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Dos figuras del camino
Sergio Rocchietti
Una tribu en el desierto en lugar de un
sujeto
universal bajo el horizonte del Ser englobante
(Deleuze-Guattari)
-
Camino-
¿Cuántas formas
puede tener un camino?
¿De cuántas maneras
puede transitarse un camino?
Hay caminos para
hollar, para hacer huella sobre su superficie. Hay caminos para ver, espejos
multiplicados que ofrecen nuestro reflejo en infinita serie de imágenes. Hay
camino en el cielo, las aves lo conocen. Hay camino en las rocas; si somos
montaña lo distinguiremos. Hay camino en el mar; muchos seres, incluido el
marino , lo encontrarán.
Hay camino y camino,
sendero, piedra, mojón, rasgo apenas reconocible. Hay camino en el bosque, entre
la espesura verde se muestra la tierra transitada. Hay caminos que nos pierden y
hay caminos perdidos.
El camino se hace no sólo al andar sino al volver a caminarlo, quizás uno mismo,
quizás otros, pero el camino no nos espera está haciéndose, está hecho. La
acción del caminante reiterado, de los pasos ejercidos, hacen el camino.
¿Qué es del camino sin forma reconocible de camino?. Pues, nada. Hay camino
cuando hay alguien que reconoce al camino. Cuando se atreve a hacer camino,
¿debemos a arriesgarnos a postular: cuando hay alguien que se atreve a caminar
se hace caminante y hace camino tanto como que se hace camino por hacerse
caminante?
Entonces hay, al menos, dos tipos de caminantes, los que reconocen un camino
allí donde hay la espera del camino. Vislumbran un camino allí donde todavía no
hay huella. Y están aquellos que siguen las huellas y reconocen un camino que ya
está hecho y lo siguen. Lo cual nos introduce a un compendio de problemas, ¿si
un camino es abierto y luego no es continuado seguirá siendo un camino abierto?,
¿cuántas huellas harán camino perdurable?. Y esto referido a lo que podríamos
llamar un camino en una superficie, sea cual fuere ella. ¿Y si nos planteamos el
camino como metáfora?. La metáfora del camino es simplemente una percepción
extensa e intensa de múltiples encrucijadas: la figura del camino es crucial en
el pensamiento o en la religión. Desde el budismo al cristianismo, desde la
filosofía a la ciencia, el camino bajo distintas formas se presenta.
Cuando planteamos cualquier tipo de metodología no recordamos que la palabra
método esta compuesta por metá, más allá de, y hodós, camino, ambas provienen
del griego. Y esto no es - creemos - lo más importante, pues ese regusto
etimológico no es muy fructífero sino estamos dispuestos a agregarle un poco de
riesgo poético, lo que para nosotros es riesgo de creación (poiesis), como aquél
que arriesga hacer camino en lo no reconocido aún. Cada metáfora a la palabra
camino va a mostrar lo que aún está por ser visto y si nos extremamos, lo que
aún está por ser. Lo que aún no llegó a ser y a mostrarse con el lenguaje,
advendrá a nosotros. Lo que eso nos haga o lo que hagamos con ello, ése, ya es
otro asunto.
El camino es la
forma designada del movimiento. El camino es movimiento. Y el movimiento puede
ser cambio. Por lo tanto, hacernos camino es cambiar.
Como
alguna vez dijeron y repitieron los chinos: "un largo camino
comienza dando un paso", lo cual se dice para poder abreviar
ese primer paso, y también se nos muestra aquí la dificultad de
los primeros pasos, y aún más, que el comenzar a transitar un camino
no resuelve los futuros advenimientos de los caminantes. Comenzamos
el camino siendo aquello que dejaremos de ser; nuevamente el cambio,
el nuestro. El camino nos cambiará, cambiaremos transitando los
caminos.
El camino es,
también, la forma asignada de la detención. Si no espero hacer camino, si no
quiero más que descansar, me retiro a la vera del camino. Me detengo. Me hago a
un lado. Espero a los otros. Ya llegarán. Y me llevarán. No importa adonde.
Quiero descansar y esperar.
- Desierto-
El
desierto, radiante laberinto. ¿No
es posible pensar el laberinto sin paredes, sin obstáculos?
¿Nos es posible sentir que el desierto en su extensión sin marcas es tan
laberíntico como el laberinto?
Sí, si podemos acercarnos a la sensación subjetiva de la desorientación.
Sí, si podemos
desorientarnos.
El desierto, dicen lugar de la soledad. ¿Qué atracción extraña tiene el desierto
como imagen, figura, forma, metáfora, que atraviesa todas las épocas y sigue
intacto su irresistible encanto?. Un encanto muy particular por cierto. No se
trata ni de lo bonito, ni de lo bello. No es una cuestión estética. El desierto
comporta un haz de dimensiones en cruce incesante.
El desierto
es compacto.
El desierto es
consistencia. Consistencia y también disgregación.
El desierto es agua,
oasis, vida.
El desierto es
sequía y muerte.
El desierto es
siempre igual.
El desierto es
siempre distinto.
El desierto es
ausencia. Ausencia de mí, ausencia de otros.
El
desierto es borde. Borde de lo humano; sea lo que sea eso. Tierra
de tránsito y movimiento. No se puede permanecer en él sin cambiar,
no se puede estar en él, hay que recorrerlo, atravesarlo. Tierra
de tránsito y sendero, el desierto es reunión y pasaje. Cita con
el tiempo (la tierra prometida, la tierra por venir, la tierra,
húmeda, la tierra para permanecer no es el desierto).
El desierto muta.
El desierto cambia.
El desierto es movimiento del día, es sol en la tierra. Arena, Tierra
disgregada.
¿Qué mojón, qué
hito? Marcará el sendero.
¿Cómo saber que
camino recorrer?
¿Cómo saber que
camino hemos seguido?
El acertijo se
resuelve en la espera. Quedarse al lado del camino nos dejaba en lo común de los
caminos, en el "Todos los caminos conducen a Roma". Si hemos creído que conocer
nos ilumina, y hay incluso una época en la cronología humana que ha sido llamada
Iluminismo, aquí, aprenderemos que si podemos esperar la noche, la ausencia de
luz, en ella nos podremos guiar.
Guiar por las luces
tenues de las estrellas.
Milenarias caravanas
nos muestran que el desierto se hace sendero cuando la luz del sol se apaga. En
el trazado de un cielo profundo y siempre reiterado hay la promesa de una guía,
siempre que recuerdes alzar tus ojos hacia allí.
- En el desierto y
en el laberinto-
El desierto,
lumínico en grado extremo azota corpuscularmente la piel.
Infinito espacio de
vacío y esplendor, cielo de azules superpuestos, que conlleva sinuosos
movimientos, es extensión de nosotros mismos.
Ante sus múltiples
direcciones, las huellas, efímeras, no sirven para encontrar el oasis; la arena
multiplicada, infinita, sólo refleja nuestra incertidumbre.
Ningún signo se nos
ofrece. Una pregunta nos reclama, acuciante, persistente: ¿adónde ir ?
Dos modos, uno de
plenitud y de ausencia: el desierto.
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El otro de
absoluta presencia, el muro multiplicado: el laberinto.
Dos situaciones
paradojales se unen.¿Por
qué paradojales?
Un hombre frente
a su vida. ¿Qué se nos presenta más paradójico, salto de la lógica formal,
que esa paradoja de la vida?
Formas extrañas de
una variedad, la vida, que se reducen en tanto debe surgir la comprensión, la
necesaria comprensión. |
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Laberinto de Creta con
Minotauro en el centro
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Dos momentos
culminantes, laberinto, desierto, atraviesan el retorcimiento de un gemido; son
lugares de camino, de vía, línea, dirección. Camino que multiplica sus
dificultades en presencia de límites o en ausencia de éstos.
Un laberinto recorta
su interminable sucesión de espacios, es allí donde el veloz vértice de un
recodo sorprende la agonía del aliento contenido, ¿será la salida?, pero, por lo
menos, ¿habrá salida?.
Lugar de culto, de reverencia, de sumisión, el laberinto es la construcción
planificada de un problema, cuya solución se echa al olvido. ¿Por qué este
olvido?.
¿No será el laberinto un modelo ínfimo, de su arquetipo, el universo?. La
arquitectura del hombre y la arquitectura divina, ladrillo sobre ladrillo.
Enigma de un recorrido, será necesario el hilo para no perderse, el hilo de la
divina Ariadna, pero la salida es no necesitar más el hilo, acto que se asemeja
al cortar del hilo de una Parca, Atropos, que atenta al tejido de la vida no
otorga más que una salida, y todos sabemos ya cual es. Dejar el hilo no es
cortarlo.
El inicio, entrada,
y el final, salida, nos son dados, a pesar de que pueda creerse en la intención
del no ser, siempre somos ajenos a él, determinados por él, pero el recorrido,
laberinto, debemos hacerlo. Nos contentamos con eso, aunque las paredes ya están
allí, guiándonos y obligando a cierto rodeo, que como interrogación sin
respuesta, bordea la pregunta del enigma cuya respuesta olvidamos. Y caminamos.
-Vida
y desierto-
A veces nos hablan,
no como lo que comúnmente se refiere en "me dijeron que", no, de lo que se trata
es cuando podemos escuchar que al hablarnos allí se dijo algo más. Y es ese
'algo más' que puede quedar en espera, como uno enfrente del camino, hasta que
ese 'algo más' reacciona y vuelve a presentarse ante nosotros. Recuerdo,
entonces que alguna vez me dijeron: "quiero resolver toda mi vida". Pensemos un
instante, qué acto puede por medio de su acción resolver todo, y aún más, puede
resolver toda una vida. Sabemos que ninguno.
¿No es este un
interrogar que hace presente la vida en el desierto? Una vida considerada desde
el desierto. ¿Por qué? Esta pregunta hace de la vida un vivir sin otros, y no es
esto lo más importante, sino que se aloja en un desierto inmóvil, que lleva la
duración del instante, en aquél en que se pronuncia la pregunta, hacia la
extensión, hasta los extremos, hasta los confines de un espacio que hace de la
vida territorio que no se ha recorrido pero al que ya se ha llegado en su
concluir. Igualmente no es una mala intención, la que aquí se presenta.
Preguntémonos nosotros qué es lo que la hace surgir, a la pregunta, y que causa
admite su provenir. ¿Es el individuo que la emite? Por cierto que no. Hace ya
muchos tiempos que estamos acostumbrados a sentir que hay en esos decires otras
oportunidades. Excúsenme por lo intrincado, laberíntico, de la formulación, pero
es algo complejo. Hay en esos decires la oportunidad para nosotros de percibir
que si alguien quiere resolver toda su vida futura en un instante, es porque
algún instante provocó los más agudos dolores. Algún instante de vida vivida
convocó a las más altas angustias. Y dirán ustedes, ¿es que hay instantes de
vida no vivida? Debo contestar que sí. La vida no es conciente de estar viva en
todo momento. Decir nuestra vida es un oxímoron, casi como blanca oscuridad. Y
no olvidemos que la claridad extrema nos ciega. Los opuestos están más cerca de
lo que creemos, y percibimos, porque no estamos muy capacitados para
experimentarlos. Habitamos el medio y no queremos nada de los extremos, aún
cuando ellos se impongan, huiremos.
¿Cuál sería uno de
los modos de enunciar el laberinto? Simplemente el hecho de decir y sentir que :
"no puedo resolver nada de mi vida".
La piedra del
laberinto se acerca hasta mi nariz, el muro me impide ver y tener la perspectiva
suficiente del recorrido a realizar. No puedo ingresar y no puedo caminar.
Dos figuras, dos modos, no una oposición. El desierto y el laberinto, el
laberinto y el desierto, de lo que los humanos vivimos. Simplemente: paisajes
del interior.
Nota:
Citas del desierto en el Antiguo Testamento:
1.
Génesis 2, 8.
2. Levítico 16, 8
3.
Amós 5, 25
4.
Salmos 44, 19 / 68, 8 / 72, 9
5. Oséas 2, 16
Citas
del desierto en Nuevo testamento:
1.
Mateo 4
2. Marcos1, 12
3. Lucas 4
4. 1 Corintios 10, 4
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al autor: srocchietti@ciudad.com.ar
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