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Hijos de la Solidaridad
Nora Martinez
 

Historias de vida son, además, las de Jonathan Zacmon, Carlos Andrés Ojeda Romero, Marcela Juárez y tantos otros niños que desde el corazón de Bs.As. nos brindan una mirada diferente. Cada cual elegirá situarse donde más le plazca. Cada cual se re-ubicará en su contexto. Todos y cada uno de nosotros no podemos, ni debemos sentirnos ajenos frente a una evidencia que nos aplasta, nos perfora y tal vez nos intimida: "ser solidarios". Si a ellos los llamamos "hijos de la solidaridad", los que están del otro lado... ¿son hijos de qué?

"Margarita es como mi abuela postiza. Ella me ayuda y me da consejos. Me dice que nunca abandone lo que más quiero.

En una casita de chapa en el fondo de la villa del Bajo Flores, tras un largo pasillo de tierra bombardeado de escombros, vive un chico de trece años que quiere ser astronauta. Y no un astronauta cualquiera, así porque sí. Jonathan quiere conocer el espacio con un propósito claro: investigar si hay vida en otros planetas". Su interés en las estrellas no le vino de mirar el cielo por las noches, aunque sería un cielo apto: la única luz que hay en su barrio de noche son las bombitas que cuelgan desnudas en las precarias casitas. Pero no. Su interés nació tras ver un video de los astros en el colegio. Los horizontes de Jonathan Zacmon son así de flexibles. Puede estar viviendo en una casa que hasta hace poco no tenía ni garrafa (el mes pasado le donaron una; la estufa aún se hace esperar), pero esto no quita que se apasione al contar sus temas favoritos en el colegio: "el Horno Sapiens", y también "el Sol".

La transformación en su familia tiene un nombre: Margarita Barrientos. Es la directora del comedor Los Píletones que es hoy el sustento de todo el barrio, una especie de madre pródiga que a cualquier hora y lugar tiene un séquito de al menos diez chicos pululándole alrededor, como si de ella emanara todo el tiempo un aroma a café con leche y abrazos. Santiagueña de origen, Margarita llegó hace varias décadas y se instaló en el Bajo Flores a criar a sus diez hijos. Pero no pasó mucho tiempo antes de que se abocara a cuidar al barrio entero.

Hace unos meses llegó a la villa un canal de televisión a hacer una nota sobre el comedor. El periodista se acercó a varios chicos para pedirles su testimonio, pero la vergüenza les robó la lengua a todos. Alguien se acordó de Jonathan y lo fue a buscar. Antes de partir, le dijo a Carmen, su mamá: "Yo voy a ir, porque alguien tiene que hablar bien de Margarita. Si no fuera por ella muchos chicos se morirían de hambre". Jonathan no exagera: en su comedor de material y techo de cinc se juntan todos los días setenta personas para la merienda y 420 se llevan almuerzo y cena.

Uno de los lujos que Margarita le reserva a Jonathan es la puerta siempre abierta de su casa para mirar la tele cuando falta al colegio, o a la noche, cuando su mamá lo deja. En la casa de los Zacmon todavía no hay siquiera un aparato de radio y las noches a veces se hacen largas para los cuatro hermanitos. Para Jonathan, la tele es el mejor recreo. Y se nota que lo necesita: el niño se ocupa de sus hermanos menores como si fueran hijos. Cuando le dan galletitas para la merienda en el colegio, nunca olvida recolectar todas las que sus compañeros no comen y ponerlas en una bolsita para sus hermanos. Y si un día no logra una buena colecta, desiste de comer las propias para no llegar a casa con las manos vacías.

Desde su pequeña talla, suele ocuparse de lavar los platos cuando su mamá sale a llevar a alguno de sus hermanos al médico, y la espera con la pava lista para el mate. " El es más responsable de todos mis hijos. De las dos llaves de casa, una la tengo yo y la otra se la di a él,  dice su mamá. Sin embargo, Carmen asegura que todo lo bueno que había en "Johnny" recién afloró cuando se mudaron a este barrio, se alejaron del padrastro que lo maltrataba y conocieron un mundo más suave de la mano de Margarita.

 
"Antes era un chico bravo, no respetaba a nadie y vivía peleándose con los hermanos", recuerda Carmen, y mirando al niño que asiente calladito con la cabeza a su lado, uno juraría que está hablando de otra persona. Pero en cuanto aparece Margarita y da rienda suelta a su henchido amor por este niño, las piezas del rompecabezas se engarzan de inmediato. "Johnny es un chico muy especial, dice, y sus ojos se encienden. Jonathan le devuelve el piropo sin ponerse colorado: "Margarita es mi abuela postiza. Ella me ayuda mucho, me da consejos. Me dice que nunca tengo que abandonar lo que quiero, y que tengo que ayudar a los demás aunque no sean de mi familia".

 
Pero Margarita no sólo "adoptó" a Jonathan sino también a Carmen, que equivale a decir a la familia entera. Yo perdí a mi mamá a los doce años y mi papá nos abandonó", cuenta Margarita "sé muy bien lo que significa crecer sola. Por eso valoro tanto a madres como Carmen que se esfuerzan por sus hijos. Ella es de las que dicen: 'El va a salir adelante, yo lo voy a sacar'. Entonces, cuando ella llegó al barrio y la conocí, le dije:'Contá conmigo, yo estoy al lado tuyo'.

Hoy, la cruzada codo a codo de estas dos mujeres la mamá de la carne, la abuela del espíritu se hace oír en la voz de Jonathan, que promete a Carmen con todo el ímpetu de sus años: "Yo voy a trabajar, mamá. Yo voy a ser alguien para que vos puedas descansar".

Randy siempre fue responsable. Pero una vida familiar tormentosa le había robado los placeres de niño. El apoyo escolar de su barrio se los devolvió: hoy se divierte, juega al fútbol y proyecta un futuro como actor.

Se llama Carlos Andrés Ojeda Romero, pero todos lo llaman Randy, el nombre que a la mamá le habría gustado ponerle si el Registro Civil lo hubiera permitido. Tiene 10 años, pero por momentos se asoma por sus enormes ojos negros la mirada de un adulto. Hasta hace un año, cualquiera hubiera dicho que Randy no sabía sonreír. La relación entre sus padres era tormentosa, vivía en la Villa San Cayetano, en Beccar, y en el colegio se atrasaba con las materias. Esta etapa de su vida se le grabó a fuego: dio forma a sus objetivos, y también a sus temores. Dice que lo que más quiere para su futuro es: "tener una familia tranquila", con dos hijos a los que "nunca les pegaría ni maltrataría". Su miedo, herencia de su pasado no tan remoto, es "soñar mal" (tener pesadillas)

 
Hace cinco años que Randy va directo de la escuela al Apoyo Escolar San Francisco, que queda a unas quince cuadras del departamento que alquila su mamá en la Villa Uruguay. Allí almuerza, tiene una hora de clase, algún taller recreativo, y toma la merienda. Pero sobre todas las cosas, en el apoyo Randy se dedica a recuperar la sonrisa. En esta misión fue crucial la ayuda de Cecilia Sanjurjo, Paula y Lucía Campo, sus tres maestras. Cecilia dice que, en Randy, los frutos del esfuerzo colectivo se vieron enseguida: el niño dejó aflorar una sensibilidad inusual para sus años, y todavía las sorprende día a día con gestos de ternura. Un día aparece con una flor para una, al otro día con un piropo para la otra, y a la hora de sentarse a escribir en alguno de los talleres', es capaz de abrir su alma y volcarla íntegra sobre el papel.

Para sembrar estos cambios, las maestras del Apoyo no sólo se ocuparon de Randy sino también de su familia. Le dieron a su mamá asistencia legal para manejar una separación dificultosa y contactaron a la escuela para que les facilitara asistencia psicológica a los chicos. Katy, la mamá se sumó pronta a la campaña; con el sueldo que reúne en varios trabajos de servicio doméstico, le está  comprando a Randy una enciclopedia: un capítulo por mes.

Llega la hora de las fotos, y Randy despliega todo su encanto. No sorprende cuando confiesa que le  encantaría ser actor o cantante. Los otros chicos lo cargan por su repentino estrellato, pero él le sostiene la mirada a la cámara, tranquilo, como en un diálogo aparte.

En sus fantasías se imagina viajando a Córdoba ("Me contaron que tiene lugares muy lindos"), o a Santa Fe ("Mi papá tenía familia ahí"). Hace poco, su maestra le pidió un cuento que empezara con las palabras " Quisiera escribir un libro sobre.. Y él, en letra prolija, completó " ... Dios, porque es muy bueno con muchos". Palabra de Randy.


Tomó como modelo a Cielo Escalada, la directora del comedor comunitario al que va desde chiquita.
Ayuda a sus vecinos mientras estudia soñando con el día en que pueda recibirse de pediatra.

Marcela Juárez tiene once años, vive en Ciudad Oculta y escribe cuentos. El último se llama "Dos sueños cumplidos" y se trata de un señor muy rico que vivía frente a un barrio humilde. El señor "soñaba con tener un hijo y un nieto que lo llenaran de cariño, pero no podía ser porque él nunca le había dado cariño a nadie". Cruzando la calle vivía "una familia humilde que muchas veces no tenía pan ni tampoco mate cocido" para alimentar a su hija Fernanda. Una mañana, dice el relato, Fernanda iba al colegio temblando de frío, y el señor, de nombre Gabriel, le ofreció llevarla. Durante el viaje ella le contó que su sueño era "que no le faltara comida, y su proyecto era poder estudiar y recibirse de doctora; entonces él le contó que su sueno era recibir cariño y su proyecto de ahora en más era ayudar a una nena humilde. Y así fue como Fernanda pudo cumplir su sueño y su proyecto y Gabriel pudo cumplir su sueño y su proyecto".

Así termina el cuento. Es cortito. Y es amplio como las ilusiones de esta niña de cabellera enrulada y labios de estrella de cine. Marcela ya sabe muchas cosas. Sabe qué quiere hacer y cuál es el camino para lograrlo. Por eso devora sus libros de estudio y aguarda el día en que pueda trocar su guardapolvo de estudiante por uno de "médica de chicos".

Mientras tanto, practica ayudando a Cielo Escalada a cuidar a los muchos vecinitos que estudian, comen y se reconfortan en el Comedor La Buena Voluntad, en el corazón de Ciudad Oculta. Siguiendo el ejemplo de Cielo, que se desvive por estimular con caricias de piel y de palabra a su ejército de "ahijados", Marcela tiene una rutina que ella sola se fijó: a cierta hora pone en fila a los más chiquitos para lavarles la cara y cambiar a los que lo necesitan. Después se sienta a ayudar a los más grandes con los deberes. Los días en que se enferma y tiene que faltar al colegio son un problema para Gladys, su mamá, que una vez tuvo que llevarla al médico para que él le explicara a la desolada niña por qué no podía ir a clase con bronquitis. Su hermana Mailén, de seis años, no tiene la misma facilidad con las palabras, y Marcela parece haber tomado esta dificultad como un desafío personal. En sus ratos libres se sienta a inventarle dictados, si la mamá quiere ayudarla, Marce la reta: "Así nunca va a aprender. Tiene que aprender, mamá". Lo dice con firmeza, pero con confianza "Marcela es una nena con mucha esperanza", dice Cielo, "ella cree en un futuro lindo. A veces las mamás sin querer les dicen cosas a los chicos que los dañan, Es tan importante decirles que son buenos, que pueden, que lo que hacen cuenta y e! valorado". De las frases de Cielo nacen finales felices. Marcela lo sabe.

 

Selección: Nora Martinez
Texto extraído de la revista Viva

 

 

  

 

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