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Fenomenología de la conciencia de sí (I)
La dialéctica del amo y el esclavo
Héctor Raurich

 

Continuando con la temática del Amo y el Esclavo (yendo hacia las consideraciones del poder) incluímos nuevamente a H.R. en ella, por la claridad y precisión que nos aporta. Se trata, quiérase o no, en Hegel de aquello que nos seguimos interrogando, todavía hoy,- pensamos que nunca cesará esta pregunta en sus múltiples formas- acerca de lo humano, bajo esas dos figuras las del amo y el esclavo, lo que llevó al filósofo hacia el tema del deseo, el trabajo, el reconocimiento, cuestiones tan vigentes hoy como en 1806 , fecha en que termina de redactar la "Fenomenología", cuando Napoleón era propuesto como el fin de la historia por el mismo Hegel.

Sergio Rocchietti

 1. En la Fenomenología la conciencia de sí aparece como la verdad de la conciencia (1). En esta nueva y más elevada forma de la conciencia el saber de lo otro, del objeto, aparece como un saber de si y además este saber de sí, la conciencia de sí, es algo más que el saber de lo otro. La conciencia de sí es esencialmente conciencia práctica, conciencia de una superación del saber de lo otro, del mero objeto, de la naturaleza.

2. La conciencia de sí aparece en la Fenomenología -en oposición a la conciencia en sentido estricto o mera conciencia, sensible, percipiente o del entendimiento- como la conciencia activa. La positividad de la conciencia sensible, su pasividad, se torna negatividad, actividad negadora en la conciencia de sí.

3. La primera forma de la conciencia de sí, de la conciencia práctica, es el deseo que, oponiéndose al mundo y a sí mismo como ser que está en el mundo, nos conduce a formas más complejas de esta misma conciencia práctica.

4. En este proceso se ponen de manifiesto las insuficiencias de la conciencia teórica y de la conciencia práctica, de la conciencia y de la conciencia de sí como la necesidad y la exigencia de una síntesis. Así surge la Razón como una nueva forma de conciencia que será la identidad de la conciencia y de la conciencia de sí, del ser y del actuar.

Este es el carácter general y el movimiento de la conciencia de sí, su génesis y su fin. Sigamos ahora su vida, describamos su experiencia.

5. El análisis del "pensamiento", de la "razón", del "entendimiento" o, lo que es igual, el comportamiento cognoscitivo, contemplativo y por lo tanto pasivo de un ser o de un sujeto cognoscente, no descubre nunca el porqué o el cómo del nacimiento de la palabra Yo y por consecuencia de la conciencia de sí, es decir, de la realidad humana (2). El hombre que contempla con atención una cosa, que quiere verla tal como es sin cambiar en ella nada, es absorbido por esta contemplación (está absorto -como se dice- en ella, en estado de hipnosis, desapoderado de sí mismo, cautivo, prisionero de lo contemplado) (3). Se olvida a sí mismo, no piensa más que en la cosa contemplada; no piensa ni en su contemplación ni menos aún en sí mismo, en su Yo. Es tanto menos consciente de sí cuanto más consciente de la cosa. Nos hablará de la cosa pero no de sí mismo. La contemplación revela el objeto, no el sujeto (4). El hombre absorto, perdido en el objeto, no puede ser "despertado a sí mismo" más que por un Deseo. En efecto, cuando el hombre experimenta un deseo cualquiera, pongamos el más rudimentario, el de nutrirse, y cobra conciencia de él, cobra al mismo tiempo y necesariamente conciencia de sí (5). El deseo se revela siempre como mi deseo y para expresar el deseo es indispensable servirse de la palabra Yo. Es en y por, o en tanto que es él mismo su deseo que el hombre se revela a sí y a los otros como un Yo, como el Yo esencialmente diferente del no-Yo y radicalmente opuesto a él (6). El Yo humano es el Yo del Deseo.

No es pues la contemplación puramente cognoscente y pasiva lo que constituye la base de la conciencia de sí, es decir, de la existencia verdaderamente humana y por ende y en última instancia de la existencia filosófica, sino el Deseo (7).

6. Pero ¿qué es el deseo, en qué consiste?(8). El deseo es siempre el deseo de transformar por una acción la cosa contemplada, en suprimirla en su ser que no tiene relación con el mío, que me es extraño, ajeno, que es independiente de mí; es el deseo de negar, abolir esta independencia suya, dominarla, asimilarla a mí a mí vez, como hacía antes conmigo, absorberla en y por mi Yo. Para que haya pues conciencia de sí y por consecuencia filosofía es necesario que haya en el hombre no solamente contemplación positiva, pasiva, sólo revelación del ser, sino además deseo negador y, por consiguiente, acción transformadora del ser dado. Es necesario que el Yo humano sea un Yo del Deseo, un Yo activo, un Yo negador, un Yo que transforma el Ser, que crea un ser nuevo destruyendo el ser dado.

Nacida del Deseo, la acción tiende a satisfacerlo y no puede lograrlo más que por la negación, la destrucción, o cuando menos la transformación del objeto deseado (9). Para satisfacer el hambre es necesario destruir o transformar el alimento. Pero la acción negadora, transformadora, no es puramente destructiva. El ser que se alimenta crea o recrea y mantiene su propia realidad por la supresión de esa realidad que no es la suya, del objeto, de lo otro; por la asimilación o interiorización de una realidad extraña, exterior.

Este es el Deseo. Veamos ahora qué es el Yo del deseo.

7. El Yo del deseo (es una nada, nada de algo, una falta, una ausencia, un vacío, ávido de ser, de presencia, de plenitud); un vacío que quiere colmarse con lo que está colmado, vaciando el ser, reduciéndolo a nada a su turno (una nada que quiere trocar sus papeles con el ser; ahora le toca al ser ser la nada, y a la nada el ser, dice el Yo del deseo)(10). Ocupar con su plenitud el vacío que deja la plenitud suprimida, que no era suya.

El Yo del Deseo, el hombre, para ser no puede ser un Ser que es, que es eternamente idéntico a sí mismo, que se basta a sí mismo. El hombre debe ser un vacío, una nada, que no es una pura nada sino algo que es en la medida en que anonada, aniquila el ser para realizarse a sus expensas. El hombre es la acción negadora que transforma al ser dado y que se transforma a sí mismo transformando ese ser. El ser del hombre no es jamás lo que es y es siempre lo que no es. No es lo que es sino en tanto en que se vuelve lo que es, en tanto cambia, deviene. Su ser es Devenir, Tiempo, Historia, y no deviene, no es tiempo histórico más que en y por la acción negadora de lo dado, la acción de la lucha y el Trabajo.

8. Pero como no hay Deseo sin vida no puede haber existencia humana sin realidad biológica, sin vida animal. Una piedra, una planta, carentes de deseo no llegan jamás a la conciencia de sí (11). Pero el animal tampoco llega a ella. El Deseo animal es una condición necesaria de la conciencia de sí, de la existencia humana y por ende de la filosofía, pero no es una condición suficiente.

El Deseo animal -el hambre, por ejemplo- y la acción que deriva de él niegan, destruyen la naturaleza dada. Negándola la modifican, la hacen suya. El animal se eleva por encima de lo dado. Hegel dice que el animal comiendo la yerba revela y realiza su superioridad sobre ella. Pero nutriéndose de yerbas el animal depende de ellas y no llega a superarlas verdaderamente. El animal no se eleva por encima de la naturaleza negada en su deseo animal sino para recaer inmediatamente en ella por la satisfacción de ese deseo. Así el animal no alcanza más que al sentimiento de sí pero no a la conciencia de sí. No se trasciende a si mismo en tanto que ser dado, es decir, en tanto que cuerpo, que naturaleza; no se eleva por encima de sí para poder volver sobre si; carece de distancia respecto de sí para poder contemplarse.

Para que haya conciencia de si, para que haya filosofía, es necesario que se trascienda el propio ser en tanto que es un ser dado, en tanto que naturaleza, cuerpo (12). Es necesario que el Deseo tienda y se refiera a un objeto no natural, a algo que rebase la realidad dada. Si el Deseo se refiere a un no-Yo natural el Yo del Deseo será un Yo también natural (13). El Yo creado por la satisfacción activa de tal deseo tendrá la misma naturaleza que las cosas a las que se refiere el deseo, será un Yo sólo viviente, un Yo animal. Y este Yo natural, función del objeto natural, no podrá revelarse a sí mismo y a los otros más que en tanto que sentimiento de si, no alcanzará la conciencia de sí.

La conciencia de sí sólo es posible si el Deseo recae no sobre un ser dado natural sino sobre un no-ser (14). Desear el ser es colmarse de este ser dado, es esclavizarse a él, Desear el no-ser es liberarse del Ser, realizar la propia autonomía, la libertad. Para ser humano el deseo debe recaer sobre un no-ser, es decir sobre otro Deseo, sobre otro vacío ávido, sobre otro Yo. Pues el deseo es la presencia de la ausencia de una realidad, es esencialmente otra cosa que la cosa deseada, otra cosa que una cosa, que un ser real estático y dado, que se mantiene estáticamente en la identidad consigo mismo (15).

9. Para que haya Deseo humano es necesario que haya primeramente una pluralidad de Deseos. La realidad humana es una realidad social. La condición de la conciencia de sí es la existencia de otra conciencia de sí (16). Pero si la realidad humana es una realidad social la sociedad no es humana sino como pluralidad de Deseos que se desean recíprocamente en tanto que Deseos (17). El Deseo humano que constituye a un individuo libre e histórico, consciente de su individualidad, de su libertad, de su historia, y finalmente de su historicidad, en suma, con conciencia de sí, difiere pues del Deseo animal, que constituye o crea un ser puramente natural, un mero ser viviente que no tiene más que sentimiento de sí, y difiere porque recae, no sobre un hecho real "positivo", sobre una cosa dada, sino sobre otro Deseo. Así en el Amor el Deseo no es humano más que si se desea no el cuerpo sino el: Deseo del otro, si se quiere asimilar, poseer el Deseo en tanto que Deseo, es decir, si se quiere ser deseado o amado o bien todavía "reconocido" en su valor humano, en su realidad de individuo humano. El hombre que desea humanamente una cosa natural actúa no tanto para apoderarse de la cosa como para que otro reconozca su derecho a ella, como se dirá más tarde (18). Para que el hombre sea verdaderamente humano, para que difiera real y esencialmente del animal es necesario que su Deseo humano predomine efectivamente en él sobre su Deseo animal (19). Ahora bien, todo Deseo es Deseo de un valor. El valor supremo para el animal es su vida animal. Todos los deseos del animal son en último análisis una función del deseo que tiene de conservar su vida. El Deseo humano debe pues ir más allá de este deseo de conservación. El hombre no se revela como humano, no se crea como tal, más que si él arriesga su vida animal en función de su Deseo humano. En este riesgo la realidad humana se muestra, se verifica y se demuestra como esencialmente diferente de la realidad animal, natural. (La conciencia de sí nace de la vida peligrosa).

El hombre se revela como humano arriesgando su vida para satisfacer su Deseo humano que tiene por objeto otro Deseo. Desear el Deseo de otro es desear que el valor que yo soy o que yo represento sea el valor deseado por ese otro; yo quiero que él reconozca mi valor como su valor, quiero que él me reconozca como un valor autónomo. Todo deseo humano se reduce al fin de cuentas al deseo de reconocimiento. Y la vida se arriesga por este reconocimiento.

10. Pero cada conciencia de sí es para sí, y en tanto que tal niega todo objeto, toda cosa, todo ser (20). Es Deseo, pero deseo que se afirma en su carácter de absoluto, en su carácter exclusivo. Sin embargo, ella es también para otro, para otra conciencia de si. Pero no es para la otra conciencia de sí lo que es para sí misma. Para si misma ella es absoluta certidumbre de sí, para la otra es un simple objeto o ser viviente, una cosa independiente en el medio del ser, algo dado, algo que es visto como un "fuera". Esta es la desigualdad que debe desaparecer, y desaparecer tanto de un lado como de otro, pues cada una es una cosa viviente para la otra y una certidumbre absoluta de sí para si.

Yo no soy una conciencia de sí más que si yo me hago reconocer por otra conciencia de sí y si reconozco a la otra de la misma manera. Este reconocimiento recíproco crea el elemento de la vida espiritual. El concepto de la conciencia de si es, en efecto, "el concepto de la infinidad realizándose en y por la conciencia", que expresa el movimiento por el cual cada término se vuelve él mismo infinito, se vuelve por lo tanto otro permaneciendo en sí.

11. Pero al comienzo se quiere ser reconocido sin reconocer (21). Cada conciencia de sí se afirma de modo absoluto y por lo tanto exclusivo y exige el reconocimiento universal (22). Pero como hay una pluralidad de estos Deseos es evidente que la acción que nace de ellos no puede ser -cuando menos al principio- sino una lucha a vida o muerte. Cada uno querrá someter al otro, a todos los otros, por una acción negadora, destructiva. El hombre arriesgará así su vida biológica natural para satisfacer su deseo no biológico, histórico, social, humano. Y Hegel dice que el ser que es incapaz de poner en peligro su vida para alcanzar los fines no inmediatamente vitales, es decir, que no puede ni quiere arriesgar su vida en una lucha por el Reconocimiento, en una lucha de puro prestigio, no es un ser verdaderamente humano.

Ser hombre es no ser retenido por ninguna existencia determinada (23). El hombre tiene la posibilidad de negar la naturaleza y su propia naturaleza: puede querer su muerte, arriesgar su vida. Tal es su ser negativo, negador: realizar la posibilidad de negar y trascender negándola su realidad dada, lo que es, ser más y otra cosa que el ser que sólo vive.

No se puede ser hombre más que si se puede, si se es capaz de morir. Pero para ser un hombre es necesario morir como hombre. La muerte debe ser libremente aceptada en una lucha y no el resultado de un proceso meramente fisiológico. Arriesgando así su vida por el reconocimiento pruebo al otro que no soy un mero ser, un animal; atentando contra la vida del otro le pruebo que lo reconozco como hombre.

Sin embargo, si todos los hombres, o todos los seres en vías de volverse hombres, se comportasen de la misma manera, llevasen la lucha hasta el fin, sólo habría un vencedor y el fin mismo del deseo quedaría frustrado pues no habría quién lo reconociera, no existiría nadie para reconocerlo (24). Y por eso él tampoco sería un ser humano. El hombre no quiere ser reconocido por un cadáver ni le basta ser reconocido por sí mismo, necesita ser reconocido por otro. Para que haya conciencia de sí no sólo es necesario pues que haya pluralidad de Deseos, que esta realidad sea múltiple; es indispensable que esta realidad implique comportamientos humanos esencialmente diferentes (25).

Para que la realidad humana, la conciencia de sí, pueda constituirse como realidad "reconocida" es necesario que los dos adversarios queden con vida después de la lucha. Y eso no es posible a menos que se comporten diferentemente en esta lucha.

12. Por actos de libertad irreductibles e imprevisibles (ninguno de los dos está predestinado a ser vencedor ni vencido ni a quedar definitivamente tal) deben relacionarse como seres desiguales en y por esta lucha. Uno debe tener miedo del otro, debe ceder al otro, debe rechazar el riesgo de su vida. Debe abandonar su deseo de reconocimiento y satisfacer el deseo del otro. Debe reconocerlo sin ser reconocido por él. Ahora bien, este reconocimiento implica que él reconoce al otro como su Amo y se reconoce a si mismo y se hace reconocer como Esclavo por él, por el Amo. En sus orígenes el hombre no es nunca hombre simplemente. Es necesaria y esencialmente o bien Amo o bien Esclavo. La sociedad no es humana, cuando menos en sus orígenes, más que a condición de suponer un elemento de Dominio y un elemento de Servidumbre, existencias autónomas y existencias dependientes. Por eso hablar del origen de la conciencia de sí es hablar de la autonomía y de la dependencia de la conciencia de sí, del Amo y del Esclavo. Al hombre que lucha no le es útil matar a su adversario (26). Debe sólo suprimirlo dialécticamente. Es decir que debe dejarle la vida y la conciencia y no destruir más que su autonomía. No debe suprimirlo sino en tanto le es opuesto y actúa contra él. Debe esclavizarlo.

El vencido ha subordinado su deseo humano de reconocimiento al deseo biológico de conservación de la vida; es lo que determina y revela, a él y al vencedor, su inferioridad (27). El vencedor ha arriesgado su vida por un fin no vital, y es lo que determina y revela, a él y al vencido, su superioridad sobre la vida biológica. Así la diferencia entre Amo y Esclavo se ha realizado en la existencia del vencedor y del vencido y ella es reconocida por los dos.

13. El Amo es un ser para sí (28). Todo el resto no es para él -más que un medio. Se reconoce a sí mismo a través del reconocimiento del otro pero no reconoce a este otro. Pero adviértase que la conciencia por la cual es reconocido no es más que la conciencia de un Esclavo. Existe para un hombre pero este hombre no es más que un Esclavo.

El Amo no es pues un hombre verdadero, no es más que una etapa hacia él (29). Este reconocimiento nunca le satisfará pues sólo los Esclavos le reconocen. De su parte el Esclavo depende de la vida, de las cosas. Siri embargo su repudio de la muerte es también una actitud humana. Su dependencia de las cosas es asimismo humana porque es negadora, transformadora de las cosas. Las domina pero depende también de ellas. Su trabajo tiene un lado positivo, creador, y un lado negativo que le subordina al mundo natural. El Esclavo trabaja para un Amo. La actitud del Amo respecto de las cosas del mundo natural está mediatizada por la conciencia y la actividad del Esclavo. El Amo vive así en un mundo técnico, histórico, humanizado por el trabajo y no en un mundo natural. No depende de ese mundo pues el Esclavo trabajador le libera, le protege de él. La superioridad del Amo sobre la naturaleza, fundada sobre el riesgo de la vida en la lucha de prestigio, se realiza y se funda en el hecho del trabajo del Esclavo (30). Este trabajo se interpone entre el Amo y la Naturaleza. El Esclavo transforma las condiciones dadas de la existencia de modo de tornarlas conformes a las exigencias del Amo. La Naturaleza transformada por el trabajo del Esclavo sirve al Amo sin que este tenga necesidad de servirla. Subordinando a sí al Esclavo y forzándolo a trabajar, el Amo esclaviza la naturaleza y realiza así su libertad en la naturaleza (31). La existencia del Amo puede pues ser exclusivamente guerrera. Lucha pero no trabaja. En cuanto al Esclavo su existencia se reduce al trabajo que ejecuta al servicio del Amo. El trabaja pero no lucha. Y según Hegel es la acción al servicio de otro lo que caracteriza al trabajo en el sentido específico y propio de la palabra, lo que hace de él una acción esencialmente humana o humanizada. El ser que actúa para satisfacer sus propios instintos y que -como tales- son siempre naturales, no se eleva por encima de la naturaleza, continúa siendo un ser natural, no humano. Pero actuando para satisfacer un instinto que no es mío actúo en función de lo que no es -para mi- instinto. Actúo en función de una idea, de un fin no biológico. Y es esta transformación de la Naturaleza en función de una idea lo que constituye la esencia del trabajo. Trabajo que crea el mundo no natural, técnico, humanizado, adaptado al deseo humano de un ser que ha demostrado y realizado su superioridad sobre la naturaleza por el riesgo de su vida, por el fin no biológico del Reconocimiento.

14. El Amo combate como hombre por este reconocimiento, pero consume sin haber trabajado, es decir, como un mero ser viviente, como un animal (32). Tal es su inhumanidad. No puede superar este estado porque es ocioso. Puede morir como hombre, pero no puede vivir más que como animal.

La situación existencial, la actitud del Amo, no tiene salida; no obtiene el reconocimiento que querría obtener, pues es reconocido por una conciencia que no es libre y se apercibe de ello. Por lo contrario el Esclavo reconoce la libertad del Amo. Le bastará liberarse él mismo, haciéndose reconocer por el Amo, para encontrarse en la situación del reconocimiento verdadero, es decir, mutuo. La existencia del Amo está justificada en la medida en que transforma -por la lucha- a animales conscientes en Esclavos que se volverán un día hombres libres.

El producto del trabajo es la obra del trabajador (33). Es la realización de su proyecto, de su idea. El se realiza, pues, en este producto y se contempla por consiguiente a sí mismo contemplándolo, adquiere conciencia de sí como creador a través de su producto, del producto de su trabajo. Ahora bien, este producto artificial es al mismo tiempo tan autónomo, tan objetivo y tan independiente del hombre como la cosa natural. De ahí que sea por el trabajo y únicamente por él que el hombre se realiza objetivamente en tanto que hombre. No es sino después de haber producido un objeto artificial que el hombre es real y objetivamente algo más, otra cosa que un ser natural. (Produciendo se produce a sí mismo como hombre). Y es en este producto real y objetivo que cobra verdaderamente conciencia de su realidad humana subjetiva. Es mediante el trabajo que el hombre se vuelve un ser sobrenatural real, y consciente de su realidad. Trabajando él es espíritu encarnado, mundo histórico, historia objetiva.

El trabajo es pues lo que forma o educa al hombre a partir del animal. El hombre formado y educado, el hombre acabado y satisfecho de su acabamiento no es pues el Amo sino el Esclavo, o al menos aquel que ha pasado por la servidumbre. Pero el Esclavo no es todavía consciente del valor liberador del trabajo. La vida del Amo es pues esencialmente perezosa y vacia (34). De los dos el Esclavo fiel llega a estar después de todo mucho más cerca de la personalidad genuina. Pues la autoconciencia es práctica, activa y depende del dominio que logra sobre la experiencia. El Esclavo -dice Hegel- reconstruye, rehace (crea), las cosas de la experiencia. Por tanto, mediante su trabajo conquista el mundo de la experiencia, crea el mundo del Yo. El Esclavo es potencialmente o en germen el hombre que se respeta a sí mismo, que al fin tiene que enorgullecerse del verdadero poder que su obra le da. Cuando este carácter esencial del Esclavo, el hecho de que él como trabajador es el único hombre verdadero en esta sociedad primitiva, llegue a su propia conciencia, el Yo pasará de la esclavitud a una etapa más alta de conciencia. Se ha liberado de la Naturaleza, se liberará del Amo (35).

La segunda parte del capítulo IV describe la experiencia dialéctica de la conciencia servil que busca su liberación (36).

Notas:

  1. Hyppolite, " Génesis y estructura de la Fenomenología del Espíritu de Hegel ", págs. 141-142.  
  2. Kojéve, " Introdución a la lectura de Hegel ", pág. 11.  
  3. Idem, pág. 166.  
  4. Idem, pág. 11.  
  5. Idem, pág. 166.  
  6. Idem, pág. 11.  
  7. Idem, pág. 166.  
  8. Idem, pág. 167.  
  9. Idem, págs. 11-12.  
  10. Idem, pág, 167.  
  11. Idem, pág. 168.  
  12. Idem, págs. 168 y 12, combinadas aquí y en el párrafo siguiente.  
  13. Idem, pág. 12.  
  14. Idem, pág. 168.  
  15. Idem, págs. 12-13.  
  16. Hyppolite, op. cit., pág. 157.  
  17. Kojéve, op. cit., pág. 13.  
  18. Idem, pág. 169.  
  19. Idem, pág. 14.  
  20. Hyppolite, op. cit., págs. 159-160.  
  21. Kojéve, op. cit., pág. 52.  
  22. Idem, pág. 169.  
  23. Idem, pág. 52.  
  24. Idem, pág. 15, combinada con las págs. 53 y 169-170.  
  25. Idem, pág. 15.  
  26. Idem, pág. 21.  
  27. Idem, pág. 170.  
  28. Idem, págs. 53-54. 
  29. Idem, págs. 54-55.  
  30. Idem, pág. 170.  
  31. Idem, pág. 171.  
  32. Idem, pág. 55.  
  33. Idem, pág. 30.  
  34. Royce, El idealismo moderno, págs. 213-214.  
  35. Compárese con Kojéve, op. cit., págs. 56 y 34,  
  36. Idem, pág. 36.  

Las ediciones en castellano de los libros mencionados (Hyppolite y Kojéve) han sido publicadas por las editoriales Península (España) y Siglo XX (Argentina).

Texto extraído de "Hegel y la lógica de la pasión", Héctor Raurich, Editorial Marymar, Buenos Aires, Argentina, 1972.

Selección y destacados: Sergio Rocchietti.

 

 

  

 

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