La Página 64
Luis Gusmán
Pasé ante la revelación
y no me di cuenta, escribe Borges refiriéndose a Kafka.
La afirmación trasluce
una distracción que hasta puede parecer retórica. Sin embargo, la
historia de la literatura está hecha de estos olvidos y estas revelaciones.
La correspondencia
entre Marcel Proust y André Gide tiene como punto de partida, como
mito de origen, este malentendido. El autor de Los monederos
falsos por su función en el Comité de la Revista Francesa, cuyo
prestigio la llevaba a ser conocida simplemente por sus iniciales:
N.P.F estas letras, a comienzos de siglo, abrían las puertas del
mundo literario parisino rechaza la publicación de Por el camino
de Swann.
La correspondencia
originada en este malentendido, sin embargo lo excede, al menos
en lo que hace a Marcel Proust. Las dos primeras cartas de Gide
están impregnadas de un tono de disculpa y de elogio. ¿Qué es lo
que queda entonces después de las disculpas y los elogios del caso?
En primer lugar, ambos
escritores se encuentran enfrentados a una tarea. Gide, a tratar
de disipar lo que podríamos llamar la naturaleza de su prejuicio.
Proust, a inventariar una serie de razones que le permitan a su
interlocutor y no solamente a él diferenciar el personaje snob,
representado en la figura del dandy, de su libro En busca
del tiempo perdido.
De entrada, Gide declara,
bajo la forma de una confesión nada velada, lo que pensaba del joven
Proust, con el que alguna vez se había cruzado: "me había
hecho de usted una imagen a partir de algunos encuentros en el mundo
que se remontan a casi veinte años. Para mí, usted seguía siendo
aquel que frecuentara las casas de las señoras X... y Z.... el que
escribe en Le Figaro... Creía que usted estaba ¿me atreveré a confesárselo?
por el camino de los Verdurin".
En la carta de Gide
el momento de la confesión es introducido y desdoblado por la pregunta
retórica que atenúa la delicadeza que siempre guió sus intenciones.
Su propia mundanidad lo lleva a rechazar Por el camino de Swann
el primer volumen de la serie Proustiana por quedar solamente
fijado "en el camino de los Verdurin".
Pero no habría que
dudar de la sinceridad del talento de Gide cuando confiesa también
su ferviente admiración. Para un creyente como él, que suplica indulgencia
hasta el límite de lo que podría sonar como falsa humildad, el arrepentimiento
que no impide que en sus cartas siga sosteniendo sus dos prejuicios
fundamentales es un acto verdadero.
El segundo, es
de orden gramatical y el reconocimiento del "error" de
su rechazo que él mismo rechaza , no es suficiente para que le vuelva
a enunciar a Proust su mala suerte por haber tropezado en la página
64 con una frase que hasta la fecha no ha podido explicarse "donde
se habla de una frente donde se transparentan las vértebras".
¿Todo un camino, el de Swann, juzgado por la "incorrección"
de una frase?
Faltan las cartas
de Gide y el lector debe quedarse con el suspenso y la reconstrucción
arqueológica para inferir, más de una vez, el contexto de determinada
respuesta o reflexión. Esta tarea es parte del encanto del género
de la correspondencia: la carta perdida. Con lo cual sería injusto
juzgar a Gide sólo por estas tres cartas.
La literatura tiene
también su juicio final el reconocimiento a veces no sólo se da
con la posteridad sino que es contemporáneo y Gide reclama un perdón
que está marcado por este singular rechazo, pues teme ser juzgado
como él juzgó. El acontecimiento está marcado por una temporalidad
que denuncia que es demasiado tarde para este perdón aunque el mismo
Proust se lo otorgue.
Este destiempo está
metaforizado en todas las negociaciones entre ambos escritores para
ver si es posible que Proust rescinda su contrato con Grasset donde
había publicado el primer tomo y que la N.R.F. publique toda la
obra. Gide exclama: "¿Demasiado tarde?... ¡Ah! En este caso
que una palabra suya detenga raudamente mi esperanza".
Releyendo Los
placeres y los días, tras la muerte de Proust” así se titula un artículo de Gide de 1927. Este citando
el prólogo del libro del mismo nombre y esta frase: "Comprendí
entonces que jamás pudo Noé ver tan bien el mundo sino desde el
arca, a pesar de que estuviera cerrada y de que fuera de noche en
la tierra” tiene ahí la ocasión de plasmar su arrepentimiento
anotando a pie de página: “¿Qué purista se atreverá a reprochar
a Proust su “a pesar de que”.
Proust responde en
principio a las dos cuestiones planteadas por Gide y no las abandona
aunque las trate de manera indirecta porque no desconoce desde el
comienzo que le está escribiendo a un escritor de la dimensión de
Gide. Lo expresa claramente y con la ironía del caso: "Si
me editan en la N. R..F. hay muchas posibilidades de que él me lea".
Este reconocimiento
proustiano excede el elogio y no renuncia al matiz irónico al que
hizo referencia para situar el alma religiosa gideana en su punto
justo cuando, al notificarse de la admiración de Gide por Tagore,
no vacila en decir que este se deja arrastrar por su conciencia
de jurado.
En la correspondencia
el lector puede seguir la intriga de los esplendores y miserias
de los literatos pero también al Proust lector de Gide, fundamentalmente
de Las cuevas del Vaticano: "...en
la creación de Cadio nadie fue tan perversamente objetivo desde
Balzac y Esplendores y miserias.
Más aún, yo pienso que para inventar a Lucien de Rubempré, a Balzac
lo ayudaba cierta vulgaridad personal. Hay cierto 'tono' en las
palabras de Lucien, cuya naturalidad nos encanta, pero que a menudo
se encuentra en Balzac incluso en su correspondencia. ¡Mientras
que usted, para crear a Cadio!...".
La admiración está
dirigida a la composición de la novela. En una carta posterior la
admiración por la composición toma cuerpo, ya que no se trata puramente
de un punto de vista de perfección geométrica como el rosetón de
una iglesia su primera comparación sino de una de las leyes que
más le interesan cuando él mismo escribe: "las diferencias
de presión, las variaciones de la atmósfera moral para un mismo
individuo".
El malentendido y las
múltiples interpretaciones que ya en su época se hacían alrededor
del título En busca del tiempo perdido
le permite a Proust matar dos pájaros de un tiro. Le habla a
Gide de la impericia del señor Ghéon, pero a la vez le responde
al prejuicio declarado por el autor de Si
la semilla no muere en la primera carta: “Por
lo que hace a mi título general En busca del tiempo perdido, la explicación que dio
de él el señor Ghéon realmente me trajo mala suerte (lo que por
lo demás demuestra la gran influencia que él ejerce), no hay crítico
alguno holandés o bretón, que no me 'saque a colación', con un lenguaje
no tan bueno, sus reproches. Sin embargo, bien parecería que 'Tiempo
perdido' signifique 'Pasado', y como yo anunciaba el 3er volumen con el título
El tiempo recuperado, realmente esto significaba que yo iba hacia
algo, que todo eso no era una verdadera evocación de dilettante.
Así, pues, ¿era necesario desde el comienzo anunciar lo que yo no
descubriría sino al final? No lo creo, así como tampoco creo que
haya sido cosa de artista develar enseguida que si Swann permitía
que el señor de Charlus saliera con Odette, era porque este se había
prendado de Swann desde el colegio, y que él sabía que no debía
estar celoso".
Sin duda, de alguna
forma la "mala suerte" se refiere de manera alusiva a
la que tuvo Gide cuando en la página 64 se tropezó con aquella frase
poco feliz donde se transparentaban las vértebras.
No hay en las
cartas ninguna referencia a la página 64. Para ello hay que recurrir
a las biografías donde los biógrafos aclaran que se trató de un
error de imprenta y dan distintas versiones de la misma. Del lado
de Proust sólo silencio.
De la correspondencia
va surgiendo en Proust una amistad fecunda que se trasluce a lo
largo de las cartas en una lealtad y confianza intelectual que va
germinando y él mismo toma la palabra como metáfora para referirse
al libro de Gide Los alimentos terrestres:
"Usted vivirá, pues se dejó alimentar y a su vez alimentó".
Lo que a su vez estas cartas alimentan en el lector carece de actualidad,
pero son actuales ya que como figura en la misma carta "en
arte lo nuevo jamás está en el orden del tiempo".
Por otra parte esta
correspondencia, a pesar de la vida llevada según las biografías
por ambos interlocutores, no es escandalosa ni indiscreta. En algún
momento, Gide acusa a Proust de haber cometido una infidencia. Es
decir no abandona la idea de la primera carta. Este le responde
que hasta en la simple confidencia hay pérdida. Lo que significa
que si alguien cuenta un "secreto" está dispuesto a esta
pérdida.
En algún momento Proust
le reprocha a Gide su falta de respuesta y declara que, a veces,
la amistad para ser sostenida necesita de una práctica efectiva.
De esa práctica intermitente se conservan estas cartas y una misiva
final de Céleste -el ama de llaves de Proust- donde le transmite
que en medio de los vapores medicamentosos que destilan las sustancias
usadas para la inhalaciones, en medio de su respiración agitada
por el asma, en medio de la habitación en penumbras, el señor Proust
le comunica al señor Gide que estaría muy feliz de recibirlo junto
a su cama para conversar.
Enlaces:
Una imagen
de Proust - Walter Benjamin>>>
Selección: V.G. Conversiones,
agosto 2002
Revista
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