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Genésis y estructura de la Fenomenología del Espíritu
de Hegel
Jean
Hyppolite
Tercera parte:
De la autoconsciencia natural a la autoconsciencia universal.
Autoconsciencia y vida. La independencia de la autoconsciencia.
Introducción. El movimiento de la autoconsciencia.
La
autoconsciencia, que es deseo, sólo alcanza su verdad al encontrar
otra autoconsciencia viviente como ella. Los tres momentos, el
de las dos autoconsciencias puestas en el elemento de la exterioridad
y el de ese mismo elemento, el ser ahí de la vida, dan lugar a
una dialéctica que lleva desde la lucha por el reconocimiento
hasta la oposición del amo y el esclavo, y desde ahí a la libertad.
Efectivamente, esta dialéctica, que se produce en el seno de
la exterioridad, se transpone en el interior de la propia autoconsciencia,
siguiendo un esquema con el que continuamente topamos en la Fenomenología.
De la misma manera que las fuerzas, en apariencia extrañas entre
sí, que descubría el entendimiento, se mostraban como una fuerza
única dividida en ella misma -siendo cada fuerza ella misma y
su otra-, así también la dualidad de las autoconsciencias vivientes
se convierte en el desdoblamiento de la autoconsciencia en el
interior de sí misma. La independencia del amo y la dura educación
del esclavo se convierten en el autodominio del estoico
siempre libre, independientemente de las circunstancias o los
azares de la fortuna, o en la experiencia de libertad absoluta
del escéptico, que rechaza toda posición distinta a la
del propio yo. Finalmente, la verdad de esta libertad estoica
o escéptica se expresa en la consciencia desgraciada, siempre
dividida en su propio seno, que es a la vez consciencia de la
absoluta certeza de sí y de la nada de esta certeza. La Consciencia
desgraciada es la verdad de toda esta dialéctica;
es el sentimiento del dolor de la pura subjetividad que ya no
tiene en ella misma su sustancia. La consciencia desgraciada,
expresión de la pura subjetividad del yo, vuelve a llevar, por
medio del movimiento de la alienación de sí, a la consciencia
de la sustancia; pero se trata de una consciencia que ya no es
la del principio de la Fenomenología, porque el ser es
ahora el sí mismo alienado. La autoconsciencia ha pasado a ser
razón (1).
Vamos a seguir
ese movimiento: posición de la autoconsciencia como deseo; relación de las
autoconsciencias en el elemento de la vida y movimiento para reconocerse a sí
misma en la otra; finalmente, interiorización de ese movimiento en las tres
etapas del estoicismo, escepticismo y consciencia desgraciada.
Posición de la autoconsciencia como deseo.
Deducción del deseo.(N. de T) «La autoconsciencia es
deseo en general.»(2).
En la parte práctica de la Wissenschaftslehre, Fichte
descubría la impulsión (Trieb) en el fundamento
de la consciencia no solamente práctica, sino también teórica,
y mostraba que esta impulsión sensible tenía como primera condición
«una impulsión por la impulsión», una acción pura en la que el
yo se esforzaba por volver a encontrar la identidad tética de
la autoconsciencia. Hemos señalado ya las coincidencias y diferencias
entre la concepción de Fichte y la de Hegel y no vamos a detenernos
especialmente en ello. ¿Por qué la autoconsciencia es deseo en
general? y ¿cuál es, podríamos decir en lenguaje moderno, la intencionalidad
de ese deseo, la nueva estructura de la relación sujeto-objeto
aquí descrita?.
En unas cuantas líneas muy densas Hegel deduce el deseo y la necesidad
de la presentación de la autoconsciencia como deseo. El punto
de partida de esta deducción es la oposición entre saber de sí
y saber de un otro. La consciencia era saber de un otro,
saber del mundo sensible en general; la autoconsciencia,
en cambio, es saber de sí, se expresa por medio de la identidad
del yo = yo (Ich bin Ich). El yo que es objeto, es objeto
para él mismo, es sujeto y objeto al mismo tiempo, se pone para
sí mismo. «El yo es el contenido de la relación y el movimiento
mismo de la relación. Es al mismo tiempo el yo que se opone a
otro y rebasa a ese otro, y ese otro para él es solamente él mismo.»
(3)
Parece que estamos muy lejos de lo que en la
experiencia común se denomina deseo, pero hay que señalar que
el saber de sí no es lo primero, sino que es «la reflexión
que sale del ser del mundo sensible y del mundo percibido; la
autoconsciencia es esencialmente un retorno a sí misma a partir
del ser otro»(4).
Contrariamente a Fichte, no ponemos el Ich bin Ich en
lo absoluto de un acto tético con respecto al cual la antítesis
serían actos secundarios. La reflexión del yo a partir del mundo
sensible, del ser otro, es la esencia de la autoconsciencia que,
por lo tanto, no es más que ese retorno o ese movimiento. «En
tanto que autoconsciencia, es movimiento.»(5).
Cuando se toma en consideración únicamente la abstracción del
yo = yo sólo se obtiene una tautología inerte. El movimiento
de la autoconsciencia, sin el cual ello no sería, exige esta
alteridad, el mundo de la consciencia, que de esta manera es conservado
para la autoconsciencia. Pero es conservado no como ser en
sí, objeto que refleja pasivamente la consciencia, sino como objeto
negativo, que debe ser negado a fin de que la autoconsciencia
establezca en esta negación del ser otro su propia unidad consigo
misma. Hay, pues, dos momentos que se deben distinguir. «En
el primer momento la autoconsciencia está como consciencia
y es mantenida para ella la extensión íntegra del mundo sensible,
pero, al mismo tiempo, sólo es mantenida como referida al segundo
momento, a la unidad de la autoconsciencia consigo misma.»
(6).
Esto se expresa diciendo que el mundo sensible,
el universo, sólo está ante sí como fenómeno, como manifestación
(Erscheinung). La verdad de este mundo ya no está en él,
sino en mí; la verdad es el sí mismo de la autoconsciencia. Lo
único que hace falta es establecer dicha unidad por medio del
movimiento que niega el ser otro y reconstituye entonces la unidad
del yo consigo mismo. El mundo ya no tiene subsistencia en sí
mismo; sólo subsiste por referencia a la autoconsciencia, que
es su verdad. La verdad del ser es el yo, pues el ser sólo es
para el yo que se apodera de él y se pone así para él mismo. «Esta
unidad debe convertirse en esencial para la autoconsciencia, es
decir que la autoconsciencia es deseo en general.»
(7).
El deseo es el movimiento de la consciencia que no respeta
el ser sino que lo niega, o sea, se apodera de él de forma concreta
y lo hace suyo. El deseo supone el carácter fenoménico
del mundo que sólo es un medio para el sí mismo. Entre la consciencia
que percibe y la consciencia que desea hay una diferencia
que se traduce en lenguaje metafísico, aunque esta metafísica
sea inconsciente en una y en otra. Ya en el primer capítulo de
la Fenomenología sobre la «certeza sensible» habíamos
entrevisto esta diferencia. «Los animales no están excluidos de
esta sabiduría sino que más bien se muestran profundamente iniciados
en ella, pues no permanecen ante las cosas sensibles como si éstas
fueran en sí. Al contrario: desesperan de esa realidad y, en la
absoluta certeza de su nada, las toman sin más y las consumen.
Y toda la Naturaleza celebra, como los animales, los misterios
revelados a todos, que enseñan cuál es la verdad de las cosas
sensibles.»
(8).
EI
sentido del deseo. Así, pues, la autoconsciencia no
es «la tautología sin movimiento del yo = yo», sino que se presenta
como comprometida en un debate con el mundo. Este mundo es para
ella lo que desaparece, lo que no tiene subsistencia; pero esa
desaparición resulta necesaria para que ella se ponga. Por lo
tanto, es deseo en el sentido más general del término.
El objeto intencional del deseo no es ya del mismo tipo
que el objeto supuesto por la consciencia sensible y la
estructura original de la consciencia es descrita aquí con precisión,
aunque bajo una forma muy condensada. Hay que recordar que en
sus primeros ensayos de filosofía del espíritu, particularmente
en el System der Sittlichkeit de Jena, Hegel había
construido una especie de antropología filosófica en la cual los
objetos no eran captados tanto en su indepedencia como en su ser
para la consciencia; eran los objetos del deseo, los materiales
del trabajo, las expresiones de la consciencia. En ese mismo sentido
las filosofías del espíritu de 1803-1804 y de 1805-1806 estudiaban
el instrumento, el lenguaje, etc., esforzándose por describir
y presentar en una dialéctica original el mundo humano en su conjunto
y el mundo ambiente como mundo humano. Todas estas dialécticas
deben ser presupuestas cuando se quiere entender la transición
del hecho hacia el encuentro con las autoconsciencias, condición
de la vida social y espiritual.
El objeto individual del deseo, fruto que voy a recoger, no
es un objeto puesto en su independencia; se puede decir también
que, en tanto que objeto del deseo es y no es: es, pero pronto
no será; su verdad radica en ser consumido, negado, para que la
consciencia coincida consigo misma a través de la negación de
lo otro. De ahí el carácter ambiguo del objeto del deseo o,
mejor todavía, la dualidad del término supuesto por el deseo.
«En lo sucesivo, la consciencia, como autoconsciencia, tiene un
doble objeto: uno inmediato, el objeto de la certeza sensible
y de la percepción, que para ella está marcado, en cambio, por
el carácter de lo negativo (es decir, que este objeto es sólo
fenómeno, siendo su esencia la desaparición del mismo), y el segundo
justamente ella misma, objeto que es la esencia verdadera y que,
inicialmente, solo está presente en su oposición al primer objeto
»(9).
Así, pues, el
término del deseo no es el objeto sensible, como podría creerse
superficialmente -no es más que un medio-, sino la unidad del
yo consigo mismo. La autoconsciencia es deseo, pero
lo que desea, sin saberlo todavía explícitamente, es
ella misma, su propio deseo; y justamente por eso sólo podrá
alcanzarse a sí misma encontrando otro deseo, otra autoconsciencia.
La dialéctica
teleológica de la Fenomenología explicita progresivamente
todos los horizontes del deseo, que es la esencia de la autoconsciencia.
El deseo conduce a los objetos del mundo y luego a un objeto más
cercano ya a él mismo, la vida; finalmente, conduce a otra
autoconsciencia. Tal es el deseo que se busca a sí mismo en lo
otro, el deseo del reconocimiento del hombre por el hombre.
El deseo y la vida.
Hemos traducido el término alemán que emplea Hegel
(Begierde) por deseo y no por apetito. Ello
se debe a que el deseo, efectivamente, tiene más extensión
de lo que parece a primera vista; aunque inicialmente se confunde
con el apetito sensible en tanto que conduce a diversos
objetos concretos del mundo, lleva en sí un sentido infinitamente
más amplio. La autoconsciencia se busca profundamente a
sí misma en este deseo y se busca en lo otro. Por eso el deseo
es en su esencia algo distinto de lo que parece ser inmediatamente.
Ya hemos señalado que en cada estadio de la Fenomenología se
constituye una cierta noción de la objetividad, una verdad propia
de ese estadio. No se trata tanto de pensar objetos individuales
como de determinar el carácter de una cierta forma de objetividad.
En la fase de la certeza sensible o de la percepción no teníamos
que vérnoslas con tal esto sensible particular o con tal objeto
percibido, sino con el esto sensible general, con el objeto percibido
en general. Por la misma razón, la objetividad se define de una
forma original al nivel de la autoconsciencia. Lo que la autoconsciencia
halla como su otro no podría ser ya el mero objeto sensible, sino
un objeto que es reflexión en sí mismo. «Gracias a semejante
reflexión en sí mismo el objeto ha pasado a ser vida.» Y Hegel
añade: «Lo que la autoconsciencia distingue de sí considerándolo
como ente tiene también, en tanto que es puesto como ente, no
sólo el modo de la certeza sensible y de la percepción, sino incluso
el de la reflexión en sí mismo. El objeto del deseo inmediato
es algo vivo» (10).
En otros términos: el médium en que la autoconsciencia se prueba
y se busca, lo que constituye su primera verdad y aparece como
su otro, es la vida. El término correlativo de la autoconsciencia
es la vida en el sentido en que la habíamos captado nosotros mismos
como resultado de la dialéctica anterior. Al nivel de la autoconsciencia
no hay verdad posible a no ser a partir de una verdad que se prueba
y se manifiesta en el seno de la vida. Hay que insistir aún más
sobre esta dualidad cuyo sentido filosófico habíamos apuntado
ya, la dualidad de autoconsciencia y vida. La vida en general
es realmente lo otro de la autoconsciencia. ¿Cuál es la significación
concreta de esa oposición? Aquello que como autoconsciencia encuentro
frente a mí (Gegenstand) es la vida y la vida es a la vez
lo que es irremediablemente otro y lo mismo. Cuando en sus trabajos
de juventud Hegel caracteriza la consciencia de Abraham,
muestra cómo la reflexión rompe una unidad primera e inmediata:
Abraham se separa de él mismo. Su vida, la vida en general, se
le aparece como algo distinto de él mismo y, sin embargo, es lo
que tiene más cerca de sí, lo más íntimo y lo más lejano(11).
Desear la vida, desear vivir (y todos los apetitos particulares
parecen suponer ese término) no parece ser otra cosa que desear
ser sí mismo. A pesar de lo cual esa vida que es yo mismo, y primeramente
la vida biológica, es algo que se me escapa absolutamente; supuesta
como otro, la vida es el elemento de sustancialidad con el cual
yo no puedo confundirme completamente en tanto que soy sujeto.
Es la «sustancia universal indestructible, la esencia fluida igual
a sí misma»(12),
pero la autoconsciencia como reflexión significa esta ruptura
con la vida cuya tragedia será experimentada en su totalidad por
la consciencia desgraciada. Justamente por ello ese texto
abstracto de Hegel tiene un alcance tan concreto: «Pero esta unidad
es también, como hemos visto, el acto de rechazarse uno mismo
de sí mismo y el concepto se escribe dando origen a la oposición
entre autoconsciencia y vida.» (13).
La autoconsciencia, la singularidad según la terminología de Hegel,
se opone a la vida universal, pretende ser independiente de ella
y quiere ponerse absolutamente para sí. Ello no obstante, tendrá
que hacer la experiencia de la resistencia de su objeto. Así,
pues, tan independiente es la consciencia como su objeto. «La
autoconsciencia que es únicamente para sí misma y que de forma
inmediata marca a su objeto con el carácter de lo negativo o,
que es primero deseo, habrá de hacer más bien la experiencia
de este objeto» (14).
La alteridad en el deseo. ¿Cómo
se presenta esa experiencia en cuyo transcurso descubro la independencia
del objeto con respecto a mí mismo? Se puede decir que nace tanto
de la reproducción incesante del deseo como del objeto. El deseo
es negado y el objeto es satisfecho, pero entonces el deseo se
reproduce y se presenta otro objeto para ser negado. Poco importa
la particularidad de los objetos y de los deseos; la monotonía
de su reproducción tiene una necesidad, revela a la consciencia
que el objeto es necesario para que la autoconsciencia pueda negarlo.
«Para que haya dicha supresión, este otro debe ser» (15).
Así, pues, hay una alteridad esencial del
deseo en general. Esta alteridad sólo aparece como provisional
para tal deseo particular, pero su carácter esencial resulta de
la sucesión de deseos: «En realidad, la esencia del deseo es algo
otro distinto de la autoconsciencia y por medio de esta experiencia,
esta verdad se hace presente a la autoconsciencia» (16).
Por consiguiente, en el curso de esta experiencia descubro que
el deseo no se agota nunca y que su intención refleja mi conducta
en una alteridad esencial. Sin embargo, la autoconsciencia es
también absolutamente para sí y, por tanto, debe satisfacerse,
pero sólo puede hacerlo si el propio objeto se le presenta como
una autoconsciencia. En efecto, en ese caso y sólo en ese caso
«el objeto es tanto yo como objeto». La alteridad cuya necesidad
hemos descubierto es mantenida y al mismo tiempo el yo se encuentra
a sí -lo que, desde luego, es la más profunda visión del deseo-
y se encuentra como un ser. La vida no es más que el elemento
de la sustancialidad, lo otro del yo; una autoconsciencia que
se manifiesta a la vez extraña y la misma, donde el deseo reconoce
otro deseo y conduce hasta él; entonces la autoconsciencia se
alcanza a ella misma en ese desdoblamiento de sí misma. Ahí
está ya el concepto del espíritu y por ello Hegel dice en este
punto que el espíritu está presente para nosotros. «De esta manera
el concepto del espíritu está ya presente para nosotros. Lo que
más tarde va a llegar para la consciencia es la experiencia de
lo que es el espíritu, esta sustancia absoluta que, en la perfecta
libertad e independiencia de su oposición, es decir, de las diversas
autoconsciencias que son para sí, constituye su unidad: un
yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo.»
(17).
El tránsito de
la autoconsciencia que desea a la pluralidad de las autoconsciencias
sugiere algunas observaciones. En primer lugar, sobre la significación
de semejante deducción: resulta evidente que la palabra deducción
no es demasiado correcta en este caso, ya que la dialéctica es
teleológica, es decir, que explorando los horizontes del deseo,
descubre el sentido de ese deseo y pone sus condiciones. La condición
de la autoconsciencia es la existencia de otras autoconsciencias;
el deseo no puede ponerse en el ser, alcanzar una verdad y no
quedarse solamente en el estadio subjetivo de la certeza, sin
que la vida se manifieste como otro deseo. El deseo debe conducir
al deseo y hallarse como tal en el ser, debe encontrarse y ser
encontrado, aparecerse como otro y aparecer en un otro. De esta
manera se pueden entender los tres
momentos
que Hegel distingue en el concepto de la autoconsciencia:
a)
"su primer objeto inmediato es el puro yo sin diferencia,
b)
pero esta inmediatez es ella misma absoluta mediación, es decir
que es solamente como acto de suprimir el objeto independiente
o es el deseo". La satisfacción del deseo constituye el retorno
al primer objeto inmediato, al yo, pero se trata de un retorno
a la segunda potencia; no se trata ya de una certeza, sino de
una verdad, el yo puesto en el ser de la vida y no presuponiéndose.
Por ello,
c)
"la verdad de esta certeza es más bien, la reflexión duplicada,
el desdoblamiento de la autoconsciencia"(18).
Con eso Hegel recoge la definición de espíritu que daba en su
filosofía de Jena por oposición a la Naturaleza y a la vida. «En
la Naturaleza el espíritu es espíritu en sí mismo, no conociéndose
en tanto que espíritu como espíritu absoluto, reflexión absoluta
sobre sí mismo que no es para sí mismo esta reflexión absoluta,
que no es para sí mismo la unidad de un conocer duplicado que
se encuentra a sí mismo» (19).
Es justamente esta unidad de un conocer doble que se encuentra
a sí mismo lo que va a realizarse en el movimiento del reconocimiento
de las autoconciencias.
Nos parece que
aquí es importante hacer otra observación, al menos para caracterizar
el espíritu de los pasos de Hegel: la dualidad de las autoconsciencias
y su unidad en el elemento de la vida podrían presentarse como
la dialéctica del amor. Ya se sabe la considerable importancia
que Hegel concedía al amor en sus trabajos de juventud, de acuerdo
con los románticos alemanes, con Schiller, por ejemplo.
El amor es ese milagro por medio del cual lo que es dos
se convierte en uno, sin que ello conduzca a la completa supresión
de la dualidad. El amor es lo que supera las categorías
de la objetividad y realiza efectivamente la esencia de la vida
manteniendo la diferencia en la unión.
Pero en la Fenomenología Hegel eligió otra vía: El amor
no pone suficientemente de manifiesto el carácter trágico de la
separación, le falta «la fuerza, la paciencia y el trabajo de
lo negativo» (20).
Por ello, el encuentro de las autoconsciencias
se manifiesta en esta obra como la lucha de las autoconsciencias
por hacerse reconocer. El deseo no es tanto deseo de amor como
de reconocimiento viril de una consciencia que desea por otra
consciencia que desea. Así, pues, el movimiento hacia el reconocimiento
se manifestará en la oposición de las autoconsciencias; será necesario,
en efecto, que cada una de las consciencias se muestre como debe
ser, es decir, como elevada por encima de la vida que la condiciona
y de la que todavía es prisionera.
El concepto del reconocimiento. Lo
que la consciencia, como entendimiento, contemplaba fuera de ella
con el nombre de juego de fuerzas y que no es más que la experiencia
de la acción mutua de las causas, ha pasado ahora al seno de la
consciencia. Cada fuerza, cada causa daba la impresión de obrar
fuera de ella y sufrir igualmente las solicitudes del exterior;
pero el entedimiento descubría que cada fuerza contenía en sí
misma lo que en apariencia era ajeno a ella. Tal era el caso de
la mónada de Leibniz. Este proceso ha pasado ahora del en sí al
para sí. Cada fuerza, cada autoconsciencia sabe ahora que lo exterior
es interior a ella y que lo interior es exterior. Ya no es un
entendimiento extraño quien piensa esta verdad sino la propia
consciencia que por ella misma se desdobla y se opone a sí misma.
«Lo que en el juego de las fuerzas era para nosotros es ahora
para los propios extremos... En tanto que consciencia, cada extremo
pasa a situarse en el exterior de sí mismo y, sin embargo, en
su ser fuera de sí mismo es retenido al mismo tiempo en sí mismo,
es para sí y su ser en el exterior de sí mismo es para él»
(21).
Esta dialéctica expresa lo que Hegel denomina «el concepto
del mutuo reconocimiento de las autoconsciencias». Dicho concepto
es primeramente para nosotros o en sí, expresa la infinitud realizándose
al nivel de la autoconsciencia; pero luego es para la propia autoconsciencia
que hace la experiencia del reconocimiento. Esta experiencia
traduce el hecho de la emergencia de la autoconsciencia
en el médium de la vida. Cada autoconsciencia es para sí y, en
tanto que tal, niega toda alteridad; es deseo, pero deseo que
se pone en su absolutez. Y sin embargo, es también para otro,
en este caso para otra autoconsciencia; se presenta por lo tanto
como «inmersa en el ser de la vida» y no es para la otra autoconsciencia
lo que es para sí misma. Para ella misma es absoluta certeza de
sí, para la otra es un objeto viviente, una cosa independiente
en el médium del ser, un ser dado y, por consiguiente, es vista
como «un fuera». Es justamente esta desigualdad lo que debe desaparecer,
y desaparecer tanto de un lado como de otro, pues cada una de
las autoconsciencias es una cosa viviente para la otra y una absoluta
autocerteza para sí misma. Una y otra sólo pueden encontrar su
verdad haciéndose reconocer recíprocamente como son para sí, manifestándose
fuera como son dentro. Pero en esta manifestación de sí misma
debe descubrir una manifestación igual en la otra. «Así, pues,
el movimiento es únicamente movimiento de las dos autoconsciencias.
Cada una ve hacer a la otra lo mismo que ella hace, cada una hace
lo que exige de la otra y, por consiguiente, hace lo que hace
en tanto que la otra también lo hace»(22).
De aquí que
la autoconsciencia sólo llegue a existir, en el sentido en que
existir no es únicamente ser ahí a la manera de las cosas, mediante
una operación que la pone en el ser como ella es para sí misma.
Esta operación es esencialmente una operación en y por otra autoconsciencia.
Sólo soy una autoconsciencia si me hago reconocer por otra autoconsciencia
y si reconozco a la otra de la misma manera. Este reconocimiento
mutuo en el sentido de que los individuos se reconocen reconociéndose
recíprocamente crea, el elemento de la vida espiritual, el médium
en que el sujeto es en sí mismo objeto, encontrándose perfectamente
en el otro sin que ello obligue a desaparecer una alteridad que
es esencial a la autoconsciencia. En efecto, el concepto de
la autoconsciencia es el «concepto de la infinitud realizándose
en y por la consciencia», es decir, que expresa el movimiento
por medio del cual cada término se convierte en infinito y, por
tanto, pasa a ser otro permaneciendo el mismo. Esta dialéctica
ya estaba presente en el desarrollo de la vida, pero su identidad
era interior de tal manera que nunca se manifestaba. Es ahora
la propia autoconsciencia la que se opone a ella misma en el ser
y en esta oposición se reconoce, empero, como la misma. También
en este punto hay que tener en cuenta la diferencia entre un ser
solamente viviente y una autoconsciencia.
La autoconsciencia existe como potencia negativa; no es solamente
una realidad positiva, un ser ahí que desaparece aplastado por
aquello que le supera y queda al exterior -con lo que muere absolutamente-;
es todavía, en el seno de esa realidad positiva, lo que se niega
a sí mismo y se retiene en esa negación. Se trata concretamente
de la misma existencia del hombre «que nunca es lo que
es», que siempre se supera a sí mismo, que siempre está más allá
de sí mismo, que tienen un porvenir y se niega a aceptar cualquier
permanencia que no sea la permanencia de su deseo consciente de
sí mismo como deseo. «La figura distinta que es sólo viviente
suprime, naturalmente, su propia independencia en el proceso mismo
de la vida pero con el cese de su diferencia ella misma deja de
ser lo que es. En cambio, el objeto de la autoconsciencia es también
independiente en esa negatividad de sí mismo y, de esta manera,
es para sí mismo género, fluidez universal en la particularidad
de su distinción propia. Tal objeto es una autoconsciencia viviente.»
(23).
Repitámoslo, puesto
que ése es el sentido simple de toda esta dialéctica: el deseo
humano sólo se encuentra cuando contempla otro deseo o, mejor
dicho, cuando~ se abre a otro deseo y se convierte en deseo de
ser reconocido y, por tanto, de reconocerse a sí mismo. Unicamente
en esa relación de las autoconsciencias se actualiza la vocación
del hombre, la de hallarse a sí mismo en el ser, hacerse ser.
Pero no hay que olvidar que este ser no es el ser de la Naturaleza,
es el ser del deseo, la inquietud del sí mismo, y que, por consiguiente,
lo que debemos encontrar en el ser o actualizar en él es el modo
de ser propio de la autoconsciencia.
Hegel duda incluso de que el término ser sea conveniente
para esta forma de existencia. «Presentarse a sí mismo como pura
abstracción de la autoconsciencia consiste en mostrarse como pura
negación de su manera de ser objetiva, o consiste en mostrar que
no se está vinculado a ningún ser así determinado, ni tampoco
a la singularidad universal del ser ahí en general, en mostrar
que no se está vinculado a la vida» (24).
Afirmar que el espíritu es, quiere decir que
el espíritu es una cosa. «Si ordinariamente se afirma del espíritu
que es, que tiene un ser, es una cosa, una efectividad singular,
no por ello se opina que se le puede ver o tomarlo con la mano
o golpearlo; pero, en cambio, se dice semejante cosa.»
(25).
Así, pues, la autoconsciencia es lo que es
negándose a ser y, sin embargo, esa esencial negación debe aparecer
en el ser, manifestarse de alguna manera. Tal será el sentido
de la lucha por el mutuo reconocimiento.
Toda la dialéctica
sobre la lucha de las autoconsciencias opuestas, sobre la dominación
y la servidumbre, supone la concepción de dos términos, lo otro
y el sí mismo. Lo otro es la vida universal, tal como la autoconsciencia
la descubre en tanto que diferente de ella misma; es el elemento
de la diferencia y de la sustancialidad de las diferencias, y
el sí mismo que hace frente a esta positividad es la unidad reflejada
y convertida en negatividad pura. Ahora el sí mismo se encuentra
en lo otro; emerge como una figura viviente particular, como otro
hombre para el hombre. Este desdoblamiento de la autoconsciencia
es esencial al concepto de espíritu; pero no hay que borrar la
duplicidad con el pretexto de captar la unidad. El elemento de
la duplicidad, de la alteridad, es precisamente el ser ahí de
la vida, lo otro de forma absoluta; y esto otro hemos visto que
es esencial al deseo. Sin duda, lo otro es un sí mismo, de suerte
que me veo a mí mismo en lo otro, lo cual tiene una doble significación:
primero me pierdo a mí mismo puesto que me hallo como un otro
-soy para otro y otro es para mí-, después pierdo lo otro pues
no lo veo como esencia, sino que me veo a mí mismo en lo otro.
Aquí hay un doble sentido continuado, según la expresión de Hegel.
Lo otro aparece como lo mismo, como el sí mismo, y el sí mismo
aparece igualmente como lo que es otro. Por la misma razón la
negación de lo otro que corresponde al movimiento del deseo se
convierte también en negación de sí mismo. Finalmente, el retorno
completo al sí mismo con la pretensión de suprimir toda alteridad
sólo conduciría en el fondo, como veremos en el estoicismo, a
dejar al otro libre del sí mismo y, por lo tanto, volvería a llevar
a la alteridad absoluta. El ser sería otro, pero no sería ya sí
mismo. En esta dialéctica -bastante sencilla de captar en el sutil
juego de reflejos que presenta- hay un punto esencial: la alteridad
no desaparece.
Puede decirse también que hay tres términos en presencia: dos
autoconsciencias y el elemento de la alteridad, es decir, la vida
como ser de la vida, el ser para otro que no es todavía ser para
sí. Resulta cómodo distinguir esos tres términos, como veremos
a propósito del amo y el esclavo, pues sólo hay amo y esclavo
porque hay una vida animal, una existencia que sigue el modo de
ser propiamente vital. ¿Qué sentido tendría el deseo, el trabajo,
el placer si no existiera ese tercer término?. Pero, en el fondo,
si se mira desde más cerca, no hay más que dos términos, pues
la dualidad del yo, el hecho de hablar de dos autoconsciencias,
de un amo y de un esclavo, es resultado de ese momento de la Naturaleza,
de la alteridad de la vida y justamente porque está dado ese momento
de la vida la autoconsciencia se opone a sí misma en ella misma;
por consiguiente, tenemos razón al partir del sí mismo y de lo
otro aunque hay que señalar que lo otro se manifiesta ahora como
un sí mismo o, lo que viene a resultar igual, que la mediación
es esencial a la posición del yo, aun cuando en general no sea
percibida inicialmente por la consciencia comprometida en la experiencia.
«En esta experiencia -dirá Hegel un poco más adelante- la autoconsciencia
aprende que la vida es tan esencial para ella como la pura autoconsciencia...
En la autoconsciencia inmediata (aquella de la que partimos en
la Fenomenología) el yo simple es el objeto absoluto, pero
que para nosotros o en sí (para el filósofo que aprehende esta
autoconsciencia inmediata siguiendo la génesis fenomenológica)
es la absoluta mediación y tiene por momento esencial la independencia
subsistente (la positividad del ser vital)» (26).
El combate por el reconocimiento. La
lucha por la vida y la muerte. «La vida -dice Hegel-
es la posición natural de la consciencia, la independencia (Selbstandigkeit)
sin la absoluta negatividad» (27),
es decir, que la autoconsciencia, que emerge como una figura particular
en el seno de la vida universal, sólo es en principio una cosa
viviente; pero nosotros sabemos que la esencia de la autoconsciencia
es el ser para sí en su pureza, la negación de toda alteridad.
La autoconsciencia en su positividad es una cosa viva, pero está
dirigida precisamente contra esa positividad y como tal debe manifestarse.
Hemos visto ya que esta manifestación exige una pluralidad de
autoconsciencia. En principio, la pluralidad está en el elemento
vital de la diferencia. Cada autoconsciencia sólo ve en la otra
una figura particular de la vida y, por consiguiente, no se conoce
realmente en la otra; igualmente, para la otra es una cosa viva
extraña. De esta forma «cada una tiene clara certeza de sí misma
pero no de la otra» (28).
Por ello, su certeza sigue siendo subjetiva,
es decir, que no alcanza su verdad. Para que esta certeza se haga
verdad es necesario que también la otra se presente como pura
certeza de sí. Esos dos yo concretos que se enfrentan deben reconocerse
uno a otro no solamente como cosas vivas; y este reconocimiento
no debe ser inicialmente un reconocimiento formal sin más: «El
individuo que no ha puesto en juego su vida puede ser reconocido
como persona; pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento
como reconocimiento de una autoconsciencia independiente.»
(29).
Toda la vida espiritual descansa sobre esas experiencias,
actualmente superadas por la historia humana pero que siguen siendo
su base profunda. Los hombres no tienen, como los animales,
el deseo único de perseverar en su ser, de ser ahí a la manera
de las cosas, sino que tienen el deseo imperioso de hacerse reconocer
como autoconsciencia, elevados por encima de la vida puramente
animal, y esa pasión por hacerse reconocer exige a su vez el reconocimiento
de la otra autoconsciencia. La consciencia de la vida se
eleva por encima de la vida y el idealismo no es solamente una
certeza, sino que también se prueba o, mejor dicho, se comprueba
en el riesgo de la vida animal. El que los hombres, según la expresión
de Hobbes, sean "lobos para hombre" no significa
que, como las especies animales, luchen por su conservación o
por la extensión de su poder. En tanto que hombres, son diferentes,
unos más fuertes y otros más débiles, unos más ingeniosos y otros
menos, pero esas diferencias son inesenciales, son solamente diferencias
vitales. La vocación espiritual del hombre se manifiesta
ya en esta lucha contra todos, pues esa lucha no es solamente
una lucha por la vida, sino una lucha por ser reconocido, una
lucha por probar a los otros y probarse a sí mismo que se es una
autoconsciencia autónoma, cosa que sólo se puede probar a uno
mismo si se lo prueba a los otros y se obtiene de ellos dicha
prueba. La lucha contra el otro puede tener múltiples alternativas
que serán evocadas por los historiadores; pero esas alternativas
no constituyen los verdaderos motivos de un conflicto que esencialmente
es un conflicto por el reconocimiento. El mundo humano
empieza aquí: «Solamente arriesgando la vida se conserva la libertad,
se prueba que la esencia de la autoconsciencia no es el ser, no
es el modo inmediato en el cual en principio surge la autoconsciencia,
no es su inmersión en la expansión de la vida; más bien lo que
se prueba por medio de ese riesgo es que en la autoconsciencia
nada hay presente que no sea para ella un momento que desaparece,
lo que se prueba es que es solamente un puro ser para sí»
(30).
La existencia
del hombre, de ese ser que es contínuamente deseo y deseo del
deseo, se despega de esta manera del ser ahí vital. La vida humana
aparece de tipo diferente y con ello se ponen las condiciones
necesarias para una historia. El hombre se eleva por encima
de la vida, sin embargo, es la condición positiva de su emergencia;
es capaz de poner en juego su vida liberándose así de la única
esclavitud posible, la de la vida.
En esta lucha
por el reconocimiento no se trata de un momento particular
de la historia o, más bien, de la prehistoria humana cuya
fecha pudiera fijarse; se trata de una categoría de la vida histórica,
de una condición de la experiencia humana que Hegel descubre por
medio del estudio de las condiciones de desarrollo de la autoconsciencia.
Así, pues, la autoconsciencia hace la experiencia de la lucha
por el reconocimiento, pero la verdad de esta experiencia origina
otra experiencia, la de las relaciones de desigualdad en el
reconocimiento, la experiencia de la dominación y la servidumbre.
En efecto, si la vida es la posición natural de la consciencia,
la muerte también es su negación natural. Por ello, «la suprema
prueba que constituye la muerte suprime precisamente la verdad
que debía salir de ahí y suprime al mismo tiempo la certeza de
sí mismo en general» (31).
Si la autoconsciencia aparece como pura negatividad y, por
tanto, se manifiesta como negación de la vida, la positividad
vital le es también esencial: al ofrecer su vida, el yo se pone
como elevado por encima de la vida, pero al mismo tiempo desaparece
de la escena; la muerte aparece solamente como hecho natural y
no como negación espiritual. Se necesita, por lo tanto, otra experiencia
en la cual la negación sea negación espiritual, es decir una
aufhebung que conserva al tiempo que niega. Esta experiencia
se presentará en el trabajo del esclavo y en el largo camino de
su liberación.
Al arriesgar la
vida, la consciencia experimenta que la vida es para ella tan
esencial como la pura autoconsciencia. Por ello los dos momentos,
en un principio inmediatamente unidos, se separan; una de las
autoconciencias se eleva por encima de la vida animal: en tanto
que capaz de afrontar la muerte, al no tener miedo a perder la
subsistencia vital, dicha consciencia pone como su esencia el
ser para sí abstracto. Parece escapar a la esclavitud de
la vida; es la consciencia noble, la del amo, que es reconocido
efectivamente. La otra autoconsciencia prefiere la vida a la autoconsciencia
y, por tanto, elige la esclavitud: preservada por el amo,
esta consciencia es conservada como se conserva una cosa, reconoce
al amo y no es reconocida por él. Los dos momentos, el del sí
mismo y el de lo otro, aparecen aquí disociados. El sí mismo
es el amo, que niega la vida en su positividad, el otro es
el esclavo, que sigue siendo una consciencia pero sólo
la consciencia de la vida como positividad, una consciencia
en el elemento del ser o en la forma de la coseidad.
Con ello encontramos
una nueva categoría de la vida histórica, la del amo y
el esclavo, que desempeña un papel tan importante como la precedente
y constituye la esencia de múltiples formas históricas. Pero,
en cambio, sólo constituye una experiencia particular en el
desarrollo de la autoconsciencia.
Así como la oposición
de los hombres conduce a la dominación y a la esclavitud, así
también la dominación y la esclavitud conducen a la liberación
del esclavo por medio de una inversión dialéctica. En la historia,
el verdadero señorío pertenece al esclavo trabajador y no al noble
que no ha hecho más que poner en juego su vida descartando la
mediación del ser ahí vital. El amo expresa la tautología
del yo = yo, la autoconsciencia abstracta inmediata. El esclavo
expresará la mediación esencial a la autoconsciencia y no percibida
por el amo. Es justamente efectuando de forma consciente esa
mediación como se liberará el esclavo.
En esta nueva
experiencia, el elemento vital, el médium de la vida, se ha convertido
en una autoconsciencia original, en una figura particular, la
del esclavo, y enfrente se pone la autoconsciencia inmediata,
la del amo. Mientras que en la experiencia anterior el elemento
de la vida no era más que la forma de la emergencia de las autoconsciencias
diferenciadas, ahora está integrado en un tipo de autoconsciencia.
Los dos momentos de la autoconsciencia, el sí mismo y la vida,
se enfrentan ahora como dos figuras originales de la consciencia.
Así ocurrirá en toda la Fenomenología. De la misma manera
que el amo y el esclavo se oponen como dos figuras de la consciencia,
así también se opondrán la consciencia noble y la consciencia
vil, la consciencia pecadora y la consciencia juzgante, hasta
que, finalmente, los dos momentos esenciales de toda dialéctica
se distinguen y se unifican como consciencia universal y consciencia
singular.
Dominación
y servidumbre. Se ha hecho con frecuencia la exposición
de la dialéctica de la dominación y la servidumbre. Quizá es la
parte más célebre de la Fenomenología, tanto por la belleza
plástica de su desarrollo como por la influencia que ha podido
ejercer en la filosofía social y política de los sucesores de
Hegel, y particularmente sobre Marx. En esencia, consiste
en mostrar que el amo se revela en su verdad como esclavo del
esclavo y el esclavo como amo del amo. Así queda superada
la desigualdad presente en esta forma unilateral de reconocimiento,
restableciéndose la igualdad. La autoconsciencia es reconocida,
legitimada tanto en sí -en el elemento de la vida- como para sí;
se convierte en la consciencia de la libertad estoica.
Es notable que
Hegel se interese aquí solamente por el desarrollo particular
de la autoconsciencia; será en la parte que la Fenomenología
consagra al espíritu donde mostrará las consecuencias sociales
de este reconocimiento. El mundo jurídico de las personas, el
mundo del derecho romano, corresponderá al estoicismo.
Pero esa prolongación de la dialéctica no nos concierne por el
momento. Lo que tenemos que tomar en consideración es únicamente
la educación de la autoconsciencia en la servidumbre y la verdad
de esta educación en el estoicismo.
La dialéctica hegeliana se inspira en todos los moralistas
antiguos, pero también en Rousseau se encuentra la utilización
de la categoría de dominación y servidumbre. Señalemos, finalmente,
que esta categoría histórica desempeña un papel esencial no sólo
en las relaciones de pueblo a pueblo, sino que sirve también para
traducir una cierta concepción de las relaciones entre Dios y
el hombre. En los trabajos de juventud y a proposito
del pueblo judío y de la esclavitud del hombre bajo la ley, a
propósito incluso del kantismo, Hegel utilizó dicha categoria.
En el Sytem der Sittlichkeit trató sobre ella de una forma
especial, pero fue en la Realphilosophie de Jena donde
elaboró la precisa dialéctica desarrollada en la Fenomenología
(32).
La relación entre amo y esclavo resulta de la lucha por el
reconocimiento. Consideremos primero el amo. El amo no
es solamente el concepto de la consciencia para sí, sino su realización
efectiva, es decir, que es reconocido por lo que es: «Se trata,
por tanto, de una consciencia que es para sí, que es ahora en
relación consigo misma por la mediación de otra consciencia,
de una consciencia a cuya esencia corresponde ser sintetizada
con el ser independiente o la coseidad en general» (33).
Este texto incluye ya la contradicción presente en el estado
de dominación. El amo sólo es amo porque es reconocido por
el esclavo, su autonomía se debe a la mediación de otra autoconsciencia,
la del esclavo. Por consiguiente, su independencia es muy relativa;
más aún: al relacionarse con el esclavo que le reconoce, el amo
se relaciona también, por intermedio de aquél, con el ser de la
vida, con la coseidad. El amo se relaciona mediatamente con el
esclavo y mediatamente con la cosa. Nuestro deber es considerar
esta mediación que constituye la dominación. El amo se relaciona
con el esclavo por intermedio de la vida (del ser independiente).
En efecto, el esclavo no es propiamente esclavo del amo, sino
de la vida; es esclavo justamente porque ha retrocedido ante
la muerte, ha preferido la esclavitud a la libertad en la muerte
y, por consiguiente, no es tanto esclavo del amo como de la vida:
«Tal es su cadena de la que no puede desembarazarse en el combate
y, justamente por ello, se mostró como ser dependiente que tiene
su independencia en la coseidad.» (34).
El ser del esclavo es la vida y, por tanto, no es autónomo
sino que su independencia está en el exterior de él mismo, en
la vida y no en la autoconsciencia. El amo, en cambio,
ha manifestado su elevación por encima de este ser, ha considerado
la vida como un fenómeno, un dato negativo y, justamente, es amo
del esclavo a través de la coseidad. También el amo se relaciona
con la cosa por medio del esclavo, puede gozar las cosas, negarlas
completamente y de esta manera afirmarse a sí mismo completamente;
la independencia del ser de la vida, la resistencia del mundo
ante el deseo, no existen para él. Por el contrario, el esclavo
sólo conoce la resistencia del ser ante el deseo, y justamente
por ello no puede llegar a la negación completa de este mundo;
su deseo conoce la resistencia de lo real, no hace más elaborar
las cosas, trabajarlas. Los trabajos serviles son para
el esclavo que de esta manera dispone el mundo para
que el amo pueda negarlo pura y simplemente, es
decir, gozar de él. El amo consume la esencia del mundo, el
esclavo la elabora. Para el amo lo que vale es la negación
que le da la certeza inmediata de sí, para el esclavo lo
que vale será la producción, es decir, la transformación del mundo,
que es un «goce retardado» (35).
Pero la certeza de sí que el amo tiene en su dominación, en
su goce, está mediatizada en realidad por el ser de la vida o
por el esclavo. El lado de la mediación se ha realizado en otra
consciencia y, como hemos visto, no es menos esencial a la autoconsciencia.
Por otra parte, el reconocimiento es unilateral y parcial. Lo
que el amo hace en el esclavo, el esclavo lo hace en sí mismo,
se reconoce como esclavo; finalmente, su operación es la del amo,
no tiene sentido por sí misma sino que depende de la esencial
operación del amo. Sin embargo, lo que el esclavo hace en sí mismo
no lo hace en el amo y lo que el amo hace en el esclavo no lo
hace en sí mismo. Así, pues, la verdad de la consciencia del amo
es la consciencia inesencial, la consciencia del esclavo. Pero
esta consciencia, ¿cómo puede ser la verdad de la autoconsciencia
siendo extraña a sí misma, si tiene su ser fuera de sí misma?
A pesar de ello justamente es la consciencia servil la que en
desarrollo, en su mediación consciente, realiza la independencia
de verdad. Y la realiza en tres momentos: el del temor, el del
servicio y el del trabajo (36).
La consciencia servil. En
un principio el esclavo aparece como si propiamente tuviera
su ser fuera de su consciencia; está prisionero de la vida, inmerso
en la existencia animal; su sustancia no es el ser para sí, sino
el ser de la vida que siempre es para una autoconsciencia el ser
otro. Ello no obstante, el desarrollo de la noción de servidumbre
va a mostrarnos que en realidad la consciencia esclava realiza
la síntesis del ser en sí y del ser para si; lleva a término la
mediación que está implicada en el concepto de la autoconsciencia
(37).
En primer lugar el esclavo contempla al amo fuera de él
como su esencia -su ideal- ya que él mismo, en tanto que se reconoce
como esclavo, se humilla. El amo es la autoconsciencia
que no es él mismo y la liberación es presentada como una figura
fuera de él. La humillación del hombre o el reconocimiento de
su dependencia y la posición fuera de él de un ideal de libertad
que no encuentra en sí mismo, constituye precisamente una dialéctica
que volveremos a encontrar en el seno de la consciencia desgraciada
cuando el hombre se oponga en tanto que consciencia de la nada
y de la vanidad de su vida a la consciencia divina. Así, pues,
en el lenguaje hegeliano, el amo aparece al esclavo como la verdad,
pero se trata de una verdad que es exterior a él. Esta verdad,
empero, está también en él mismo, pues el esclavo ha conocido
el miedo; tuvo miedo de la muerte, del amo absoluto, y todo lo
que en él había de estable vaciló. Todos los momentos naturales
a los cuales se adhería como consciencia inmersa en la existencia
animal han quedado disueltos en esta angustia fundamental.
«Esta consciencia ha experimentado la angustia, no con respecto
a tal o cual cosa ni durante tal o cual instante, sino que ha
experimentado la angustia con respecto a la integridad de su esencia,
puesto que la consciencia ha tenido miedo de la muerte, del amo
absoluto.» (38).
El amo no temió la muerte y se elevó inmediatamente por
encima de todas las vicisitudes de la existencia; el esclavo
ha temblado, ha percibido en esta angustia primordial
su esencia corno un todo. El todo de la vida se ha presentado
ante él y todas las particularidades del ser ahí han sido disueltas
en esta esencia. Por eso la consciencia del esclavo se
ha desarrollado como puro ser para sí: «Tal movimiento puro y
universal, semejante fluidificación absoluta de toda subsistencia,
es justamente la esencia simple de la autoconsciencia, la absoluta
negatividad, el puro ser para sí que está, por lo tanto, en esta
misma consciencia» (39).
La consciencia
humana sólo puede formarse por medio de la angustia que lleva
al todo de su ser. Entonces desaparecen las vinculaciones particulares,
la dispersión de la vida en formas más o menos estables y en este
temor el hombre toma consciencia de la totalidad de su ser, una
totalidad que nunca está dada como tal en la vida orgánica. «En
la vida pura, en la vida que no es espíritu, la nada no existe
como tal.»
Además la consciencia
del esclavo no es solamente esa disolución en sí misma de
toda subsistencia, sino que es también progresiva eliminación
de toda adherencia a un determinado ser ahí, porque en el servicio
-en el servicio particular al amo- la consciencia se disciplina
y se libera del ser ahí natural.
El temor
y el servicio no serían suficientes para elevar la autoconsciencia
del esclavo a la verdadera independencia; es el trabajo el
que transforma la servidumbre en señorío. El amo conseguía
satisfacer completamente su deseo; en el goce llegaba a la completa
negación de la cosa. Pero, en cambio, el esclavo choca
con la independencia del ser. Sólo podía transformar el mundo
y hacerle así adecuado al deseo humano. Y, sin embargo, precisamente
en esta operación que parece inesencial, el esclavo se hace capaz
de dar a su ser para sí la subsistencia y la permanencia del ser
en sí; formando las cosas, el esclavo no sólo se forma
a sí mismo sino que también imprime al ser esta forma que es la
de la autoconsciencia y, con ello, se encuentra a sí mismo en
su obra. El goce del amo sólo conducía a un estado caracterizado
por su desaparición. El trabajo del esclavo conduce a la
contemplación del ser independiente como contemplación de él mismo.
«Este ser para sí en el trabajo se exterioriza él mismo y pasa
al elemento de la permanencia; la consciencia trabajadora llega
así a la intuición del ser independiente como intuición de sí
misma.»
Por consiguiente,
el trabajo del esclavo constituye la auténtica realización del
ser para sí en el ser en sí. La coseidad ante la que temblaba
el esclavo es eliminada y lo que aparece en el elemento de la
coseidad es el puro ser para sí de la consciencia. El ser en sí,
el ser de la vida, no está ya separado del ser para sí de la consciencia,
sino que por medio de trabajo la autoconsciencia se eleva hasta
la intuición de ella misma en el ser. La verdad de esta
intuición de sí en el ser en sí es justamente el pensamiento estoico
quien va a manifestárnosla.
En cualquier caso, para que semejante liberación tenga lugar
deben estar presentes todos los elementos que hemos distinguido:
el temor primordial, el servicio y el trabajo. Sin el temor
primordial, el trabajo no imprime a las cosas la verdadera
forma de la consciencia, el yo sigue inmerso en el ser determinado
y su sentido propio no es todavía más que un sentido vano, obstinación
y no libertad. «Mientras que no se ha estremecido todo el contenido
de la consciencia natural, dicha consciencia sigue perteneciendo
en sí al ser determinado; entonces el sentido propio es simplemente
obstinación, una libertad que permanece aun en el seno de la servidumbre.
En este caso, del mismo modo que la forma no puede convertirse
en su esencia, tampoco esta forma, considerada como expansión
más allá de lo singular, puede ser formación universal, concepto
absoluto, sino que es solamente una habilidad particular que domina
algo singular, pero que no domina la potencia universal y la esencia
objetiva en su totalidad» (41).
Esta potencia
universal -la esencia objetiva, el ser de la vida- es dominada
ahora por la consciencia que no se contenta con negarla, sino
que coincide en ella consigo misma, dándose el espectáculo
de sí misma. De esta manera la autoconsciencia ha pasado a
ser autoconsciencia en el ser universal; se ha convertido en el
pensamiento. Pero este pensamiento, un primer esbozo del
cual era el trabajo, es todavía un pensamiento abstracto. La libertad
del estoico no será más que una libertad ideal, no será la libertad
efectiva y viva. Todavía son necesarios muchos otros desarrollos
para que la autoconsciencia se realice completamente.
Notas
:
1.
El propio Hegel resume muy claramente todo el proceso desde la
consciencia desgraciada hasta la razón en el capítulo sobre la
Frenología (Phénoménologie, 1, p. 284): «La autoconsciencia
desgraciada ha alienado su independencia y lucha hasta convertir
su ser para sí en una cosa. Con ello vuelve de la
autoconsciencia a la consciencia, es decir, a esta consciencia
para la que el objeto es un ser, una cosa; pero
la cosa es justamente la autoconsciencia, es por lo tanto la unidad
del yo y del ser, la categoría.»
Nota de traducción:
Hyppolite traduce al francés "desir", deseo, el término alemán begierde, en la
traducción castellana W.Roces, lo traduce como "apetencia".
2.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108; edición
castellana.
3.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 107.
4.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
5.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
6.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
7.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
8.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 69.
9.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
10.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
11.
Cf. Los Estudios teológicos de juventud, Nohl, Pags 243 y ss.
Pags. 371 y ss.
12.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 108.
13.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 113.
14.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 109.
15.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 112.
16.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 112.
17.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 113.
18.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 112.
19.
Lógica y Metafísica de Jena, ed. Lasson, t. XVIII, Pag. 193.
20.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 18.
21.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 114. La relación
ontológica de las autoconciencias nos parece igualmente bien indicada
por este texto: "Cada extremo es en el otro el término medio
con cuya ayuda entra en relación consigo mismo y se junta consigo;
y cada uno es en si mismo y en el otro una esencia inmediata que
es para sí, pero que al mismo tiempo, es para sí solamente a través
de esta mediación". En otros términos, yo soy para mí en
tanto que para otro y precisamente porque el otro es para mí.
22.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 114.
23.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 112.
24.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 115/116.
25.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 117.
26.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 117. Lo que está
entre paréntesis es un añadido nuestro (J.H.) para comentar el
texto hegeliano.
27.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 116.
28.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 115.
29.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 116.
30.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 116.
31.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 116.
32.
En los "Estudios Teológicos de Juventud", Hegel enfoca
las relaiones entre Dios y el hombre en ciertos pueblos como relaciones
entre amo y esclavo. Finalmente habla de una esclavitud del hombre
bajo la ley, tanto en el legalismo judío como en el moralismo
kantiano. Lo universal y lo particular están, sin
conciliación posible, en estas concepciones. La observación es
importante para comprender el tránsito de la concreta relación
amo-esclavo a la consciencia desgraciada, que opone en la consciencia
lo universal y lo particular.
33.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 117.
34.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 117/118.
35.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 120.
36.
Hegel apenas caracteriza el estado de dominación. Si el amo existiera
realmente, sería Dios. De hecho, el amo se cree para sí inmediatamente,
pero la mediación, que es esencial al movimiento de la autoconsciencia,
está fuera de él, corresponde al esclavo.
37.
El camino del señorío es un callejón sin salida en la experiencia
humana; en cambio, el camino de la servidumbre es el verdadero
camino de la liberación humana.
38.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 119.
39.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 119.
40.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 120.
41.
Fenomenología del Espíritu, Hegel, Parte I, Pag. 121.
Selección
y destacados: S.R
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