|
El
monte del Sinaí
Marcela Depiera
Una montaña,
bastante alta para ser monte, fue la elegida. Podría haber sido otra, tal vez lo
fue, pero da igual. En definitiva, éste, el Sinaí, es el de más fácil acceso
desde el valle.
La Biblia, que fue
escrita para los que creen en la historia, es una de las crónicas más antiguas y
cuenta lo que sucedió allá arriba.
Yahvéh lo citó a
Moisés en la cima del Sinaí.
Le dijo que fuera
solo. No quería testigos.
Moisés obedeció y subió.
Yahvéh bajó de una nube y le entregó los diez mandamientos.
Los escribió de puño y letra en dos tablas de piedra en verso y
reverso.
Que se cumplan, debió haber dicho.
Moisés las recibió y tardó en bajar.
El pueblo, impaciente, no lo esperó y se armó un dios de becerreo
y oro que adoró con fiesta y vino.
Moisés, profeta de mal carácter, se enojó y rompió las tablas.
Y además, se perdió la fiesta.
Yahvéh lo volvió a citar. Que fuera solo y con dos piedras,
reiteró.
Volvió a escribir la Ley y su voluntad se hizo.
Quien quiera creer que crea y el que no, que invente otra historia.
Moisés necesitó
una ley y quiso que Yahvéh la escribiera.
Sintió que Yahvéh lo
elegía, a él entre todos los hombres.
Designó una montaña para el encuentro empecinadamente privado, y
subió.
Esperó a Yahvéh, al que no conocía, y esperó.
Dibujó dioses en las nubes y una fue la que escogió, la más gris,
la más cercana.
El dios le tiró tinta de agua para que escribiera y lo mojó.
Moisés hizo lápiz con su dedo que chorreaba lluvia.
Redactó diez Leyes divinas y bajó.
Del pueblo, lo del becerro; de Moisés, lo que él no vio.
La duda rompió las tablas.
Moisés subió de nuevo a la espera de una señal mas clara.
La escena fue igual que la otra, pero esta vez la Ley no se
destruyó.
Quien quiera ver que vea.
Desde hace muchos
años el monte del Sinaí ha alimentado a camellos y dueños de camellos que
ofrecen a los turistas llegar a la cima ahorrándoles el esfuerzo de subir
caminando. Insisten y mucho. Tan solo una mirada de reojo del viajante diciendo
no, parece ser interpretado como un posible sí. Así es cómo
Mohamed –por esa zona la mayoría parece llevar este nombre- va siguiendo,
encima de su camello, al que mostró interés con el no. Turista cansado
de la insistencia intentará traducirle el no a su idioma. Le gritará
entonces una seguidilla de la, la, la, única palabra que conoce
en árabe. Siempre es bueno saber decir que no en la lengua local. La traducción
es efectiva y Mohamed pega la vuelta.
No sé por qué se
instaló la costumbre de subir el Sinaí por la noche, calculando la llegada a la
cumbre para recibir el amanecer. De esta forma el ascenso supone un sacrificio
extra. Si uno tiene la mala suerte de caer justo en una noche sin luna, deberá
emprender la caminata en posición de recogimiento, siempre mirando para el
suelo, cuidando de no pisar una piedra floja o en el peor de los casos, un
blando y resbaloso excremento de camello. El camino está fresco lo cual hace
necesario encoger los hombros, ceñirlos a la cabeza, para que el frío no se
filtre por el cuello. Encoger los hombros como diciendo, no entiendo de qué se
trata esto, ¿qué había pasado acá?.
El monte suma
peregrinos que no han decidido serlo. El encuentro, de tan privado sospechoso,
que tuviera Dios con Moisés en la cima, queda en el olvido tras la multitud de
gente que se reúne para ver el amanecer. Como no se lo puede ver a Dios
descender en forma de nube, se observa, si el clima lo permite, la salida del
sol por entre las montañas vecinas.
La travesía dura
aproximadamente tres horas. El camino va desde la oscuridad hacia la luz. Es una
cuestión de tiempo porque el final está tan oscuro como el inicio. Porque la
misma luz ven los que subieron que los que se quedaron, solo que unos minutos
diferidos.
Va aclarando y no es
luz divina. Un paisaje de montañas áridas y rojizas se va revelando lentamente.
Ya no se puede ir mas alto. Ya ganamos el techo del monte y el amanecer es lo
vinimos a buscar. Bueno, apuesto a que nadie sabe muy bien qué vino a buscar al
final de esta caminata en la cual es imposible perderse porque todos son
zanahoria para el que viene atrás y burro para el que va adelante. La caminata
se hace lenta cuando se produce este embotellamiento humano. Los más fuertes
pasan a los más débiles ganando posición para la llegada.
Ya en la cima, febo
asoma, las cámaras de fotos se preparan para el ataque, algunos inexpertos
disparan flash, otros arriesgan foto movida, el sol sale un poquito más,
entonces otra foto, otra por las dudas, otra porque el sol salió del todo, otra
con primer plano de sonrisa que siempre sale oscura. Creo que la cantidad de
fotos sacadas es directamente proporcional al sacrificio sufrido por la
trasnochada. Y bueno, hay que entender que allá arriba es lo único que hay para
hacer, el espacio es pequeño, la gente se disputa el primer asiento al borde del
precipicio hasta que la película termina. Es breve. El sol es el de siempre y el
paisaje es bonito. El amanecer no falla y augura un día más.
Allá arriba no hay
rastros de Ley escrita ni de revelación divina.
Ya está, ya lo vimos.
Ahora bajamos a seguir viaje y a dormir.
|
|