
(N. del T.) En francés
se usan dos palabras: noir como adjetivo y négre
como sustantivo que define a la raza negra.
(10)
La raison dans I'Histoire, París, UGE, 1965, p. 255.
Hay edición castellana: La razón en la Historia, Madrid,
Seminarios.
(11)
Sobre este concepto ver nuestro Economie et Symbolique, op.cit.
(12)
L' Utopie, Paris, Ed. Sociales, 1966, p. 199. Hay edición
castellana: La Utopía, Espasa Calpe, Madrid.
(13)
Ibíd., p. 143.
(14)
Ibíd., p. 140.
(15)
Ibíd., p. 140.
(16)
Ibíd., p. 192.
(17)
Respuesta de Lafargue a una conferencia de Jaurés, Idéalisme
et Materialisme dans la conception de I'Histoire, Lille,
1901, p. 145.
El presente texto forma parte de los Cuadernos
Monográficos de Editorial Letra Viva, "El inconciente freudiano y revolución
iconoclasta" de Jean-Joseph Goux, Capítulo dos, Págs. 25 a 44; sin mención
de fecha, traductores: R. Ileyassoff, C. A. Guzzetti.
Selección: S.R.