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"El
hecho de las aglomeraciones"
(1)
José Ortega y Gasset
Es el año 1921, han pasado
tres años de lo que se llamó la "Gran Guerra", recordemos que aún falta mucho
para que se desencadene la segunda guerra mundial que ubicará definitivamente a
la Primera y a la Segunda, Sigmund Freud desde Viena se dedica a escribir
"Psicología de las masas y análisis de yo", se basa en los textos de Le Bon y Mc
Dougall para lo que podemos llamar la fenomenología de las masas y los intentos
de explicación de la "vida colectiva", pero lo que introduce Freud, para
nosotros, es que la configuración de la masa efectivamente reunida es
consecuencia de la "psicología del yo", en realidad tendríamos que afirmar "metapsicología";
son las "operaciones psíquicas" las que dan lugar a la aparición de la masa y
esas "operaciones" "dispositivos" o "posibilidades" están en el individuo por su
modo de haberse constituido, luego -abreviamos extremadamente- la masa no es más
que la continuidad de esa interacción que dio lugar a la existencia del
individuo, y a la presencia en el exterior de un líder, una divisa, un símbolo,
una cantidad de enunciados puede funcionar como tal, un modelo o un ideal, la
masificación no sería entonces más que esa posibilidad de "hacerse común" y
sentir que eso se comparte en acto con otros, también ese sentimiento puede
realizarse en soledad, pero eso no forma "masa". Estamos en los inicios del
siglo XX, recordemos que para el historiador inglés Hossbawn, el siglo XX
comienza con el inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914, ¿no es una guerra
una confrontación entre masas? Y aún más, una que fue mundial, ya que involucró
numerosos contendientes de distintos países. El texto que continúa del filósofo
español Ortega y Gasset muestra como la aglomeración, otra forma de lo que se
percibía en el escenario social iba acrecentando la preocupación de lo que ya,
hoy, es un acontecimiento irrefutable: "el hombre masa".
Sergio Rocchietti
Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida
pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las
masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben
ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere
decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones,
culturas cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la
historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su
nombre. Se llama la rebelión de las masas.
Para la
inteligencia del formidable hecho conviene que se evite dar, desde luego, a las
palabras «rebelión», «masas», "poderio social", un significado exclusiva o
primariamente político. La vida pública no es sólo política, sino, a la par y
aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos todos
colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar.
Tal vez la mejor manera de acercarse a este fenómeno histórico consista en
referirnos a una experiencia visual, subrayando una facción de nuestra época que
es visible con ojos de la cara.
Sencillísima de
enunciar, aunque no de analizar, yo la denomino el hecho de la aglomeración,
del «lleno». Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de
inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros.
Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas
de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy
extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que
antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar
sitio.
Nada más. ¿Cabe hecho más simple, más notorio, más constante, en la vida actual?
Vamos ahora a punzar el cuerpo trivial de esta observación, y nos sorprenderá
ver cómo de él brota un surtidor inesperado, donde la blanca luz del día, de
este día, del presente, se descompone en todo su rico cromatismo interior.
¿Qué es lo que vemos y al verlo nos sorprende tanto? Vemos la muchedumbre, como
tal, posesionada de los locales y utensilios creados por la civilización. Apenas
reflexionamos un poco, nos sorprendemos de nuestra sorpresa. Pues qué, ¿no es
el ideal? El teatro tiene sus localidades para que se ocupen; por tanto,
para que la sala esté llena. Y lo mismo los asientos el ferrocarril y sus
cuartos el hotel. Sí; no tiene duda. Pero el hecho es que antes ninguno de estos
establecimientos y vehículos solía estar lleno, y ahora rebosan, queda fuera
gente afanosa de usufructuarlos. Aunque el hecho sea lógico, natural, no puede
desconocerse que antes no acontecía y ahora sí; por tanto, que ha habido un
cambio, una innovación, la cual justifica, por lo menos en el primer momento,
nuestra sorpresa.
Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo
específico del intelectual. Por eso su gesto gremial consiste en mirar el mundo
con los ojos dilatados por la extrañeza. Todo en el mundo es extraño y es
maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maraviIlarse, es la delicia
vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en
perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso
los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre
deslumbrados.
La aglomeración, el lleno, no era antes frecuente. ¿Por qué lo es
ahora?
Los componentes de esas muchedumbres no han surgido de la nada. Aproximadamente,
el mismo número de personas existía hace quince años. Después de la guerra
parecía natural que ese número fuese menor. Aquí topamos, sin embargo,
con la primera nota importante. Los individuos que integran estas
muchedumbres preexistían, pero no como muchedumbre. Repartidos por el mundo
en pequeños grupos, o solitarios, llevaban una vida, por lo visto, divergente,
disociada, distante. Cada cual -individuo o pequeño grupo- ocupaba un sitio,
tal vez el suyo, en el campo, en la aldea, en la villa, en el barrio de
la gran ciudad.
Ahora, de pronto, aparecen bajo la especie de aglomeración, y
nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres. ¿Dondequiera? No, no; precisamente
en los lugares mejores, creación relativamente refinada de la cultura humana,
reservados antes a grupos menores, en definitiva, a minorías.
La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado
en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba
inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las
baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay
coro.
El concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual. Traduzcámoslo, sin
alterarlo, a la terminología sociológica. Entonces hallamos la idea de masa
social.
La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos
factores: minorías y masas. Las
minorías son individuos o grupos de individuos especialmente
cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente
cualificadas. No se entienda, pues, por masas sólo ni principalmente «las
masas obreras». Masa es «el hombre
medio». De este modo se convierte lo que era meramente
cantidad -la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la
cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia
de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico. ¿Qué hemos ganado con
esta conversión de la cantidad a la cualidad? Muy sencillo: por medio de ésta
comprendemos la génesis de aquélla. Es evidente, hasta perogrullesco, que la
formación normal de una muchedumbre implica la coincidencia de deseos, de ideas,
de modo de ser en los individuos que la integran. Se dirá que es lo que
acontece con todo grupo social, por selecto que pretenda ser. En efecto; pero
hay una esencial diferencia.
En los grupos que se caracterizan por no ser muchedumbre y masa, la
coincidencia efectiva de sus miembros consiste en algún deseo, idea o ideal, que
por sí solo excluye el gran número. Para formar una minoría, sea la que sea, es
preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones
especiales, relativamente individuales. Su coincidencia con los otros que
forman la minoría es, pues, secundaria, posterior a haberse cada cual
singularizado, y es, por tanto, en buena parte, una coincidencia en no
coincidir. Hay casos en que este carácter singularizador del grupo aparece a la
intemperie: los grupos ingleses que se llaman a sí mismos «no conformistas», es
decir, la agrupación de los que concuerdan solo en su disconformidad respecto a
la muchedumbre ilimitada. Este ingrediente de juntarse los menos precisamente
para separarse de los más va siempre involucrado en la formación de toda
minoría. Hablando del reducido público que escuchaba a un músico refinado,
dice graciosamente Mallarmé que aquel público subrayaba con la presencia de su
escasez la ausencia multitudinaria.
En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de
esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola
persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí
mismo -en bien o en mal - por razones especiales, sino que se siente «como todo
el mundo». y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse
idéntico a los demás. Imagínese un hombre humilde que al intentar valorarse por
razones especiales -al preguntarse si tiene talento para esto o lo otro, si
sobresale en algún orden- advierte que no posee ninguna calidad excelente. Este
hombre se sentirá mediocre y vulgar, mal dotado; pero no se sentirá «masa».
Cuando se habla de «minorías selectas», la habitual bellaquería suele
tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre
selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se
exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias
superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer en la
humanidad es ésta en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y
acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada
especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya
son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la
deriva.
Esto me recuerda que el budismo ortodoxo se compone de dos religiones
distintas: una, más rigorosa y difícil; otra, más laxa y trivial: el
Mahayana -«gran vehículo» o «gran carril»- y el Hinayana -«pequeño vehículo»,
«camino menor»-. Lo decisivo es si ponemos nuestra vida a uno u otro
vehículo, a un máximo de exigencias o a un mínimo.
La división de
la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por tanto una división en
clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la
jerarquización en clases superiores e inferiores. Claro está que en las
superiores, cuando llegan a serlo y mientras lo fueron de verdad, hay rnás
verosimilitud de hallar hombres que adoptan el «gran vehículo», mientras las
inferiores están normalmente constituidas por individuos sin calidad. Pero,
en rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica. Como
veremos, es característico del tiempo el predominio, aun en los grupos cuya
tradición era selectiva, de la masa y el vulgo. Así, en la vida intelectual, que
por su misma esencia requiere y supone la cualificación, se advierte el
progresivo triunfo de los seudointelectuales incualificados, incalificables y
descalificados por su propia contextura. Lo mismo en los grupos supervivientes
de la «nobleza» masculina y femenina. En cambio, no es raro encontrar hoy entre
los obreros, que antes podían valer como el ejemplo más puro de esto que
llamamos «masa», almas egregiamente disciplinadas.
Ahora bien: existen en la sociedad operaciones, actividades, funciones del más
diverso orden, que son, por su misma naturaleza, especiales, y,
consecuentemente, no pueden ser bien ejecutadas sin dotes también especiales.
Por ejemplo: ciertos placeres de carácter artístico y lujoso, o bien las
funciones de gobierno y de juicio político sobre los asuntos públicos. Antes
eran ejercidas estas actividades especiales por minorías calificadas
-calificadas, por lo menos, en pretensión. La masa no pretendía intervenir en
ellas: se daba cuenta de que si quería intervenir tendría congruentemente que
adquirir esas dotes especiales y dejar de ser masa. Conocía su papel en una
saludable dinámica social.
Si ahora retrocedemos a los hechos enunciados al principio, nos aparecerán,
inequívocamente como anuncios de un cambio de actitud en la masa. Todos ellos
indican que ésta ha resuelto adelantarse al primer plano social y ocupar los
locales y usar los utensilios y gozar de los placeres antes adscritos a los
pocos. Es evidente que, por ejemplo, los locales no estaban premeditados
para la muchedumbre, puesto que su dimensión es muy reducida y el gentío rebosa
constantemente de ellos, demostrando a los ojos y con lenguaje visible el hecho
nuevo: la masa, que, sin dejar de serlo, suplanta a las minorías.
Nadie, creo yo, deplorará que las gentes gocen hoy en mayor inedida y número que
antes, ya que tienen para ello el apetito y los medios. Lo malo es que esta
decisión tomada por las masas de asumir las actividades propias de las minorías
no se manifiesta, ni puede manifestarse, sólo en el orden de los placeres, sino
que es una manera general del tiempo. Así -anticipando lo que luego veremos-,
creo que las innovaciones políticas de los más recientes años no significan otra
cosa que él imperio político de las masas. La vieja democracia vivía
templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al
servir a estos principios, el individuo se obligaba a sostener en sí mismo una
disciplina difícil . Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica
podían actuar y vivir las minorías. Democracia y ley, convivencia legal, eran
sinónimos. Hoy asístimos al triunfo de una
hiperdemocracia en que la
masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo
sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar
las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y
encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que
antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y
al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos
entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree
la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo
dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre
llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de
hiperdemocracia.
Lo propio acaece en los demás órdenes, muy especialmente en el intelectual. Tal
vez padezco un error; pero el escritor, al tomar la pluma para escribir sobre un
tema que ha estudiado largamente, debe pensar que el lector medio, que nunca se
ha ocupado del asunto, si le lee, no es con el fin de aprender algo de él, sino,
al revés, para sentenciar sobre él cuando no coincide con las vulgaridades que
este lector tiene en la cabeza. Si los individuos que integran la masa se
creyesen especialmente dotados, tendríamos no mas que un caso de error
personal, pero no una subversión sociológica. Lo característico del momento
es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho
de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice en Norteamérica:
ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio,
individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no
piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. Y claro está
que ese «todo el mundo» no es «todo el mundo». «Todo el mundo» era,
normalmente, la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales.
Ahora todo el mundo es sólo la masa.
Nota:
1.
En mi libro España invertebrada, publicado en 1922, en un artículo
de El Sol, titulado "Masas" (1927), y en dos conferencias dadas en
la Asociación de Amigos del Arte, en Buenos Aires (1928) me he ocupado del tema
que el presente ensayo desarrolla. Mi propósito ahora es recoger y completar lo
ya dicho por mí, de manera que resulte una doctrina orgánica sobre el hecho más
importante de nuestro tiempo.
El presente texto es el
Capítulo uno del famoso libro "La rebelión de las masas" de J. Ortega y Gasset.
Editorial Revista de Occidente.
Cuenta en el Prólogo, Julián
Marías (diciembre de 1982), que Ortega comenzó a publicar "La rebelión de las
masas" en el periódico El Sol, en octubre de 1929 y que apareció en forma de
libro en 1930. Hacia 1950 le comenta varias veces que quería escribir una
continuación -que nunca realizó- que se iba a llamar "Veinte años después". Pero
dejemos la palabra a Julián Marías para que puntualice lo que, según su parecer,
fueron los "errores de lectura" que se cometieron con el más famoso libro de
Ortega y Gasset:
"Esto es lo que ha hecho que La rebelión de
las masas sea tantas veces malentendida. Por ejemplo, cuando Ortega habla
de «masas», los interesados dieron por supuesto, para bien o para mal, que
Ortega hablaba de «masas obreras». El autor dice una vez y otra que no se trata
de eso, pero es inútil. Repite que no habla de clases sociales, sino de clases
de hombres: en vano. Cuando habla del «hombre-masa» recalca que una cosa es la
masa y otra el bombre-masa; que toda sociedad está compuesta de una masa y una
minoría, y que el "hombre-masa" es una anormalidad, una deformación patológica
que puede ocurrir, que la masa de una sociedad podría no contener ni un solo,
"hombre-masa". Cuando habla de minorías selectas o rectoras explica que no se
trata de clases sociales, ni siquiera de grupos sociales, sino de funciones, de
manera que a la minoría rectora se pertenece transitoriamente mientras se ejerce
una función para la cual se tiene particular competencia, para la que se está
especialmente cualificado, y ese mismo individuo se reintegra a la masa tan
pronto como termina esa operación, para dejar su puesto a los que cumplan
condiciones análogas en la nueva empresa.
Finalmente," rebelión de las masas" no
quiere decir rebelión contra los tiranos u opresores, que a Ortega le parecía
muy bien, sino rebelión contra sí mismas, es decir, contra su propia condición y
función, por tanto, una inautenticidad, una
falsedad, una enfermedad social.
Todo esto, tan claro, ha sido
obstinadamente pasado por alto, omitido o negado, simplemente porque la
operación de leer ha caído en desuso, porque se prefiere lo difícil y pedantesco
a lo sencillo e inocente; porque no se responde con la veracidad del lector a la
veracidad del autor.
Para Ortega, el gran título de honor de
nuestro tiempo, en los países occidentales, es el acceso de las masas a la vida
histórica, al goce de las creaciones de la civilización, a las posibilidades
humanas que más de dos milenios de esfuerzo han hecho posibles. Lo grave, lo
inquietante, lo patológico no es eso, sino que eso se comprometa y ponga en
peligro al no tener en cuenta que en el hombre todo es inseguro y problemático.
No se puede vivir humanamente más que exigiéndose, manteniendo una tensión
creadora, un estado de permanente alerta, un impulso hacia lo alto.
(...)
Ese fenómeno del hombre-masa, que opina sobre todo y cree
que todo le es debido, que no siente gratitud por lo que ha recibido, ni se
cuida de conservarlo, ni piensa en las condiciones que lo hacen posible, se da
sobre todo en los estratos medios y superiores de la sociedad. Su forma extrema
es el especialista que, por tener alta competencia en un campo limitado, actúa
como si la tuviera en todo, opina sobre los temas que le son ajenos, extiende su
autoridad parcial fuera de sus límites legítimos. Es lo que Ortega llama la
barbarie del especialismo.
En las páginas de La rebelión de las masas van apareciendo
con asombrosa lucidez, las grandes cuestiones de la época en que se escribió y
las que han surgido durante medio siglo más. Mientras todos creen que el tema de
" la calidad de la vida" se introdujo en el pensamiento occidental después de
1950, lo encontramos, y precisamente contrapuesto al del desarrollo, en La
rebelión. Se muestra allí 1o que ha significado el fabuloso crecimiento
de Europa y luego de América, desde, comienzo del siglo XIX, y cómo ha estado
ligado a la democracia liberal la técnica. Se compara la "vida noble" presidida
por el esfuerzo y la exigencia, a la "vida vulgar" que se abandona y no pide
nada de sí misma (y todo de los demás). Se explica la tendencia del hombre-masa
a la violencia y el aplastamiento de la libertad".
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Selección, nota y destacados: Sergio
Rocchietti
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