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El lenguaje esquizofrénico

Octave Mannoni

La primera observación que tenemos para realizar se refiere al título: se trata del lenguaje esquizofrénico y no del "esquizofrénico". Ahora bien, no sostenemos que la esquizofrenia sea lo que sigue:

" Las características esenciales de la esquizofrenia son una mezcla de signos y síntomas peculiares (tanto positivos como negativos) que han estado presentes una parte significativa de tiempo durante un período de 1 mes (o durante un tiempo más breve si ha habido tratamiento con éxito) y con algunos signos del trastorno que han persistido durante al menos 6 meses (Criterios A y C). Estos signos y síntomas están asociados a una marcada disfunción social o laboral (Criterio B). La alteración no es explicable por un trastorno esquizoafectivo o un trastorno del estado de ánimo con síntomas psicóticos y no es debida a los efectos fisiológicos directos de alguna sustancia o a una enfermedad médica (Criterios D y E). En sujetos con un diagnóstico previo de trastorno autista (u otro trastorno generalizado del desarrollo) el diagnóstico adicional de esquizofrenia sólo es pertinente si hay ideas delirantes o claras alucinaciones presentes durante al menos 1 mes (Criterio F). Los síntomas característicos de la esquizofrenia implican un abanico de disfunciones cognoscitivas y emocionales que incluyen la percepción, el pensamiento inferencial, el lenguaje y la comunicación, la organización comportamental, la afectividad, la fluidez y productividad del pensamiento y el habla, la capacidad hedónica, la voluntad y la motivación y la atención. Ningún síntoma aislado es patognomónico de la esquizofrenia; el diagnóstico implica el reconocimiento de una constelación de signos y síntomas asociados a un deterioro de la actividad laboral o social" (DSM 4).

 

Más allá de nuestras sospechas sobre las clasificaciones psiquiátricas y lo que ellas generan, ordenan y regulan. ¿Cómo no interrogarse acerca de qué manera "...una constelación de signos y síntomas [están] asociados a un deterioro de la actividad laboral o social" ? ¿Qué significa "un deterioro de la actividad laboral o social" ? ¿Desde dónde y en nombre de qué, puede proferirse tamaño enunciado? Lo sabemos, desde una posición de poder. Y también, de un pequeño poder que tiene como función: excluir. Un poder que, en tanto ejercido, es placer. Placer sentido o no, disuelto en los reinos del "así debe ser". No casualmente Deleuze y Guattari, eligen nombrar el límite del Capitalismo como "esquizofrénico"; límite "del" y límite "al". El subtítulo del libro "El AntiEdipo" es justamente: "Capitalismo y Esquizofrenia". Texto que levantó las más fuertes críticas de los que se sintieron criticados sin poder percibir "lo" que realmente lo era. Este libro tiene su continuación, una muy peculiar, en "Mil Mesetas" de los mismos autores. No es nuestra propuesta la del "esquizoanálisis" ni la de la "antipsiquiatría", intuimos, colegimos, pensamos, recogimos evidencias, sentimos y advertimos, los más tremendos estragos que todas las prácticas del poder (de los poderes) ejercen sobre nosotros y los otros, sean quienes sean. Desde lo micro hasta lo macro, políticas en la familia, entre los des-semejantes, o entre los grupos, pueblos, etnias o religiones, en todas las épocas, hay quienes han podido neutralizar esos efectos devastadores y hay quienes no. Incluso hay quienes han podido dejar conceptos para oponer y para que sigan trabajando, y nos hagan probarlos, ajustarlos, corregirlos, dejarlos o relanzarlos. En eso estamos.

Sergio Rocchietti

 

Bion nos ha señalado que el esquizofrénico tiene miedo, y le da el nombre de pensamiento verbal al objeto de ese miedo. En realidad, el esquizofrénico no teme exactamente a las palabras; por el contrario, se encuentra relativamente cómodo con las palabras, y se podría decir -en primera aproximación- que lo que teme, y en consecuencia lo que trata de evitar, es el riesgo de que las palabras tengan un sentido.

Bion busca la razón de ese miedo o, más exactamente, su causa, por el lado de la posición depresiva descripta por Melanie Klein, fase que sucede a la posición paranoide y durante la cual se efectuaría la síntesis de los objetos. El esquizofrénico seguiría utilizando el lenguaje según ese modo particular que constituye uno de los principales síntomas de su estado para escapar al dolor que acompaña a esa fase depresiva. Pero Freud fue más claro al decir que el esquizofrénico trata las palabras como cosas.

La explicación de Freud se aparta de la de Melanie Klein, pero sin embargo no la contradice. Se la podría formular diciendo que el lenguaje del esquizofrénico ha caído bajo la acción del proceso primario que regla el juego de las imágenes de cosas. Ello implica que los mecanismos de ese proceso, constituidos sobre todo por el desplazamiento y la condensación, ya no se aplican a imágenes sino a los términos mismos del lenguaje. Si se considera la doctrina de Freud globalmente, se observa que es el análisis de los sueños y el estudio del humor lo que lo llevó a interpretar de esa manera el lenguaje esquizofrénico.

La explicación de Bion es oscura: en efecto, no se comprende cómo la negativa a sintetizar los objetos introyectados podría producir ese tipo de lenguaje. La explicación de Freud es muy clara, pero parcial en la medida en que se limita a la descripción de un mecanismo y no dice por qué el lenguaje caería bajo el dominio del proceso primario. A pesar de ello, la descripción de Freud presenta la ventaja de ser mejor. En efecto, está de acuerdo con la lingüística moderna: el lenguaje esquizofrénico obedece a las leyes lingüísticas a partir del momento en que, por así decir, ya no se preocupa del significado y, a pesar de las grandes diferencias que veremos a continuación, en el lenguaje del esquizofrénico es posible reconocer sin duda alguna el trabajo de los mismos mecanismos presentes en el humor, la poesía y los sueños. Freud no insiste en el elemento del miedo, que en cambio es esencial en la explicación de Bion. Pero si nuestra hipótesis no es demasiado aventurada, podríamos describir la actitud del esquizofrénico como la de alguien que tiene miedo al sentido que podrían tener las palabras. Desde ese punto de vista, se convierte en algo así como un especialista del lenguaje. Al realizar una interpretación a un esquizofrénico que se había desgarrado un trozo de carne del rostro, Bion dijo que ese gesto equivalía a arrancarse el pene. El esquizofrénico le respondió que "pene" es una palabra compuesta de dos sílabas. Esto evidentemente elimina toda posibilidad, de interpretación, y Bion se vio obligado a no tratar de interpretar esa respuesta. En efecto, como lo veremos, ésta fue dada expresamente con ese fin. El hecho de concentrar la atención exclusivamente en el significante le quita toda importancia al significado. La lingüística suele proceder de este modo. El esquizofrénico no ignora el sentido de las palabras que utiliza, o por lo menos no lo ignora más que los otros mortales. El hecho es que no lo acepta.

Si se compara la actitud de un esquizofrénico con la de un obsesivo, es posible observar ciertas diferencias, pero también una semejanza. Esta semejanza no concierne a una analogía de los mecanismos psíquicos, los cuales, por el contrario, son completamente diferentes; una tiene que ver con la naturaleza misma del lenguaje y más precisamente con la oposición trazada por Saussure entre significante y significado. Freud utilizó esa oposición antes que Saussure, y se lo considera un precursor en la materia. En efecto, según él, el hecho de que un obsesivo (que todos conocemos como el Hombre de las Ratas) empezara a correr en la montaña de una manera casi suicida con la intención de adelgazar se debió a los celos que le provocaba un primo de la novia llamado Dick; en efecto, hay una palabra alemana, Dick, idéntica al nombre (en alemán se usa mayúscula al sustantivar), que quiere decir "gordo", y Freud interpretó el comportamiento del Hombre de las Ratas que, según decía, quería adelgazar, como una manera de destruir a Dick (su gordura), esto es, destruir simbólicamente al primo del que estaba celoso. Cuando Freud le comunicó esa interpretación, el Hombre de las Ratas no quiso saber nada. Se negaba a admitir que había arriesgado su vida por un juego de palabras un poco estúpido.

En eso se diferencia del esquizofrénico. Este tampoco haría ninguna distinción entre el nombre y el adjetivo que consisten por igual en un solo significante: D.I.C.K. Pero las consecuencias no serían las mismas en ambos casos. El Hombre de las Ratas no se dio cuenta de la confusión o de la asociación que hizo, porque ella tenía demasiado sentido. Gracias a Freud, le revelaba su deseo de muerte con respecto a su primo Dick. La asociación determinó una actividad sin sentido en sí misma, en la medida en que sus carreras en la montaña no tenían ningún efecto en la presencia del primo; tal vez esa actividad encontraba un sentido si él la enlazaba con la asociación verbal mencionada, que por lo tanto tenía que ocultarse. En efecto, toda su neurosis estaba construida para escapar al conocimiento de sus deseos de muerte, el primero de los cuales había tenido por objeto a su padre.

Un esquizofrénico reduciría los dos términos, es decir, el nombre propio Dick y el adjetivo dick, de una manera tan automática como radical, a un solo significante (D.I.C.K.), pero no tendría ninguna necesidad de negar esa reducción ni disimularla porque, contrariamente al obsesivo, sus defensas se sitúan en la reducción del lenguaje al significante. Freud dice: Cuando existe un lazo superficial entre las dos palabras, ese lazo oculta otro que está desplazado y que no es en absoluto superficial.

Esa frase se refiere al Hombre de las Ratas. En cambio, cuando el esquizofrénico asocia dos términos entre sí, asocia verdaderamente los dos términos, y esa asociación no recubre otra más profunda. Por lo tanto no es posible darle una interpretación que no sea de un orden puramente lingüístico, como es el caso, justamente, de la respuesta citada: que "pene" tiene dos sílabas.

Desde luego, es posible y también verosímil que el esquizofrénico proceda de esta manera porque siente la exigencia de evitar algo que se asemeja a la posición depresiva descripta por Melanie Klein. Pero ¿por qué la evita justamente de esta manera, es decir eliminando del lenguaje el significado para conservar solamente el significante? En efecto, ¡él es capaz de realizar en el significante cálculos bastante complicados y difíciles, incluso operaciones de síntesis! Es capaz de efectuar cálculos muy complicados y difíciles, con tal de que no acarreen ninguna consecuencia, y se encuentra cómodo cuando se trata de música o de jugar al ajedrez... Solamente hay miedo al significado, y no parecería que las operaciones de síntesis resulten particularmente necesarias en relación con el significado.

Bion no tuvo en cuenta el ambiente del esquizofrénico. Trató de constituir un saber sobre el esquizofrénico solamente con hipótesis sobre el funcionamiento interno, sobre la estructura metapsicológica del paciente. Pero, si se postula la hipótesis de que el esquizofrénico sufre de una especie de "sordera psíquica" únicamente con relación al significado nos vemos remitidos al medio familiar, y ello a pesar del carácter vago y puramente descriptivo de esta hipótesis, pues el esquizofrénico ha aceptado oír solamente a condición de no tomar en consideración el sentido.

En esto es posible percibir la necesidad de anular el discurso de la madre, o de la familia, y ciertos casos particulares nos llevarían a ver las cosas de esta manera: por ejemplo el de Wolfson. Estudiante esquizofrénico que se interesaba por la lingüística y que escribió un libro en francés (1) a causa del horror que le inspiraba su lengua materna (el inglés), Wolfson menciona también su compulsión a taparse las orejas cuando hablaba su madre. Pero mi propósito aquí no consiste en hacer una teoría de la esquizofrenia. Los trastornos esquizofrénicos no se reducen a los trastornos del lenguaje. Y éstos incluso no se encuentran en estado puro: la significación de la palabra, la posibilidad de la comunicación, de ningún modo están completamente perdidas en el esquizofrénico. Sin embargo, no es fácil distinguir el sector desarreglado de los que no lo están.

Freud nos presenta el caso del presidente Schreber como el de un esquizofrénico frustrado (tiene evidentemente otra cosa) que habría escapado a la esquizofrenia adoptando un comportamiento paranoide equivalente a una seudocuración. Bion, naturalmente, dirá que Schreber ha regresado de la posición depresiva a la posición precedente. El interés que presentan sus "Mémorias" reside no obstante en el hecho de que ellas nos permiten ver cómo logró tomar una cierta distancia frente al lenguaje esquizofrénico, cómo consiguió salir del atolladero, pero sin borrarlo. El lenguaje esquizofrénico, está hecho para él de frases que le llegan en voz baja cuando no piensa en nada; frases que -dice- no quieren decir nada y a las que es preferible no prestar atención. Los pájaros hablan en sus alucinaciones con un lenguaje análogo; sólo dicen tonterías y tienen propósitos desprovistos de sentido. Pero cuando ese lenguaje vehiculiza una significación y él está obligado a escucharlo, entonces se trata de voces que pretenden hablar con una autoridad absoluta y tiránica. El tiene que gritar para acallarlas, o cubrirlas con un ruido ensordecedor tocando muy fuerte el piano, o incluso contradecirlas invocando la razón y demostrando que son contrarias al orden del mundo.

Ahora sabemos que el padre del presidente, el doctor Schreber que se hizo célebre por sus invenciones pedagógicas, había elaborado un sistema de presiones físicas y morales que les prohibían a los niños toda libertad de movimiento y de deseo. Aplicó el sistema a sus dos hijos; uno se suicidó y el otro es nuestro presidente. En los escritos del doctor Schreber nos damos cuenta de que él era el único verdadero paranoico de la familia. De modo que el presidente estuvo sometido durante su infancia a una palabra que representaba la voluntad absoluta, una palabra que es posible denominar sagrada es decir que era verdad y razón por el simple hecho de haber sido pronunciada. Por lo menos así definiría yo el término "sagrado". Tenemos todas las razones para creer que en un momento dado en la infancia individual, y tal vez también en la infancia de la humanidad, el lenguaje revistió un carácter sacro; en efecto, nos lo sugieren los juramentos, las fórmulas mágicas, los votos y, en particular, ciertos síntomas obsesivos. De todos modos hay que admitirlo sí se quiere comprender por qué el Presidente Schreber vacilaba entre dos modos de defensa: por un lado, el que consistía en afirmar que el lenguaje no tiene ninguna significación, y por el otro, el de afirmar que tenía una -la de lo sagrado- para combatirla, por otra parte sin éxito, en nombre de la razón. Durante el período de su enfermedad en el cual escribió su libro (cerca de 1900), el Presidente Schreber pudo explicarnos todo esto de una manera lógica y relativamente sensata.

Tales ejemplos bien pueden demostrarnos que es posible que un niño tenga "interés" en protegerse del discurso de su medio, incluso aunque tal vez no sea necesario detenerse en una explicación tan simplista. Puede ser que el niño tenga que protegerse sobre todo de sí mismo bajo el efecto de tales discursos. Las protecciones pueden revestir varias formas. El obsesivo puede protegerse de sus propias obsesiones dándoles una aparente incomprensibilidad. Entonces se vuelven enigmáticas como los sueños o los oráculos de la Antigüedad, pero contienen una exigencia a veces angustiosa de significación. El esquizofrénico escapa a esa exigencia; se diría que, en su caso, todo se despliega en un solo piano, el del significante. Si uno pronuncia la palabra "muerte", él responderá que es una palabra de seis letras o que "muerte" es lo inverso de "temuer", etcétera. En ello no hay ningún enigma, ninguna exigencia de significación. Y, como lo hemos visto, no puede haber ninguna posibilidad de interpretación. Bion dice, y con razón, que la represión no está en juego.

El lenguaje esquizofrénico nos parece sobre todo vacío o superficial porque no somos esquizofrénicos. Esa impresión tiene consecuencias en las tentativas que hacemos para comprenderlo. Hemos visto que el Hombre de las Ratas rechazaba resueltamente las asociaciones fundadas en el significado por encontrarlas superficiales, mientras que Freud recordaba que, bajo las asociaciones superficiales de los significantes, se ocultaban otras provistas de sentido. Pero el Hombre de las Ratas es justamente lo contrario de un esquizofrénico. Cometeríamos un error si adoptásemos la misma actitud en presencia del lenguaje esquizofrénico.

Hay un obstáculo bastante arduo constituido por la tendencia natural que consiste en admitir que la existencia del lenguaje presupone algún aparato que lo produce. Según otra hipótesis más simple pero insólita (2), es el lenguaje mismo el que elabora ese aparato. Aquí hay que dar al término lenguaje un sentido bastante amplio según el cual, por ejemplo, se puede relacionar con los sordomudos en la medida en que viven en un medio social organizado y estructurado por el lenguaje. Desde que no sabemos nada en lo que concierne al aparato que se supone produce el lenguaje, puede ser preferible no imaginar en términos hipotéticos las condiciones de ese aparato responsables de los trastornos que observamos en el lenguaje. Es más lógico partir de los trastornos del lenguaje en sí.

Las realidades internas que evocamos de una manera hipotética para explicar los síntomas que observamos no son, en efecto, más que el sentido que damos al lenguaje cuando nos parece totalmente desprovisto de sentido. Si alguien nos dice que el cielo está despejado, el sentido de esas palabras no se nos escapa. Podemos contestarle que es cierto o, al contrario, que se equivoca, porque en realidad llueve. Pero si dice que el cielo tiene necesidad de dos trozos de azúcar, nos ponemos a buscar el sentido de lo que dice en alguna extravagancia relacionada con él mismo. Se trata sin duda de eso, pero no sabemos absolutamente nada de tal extravagancia, aparte del aspecto lingüístico que reviste. La fórmula de Lacan, según la cual el lenguaje es la condición de la existencia de lo inconsciente, es en este caso mucho más plausible que la creencia opuesta, según la cual habría que buscar en lo inconsciente las condiciones del lenguaje. Esta segunda formulación se funda en una tradición filosófica venerable pero sospechosa, es decir la tradición de que la palabra exterioriza algo interno diferente de la palabra en sí. Bion, habiendo afirmado que el esquizofrénico se desplaza en medio de objetos y no en un sueño, deduce de ello lo que sigue: El paciente se vuelve hacia objetos reales y trata de utilizarlos cotizo si se tratara de ideas, y así esta pronto a encontrarse desconcertado cuando se da cuenta de que los objetos externos no obedecen a las leyes del funcionamiento mental si no a las de las ciencias naturales. ¿No se aclararía esta observación si se la traduce como sigue: "El paciente procura tratar a los objetos como significantes y se desconcierta cuando se da cuenta de que ellos no obedecen a las reglas lingüísticas sino a otras leyes que el lenguaje puede expresar solamente como sentido"?

No tengo aquí la pretensión de resolver esta dificultad; creo, por el contrario, que hasta ahora se han hallado soluciones demasiado simples. Me parece que, incluso si los síntomas del esquizofrénico no se presentan en el campo del lenguaje, los trastornos del lenguaje están sin embargo en su origen. Pero no queda duda alguna de que esta idea tendría que estar mucho más elaborada. No hemos progresado mucho más allá de la explicación freudiana que consiste -querría recordarlo- en decir que el lenguaje esquizofrénico ha caído bajo la influencia del proceso primario como sucede con las imágenes del sueño. Querría precisar un poco más lo que esto significa, comparando el discurso del esquizofrénico con el de la lingüística y el de la poesía.

Una diferencia salta a la vista de inmediato: nadie supondrá la presencia de una perturbación interna en el lingüista o el poeta. Sus lenguajes no dan la impresión de algo patológico. Pero tal vez puedan servir como modelo de normalidad o bien como términos de comparación. Naturalmente, es la esquizofrenia lo que puede aclararse a partir de la lingüística o de la poesía o, por lo menos, un cierto aspecto del lenguaje esquizofrénico puede beneficiarse con ese esclarecimiento. Como era previsible, ni la lingüística ni la poesía tienen nada que esperar del estudio de la esquizofrenia, salvo tal vez nuevos problemas, pero no alguna solución de los problemas antiguos.

(Sin embargo debo citar la opinión de Wolfson, llevado por la esquizofrenia al estudio de la lingüística, quien pensaba que un factor emotivo empuja a las personas a estudiar la lingüística general y en particular la gramática comparada, y que ese factor consiste en el deseo de ya no sentir la lengua materna como la sienten los otros. Creo que, de esta manera, él generalizó sus propias motivaciones).

La lingüística moderna nació de la decisión de Saussure de distinguir en el signo lingüístico un derecho y un revés, el significante y el significado. Esto volvió inmediatamente posible una ciencia del significante a expensas del significado, que, por así decirlo, fue sacrificado al progreso de la ciencia. En consecuencia, en esta ciencia del significante el lenguaje de los lingüistas se parece al de los esquizofrénicos. Pero una afirmación de este tipo tiene que hacerse con prudencia, en la medida en que nada puede asegurarnos que no hemos interpretado el lenguaje esquizofrénico fundándonos en lo que nos ha enseñado la lingüística. Sea lo que fuere, es un hecho que la teoría lingüística favorece de manera notable esta interpretación. El significante se mantiene idéntico a sí mismo, pero, a pesar de esa constancia, se refiere a significados que cambian continuamente, y he aquí por qué la ciencia (como la esquizofrenia) se ha consagrado con tanto éxito exclusivamente al significante.

Toda ciencia se funda en abstracciones de este tipo. Pero cuando expone su propia ciencia de los significantes, el lingüista utiliza un lenguaje que, a sus ojos, tiene un valor que proviene del sentido que posee. Nos pide que comprendamos lo que dice a propósito de los significantes. Si lo escuchara un esquizofrénico, encontraría que el discurso del lingüista está desprovisto de sentido, y le impediría a ese especialista salir del mundo del significante. Por lo tanto, cuando hablamos con los esquizofrénicos somos nosotros, y no ellos, quienes se encuentran en la posición del lingüista. Sin embargo, esto no es completamente cierto.

Y no es completamente cierto porque, cuando el esquizofrénico dice que el pene tiene dos sílabas, habla verdaderamente como un lingüista. Enuncia una verdad sobre la palabra "pene". Se diría que el objeto de su lenguaje es el lenguaje mismo y que es capaz de hablar normalmente de él, por lo menos de manera rudimentaria. Pero esto no basta para evitar que también suceda otra cosa, es decir que no se contente con tratar a las palabras como cosas; también trata a las cosas como palabras, si bien esta expresión no es completamente adecuada. El esquizofrénico que nos presenta Bion, por ejemplo, dice que sus calcetines están llenos de agujeros. Ahora bien, el conjunto de ese significante puede tener dos significaciones: una es que una malla tiene una infinidad de pequeños agujeros, la otra que los calcetines agujereados deben ser zurcidos. En consecuencia, el esquizofrénico estaría en el límite, dispuesto a hacerse zurcir los calcetines nuevos, puesto que tienen numerosos "agujeros"... El lenguaje permite estructurar lo real, pero para que esto sea posible es necesario tratar correctamente no sólo el significante sino también el significado. Si procuramos estructurar lo real sólo mediante el significante, es decir si aplicamos a las cosas las leyes del lenguaje, llegamos a situaciones similares a la creada por Lewis Caroll (3). Caroll era un original, no un esquizofrénico. Era casi un lingüista, pero se servía de la lingüística para divertirse.

No sé decir cómo reaccionaría un esquizofrénico a la lectura de Caroll. Pienso que lo turbaría profundamente, puesto que al "razonar" como Caroll no lo hace para divertirse, sino en un esfuerzo de curación que a sus ojos es un esfuerzo importante destinado a encontrar sentido. No obstante, queda abierto un problema: ¿cómo ocurre que el juego divierte a Caroll y también nos divierte a nosotros? La respuesta a este interrogante se encuentra en el libro sobre el Witz, y es una respuesta que, de una manera u otra, remite a experiencias infantiles. Por otra parte, Caroll sentía la necesidad de escribir sobre los niños y para los niños. Recuerdo también que, cuando se le preguntó a Roman Jakobson, en el curso de un seminario de Lacan en la Ecole normale cómo se llegaba a ser lingüísta, él respondió: "Uno no llega a ser lingüista, uno sigue siéndolo". Lo mismo se ha dicho de los poetas: Nascuntur poetae, se nace poeta.

No me extenderé sobre la poesía porque, por ese lado, las complicaciones son innumerables y temibles. Es cierto que en poesía el significante tiene una importancia principal y el sentido una importancia menor que en el lenguaje común o incluso en la prosa literaria. Pero el lingüista tiene muchas dificultades para explicar este hecho. Dos poetas casi contemporáneos como Jacques Prévert y Paul Eluard son muy diferentes, incluso opuestos; uno puede preguntarse si es posible encontrar una formulación teórica capaz de explicar tanto a uno como al otro. Mallarmé nos ha dado una explicación tan general que resulta un poco vaga: el poeta se sirve del lenguaje común para un otro uso. ¿Cuál es entonces ese otro uso?

El lenguaje es transparente en el uso que se hace de él en general, y lo que aparece es el sentido. El lenguaje, por así decirlo, es consumido por el oyente o el lector. En la poesía existe en cambio una opacidad más o menos grande; el sentido tiende a perder importancia -en el fondo, es él el que se consume- y el lenguaje subsiste en su forma. Es posible hacer al respecto una experiencia instructiva. Tomemos un texto en prosa un poco al azar (es necesario que no tenga demasiado sentido) y, sin cambiarlo, dispongámoslo en líneas desiguales o, mejor aún, en versos de doce sílabas: adquirirá entonces un aspecto más o menos poético, y el lenguaje, en su forma puramente significante, tenderá a aparecer en el primer plano. He aquí un ejemplo de este tipo de ejercicio. Se trata de un párrafo de Contre Sainte-Beuve (4) de Proust; leámoslo como si se tratara de verso libre:

Recuerdo

que un día de viaje

por la ventanilla del tren

yo trataba de extraer

impresiones del paisaje que pasaba.

(Estadísticamente no hay en el hecho nada de extraordinario: en el alfabeto francés son unas quince las letras de uso más frecuente, y un solo verso puede emplear unas cuantas decenas.)

¿Qué conclusión podemos extraer de esta experiencia y de otras del mismo tipo? Por empezar, que un mismo lenguaje puede darse como prosa o como poesía, y que todo depende de la actitud que adopte el lector o el oyente al enfrentarlo. Un poema tiene que presentarse como un poema para que se lo pueda leer como un poema. No se puede ser poeta únicamente gracias al lenguaje; la categoría de la poesía es necesaria para ser poeta, poco importa de qué manera. Sin duda estoy simplificando enormemente un problema complejo, pero lo hago para indicar que la poesía no es una propiedad lingüística que el lenguaje pueda poseer objetivamente, sino que más bien ella se presenta cuando adoptamos un cierto comportamiento con relación a un texto (naturalmente, corno lo hemos visto, algo en el texto, en este caso la fragmentación, nos invita a adoptar ese comportamiento). Cuando uno ha tomado esa actitud, ciertos aspectos lingüísticos que pasan inadvertidos en prosa se vuelven evidentes, y entonces los rasgos lingüísticos subyacentes saltan a la vista.

Sin que él mismo la comprendiera, De Quincey realizó una experiencia aún más singular. Cuenta que en una época frecuentó una iglesia en la que sólo se encontraban españoles, y en consecuencia sólo se hablaba castellano. Iba allí sólo por el placer de escuchar esa lengua (que él no hablaba), que le provocaba una emoción que no podía explicar. Considero que experiencias de ese tipo recuerdan un momento de la primera infancia; en efecto, nuestra lengua materna ha sido durante un cierto período un puro juego lingüístico, lleno no obstante de oscuras promesas de sentido. Por esta razón ciertos lectores sienten interés por poemas que no comprenden, como los de Mallarmé, pero en los cuales reencuentran continuamente esa promesa de sentido que, nunca cumplida por completo, permite gustar el juego de los significantes, comparable al de la música por cierto, no a causa de la sonoridad sino por lo que presenta como combinaciones, encuentros, repeticiones, evocaciones y oposiciones.

Se podría por lo tanto decir que el poeta ha reencontrado la facultad de experimentar placer reconstruyendo una situación de la primera infancia. El lingüista ha reencontrado el poder de interesarse por ella. Bion tiene razón al afirmar que lo que el esquizofrénico reencuentra, si es que encuentra algo, es una protección contra el miedo, pero contra el miedo de que la lengua tenga un sentido. En el pasado, debió experimentar ese sentimiento de peligro. No hay que precipitarse a concluir a partir de esto que fue objeto de un discurso parental demasiado contradictorio, demasiado autoritario, demasiado caprichoso o demasiado hostil. Bien puede ser que a una cierta edad y en ciertas circunstancias exista algo temible en la lengua misma, sin que sea posible decir de qué se trata. Lo mejor por hacer, en lo que concierne a la esencia del problema, es reconocer que nuestra ignorancia sigue siendo grande.

Notas:

1) Wolfson, Le Schizo et les Langues, Gallimard. Volver al Texto

2) Esta hipótesis concuerda con las teorías de Lacan. Volver al Texto

3) El autor de Alicia en el pais de las maravillas. Volver al Texto

4) Son las páginas publicadas por B. de Follois conio prefacio a Contre Sainte-Beuve; contienen la poética que está en la base de "A la recherche du temps perdu", de la memoria involuntaria y de la resurrección poética. Uno se vuelve inmediatamente sensible a las aliteraciones, las asociaciones, a todo tipo de aspectos de los significantes inadvertidos cuando se lee este texto como prosa. Volver al Texto

Destacados en cursiva del autor. Destacados en negrita: S.R.

Retraducción del italiano por F. Colonomos: Octave Mannoni, "L' analisi originaria", ed. Armando, Roma, 1973.

Edición en castellano: "El diván de Procusto", varios autores, Págs. 89/99, ed. Nueva Visión, Bs. As., Argentina, 1991.

 

 

  

 

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