A propósito
del amor llamado cortés
Georges Duby
Nuevamente el amor,
antiguamente el amor, siempre el amor. Sí, siempre el amor, pero bajo distintas
formas, modos, usos y prácticas que surgen y decaen, se olvidan y resurgen como
nuevas. Como uno de nuestros principales temas es seguir interrogando al amor,
en sus hechos, en sus sucesos, en sus mitos, en sus actos, proponemos al
historiador francés Georges Duby, especialista en la Edad Media, y exquisito
escritor por su prosa intensa, en nuestro recorrido, en sus consideraciones
-especialmente claras de un asunto muy complejo- sobre el amor cortés.
Sergio Rocchietti
Es como historiador, en concreto como
historiador de las sociedades medievales, que me aproximo a un objeto
histórico, pero que, ante todo, es un objeto literario, esa cosa
extraña, el amor que nosotros llamamos cortés y que los contemporáneos de su
primera expansión llamaban
fine amour.
Me gustaría someter a reflexión algunas proposiciones en cuanto a qué se puede
entrever de la realidad de las actitudes que describen, durante la segunda mitad
del siglo XII, en Francia, una serie de poemas y de obras novelescas,
preguntándome sobre las correspondencias entre lo que exponen esas canciones y
esas novelas y, por otra parte, la verdadera organización de los poderes y de
las relaciones de sociedad.
Tengo, así, la sensación de aventurarme de
forma imprudente, y por dos razones: en primer lugar, porque no tengo más que un
conocimiento secundario, por decirlo así, de esas formas literarias; y después,
y sobre todo, porque tropiezo inmediatamente con esta pregunta a la que es tan
difícil responder en relación con las épocas más antiguas: ¿qué tipo de
relaciones puede mantener una literatura de este tipo, de ensueño, de evasión,
de compensación, con los comportamientos concretos? Al menos un hecho es
seguro: esta literatura fue aceptada, ya que, si no, no quedaría nada de ella (a
pesar de que el estado de la tradición manuscrita hace plantearse si la
aceptación fue tan rápida). Pero hubo aceptación, y por tanto juego de reflejos,
doble refracción. Para que fueran escuchadas, era necesario que estas obras
estuviesen de algún modo relacionadas con lo que preocupaba a la gente para
quien eran producidas, con su situación real. A la inversa, tampoco dejaron de
influir en las maneras de comportarse de aquellos que les prestaban atención.
Esto permite al historiador confrontar el contenido de estas obras con lo
que pueda conocer por otros testimonios de las estructuras y de la evolución de
la sociedad feudal. Me arriesgaré, pues, a hacerlo.
Empezaré reduciendo a su expresión más
esquemática el modelo inicial correspondiente al llamado amor cortés, sin tomar
en consideración los deslizamientos que, a lo largo del siglo XII, lo
deformaron. Estos son
sus rasgos: un hombre, un «joven», en el doble sentido de esta palabra -en el
sentido técnico que tenía en aquella época, es decir, un hombre sin esposa
legítima, y además en el sentido concreto, un hombre efectivamente joven, cuya
educación no había concluido-. Este hombre asedia, con intención de tomarla, a
una dama, es decir una mujer casada, en consecuencia inaccesible, inexpugnable,
una mujer rodeada, protegida por las prohibiciones más estrictas erigidas por
una sociedad de linajes cuyos cimientos eran las herencias que se transmitían
por línea masculina, y que, en consecuencia, consideraba el adulterio de la
esposa como la peor de las subversiones, amenazando con terribles castigos a su
cómplice.
Por tanto, en el mismo corazón del esquema se
encuentra el peligro. En una posición necesaria, ya que, por una parte, todo el
picante de la historia procedía del
peligro que se afrontaba
(los hombres de la época consideraban, con
razón, más emocionante cazar una loba que una becada) y, por otra, se trataba de
una prueba en el curso de una formación continua, y cuanto más peligrosa es la
prueba más formativa es.
Creo que lo que acabo de decir sitúa de manera
muy precisa este modelo de relación entre lo femenino y lo masculino. El
fine amour
es un juego, un juego educativo; constituye la pareja del torneo. Al
igual que en éste, cuyo momento de gran boga es contemporáneo de la expansión de
la erótica cortesana, el hombre no arriesga en este juego su vida, sino que
expone su cuerpo (no me refiero al alma: el objeto que trato de situar se forjó
por entonces para afirmar la independencia de una cultura -la de los
guerreros- arrogante, decididamente erigida, en la alegría de vivir, frente
a la cultura de los sacerdotes). Al igual que en los torneos, el joven
arriesga su vida con intención de perfeccionarse, de aumentar su valor, su
precio, pero también de ganar, de obtener gusto, de capturar al adversario
después de haber roto sus defensas, después de haberle desarmado, derribado,
vencido.
El amor cortés es una justa. Pero a
diferencia de esos duelos que se producían entre guerreros, bien en medio de
enfrentamientos tumultuosos que oponían a los competidores, o bien en el
palenque de las ordalias judiciales,
la justa amorosa opone a una
pareja desigual, uno de cuyos miembros está destinado, por naturaleza, a caer.
Por naturaleza, por fisiología, por las leyes naturales de la sexualidad; ya que
se trata de eso, y el velo de sublimaciones, todas las transferencias
imaginarias del cuerpo al corazón, no consigue disimularlo. No nos engañemos. El
traductor francés de la admirable obra de André, capellán del rey de Francia
Felipe Augusto, Claude Buridant, la tituló
Traité de l' amour courtois.
Sin embargo, una joven medievalista americana, Betsy Bowden, eligió un título
que le cuadra mejor,
The Art of courtly copulation, y,
muy recientemente, Daniéle Jacquart y Claude Thomasset han propuesto contemplar
este texto como un manual de sexología. Efectivamente, los ejercicios
lúdicos de que hablo
exaltaban ese valor que la época
situaba en la cima de los valores viriles, es decir de todos los valores, la
vehemencia sexual, y para que se avivase el placer del hombre le pedía que
disciplinara su deseo.
Rechazo de plano a los comentaristas que han
visto en el amor cortés un invento femenino. Era un juego de hombres, y de todos
los escritos que invitaban a dedicarse a él hay muy pocos que no estén marcados
en profundidad por rasgos perfectamente misóginos. La mujer es un señuelo,
similar a esos maniquíes contra los cuales el caballero nuevo se arrojaba en las
demostraciones deportivas que seguían a las ceremonias en las que se le armaba
solemnemente. ¿Acaso no se invitaba a la mujer a engalanarse, a ocultar y
enmascarar sus encantos, a hacerse de rogar durante mucho tiempo, a no
entregarse más que poco a poco mediante progresivas concesiones, con el fin de
que, en las prolongaciones de la tentación y del peligro, el joven aprenda a
controlarse, a dominar su cuerpo?
Las pruebas, la pedagogía y todas las
expresiones literarias del amor cortés deben ser relacionadas con el vigoroso
impulso de progreso que alcanzó su mayor intensidad durante la segunda mitad del
siglo XII. Eran al mismo tiempo el instrumento y el producto de ese
crecimiento que liberó a la sociedad feudal de su salvajismo, civilizándola. La
proposición, la recepción de una nueva forma de relaciones entre los dos sexos
sólo se comprende por la referencia a otras manifestaciones de este flujo. No
pienso, lo que quizá sorprenda, en una mejora particular de la mujer; no lo
creo. Aunque hubo una mejora de la condición femenina, al mismo tiempo, y
de igual intensidad, la hubo de la condición masculina,- de tal modo que
la diferencia siguió siendo la misma y las mujeres siguieron siendo -temidas,
despreciadas y, al mismo tiempo, muy sumisas, lo que, por otra parte, atestigua
sin dejar lugar a dudas la literatura cortesana. Pienso en ese movimiento que
hizo por entonces que el individuo, la persona, se separase del gregarismo;
pienso en lo que, emanando de los centros de estudios eclesiásticos, daba a la
sociedad mundana la calderilla, por una parte las reflexiones de los
pensadores sacros sobre la
encarnación
y sobre la
caritas,
y, por otra, el eco un tanto sesgado de una lectura asidua de los clásicos
latinos.
Es evidente que los
héroes masculinos
que los poetas y narradores cortesanos proponían
como modelo fueron admirados e imitados durante la segunda mitad del siglo XII.
Los caballeros, al menos en el entorno de los mayores príncipes, se aplicaron a
ello. Hay algo que es seguro: si Guillermo el Mariscal estando aún soltero, fue
acusado de haber seducido a la esposa de su señor, fue porque tales empresas no
eran excepcionales. Los caballeros se aplicaron a ello porque las reglas de ese
juego ayudaban a plantear mejor, e incluso a resolver, algunos problemas
acuciantes de la sociedad que se planteaban en la época, cuyos supuestos se
articulaban con las proposiciones del
fine amour.
De qué manera lo hacían es lo que me gustaría explicar en pocas palabras.
Comenzaré por lo privado, es decir por las
cuestiones que las estrategias matrimoniales producidas en la sociedad
aristocrática,suscitaban en cuanto a las relaciones entre el hombre y la mujer.
Ya he tratado desde diversos ángulos estas estrategias y la moral en la que se
apoyaban. Resumiré mi visión simplemente afirmando que me parece que prepararon
directamente el terreno para la justa entre el joven y la dama.
Las severas restricciones a la
nupcialidad de los jóvenes multiplicaban en este entorno social el número de
hombres no casados, celosos de aquellos que tenían una esposa en su lecho,
frustrados. No me refiero a frustraciones sexuales, que encontraban fácilmente
medio de disolverse, sino a la esperanza obsesiva de hacerse con una compañera
legítima con el fin de fundar una casa propia, establecerse, y los fantasmas de
agresión y de rapto que esta obsesión alimentaba.
Por otra parte, los acuerdos de esponsales se
concluían casi siempre sin tener en cuenta para nada los sentimientos de los
prometidos; la noche de bodas, una hija demasiado joven, apenas púber,
era entregada a un joven violento al que nunca había visto. Finalmente también
intervenía esa
segregación que a partir de los siete
años situaba a los niños y a las niñas en dos universos totalmente separados.
Por tanto, todo se conjuraba para que se estableciera entre los cónyuges no una
relación ferviente, comparable a lo que es para nosotros el amor conyugal, sino
una relación fría de desigualdad: en el mejor de los casos se trataba de
dilección condescendiente por parte del marido y de reverencia medrosa por parte
de su mujer.
Ahora bien, estas circunstancias hacían
deseable el establecimiento de un código cuyos preceptos, destinados a aplicarse
fuera del área de la conyugalidad, sirvieran de complemento del derecho
matrimonial y se construyeran de forma paralela a éste. Rüdiger Schnell, en
Alemania, ha demostrado magistralmente que la intención de
André Le Chapelain
consistió en trasladar todas las reglas que los moralistas de la Iglesia
acababan de crear a propósito del matrimonio, al terreno del juego sexual.
Este tipo de código era necesario para contener la brutalidad, la violencia, en
el progreso hacia la civilidad que he mencionado. Se esperaba que este código,
al ritualizar el deseo, orientase hacia la regularidad, hacia una especie de
legitimidad, las insatisfacciones de los esposos, de sus mujeres, y sobre todo
de esa masa inquietante de hombres turbulentos a los que las costumbres
familiares condenaban al celibato.
Esta función de regulación, de ordenamiento, me
lleva a considerar otra categoría de problemas: aquellos relativos al orden
público, problemas propiamente políticos que la codificación de las
relaciones entre los hombres y las mujeres podía ayudar a resolver. Los
historiadores de la literatura han llamado a este amor, con propiedad, amor
cortés. Todos los textos a través de los cuales conocemos sus normas fueron
escritos en cortes del siglo XII, bajo la mirada de príncipes y para satisfacer
sus deseos. En un momento en el que el Estado comenzaba a separarse del
enmarañamiento feudal, en el que, dentro de la euforia propiciada por el
crecimiento económico, el poder público se sentía nuevamente capaz de modelar
las relaciones sociales, estoy convencido de que el mecenazgo principesco
favoreció deliberadamente la institución de estas liturgias profanas, algunos de
cuyos ejemplos eran
Lancelot o
Gauvain.
Era un medio de incrementar la influencia del poder soberano sobre esa categoría
social -quizá la más útil para la reconstrucción del Estado, pero también la
menos dócil-, que era la caballería. Efectivamente, el código del
fine amour
servía a los proyectos del príncipe de
dos maneras.
En primer lugar, realzaba los valores
caballerescos, afirmaba en el terreno de los alardes, de las ilusiones, de las
vanidades, la preeminencia de la caballería que, de hecho, minaba insidiosamente
la intrusión del dinero, el ascenso de las burguesías. El amor
fine practicado en la
honestas,
fue presentado como uno de los privilegios del
cortesano. El villano estaba excluido del juego; de este modo el
fine amour
se convirtió en un criterio primordial
de distinción. Sólo demostrando su capacidad para transformarse mediante un
esfuerzo de autoconversión similiar a aquel que cualquier hombre debía realizar
si quería, subiendo un peldaño en la jerarquía de los méritos, ingresar en una
comunidad monástica, sólo proporcionando la prueba de que podía jugar ese juego
de forma adecuada, el advenedizo, el comerciante enriquecido gracias a los
negocios, conseguía hacerse admitir en ese mundo particular, la corte,
encerrado, como el jardín del
Roman de la rose,
por un muro. Sin embargo, dentro de
esta clausura, la sociedad cortesana era diversa. Consciente de esta diversidad,
el príncipe pretendía atarla más corto, dominarla.
Así pues, el papel del mismo criterio consistía
en resaltar la diferencia entre los diferentes cuerpos que se enfrentaban en
torno al señor. En su extrema «finura» el amor no podía ser el del
clérigo, ni el del «plebeyo» como dice André Le Chapelain, es decir el del
hombre de dinero. De entre los miembros de la corte, era característico del
caballero. En el propio seno de la caballería, el ritual también
contribuía de otra manera, complementaria, al mantenimiento del orden: ayudaba a
dominar al sector tumultuoso, a domesticar a la «juventud». El juego amoroso
era, en primer lugar, educación de la
mesura.
Esta es una de las palabras claves de
este vocabulario específico. Al invitar a reprimir los impulsos, era en sí mismo
un factor -de calma, de apaciguamiento; sin embargo, este juego, que era
una escuela también incitaba a la competencia.
Se trataba, superando a los
contrarios, de ganar lo que estaba en juego, la dama. El senior, el jefe
de la casa, aceptaba situar a su esposa en el centro de la competición, en una
situación ilusoria, lúdica, de primacía y de poder. La dama negaba a tal sus
favores, concediéndoselos a tal otro. Hasta cierto punto, el código proyectaba
la esperanza de conquista como un espejismo en los límites imprecisos de un
horizonte artificial. Como dice G.
Vinay, son «fantasías adúlteras».
De este modo la dama tenía la función de
estimular el ardor de los jóvenes, de apreciar con sabiduría, juiciosamente, las
virtudes de cada uno. Presidía las rivalidades permanentes y premiaba al mejor,
que era aquel que la había servido mejor.
El amor cortés enseñaba a servir y
servir era el deber del buen vasallo.
De hecho, fueron las obligaciones vasalláticas las que pasaron a localizarse en
la gratuidad de la diversión, pero exigiendo, en cierto sentido, más agudeza, ya
que el objeto del servicio era
una mujer, un ser naturalmente
inferior. El aprendiz, para adquirir
mayor dominio de sí mismo, se veía obligado por una pedagogía exigente, y tanto
más efizaz, a humillarse. El ejercicio que se le pedía era de sumisión; también
era de fidelidad, de olvido de sí mismo.
Los juegos del fine amour enseñaban en
realidad la amistat,
como decían los trovadores, la amicitia según Cicerón, promovida, con todos los
valores del estoicismo, por el Renacimiento, por esa vuelta al humanismo clásico
que se dio en el siglo XII. Lo que el señor esperaba de su hombre es que éste
deseara el bien del prójimo más que el propio. No hay duda -y para
convencerse de ello basta con releer los poemas y las novelas- de que el
modelo de la relación amorosa fue la amistad viril.
Esto lleva a preguntarse sobre la verdadera
naturaleza de la relación entre los sexos. Acaso la mujer no fuera más
que una ilusión, una especie de velo, de tapadera, en el sentido que Jean Genet
dio a este término o, mejor, un intérprete, un intermediario, la mediadora.
Es lícito preguntarse
si, en esta figura triangular -el «joven», la señora y el señor- el vector mayor
que se dirige abiertamente del amigo hacia la dama no rebota en este personaje
para dirigirse hacia el tercero, su verdadero objetivo, e incluso si no se
proyectaba hacia éste sin rodeos.
Las observaciones de Christiane Marchello-Nizia
en un buen artículo obligan a plantearse la siguiente, pregunta: en esta
sociedad militar, ¿no fue en realidad el amor cortés un amor de hombres?
Contestaré gustosamente, al menos en parte: estoy convencido de que al servir a
su esposa, aplicándose, plegándose, inclinándose, lo que los jóvenes
pretendían conseguir. era el amor del príncipe. Del mismo modo que apoyaban
la moral del matrimonio, las reglas del
fine amour reforzaban las de la
moral vasallática. De este modo sostuvieron en Francia, durante la segunda mitad
del siglo XII, el renacimiento del Estado.
Disciplinado por el amor cortés,
¿acaso el deseo masculino no fue utilizado con fines políticos?
Esta es una de las hipótesis de la incierta y titubeante investigación que estoy
llevando a cabo.
Texto extraído del libro "El amor en la
Edad Media y otros ensayos" del historiador francés Georges Duby, editorial
Alianza Universidad, Págs. 66/73, Buenos Aires, Argentina, 1991.
Selección y destacados: S.R.
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