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Foucault - Lacan - Deleuze y el psicoanálisis
Jorge Alemán
Así como hemos incluido en
los temas transdisciplinarios cierta crítica hecha por Deleuze y Guattari en el
libro "Mil Mesetas" para con los psicoanalistas de la época (década del setenta,
mayo francés y a posteriori), es ésta nuestra consideración más fuerte -lo
creemos así-, no se trata de una crítica para con el psicoanálisis, lo dicen en
numerosas ocasiones de muchas maneras, no quizá de una forma explícita, en
especial en los cursos de seminario, en la Universidad. Traemos ahora la
explicitación de algo divergente para con ellos, no es más que una lectura de
operaciones teórico-políticas, ¡casi nada más!, que da cuenta de un trazado del
"horizonte epocal", hubiera dicho Lacan, en el cual fueron producidas. Y
justamente es "lo epocal" aquello que no puede ser dejado de lado o anulado en
cualquier práctica sea teórica o clínica, si así sucediera, no quedaría para
nosotros más que la denominación de técnicos, agregamos, miopes especialistas de
lo individual. Y tampoco se trata de lo grupal, o de lo social. Es nuevamente,
un entrecruzamiento específico, que tiene figuras a ser planteadas y a ser
construidas, y mejoradas, y dejadas de lado cuando sea ese su tiempo. Diremos
que se trata de problemas complejos que se pueden simplificar y que luego se
retomarán en otra complejidad. Los nombres y los lugares del saber siempre
padecerán de su incompletud. Para nosotros se trata de ir allí donde percibimos
que hay "cosas" que oír y que pensar, y meditar para hacer.
Sergio Rocchietti
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"Cada una de mis
obras es parte de mi propia biografía".
M. Foucault
l
El título de este
seminario de Foucault ("Alrededor de la hermenéutica del sujeto") y los términos
en los cuales discurre invitan, de entrada, a intentar localizar la difícil,
ambigua y ambivalente relación que Foucault mantiene con Lacan y el
psicoanálisis en general. Llama a esta tarea la resonancia indiscutible de este
seminario con algunos momentos cruciales de la enseñanza de Lacan; quien lea el
texto de Foucault no podrá dejar de evocar «La subversión del sujeto» y «La
ciencia y la verdad», escritos lacanianos que, al igual que el de Foucault,
se deslizan hacia el problema de las relaciones de la verdad con los procesos de
subjetivación.
No es extraño,
entonces, encontrar ecos lacanianos en un seminario de Foucault. ¿No habían,
acaso, protagonizado juntos la llamada «muerte del Hombre», mostrando que
el «Hombre» es un concepto histórico y «construido» por determinados
regímenes discursivos, y que, al no ser el Hombre una evidencia atemporal capaz
de fundar una ética universal, se trataba entonces de aproximarse al problema
ético con un «gusto prekantiano»?
Hay, de entrada, una
afinidad entre Foucault y Lacan, por intentar establecer una posición en
la existencia que no dependa de una ética vinculada con el deber universal.
Cuando Lacan afirmaba, en la misma sintonía que Foucault, que «el
psicoanálisis no era un humanismo», sostenía con esto precisamente que el
sujeto del inconsciente, en tanto lugar vacío, inestable, sin sustancia ni
identidad a priori, siempre subordinado a la contingencia de los procesos
de subjetivación, no puede coincidir con una doctrina ética que quiera fijar, de
un modo patente y universal, lo que conviene y se debe hacer con respecto a la
esencia humana. Desde esta perspectiva, la resonancia entre Foucault y Lacan
puede ser comentada en sus distintas circunstancias. ¿No discutieron juntos en
el seminario de Lacan una vez más el cuadro de Las Meninas de Velázquez,
mostrando el mismo impacto frente al «Idioma analítico de John Wilkins»,
cuento de Borges singularmente apropiado para reflexionar sobre el orden
que el discurso instaura? A su vez, quedan aún por recorrer los distintos modos
en que Lacan y Foucault elaboraron y procesaron el cogito cartesiano, y
las distintas interpretaciones sobre el dios engañador, desde la tesis de
exclusión de la locura en el cogito correspondiente con el momento del «gran
encierro» en «Historia de la locura ... », hasta el modo en que Lacan
hace comparecer a la locura. La locura no es, para Lacan, «ausencia de obra». La
locura habla de un modo u otro en aquellos casos donde un escritor
literaliza la lengua hasta destruir su significación, y construye una obra
ilegible capaz de fundar un «antes y después» en la lengua; o en el filósofo que
decide producir una torsión en su propio discurso, neologizando sus términos,
alterando su «grafia» y produciendo aquello que el Presidente Schreber designó
en su delirio como "lengua fundamental"; así como en la invención radical del
matemático y el lógico; también allí habla la locura, mostrando que nunca está
del todo reducida a su silencio.
A su vez, queda
también por recorrer la presencia de Heidegger en ambos, presencia que,
mientras en Lacan es lo suficientemente explícita como para producir una
deconstrucción del texto heideggeriano a través de la topología y la lógica, en
Foucault, por el contrario, Heidegger no es nunca nombrado, aunque su influencia
haya sido reconocida -sin precisar en que consistió la misma- en una entrevista
en Estados Unidos. No obstante, podríamos aventurar en qué lugares se puede
captar esa inspiración heideggeriana de Foucault.
En efecto, habría
que ver lo que la «arqueología» le debe a la «historicidad del Dasein» y sus
condiciones de posibilidad; incluso, la disolución del concepto de «Hombre» y de
las «epistemes» que lo promueven en las ciencias humanas, parece estar vinculada
al mismo rechazo que encontramos en Heidegger a reducir la opacidad del Dasein a
la ontología de la subjetividad. El pensar rememorante heideggeriano y la
cuestión del olvido del ser, bien podrían ser recogidos en la temática
foucaultiana de los dispositivos, las «tecnologías» del yo, y los emplazamientos
de sentido que dichos procedimientos implican.
Y qué decir de los dos
últimos libros de Foucault, «El uso de los placeres» y «La preocupación de sí»;
me refiero a ese gesto por el cual una vez más, Foucault, como tantos otros
filósofos, busca finalmente en Grecia, en su Grecia, lo que quiere indicar para
lo actual.
II
La relación
Foucault-Lacan exige una atención que no se resuelve, al menos de entrada,
en una mera oposición entre ambos, tal como, por momentos, parecen optar los
actuales discípulos de Foucault. Para desplegar dicha relación e intentar darle
su lugar y su forma apropiada, es necesario admitir que la misma no se puede
estabilizar, y que está recorrida por diversos equívocos, malentendidos,
enigmas, que desbordan el cuadro en que se pretende insertar dicha relación. No
obstante, una vez reconocida la dificultad, intentaremos enunciar, al modo de
una enumeración abierta, algunas de las vicisitudes que caracterizan el
encuentro entre estos dos pensadores.
a) Foucault, en
su obra, habla tanto del psicoanálisis como de otras cuestiones con los términos
de Lacan: sujeto, verdad, deseo, etc.; es un trato «nominal» de dichos
términos, pues los mismos aparecen por fuera de las articulaciones y las
secuencias lógicas en que han surgido. En este aspecto, para Foucault no
parece haber otro psicoanálisis que el lacaniano y, por lo mismo, ha sido
siempre indiferente a la batalla que Lacan sostuvo con el psicoanálisis de
filiación americana, el que, según Lacan, intentaba reducir su práctica a
una psicología del yo adaptativa; no ha parecido importarle tampoco que quienes
excomulgaron a Lacan, representaban corrientes hegemonizadas por la tradición
anglosajona del psicoanálisis, mientras que Lacan encontraba sus destinatarios
en el mundo de habla hispana. En cualquier caso, se puede decir que, en el texto
de Foucault, Lacan se vuelve invisible en la medida misma en que más enconada es
su actitud hacia él, de lo que testimonia el desarrollo de este seminario
«Hermenéutica del Sujeto».
b) En 1966, en
«Las palabras y las cosas», al final de su desarrollo, el psicoanálisis
aparecía junto a la lingüística y la etnología (tríada lacaniana característica
de los años '60) como la condición de posibilidad de una arqueología de
las ciencias humanas; el psicoanálisis es allí una «contraciencia» que sanciona
la disolución del «Hombre», desbordando por completo el campo de las ciencias
humanas, y prepara el porvenir para un nuevo tipo de pensamiento cuyo proyecto
decisivo es disolver el imperialismo representativo de la noción de Hombre. De
manera opuesta, en sus últimos libros, aquello que para Foucault excluía al
psicoanálisis de las ciencias humanas, quedará absolutamente borrado, y el
psicoanálisis perderá toda especificidad para ser incluido en los «dispositivos
de la sexualidad». De la singularidad extraordinaria reconocida al psicoanálisis
en «Las palabras y las cosas», Foucault cambia bruscamente su perspectiva y pasa
a presentar un psicoanálisis que se inserta en el enorme campo que tiene como
rasgo fundamental y unificante el «hablar de sexo».
La arqueología
del psicoanálisis se realiza, entonces, construyendo el dispositivo de la
sexualidad que incluye en un mismo haz -del que Foucault no explicará porqué
«sabe» mantenerse reunido-, la confesión religiosa, la inquisición social de la
Iglesia, los manuales de interrogatorio sexual, etc. Esta arqueología se va
«descomponiendo» en su regularidad y alternancia, cuando no se trata ya de
«hablar de sexo» sino del «cuidado de si», más allá de la confesión religiosa.
Aquí el arqueólogo moderno del Siglo XVIII y XIX se obliga a metamorfosearse en
un historiador de la Grecia Antigua, e incluso, en su hermeneuta.
Lo que Blanchot
ha designado como el «contraataque» de Foucault al psicoanálisis, se
realiza, con más fuerza que nunca, en aquellas obras sobre Grecia, en las que
las raíces antiguas del psicoanálisis pueden ser localizadas por doquier,
desmantelando los cuadros de su arqueología; y así, lo que iba a ser una
arqueología del psicoanálisis, se convierte, de un modo implícito, casi
invisible, en una epistemología histórica del psicoanálisis: ¿cómo se
constituye el sujeto? ¿Cuál es su relación con la verdad? ¿Cómo debe
transformarse el sujeto para acceder a la verdad? ¿En qué la verdad convierte al
sujeto en algo distinto? ¿Cómo interviene el «otro» en la transformación del
sujeto? He ahí los interrogantes del psicoanálisis puestos a punto por Lacan con
respecto a su experiencia, recogidos ahora en la Antigüedad por Michel Foucault.
Evocamos aquí la
intervención de Jacques-AlainMiller en el «Homenaje a Foucault», intervención
que nos servirá de guía para aproximar la problemática Foucault-Lacan. En
efecto, en el Foucault de «Las palabras y las cosas» el psicoanálisis aparece
diferenciado y excluido de las ciencias humanas, y constituye una piedra angular
en su proyecto de disolver el dominio representativo de la noción de hombre.
Por el contrario, en sus últimos libros, el psicoanálisis queda incluido y
disuelto en los dispositivos de la sexualidad, en una disputa que lleva a
Foucault a franquear los límites de su propia arqueología y dirigirse, en aras
de dilucidar «el hablar de sexo y el hablar de si mismo», al Concilio de Trento,
Roma, hasta el mundo griego, para, por fin, encontrar allí un modo de
subjetividad que, dueña de sí misma, sepa realizarse en un uso múltiple de los
placeres del cuerpo con el único límite de la «temperanza».
¿Qué le ocurrió a
Foucault con el psicoanálisis? ¿Por qué éste pasó de ser una «contraciencia del
porvenir», a algo que estuvo cada vez más inmerso en las tradiciones antiguas?
¿Por qué Freud que, en un momento dado, aparece vinculado a las figuras
de Marx y de Nietzsche, aquellos célebres «maestros de la
sospecha», cambia violentamente su lugar, y aparece en la misma serie que Pinel
y la tradición psiquiátrica? ¿Por qué Freud que, junto con Nietzsche
había reanudado el diálogo con la sinrazón -diálogo que la psicología positiva
quiso destruir-, es presentado ahora como un heredero más de la psiquiatría del
gran encierro?
No es sólo el texto
de Freud el que cambia contundentemente de lugar, es especialmente la situación
analítica y, en particular, la figura del psicoanalista, que Foucault ve
ahora irremediablemente emparentada con las figuras tradicionales de la ley, el
orden, el juez, la familia, la autoridad y el castigo; aún más, el psicoanalista
no es sólo un estricto representante del orden, sino, también, un «taumaturgo»
que conjuga, a la vez, frente al temor ilustrado de Foucault, una extraña
«amalgama de razón» y «otra cosa».
No puede extrañamos
entonces que Foucault, en su hermenéutica, quiera ver, en cambio, en la
figura de «el Maestro» con su «discípulo», el colmo de la relación
desinteresada, pura, sin contaminación, sin ningún tipo de apetito, como también
deseó ver Hegel la relación entre los hermanos en su «Fenomenología ... »
Este alejamiento del
psicoanálisis por parte de Foucault, es lo que tal vez haya permitido
reiniciar entre algunos psiquiatras y el propio Foucault un nuevo idilio, y así,
quien parecía haber consumado un «psiquiatricidio» con su «Historia de la locura
en la Edad Clásica», se vuelve, ahora, cada vez más atractivo para quienes se
ven interesados en la historia de las instituciones.
III
Por cuidadoso que sea
Foucault, indicando en su «Hermenéutica. .» que no se trata de retornar a los
griegos, ni de subsanar un olvido para volver al cuidado de sí antiguo, ya sea
porque Foucault se ocupa de mostrar que entre «el cuidado de si» griego,
y la preeminencia moderna y cartesiana del «conócete a ti mismo», hay una
pérdida insuperable con respecto a la relación del sujeto y la verdad, Foucault
desliza una fascinación especial por aquél que realiza el «cuidado de si»,
erigiéndose en una suerte de Amo elegante, dueño de si
mismo, que sabe «conducirse como es debido en relación a los otros», y «sabe -ni
más ni menos- ontológicamente quién es»; «si uno es consciente de lo que es
capaz, si uno conoce lo que significa ser ciudadano en una ciudad, si sabe, en
fin, que no debe temer la muerte, pues, muy bien, si sabe todo esto no puede
abusar de su poder en relación con los demás».
Evidentemente,
Foucault parece ver en este Amo que puede regir como corresponde la
ciudad (sólo quien es dueño de sí no abusará del poder), una suerte de
dandysmo originario, como si en ese «pliegue» de la fuerza sobre ella misma
que constituye la relación consigo mismo, no hubiera instancia alguna que
pudiera atentar contra el propio cuidado; de este modo, sobre el sujeto antiguo
se sobreimprime la figura de un dandy, al que nada sorprende.
«Convertirse en algo
que nunca se ha sido, tal es, me parece, uno de los elementos y uno de los temas
elementales de esta práctica de uno sobre sí mismo».
Este enunciado, permite
comprender cómo Foucault organiza su procedimiento hermenéutico. Primero, se
trata de alcanzar la verdad transformando al sujeto; en el mundo moderno, en
cambio, la verdad no transformará al sujeto y sólo será objetivada a través de
un saber. Mientras en el mundo griego el sujeto «paga un precio» por su acceso a
la verdad, y el «propio ser del sujeto está por tanto en juego», en el mundo
moderno, el «sujeto actúa sobre la verdad, pero la verdad ha dejado de actuar
sobre el sujeto»; «el saber se acumula en un proceso social objetivo». En
suma, lo propio de la época moderna es que el acceso a la verdad no exige
la transformación del sujeto. Precisamente, es esto lo que constituye al
sujeto del conocimiento, un momento donde «el ser deja de ser cuestionado».
Si incluyéramos la
perspectiva de Heidegger en esta dilucidación hermenéutica, agregaríamos
que, para que se acceda a la verdad por fuera de la experiencia de
transformación del ser, la verdad debe ser reducida a su puro
desocultamiento, como aquello que entrega el fundamento del ente en su
«asistencia constante y presente».
Sin embargo, lo que
desplegaría el problema hasta sus últimos límites sería admitir que esa
experiencia que Foucault describe como alojada en la Antigüedad, en la que el
acceso a la verdad cobra, como precio, la transformación del sujeto, es la
experiencia que, precisamente, se ha depositado en el psicoanálisis
en la época de la ciencia, como lo supo ver Eugenio Trías en «La Edad del
Espíritu».
Es en la época
del discurso de la ciencia, discurso que Lacan caracteriza como un rechazo
del sujeto (por lo que el sujeto, como lugar vacío sin substancia ni identidad,
alcanza su morada en el inconsciente), en la que se reanuda la partida entre
la verdad, como singularidad irreductible, y el sujeto, como instancia que no
podría ser jamás objetivada en un saber universal y calculable.
Desde esta
perspectiva, podríamos decir que mientras Foucault nos explica el cuidado de si
griego, parece, por momentos, explicarnos el psicoanálisis, empleando incluso
los propios términos que Lacan propone para ordenar la experiencia: «verdad,
saber, sujeto»; con la salvedad de una diferencia fundamental, a determinar
entre el placer y el concepto lacaniano de goce. Porque,
dicho muy rápidamente, el goce es, precisamente, esa dimensión paradójica del
modo de satisfacción humano que atenta siempre contra «el cuidado de si». Al
estar «más allá del principio del placer», el goce congrega la repetición, el
trauma, el placer en el dolor y la vertiente compulsiva de la exigencia.
Si, para Foucault,
la transformación del sujeto se realiza a través del Eros en el trabajo que se
produce sobre sí en relación con un Maestro, es condición del equilibrio
hermenéutico de Foucault que el Eros no se vea nunca intervenido por las
exigencias pulsionales del goce. De allí que Foucault pueda proponer la
siguiente secuencia que establece su hermenéutica: cuidado de sí - alma -
conocimiento de sí - lo divino que hay en cada uno - gobierno sobre la ciudad.
Cada término cabalga sobre el otro sin que se establezca ninguna pérdida,
ni nada que desestabilice el paso de uno al otro.
Al fin, quizás por
única vez, en un momento mítico, la filosofía y la medicina hacen a una misma
cosa, aquello que conduce a una «estética de la existencia», rodeada de una
atmósfera que quiere evocar una cierta plenitud de ser». Que el Maestro,
como lo señalamos anteriormente, sea un operador neutral y sin deseo, es
absolutamente coherente con esta plenitud de uno consigo mismo que no aparece
fracturada ni dividida, y que parece deparar una relación ideal entre el sujeto
dueño de sí, artesano de sus placeres, y el filósofo, consejero de su
existencia, custodios ambos de una especie de «voluntad artística» que
Foucault no precisa en qué modalidad de pulsión se sostiene.
¿Es la
subjetivación sólo una operación artística? ¿De qué pulsión se trata en este
Eros que, alguna vez, quiso volver sobre sí para modelarse en este tan logrado
proceso de subjetivación?
¿Cuáles fueron las
condiciones históricas y epistemológicas que destruyeron esta posibilidad, y
cómo sería actualmente el modo, ya no de restaurarlas, pero si de problematizar
nuestro horizonte con ella?
Es en estos
interrogantes donde la hermenéutica foucaultiana alcanza su máxima tensión.
Intentar «La Hermenéutica del Sujeto» no sólo no es incompatible con haber
proclamado la muerte del Hombre; más bien fue su condición, pues no hay «un
retorno al sujeto» en Foucault. Por el contrario, junto con Lacan, sabía desde
siempre que el sujeto es un lugar vacío, imposible de localizar en una
identidad, pero, a su vez, ineliminable en su dimensión singular. El
lugar del sujeto es un campo de batalla que llevan a cabo los
distintos procesos de subjetivación, según dispositivos históricos y,
por tanto, contingentes.
IV
Sin embargo,
Foucault jamás participó en su reflexión, de esa tremenda simplificación que
lleva a cabo Gilles Deleuze -filósofo sutil en muchos otros casos- en
«El Antiedipo», donde la relación con el psicoanálisis es resuelta con
cuestiones del tipo: «el inconsciente para los psicoanalistas es papá y mamá, y,
para nosotros, delirios geográficos, raciales y continentales»; o: «el
inconsciente fue un teatro y para nosotros una fábrica». Una cosa es el
malentendido estructural entre psicoanálisis y filosofía, y otro es el
apresuramiento banal.
Lo que merece una
breve reflexión. Ya que Deleuze es, junto a Foucault, otro de los nombres al que
se suele hacer referencia cuando se trata de establecer una crítica del
psicoanálisis. Sin embargo, esa relación debería ser recorrida en su tránsito
particular para poder verdaderamente delimitar sus alcances.
Ciertamente el
Antiedipo es el intento de formular una suerte de «filosofía política» que
tuvo al psicoanálisis como un momento privilegiado de su andadura. De entrada
recordemos que Deleuze, antes de su encuentro con Guattari, se inclinaba por una
versión de Lacan no estructuralista, barroca, respetuosa hacia el «creador de
conceptos». Evoquemos el famoso comentario «no fui yo quien hizo salir a
Guattari del psicoanálisis, fue él quien me apartó». De este modo, Deleuze,
al principio de su obra, al igual que Foucault, no sólo se nutrirá del
psicoanálisis sino que el mismo constituirá una pieza estratégica de su
filosofía hasta que, en 1972, comience a consolidarse el ataque definitivo. Por
ejemplo, en «Diferencia y repetición» -la obra tal vez más académica de
Deleuze-, Freud es decisivo en su participación con respecto al concepto
de repetición. Recordemos, al pasar, la lectura deleuziana de Freud,
especialmente el Freud de «Más allá del principio del placer»: «no se repite
porque hay represión, hay represión porque se repite». Desde esta perspectiva,
la repetición no se concibe a partir de un primer objeto fijo, original,
inmutable, que luego se pierde, pues no hay objetos primeros y, por tanto, la
repetición no remite a ningún origen. Lo que se repite no es algo derivado de un
fundamento primero, sino que afirma la inexistencia del origen mismo. Por este
sesgo, la repetición no es «faltante y negativa», en el sentido de que no es la
reproducción de una relación esencialmente perdida; sin embargo, por la misma
razón, tanto la falta como el exceso convergen y divergen en las series que la
misma instaura. No hay repetición de un primer término, ya que el primer término
ha sido intervenido por la repetición; incluso «nuestro amor de la infancia
hacia la madre repite otros amores adultos hacia otra mujer». Que toda
pretendida inmediatez es siempre repetición, y que no hay original a repetir
porque la repetición instaura el disfraz, es algo que Freud hubiera admitido
como una lectura particular de su investigación. Hasta aquí Lacan y Deleuze
pueden recibir juntos a Freud y sus problemas. Lacan ya no coincidirá con
Deleuze en cuanto a la cuestión de la pulsión de muerte, íntimamente ligada al
concepto de repetición que en Deleuze se va progresivamente desvaneciendo, hasta
el punto que la Repetición toma la forma de un «ímpetu vital», como si
fuese una noción energética asimilada a un «desnivel de fuerzas» «que hacen
posible los momentos de la vida». El alejamiento de Deleuze con respecto a la
temática de la pulsión de muerte, que años más tarde considerará «una
estupidez», resultará especialmente decisiva para lo que luego dará forma a su
proyecto político.
En «La lógica del
sentido», Deleuze continúa su andadura psicoanalítica, empezando por
el título, que evoca deliberadamente el seminario dictado por Lacan, «La
lógica del fantasma». En la misma sintonía, Deleuze se ocupa allí de las
«paradojas lógicas» (llegando a nombrar a una de ellas como la paradoja de Lacan),
y a los «matrimonios improbables» (del tipo «Kant con Sade» propuesto por Lacan):
Melanie Klein con Lewis Caroll, Freud con los estoicos, Klein con Artaud.
La irreverencia de
estos acercamientos que prosiguen el estilo Lacan, cumple con una vocación
importante para Deleuze, iniciar su contraataque a las autoridades
universitarias de aquel tiempo, volver a poner en marcha lo que él llamó en su
día una «generación asesinada por la historia de la filosofía». De este
modo será necesario tener siempre en cuenta que quien iba a ser el autor del
Antiedipo, organiza su ofensiva contra el panteón de los grandes autores (lo que
él llamaba su «Edipo filosófico»), asistido por filósofos
periféricos a la tradición, y, especialmente, por el psicoanálisis, armas
fundamentales para cumplir con el propósito de «inversión del platonismo».
Incluso Melanie Klein, que ejerció una extraordinaria influencia en el
psicoanálisis anglosajón, y fue comentada críticamente por Lacan en muchas
ocasiones, es invitada por Deleuze al banquete de los filósofos.
A Deleuze parece
fascinarle el teatro de terror que Melanie Klein describe al plantear su
teoría de la «posición esquizoparanoide», como instancia original en la
constitución de la subjetividad. Para ella todo comienza con el fuego, el
abismo, y luego viene la reconciliación más o menos afortunada de la «posición
maníacodepresiva». Es el talento de Deleuze el que ve en la posición «esquizoparanoide»,
con su cortejo de objetos vaciados agresivamente, despedazados, fragmentos de
alimentos que se vuelven veneno, interior amenazado por el exterior y viceversa,
«una profundidad sin fondo» que lo llevará directamente a plantearse la
«multiplicidad sin Uno», que será luego una cuestión tan crucial para otros
filósofos franceses como Alain Badiou. Así, lo que la posición esquizo
(la palabra paranoide va desapareciendo en el análisis deleuziano de la
posición) muestra por fin el «cuerpo sin órganos», un organismo sin
partes que ha renunciado a cualquier unificación. Todo es pasión y acción en las
posiciones esquizo, nunca hay personas y si partes trozadas, cuerpos sin
órganos; le toca a la filosofía visitar ahora estos parajes.
Deleuze no duda
entonces en afirmar que «tras el presocrático esquizofrénico, viene el
platonismo depresivo», o «cuando dormimos somos esquizofrénicos, pero
maníaco-depresivos al despertarnos». Se puede ver que fue esta referencia a
Melanie Klein, leída con Artaud en el encuentro con la filosofía, lo
que dará lugar después a una de las tramas preferidas del Antiedipo. El elogio
de la esquizofrenia y los «flujos sonoros» que vienen del cuerpo sin órganos,
preparan las condiciones para hacer pasar esos flujos al campo del lenguaje.
Deleuze había
obtenido, a partir de la posición esquizo, ese espacio que aparece sin
limitación alguna, donde todo se conecta parcialmente con todo de un modo
impersonal, y que, además, le permitirá eludir las diferencias lacanianas
entre fantasma y pulsión, sujeto y yo, etc. Así, el inconsciente kleiniano
versión Deleuze, prepara las condiciones para pensar un lugar que quede por
fuera de la imposibilidad que el lenguaje introduce; imposibilidad que
Lacan nombra con el término freudiano de castración, inscribiendo en
ella la misma lógica paradojal.
Para Deleuze
se trata, por el contrario, de un deseo que no está alcanzado por ningún
imposible positivo, y es solidario de una nueva hipótesis del lenguaje. Es
absolutamente imprescindible que, tal como lo hace, el Antiedipo llame a una
nueva lingüística, una lingüística de flujos en la que donde hay imposible, y de
la que el texto mismo, con su peculiar estilo proliferante, parece testimoniar.
Así llegamos a esa
filosofía política que hay en el Antiedipo. Mientras era necesario «invertir el
platonismo», el psicoanálisis tenía su lugar; después de Mayo del 68, el
psicoanálisis se transforma en el enemigo a derribar.
Es necesario señalar en este
punto que cuando uno repara en este tipo de textos, tanto el Antiedipo como
algunos otros de Foucault, el psicoanálisis parece tener una presencia enorme,
asegurada, capaz de colonizar todos los espacios por doquier. Algún día esto
será visto acaso, como un efecto local de la cultura francesa, un efecto incluso
irónico. Deleuze y Foucault imaginaban un primado absoluto del
psicoanálisis, justamente cuando éste empezaba a ser acorralado por los nuevos
dispositivos químico-terapéuticos y por las nuevas estrategias de la
Universidad.
¿Por qué Deleuze confesaba su
molestia ante la presencia del término placer en el pensamiento de Foucault, y
reconocía el disgusto de Foucault ante la presencia del término "deseo" en su
propia obra?
Probablemente este disgusto
recíproco se asienta en el hecho de que ambos términos reflejaban un resto
ineliminable de la operación intentada por ellos con respecto al psicoanálisis.
Sin embargo, no
querríamos dejar de señalar la importancia de algunas perspectivas del
Antiedipo. En primer lugar, la relación locura - teoría: ¿Qué
relación guarda la locura con los momentos emergentes de una teoría, en especial
la invención de conceptos? En segundo lugar, hay que admitir que concebir al
inconsciente desde el esquizo, no representa un rechazo del inconsciente,
sino un cuestionamiento a su tradición neurótica, lectura que entra en contacto
con el último Lacan, quien también situaba el paradigma de la
subjetividad en primer lugar en la locura. Finalmente, el Antiedipo conecta
con esa tradición filosófica que se impone la inevitable pregunta acerca ¿de
qué estamos enfermos?, y que, desde Nietzsche, pasando por Jünger, Heidegger
y Foucault, ha tenido distintas respuestas.
Lo verdaderamente
importante no es, en este caso, que en la cura sea el «esquizoanálisis»
el que lleve la palabra rectora, sino que el mismo exija la presencia de una
«agente de enunciación colectiva». Probablemente, la progresiva
relativización de la pulsión de muerte por parte de Deleuze, iba en dirección a
construir ese sujeto de la enunciación colectiva que el Mayo del 68 ha dejado
pendiente. Por este sesgo, Deleuze y Guattari podrán hablar entonces de cosas
tales como «catexis libidinales revolucionarias» y «agentes colectivos de
enunciación», encontrando el esquizoanáliisis obviamente su «punto ideal de
aplicación en los grupos». Este sujeto de la enunciación permitirá organizar un
«campo social del deseo» en donde el esquizofrénico singular, en tanto
irreductible a una enunciación colectiva, «ha intentado algo y ha fracasado»,
pues el «esquizofrénico-clínico ha evitado el proceso revolucionario». En
definitiva, se puede captar el programa del Antiedipo referido a «esquizofrenizar
al psicoanálisis», o incluso a «salvar a Lacan de la torpeza de sus discípulos»,
como un intento de construir un nuevo sujeto de la enunciación, un «agente
colectivo de la enunciación».
Obviamente, en este
proceso, las antinomias y tensiones que evocábamos antes entre el descubrimiento
del inconsciente y los proyectos de emancipación, se van borrando. El agente
colectivo de la enunciación sabe lo que hay que ser y hacer; por
lo tanto, el imperativo prolifera: «Haced rizoma y no raíz»; «No plantéis
jamás»; «No seáis ni uno ni múltiple»; «Haced la línea y no el punto». En eco,
Foucault comienza todos sus enunciados de su «Introducción a la vida no
fascista» (prólogo a la edición americana de «El Antiedipo»), con la fórmula:
«Haced...», «Abandonad ... », «No creáis ... », etc. No deja de sorprender que
quienes insistieran tanto en la «máquina despótica del significante» se
abandonaran con tanta facilidad al imperativo, dejando impensados sus efectos.
Pero este breve
comentario de «El Antiedipo», que exigiría un desarrollo más atento, no
podría concluir sin hacer una referencia al último trabajo de Deleuze y
Guattari: «¿Qué es la filosofía?».
Los dos pensadores que
denodadamente anhelaban que al hablar de "máquinas deseantes" no se tomara esto
como una metáfora, perciben ahora a la filosofía como algo que debería mantener
una relación privilegiada con la neurobiología. Como ellos mismos admiten, su
nueva inspiración viene de la «microbiología del cerebro». ¿Metáfora? El
«rizoma» que pretendía disolver el supuesto «familiarismo» del
psicoanálisis, toma finalmente su referencia ni más ni menos que en el cerebro.
Pueden llegar entonces a afirmar que, «a partir de nuevas vías cerebrales se
constituyen nuevas maneras de pensar».
Más allá del
eventual carácter metafórico, poético, que confiere al cerebro semejante
dignidad filosófica, quizás no deba sorprendernos después de todo que la
imposibilidad, expulsada del Antiedipo, lleva a buscar al final una «imagen del
pensamiento» que sólo se cristaliza en el cerebro. Si esto fuera sólo
una metáfora, no lo es, en todo caso, el camino que ha llevado a intentar hacer
desaparecer al psicoanálisis, cuya desaparición fallida es evocada en el libro
indirectamente, cuando hablan del famoso "plano de inmanencia": «es lo
más íntimo dentro del pensamiento y, no obstante, el afuera absoluto, "un afuera
más lejano que cualquier mundo exterior", "un adentro más profundo que cualquier
mundo interior". ¿Será difícil reconocer aquí una perfecta presentación de
la topología del inconsciente?
El presente texto
forma parte del libro "Jacques Lacan y el debate posmoderno" , Jorge Alemán,
Ediciones del Seminario, Bs. As., Argentina, julio 2000, Págs. 201/213.
Selección y
destacados: S.R.
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