|
El lenguaje esquizofrénico
Octave Mannoni
La primera
observación que tenemos para realizar se refiere al título: se trata del
lenguaje esquizofrénico y no del "esquizofrénico". Ahora bien, no sostenemos que
la esquizofrenia sea lo que sigue:
" Las características esenciales de la esquizofrenia son una
mezcla de signos y síntomas peculiares (tanto positivos como negativos)
que han estado presentes una parte significativa de tiempo durante un
período de 1 mes (o durante un tiempo más breve si ha habido tratamiento con
éxito) y con algunos signos del trastorno que han persistido durante al
menos 6 meses (Criterios A y C). Estos signos y síntomas están asociados
a una marcada disfunción social o laboral (Criterio B). La alteración no
es explicable por un trastorno esquizoafectivo o un trastorno del estado de
ánimo con síntomas psicóticos y no es debida a los efectos fisiológicos
directos de alguna sustancia o a una enfermedad médica (Criterios D y E). En
sujetos con un diagnóstico previo de trastorno autista (u otro trastorno
generalizado del desarrollo) el diagnóstico adicional de esquizofrenia sólo
es pertinente si hay ideas delirantes o claras alucinaciones presentes
durante al menos 1 mes (Criterio F). Los síntomas característicos de la
esquizofrenia implican un abanico de disfunciones cognoscitivas y
emocionales que incluyen la percepción, el pensamiento inferencial, el
lenguaje y la comunicación, la organización comportamental, la afectividad,
la fluidez y productividad del pensamiento y el habla, la capacidad
hedónica, la voluntad y la motivación y la atención. Ningún síntoma
aislado es patognomónico de la esquizofrenia; el diagnóstico implica el
reconocimiento de una constelación de signos y síntomas asociados a un
deterioro de la actividad laboral o social" (DSM 4).
Más allá de nuestras sospechas sobre las
clasificaciones psiquiátricas y lo que ellas generan, ordenan y regulan. ¿Cómo
no interrogarse acerca de qué manera "...una constelación de signos y síntomas
[están] asociados a un deterioro de la actividad laboral o social" ? ¿Qué
significa "un deterioro de la actividad laboral o social" ? ¿Desde dónde y en
nombre de qué, puede proferirse tamaño enunciado? Lo sabemos, desde una posición
de poder. Y también, de un pequeño poder que tiene como función: excluir. Un
poder que, en tanto ejercido, es placer. Placer sentido o no, disuelto en los
reinos del "así debe ser". No casualmente Deleuze y Guattari, eligen nombrar el
límite del Capitalismo como "esquizofrénico"; límite "del" y límite "al". El
subtítulo del libro "El AntiEdipo" es justamente: "Capitalismo y Esquizofrenia".
Texto que levantó las más fuertes críticas de los que se sintieron criticados
sin poder percibir "lo" que realmente lo era. Este libro tiene su continuación,
una muy peculiar, en "Mil Mesetas" de los mismos autores. No es nuestra
propuesta la del "esquizoanálisis" ni la de la "antipsiquiatría", intuimos,
colegimos, pensamos, recogimos evidencias, sentimos y advertimos, los más
tremendos estragos que todas las prácticas del poder (de los poderes) ejercen
sobre nosotros y los otros, sean quienes sean. Desde lo micro hasta lo macro,
políticas en la familia, entre los des-semejantes, o entre los grupos, pueblos,
etnias o religiones, en todas las épocas, hay quienes han podido neutralizar
esos efectos devastadores y hay quienes no. Incluso hay quienes han podido dejar
conceptos para oponer y para que sigan trabajando, y nos hagan probarlos,
ajustarlos, corregirlos, dejarlos o relanzarlos. En eso estamos.
Sergio Rocchietti
Bion
nos ha señalado que el
esquizofrénico tiene miedo, y le da el nombre de pensamiento verbal al objeto de
ese miedo. En realidad, el esquizofrénico no teme exactamente a las palabras;
por el contrario, se encuentra relativamente cómodo con las palabras, y se
podría decir -en primera aproximación- que lo que teme, y en consecuencia lo
que trata de evitar, es el riesgo de que las palabras tengan un sentido.
Bion
busca la razón de ese miedo
o, más exactamente, su causa, por el lado de la posición depresiva
descripta por Melanie Klein, fase que sucede a la posición paranoide y
durante la cual se efectuaría la síntesis de los objetos. El esquizofrénico
seguiría utilizando el lenguaje según ese modo particular que constituye uno de
los principales síntomas de su estado para escapar al dolor que acompaña a esa
fase depresiva. Pero Freud fue más claro al decir que el esquizofrénico
trata las palabras como cosas.
La explicación de
Freud se aparta de la de Melanie Klein, pero sin embargo no la contradice. Se la
podría formular diciendo que el lenguaje del esquizofrénico ha caído bajo la
acción del proceso primario que regla el juego de las imágenes de cosas. Ello
implica que los mecanismos de ese proceso, constituidos sobre todo por el
desplazamiento y la condensación, ya no se aplican a imágenes sino a los
términos mismos del lenguaje. Si se considera la doctrina de Freud
globalmente, se observa que es el análisis de los sueños y el estudio del humor
lo que lo llevó a interpretar de esa manera el lenguaje esquizofrénico.
La explicación de
Bion es oscura: en efecto, no se comprende cómo la negativa a sintetizar los
objetos introyectados podría producir ese tipo de lenguaje. La explicación de
Freud es muy clara, pero parcial en la medida en que se limita a la
descripción de un mecanismo y no dice por qué el lenguaje caería bajo el dominio
del proceso primario. A pesar de ello, la descripción de Freud presenta la
ventaja de ser mejor. En efecto, está de acuerdo con la lingüística moderna: el
lenguaje esquizofrénico obedece a las leyes lingüísticas a partir del momento en
que, por así decir, ya no se preocupa del significado y, a pesar de las
grandes diferencias que veremos a continuación, en el lenguaje del
esquizofrénico es posible reconocer sin duda alguna el trabajo de los mismos
mecanismos presentes en el humor, la poesía y los sueños. Freud no insiste
en el elemento del miedo, que en cambio es esencial en la explicación de Bion.
Pero si nuestra hipótesis no es demasiado aventurada, podríamos describir la
actitud del esquizofrénico como la de alguien que tiene miedo al sentido que
podrían tener las palabras. Desde ese punto de vista, se convierte en algo
así como un especialista del lenguaje. Al realizar una interpretación a un
esquizofrénico que se había desgarrado un trozo de carne del rostro, Bion dijo
que ese gesto equivalía a arrancarse el pene. El esquizofrénico le respondió que
"pene" es una palabra compuesta de dos sílabas. Esto evidentemente elimina toda
posibilidad, de interpretación, y Bion se vio obligado a no tratar de
interpretar esa respuesta. En efecto, como lo veremos, ésta fue dada
expresamente con ese fin. El hecho de concentrar la atención exclusivamente
en el significante le quita toda importancia al significado. La lingüística
suele proceder de este modo. El esquizofrénico no ignora el sentido de
las palabras que utiliza, o por lo menos no lo ignora más que los otros
mortales. El hecho es que no lo acepta.
Si se compara la
actitud de un esquizofrénico con la de un obsesivo, es posible
observar ciertas diferencias, pero también una semejanza. Esta semejanza no
concierne a una analogía de los mecanismos psíquicos, los cuales, por el
contrario, son completamente diferentes; una tiene que ver con la naturaleza
misma del lenguaje y más precisamente con la oposición trazada por Saussure
entre significante y significado. Freud utilizó esa oposición antes que
Saussure, y se lo considera un precursor en la materia. En efecto, según
él, el hecho de que un obsesivo (que todos conocemos como el Hombre de las
Ratas) empezara a correr en la montaña de una manera casi suicida con la
intención de adelgazar se debió a los celos que le provocaba un primo de la
novia llamado Dick; en efecto, hay una palabra alemana, Dick, idéntica al
nombre (en alemán se usa mayúscula al sustantivar), que quiere decir "gordo", y
Freud interpretó el comportamiento del Hombre de las Ratas que, según
decía, quería adelgazar, como una manera de destruir a Dick (su gordura),
esto es, destruir simbólicamente al primo del que estaba celoso. Cuando Freud le
comunicó esa interpretación, el Hombre de las Ratas no quiso saber nada. Se
negaba a admitir que había arriesgado su vida por un juego de palabras un poco
estúpido.
En eso se diferencia
del esquizofrénico. Este tampoco haría ninguna distinción entre el nombre y el
adjetivo que consisten por igual en un solo significante: D.I.C.K. Pero las
consecuencias no serían las mismas en ambos casos. El Hombre de las Ratas
no se dio cuenta de la confusión o de la asociación que hizo, porque ella tenía
demasiado sentido. Gracias a Freud, le revelaba su deseo de muerte con
respecto a su primo Dick. La asociación determinó una actividad sin sentido en
sí misma, en la medida en que sus carreras en la montaña no tenían ningún efecto
en la presencia del primo; tal vez esa actividad encontraba un sentido si él la
enlazaba con la asociación verbal mencionada, que por lo tanto tenía que
ocultarse. En efecto, toda su neurosis estaba construida para escapar al
conocimiento de sus deseos de muerte, el primero de los cuales había tenido por
objeto a su padre.
Un esquizofrénico
reduciría los dos términos, es decir, el nombre propio Dick y el adjetivo
dick, de una manera tan automática como radical, a un solo significante (D.I.C.K.),
pero no tendría ninguna necesidad de negar esa reducción ni disimularla porque,
contrariamente al obsesivo, sus defensas se sitúan en la reducción del
lenguaje al significante. Freud dice: Cuando existe un lazo superficial
entre las dos palabras, ese lazo oculta otro que está desplazado y que no es en
absoluto superficial.
Esa frase se refiere
al Hombre de las Ratas. En cambio, cuando el esquizofrénico asocia dos
términos entre sí, asocia verdaderamente los dos términos, y esa asociación no
recubre otra más profunda. Por lo tanto no es posible darle una
interpretación que no sea de un orden puramente lingüístico, como es el
caso, justamente, de la respuesta citada: que "pene" tiene dos sílabas.
Desde luego, es
posible y también verosímil que el esquizofrénico proceda de esta manera porque
siente la exigencia de evitar algo que se asemeja a la posición depresiva
descripta por Melanie Klein. Pero ¿por qué la evita justamente de esta manera,
es decir eliminando del lenguaje el significado para conservar solamente el
significante? En efecto, ¡él es capaz de realizar en el significante cálculos
bastante complicados y difíciles, incluso operaciones de síntesis! Es capaz de
efectuar cálculos muy complicados y difíciles, con tal de que no acarreen
ninguna consecuencia, y se encuentra cómodo cuando se trata de música o de jugar
al ajedrez... Solamente hay miedo al significado, y no parecería que las
operaciones de síntesis resulten particularmente necesarias en relación con el
significado.
Bion
no tuvo en cuenta el ambiente
del esquizofrénico. Trató de constituir un saber sobre el esquizofrénico
solamente con hipótesis sobre el funcionamiento interno, sobre la estructura
metapsicológica del paciente. Pero, si se postula la hipótesis de que el
esquizofrénico sufre de una especie de "sordera psíquica" únicamente con
relación al significado nos vemos remitidos al medio familiar, y ello a pesar
del carácter vago y puramente descriptivo de esta hipótesis, pues el
esquizofrénico ha aceptado oír solamente a condición de no tomar en
consideración el sentido.
En esto es posible
percibir la necesidad de anular el discurso de la madre, o de la familia, y
ciertos casos particulares nos llevarían a ver las cosas de esta manera: por
ejemplo el de Wolfson.
Estudiante esquizofrénico que
se interesaba por la lingüística y que escribió un libro en francés
(1) a causa del horror
que le inspiraba su lengua materna (el inglés), Wolfson menciona también su
compulsión a taparse las orejas cuando hablaba su madre. Pero mi propósito aquí
no consiste en hacer una teoría de la esquizofrenia. Los trastornos
esquizofrénicos no se reducen a los trastornos del lenguaje. Y éstos incluso
no se encuentran en estado puro: la significación de la palabra, la posibilidad
de la comunicación, de ningún modo están completamente perdidas en el
esquizofrénico. Sin embargo, no es fácil distinguir el sector desarreglado de
los que no lo están.
Freud
nos presenta el caso del
presidente Schreber como el de un esquizofrénico frustrado (tiene
evidentemente otra cosa) que habría escapado a la esquizofrenia adoptando un
comportamiento paranoide equivalente a una seudocuración. Bion,
naturalmente, dirá que Schreber ha regresado de la posición depresiva a la
posición precedente. El interés que presentan sus "Mémorias" reside no obstante
en el hecho de que ellas nos permiten ver cómo logró tomar una cierta distancia
frente al lenguaje esquizofrénico, cómo consiguió salir del atolladero, pero sin
borrarlo. El lenguaje esquizofrénico, está hecho para él de frases que le
llegan en voz baja cuando no piensa en nada; frases que -dice- no quieren decir
nada y a las que es preferible no prestar atención. Los pájaros hablan en sus
alucinaciones con un lenguaje análogo; sólo dicen tonterías y tienen propósitos
desprovistos de sentido. Pero cuando ese lenguaje vehiculiza una significación y
él está obligado a escucharlo, entonces se trata de voces que pretenden hablar
con una autoridad absoluta y tiránica. El tiene que gritar para acallarlas, o
cubrirlas con un ruido ensordecedor tocando muy fuerte el piano, o incluso
contradecirlas invocando la razón y demostrando que son contrarias al orden del
mundo.
Ahora sabemos que
el padre del presidente, el doctor Schreber que se hizo célebre por sus
invenciones pedagógicas, había elaborado un sistema de presiones físicas y
morales que les prohibían a los niños toda libertad de movimiento y de deseo.
Aplicó el sistema a sus dos hijos; uno se suicidó y el otro es nuestro
presidente. En los escritos del doctor Schreber nos damos cuenta de que él era
el único verdadero paranoico de la familia. De modo que el presidente estuvo
sometido durante su infancia a una palabra que representaba la voluntad
absoluta, una palabra que es posible denominar sagrada es decir que era verdad y
razón por el simple hecho de haber sido pronunciada. Por lo menos así definiría
yo el término "sagrado". Tenemos todas las razones para creer que en un momento
dado en la infancia individual, y tal vez también en la infancia de la
humanidad, el lenguaje revistió un carácter sacro; en efecto, nos lo sugieren
los juramentos, las fórmulas mágicas, los votos y, en particular, ciertos
síntomas obsesivos. De todos modos hay que admitirlo sí se quiere comprender por
qué el Presidente Schreber vacilaba entre dos modos de defensa: por un lado,
el que consistía en afirmar que el lenguaje no tiene ninguna significación, y
por el otro, el de afirmar que tenía una -la de lo sagrado- para combatirla, por
otra parte sin éxito, en nombre de la razón. Durante el período de su
enfermedad en el cual escribió su libro (cerca de 1900), el Presidente Schreber
pudo explicarnos todo esto de una manera lógica y relativamente sensata.
Tales ejemplos bien
pueden demostrarnos que es posible que un niño tenga "interés" en protegerse del
discurso de su medio, incluso aunque tal vez no sea necesario detenerse en una
explicación tan simplista. Puede ser que el niño tenga que protegerse sobre todo
de sí mismo bajo el efecto de tales discursos. Las protecciones pueden revestir
varias formas. El obsesivo puede protegerse de sus propias obsesiones
dándoles una aparente incomprensibilidad. Entonces se vuelven enigmáticas como
los sueños o los oráculos de la Antigüedad, pero contienen una exigencia a veces
angustiosa de significación. El esquizofrénico escapa a esa exigencia; se
diría que, en su caso, todo se despliega en un solo piano, el del significante.
Si uno pronuncia la palabra "muerte", él responderá que es una palabra de seis
letras o que "muerte" es lo inverso de "temuer", etcétera. En ello no hay ningún
enigma, ninguna exigencia de significación. Y, como lo hemos visto, no puede
haber ninguna posibilidad de interpretación. Bion dice, y con razón, que
la represión no está en juego.
El lenguaje
esquizofrénico nos parece sobre todo vacío o superficial porque no somos
esquizofrénicos. Esa impresión tiene consecuencias en las tentativas que hacemos
para comprenderlo. Hemos visto que el Hombre de las Ratas rechazaba
resueltamente las asociaciones fundadas en el significado por encontrarlas
superficiales, mientras que Freud recordaba que, bajo las asociaciones
superficiales de los significantes, se ocultaban otras provistas de sentido.
Pero el Hombre de las Ratas es justamente lo contrario de un esquizofrénico.
Cometeríamos un error si adoptásemos la misma actitud en presencia del lenguaje
esquizofrénico.
Hay un obstáculo
bastante arduo constituido por la tendencia natural que consiste en admitir que
la existencia del lenguaje presupone algún aparato que lo
produce. Según otra hipótesis más simple pero insólita
(2), es el lenguaje mismo el que elabora ese aparato.
Aquí hay que dar al término lenguaje un sentido bastante amplio según el cual,
por ejemplo, se puede relacionar con los sordomudos en la medida en que viven en
un medio social organizado y estructurado por el lenguaje. Desde que no sabemos
nada en lo que concierne al aparato que se supone produce el lenguaje,
puede ser preferible no imaginar en términos hipotéticos las condiciones de ese
aparato responsables de los trastornos que observamos en el lenguaje. Es más
lógico partir de los trastornos del lenguaje en sí.
Las realidades
internas que evocamos de una manera hipotética para explicar los síntomas
que observamos no son, en efecto, más que el sentido que damos al lenguaje
cuando nos parece totalmente desprovisto de sentido. Si alguien nos dice que
el cielo está despejado, el sentido de esas palabras no se nos escapa. Podemos
contestarle que es cierto o, al contrario, que se equivoca, porque en realidad
llueve. Pero si dice que el cielo tiene necesidad de dos trozos de azúcar, nos
ponemos a buscar el sentido de lo que dice en alguna extravagancia relacionada
con él mismo. Se trata sin duda de eso, pero no sabemos absolutamente nada de
tal extravagancia, aparte del aspecto lingüístico que reviste. La fórmula de
Lacan, según la cual el lenguaje es la condición de la existencia de lo
inconsciente, es en este caso mucho más plausible que la creencia opuesta, según
la cual habría que buscar en lo inconsciente las condiciones del lenguaje. Esta
segunda formulación se funda en una tradición filosófica venerable pero
sospechosa, es decir la tradición de que la palabra exterioriza algo interno
diferente de la palabra en sí. Bion, habiendo afirmado que el
esquizofrénico se desplaza en medio de objetos y no en un sueño, deduce de ello
lo que sigue: El paciente se vuelve hacia objetos reales y trata de
utilizarlos cotizo si se tratara de ideas, y así esta pronto
a encontrarse desconcertado cuando se da cuenta de que los objetos
externos no obedecen a las leyes del funcionamiento mental si no a las de las
ciencias naturales. ¿No se aclararía esta observación si se la
traduce como sigue: "El paciente procura tratar a los objetos como significantes
y se desconcierta cuando se da cuenta de que ellos no obedecen a las reglas
lingüísticas sino a otras leyes que el lenguaje puede expresar solamente como
sentido"?
No tengo aquí la
pretensión de resolver esta dificultad; creo, por el contrario, que hasta ahora
se han hallado soluciones demasiado simples. Me parece que, incluso si los
síntomas del esquizofrénico no se presentan en el campo del lenguaje, los
trastornos del lenguaje están sin embargo en su origen.
Pero no queda duda alguna de
que esta idea tendría que estar mucho más elaborada. No hemos progresado
mucho más allá de la explicación freudiana que consiste -querría recordarlo- en
decir que el lenguaje esquizofrénico ha caído bajo la influencia del proceso
primario como sucede con las imágenes del sueño. Querría precisar un poco más lo
que esto significa, comparando el discurso del esquizofrénico con el de la
lingüística y el de la poesía.
Una diferencia salta
a la vista de inmediato: nadie supondrá la presencia de una perturbación interna
en el lingüista o el poeta. Sus lenguajes no dan la impresión de
algo patológico. Pero tal vez puedan servir como modelo de normalidad o bien
como términos de comparación. Naturalmente, es la esquizofrenia lo que puede
aclararse a partir de la lingüística o de la poesía o, por lo menos, un cierto
aspecto del lenguaje esquizofrénico puede beneficiarse con ese esclarecimiento.
Como era previsible, ni la lingüística ni la poesía tienen nada que esperar del
estudio de la esquizofrenia, salvo tal vez nuevos problemas, pero no alguna
solución de los problemas antiguos.
(Sin embargo debo
citar la opinión de Wolfson, llevado por la esquizofrenia al estudio de
la lingüística, quien pensaba que un factor emotivo empuja a las personas
a estudiar la lingüística general y en particular la gramática comparada,
y que ese factor consiste en el deseo de ya no sentir la lengua materna como
la sienten los otros. Creo que, de esta manera, él generalizó sus propias
motivaciones).
La lingüística
moderna nació de la decisión de Saussure de distinguir en el signo
lingüístico un derecho y un revés, el significante y el significado. Esto volvió
inmediatamente posible una ciencia del significante a expensas del significado,
que, por así decirlo, fue sacrificado al progreso de la ciencia. En
consecuencia, en esta ciencia del significante el lenguaje de los lingüistas se
parece al de los esquizofrénicos. Pero una afirmación de este tipo tiene que
hacerse con prudencia, en la medida en que nada puede asegurarnos que no hemos
interpretado el lenguaje esquizofrénico fundándonos en lo que nos ha enseñado la
lingüística. Sea lo que fuere, es un hecho que la teoría lingüística favorece de
manera notable esta interpretación. El significante se mantiene idéntico a sí
mismo, pero, a pesar de esa constancia, se refiere a significados que cambian
continuamente, y he aquí por qué la ciencia (como la esquizofrenia) se ha
consagrado con tanto éxito exclusivamente al significante.
Toda ciencia
se funda en abstracciones de este tipo. Pero cuando expone su propia ciencia de
los significantes, el lingüista utiliza un lenguaje que, a sus ojos,
tiene un valor que proviene del sentido que posee. Nos pide que
comprendamos lo que dice a propósito de los significantes. Si lo
escuchara un esquizofrénico, encontraría que el discurso del lingüista
está desprovisto de sentido, y le impediría a ese especialista salir del mundo
del significante. Por lo tanto, cuando hablamos con los esquizofrénicos somos
nosotros, y no ellos, quienes se encuentran en la posición del lingüista. Sin
embargo, esto no es completamente cierto.
Y no es
completamente cierto porque, cuando el esquizofrénico dice que el pene
tiene dos sílabas, habla verdaderamente como un lingüista. Enuncia una verdad
sobre la palabra "pene". Se diría que el objeto de su lenguaje es el lenguaje
mismo y que es capaz de hablar normalmente de él, por lo menos de manera
rudimentaria. Pero esto no basta para evitar que también suceda otra cosa, es
decir que no se contente con tratar a las palabras como cosas; también trata a
las cosas como palabras, si bien esta expresión no es completamente adecuada. El
esquizofrénico que nos presenta Bion, por ejemplo, dice que sus calcetines están
llenos de agujeros. Ahora bien, el conjunto de ese significante puede tener dos
significaciones: una es que una malla tiene una infinidad de pequeños agujeros,
la otra que los calcetines agujereados deben ser zurcidos. En consecuencia, el
esquizofrénico estaría en el límite, dispuesto a hacerse zurcir los calcetines
nuevos, puesto que tienen numerosos "agujeros"... El lenguaje permite
estructurar lo real, pero para que esto sea posible es necesario tratar
correctamente no sólo el significante sino también el significado. Si
procuramos estructurar lo real sólo mediante el significante, es decir si
aplicamos a las cosas las leyes del lenguaje, llegamos a situaciones similares a
la creada por Lewis Caroll (3).
Caroll era un original, no un esquizofrénico. Era casi un lingüista, pero se
servía de la lingüística para divertirse.
No sé decir cómo
reaccionaría un esquizofrénico a la lectura de Caroll. Pienso que
lo turbaría profundamente, puesto que al "razonar" como Caroll no lo hace para
divertirse, sino en un esfuerzo de curación que a sus ojos es un esfuerzo
importante destinado a encontrar sentido. No obstante, queda abierto un
problema: ¿cómo ocurre que el juego divierte a Caroll y también nos divierte a
nosotros? La respuesta a este interrogante se encuentra en el libro sobre el
Witz, y es una respuesta que, de una manera u otra, remite a experiencias
infantiles. Por otra parte, Caroll sentía la necesidad de escribir sobre
los niños y para los niños. Recuerdo también que, cuando se le preguntó a
Roman Jakobson, en el curso de un seminario de Lacan en la Ecole normale
cómo se llegaba a ser lingüísta, él respondió: "Uno no llega a ser
lingüista, uno sigue siéndolo". Lo mismo se ha dicho de los poetas: Nascuntur
poetae, se nace poeta.
No me extenderé
sobre la poesía porque, por ese lado, las complicaciones son innumerables y
temibles. Es cierto que en poesía el significante tiene una importancia
principal y el sentido una importancia menor que en el lenguaje común o incluso
en la prosa literaria. Pero el lingüista tiene muchas dificultades para explicar
este hecho. Dos poetas casi contemporáneos como Jacques Prévert y Paul
Eluard son muy diferentes, incluso opuestos; uno puede preguntarse si es
posible encontrar una formulación teórica capaz de explicar tanto a uno como al
otro. Mallarmé nos ha dado una explicación tan general que resulta un
poco vaga: el poeta se sirve del lenguaje común para un otro uso. ¿Cuál
es entonces ese otro uso?
El lenguaje es
transparente en el uso que se hace de él en general, y lo que aparece es el
sentido.
El lenguaje, por así decirlo,
es consumido por el oyente o el lector. En la poesía existe en cambio una
opacidad más o menos grande; el sentido tiende a perder importancia -en
el fondo, es él el que se consume- y el lenguaje subsiste en su forma. Es
posible hacer al respecto una experiencia instructiva. Tomemos un texto en prosa
un poco al azar (es necesario que no tenga demasiado sentido) y, sin
cambiarlo, dispongámoslo en líneas desiguales o, mejor aún, en versos de doce
sílabas: adquirirá entonces un aspecto más o menos poético, y el lenguaje, en su
forma puramente significante, tenderá a aparecer en el primer plano. He aquí un
ejemplo de este tipo de ejercicio. Se trata de un párrafo de Contre Sainte-Beuve
(4) de
Proust; leámoslo
como si se tratara de verso libre:
Recuerdo
que un día de viaje
por la ventanilla del tren
yo trataba de extraer
impresiones del paisaje que
pasaba.
(Estadísticamente no
hay en el hecho nada de extraordinario: en el alfabeto francés son unas quince
las letras de uso más frecuente, y un solo verso puede emplear unas cuantas
decenas.)
¿Qué conclusión
podemos extraer de esta experiencia y de otras del mismo tipo? Por empezar, que
un mismo lenguaje puede darse como prosa o como poesía, y que todo depende de
la actitud que adopte el lector o el oyente al enfrentarlo. Un poema tiene
que presentarse como un poema para que se lo pueda leer como un poema. No se
puede ser poeta únicamente gracias al lenguaje; la categoría de la poesía es
necesaria para ser poeta, poco importa de qué manera. Sin duda estoy
simplificando enormemente un problema complejo, pero lo hago para indicar que
la poesía no es una propiedad lingüística que el lenguaje pueda poseer
objetivamente, sino que más bien ella se presenta cuando adoptamos un cierto
comportamiento con relación a un texto (naturalmente, corno lo hemos visto,
algo en el texto, en este caso la fragmentación, nos invita a adoptar ese
comportamiento). Cuando uno ha tomado esa actitud, ciertos aspectos lingüísticos
que pasan inadvertidos en prosa se vuelven evidentes, y entonces los rasgos
lingüísticos subyacentes saltan a la vista.
Sin que él mismo la
comprendiera, De Quincey realizó una experiencia aún más singular. Cuenta
que en una época frecuentó una iglesia en la que sólo se encontraban españoles,
y en consecuencia sólo se hablaba castellano. Iba allí sólo por el placer de
escuchar esa lengua (que él no hablaba), que le provocaba una emoción que no
podía explicar. Considero que experiencias de ese tipo recuerdan un momento de
la primera infancia; en efecto, nuestra lengua materna ha sido durante un
cierto período un puro juego lingüístico, lleno no obstante de oscuras promesas
de sentido. Por esta razón ciertos lectores sienten interés por poemas que no
comprenden, como los de Mallarmé, pero en los cuales reencuentran
continuamente esa promesa de sentido que, nunca cumplida por completo,
permite gustar el juego de los significantes, comparable al de la música por
cierto, no a causa de la sonoridad sino por lo que presenta como combinaciones,
encuentros, repeticiones, evocaciones y oposiciones.
Se podría por lo
tanto decir que el poeta ha reencontrado la facultad de experimentar
placer reconstruyendo una situación de la primera infancia. El lingüista
ha reencontrado el poder de interesarse por ella. Bion tiene razón al
afirmar que lo que el esquizofrénico reencuentra, si es que encuentra
algo, es una protección contra el miedo, pero contra el miedo de que la lengua
tenga un sentido. En el pasado, debió experimentar ese sentimiento de peligro.
No hay que precipitarse a concluir a partir de esto que fue objeto de un
discurso parental demasiado contradictorio, demasiado autoritario, demasiado
caprichoso o demasiado hostil. Bien puede ser que a una cierta edad y en ciertas
circunstancias exista algo temible en la lengua misma, sin que sea posible decir
de qué se trata. Lo mejor por hacer, en lo que concierne a la esencia del
problema, es reconocer que nuestra ignorancia sigue siendo grande.
Notas:
1)
Wolfson, Le Schizo et les Langues, Gallimard.
Volver al Texto
2)
Esta hipótesis concuerda con las teorías de Lacan.
Volver al Texto
3)
El autor de Alicia en el pais de las maravillas.
Volver al Texto
4)
Son las páginas publicadas por B. de Follois conio prefacio a Contre Sainte-Beuve;
contienen la poética que está en la base de "A la recherche du temps
perdu", de la memoria involuntaria y de la resurrección poética. Uno se
vuelve inmediatamente sensible a las aliteraciones, las asociaciones, a todo
tipo de aspectos de los significantes inadvertidos cuando se lee este texto como
prosa.
Volver al Texto
Destacados
en cursiva del autor. Destacados en negrita: S.R.
Retraducción del
italiano por F. Colonomos: Octave Mannoni, "L' analisi originaria", ed. Armando,
Roma, 1973.
Edición en castellano:
"El diván de Procusto", varios autores, Págs. 89/99, ed. Nueva Visión, Bs. As.,
Argentina, 1991.
|
|