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Ibn Battuta
Ibn
Battuta, cuyo verdadero nombre era Shams Eddin Ibn Abdallah Altanji, nació en
Tánger en el año 1304. Después de terminar sus estudios jurídicos y religiosos
en la medersa, abandonó su ciudad natal a los veintidos años de edad para ir en
peregrinación a la Meca y cumplir su deber como creyente. Regresó en el año 1349
para orar ante la tumba de su madre y se fue de nuevo para terminar lo que
consideraba como su periplo -los paises islámicos- visitando la España andalusí
y las regiones al sur del Sahara. Acabó estableciéndose en el año 1353 en Fez
donde, a instancias del soberano y gran mecenas meriní Abu Inan, dictaría sus
memorias a un hombre docto, Abu Yuzay, quien finalizaría el trabajo de escritura
en el 1365.
Durante sus treinta años de peregrinación, Ibn Battuta, un viajero fuera de lo
común, al que podríamos considerar el primer trotamundos, recorrería 120.000 km,
visitando diversos países de Africa, Asia y Europa en los que existían
comunidades musulmanas. Fue una hazaña de las más fabulosas para una época en la
que en la mayoría de los países que atravesaba imperaba una gran inseguridad,
sin contar la precariedad de los medios de locomoción. Pero Ibn Battuta, que
hizo del viaje su vocación principal, tenía como lemas: "Recorrer la tierra, e
ir a donde no haya estado nadie antes" y "No volver nunca por el mismo camino".
En
consecuencia, soportó todo tipo de rigores climáticos: la nieve, el tórrido
calor del desierto o las furiosas tempestades del Océano Indico y del Mar de la
China. Pasó por todas las situaciones materiales posibles, desde las mejores a
las peores, conociendo tanto la riqueza como la pobreza. Vivió unas veces en
palacios, como huésped privilegiado de príncipes hindúes, y otras de los
subsidios del juez o cadí, en las Maldivas, o de los óbolos en conventos de
congregaciones religiosas.
Pero
la sólida formación humanística que había adquirido en Tánger, así como su
profunda fe en Dios y su piedad ejemplar, le habían preparado para ello. Gracias
al status privilegiado de la lengua árabe -lengua de religión y civilización-
que en aquella época era la clave para los intercambios internacionales, pudo
hacerse entender por todos los lugares que recorrió. Su fe le proporcionó
confianza en el destino, y la tranquilidad y serenidad necesarias para afrontar
las dificultades que encontró en su camino. Por otra parte, su espíritu
tolerante le permitió ser aceptado por las comunidades no musulmanas de Africa o
Asia, lo que nos vale hoy las preciosas informaciones acerca de las costumbres
hindúes o de Níger, así como de las poblaciones turcomanas que visitó.
Su
curiosidad no se limitaba al modo de vida de las gentes a cuyo encuentro se
dirigía. La naturaleza no le dejaba indiferente. Dotado de un espíritu de
observación digno de un naturalista y de un geógrafo, observaba y anotaba todo
lo relativo a la flora y a la fauna. Por ello, sus memorias siguen siendo en la
actualidad de gran valor.
Extraído del libro "El Marruecos Andalusí"
Varios autores, Editorial Electa, Madrid, 2000.
Selección: M. Depiera
La crónica
de viaje de Ibn Battuta constituye un panorama del universo del siglo XlV. En el
presente fragmento, Battuta se encuentra en Filipinas, antes de llegar a la
China y narra su encuentro con la princesa Ordudxa, de la ciudad de Cailucary,
quien le ofrece, a él y a su tripulación, un banquete de hospitalidad al
desembarcar en su territorio.
Me encaminé
pues a su morada y la encontré sentada en su gran sitial o trono de gala; ante
ella, varias mujeres tenían en las manos registros que le presentaban. Y en su
derredor se hallaban unas cuantas dueñas, o mujeres de edad, que son sus
consejeras y que estaban sentadas por debajo del trono, en sillones de madera de
sándalo. También delante de la princesa estaban los hombres. El trono, de madera
de sándalo con láminas de oro incrustadas, estaba tapizado de seda y coronado
por cortinas también de seda.
Una vez
que la hube saludado, me dijo la princesa en su lengua turca: (...) " ¿Estás
bien?¿cómo te encuentras?". Luego hizo que me sentara a su vera. La princesa
sabía escribir perfectamente el árabe y dijo a uno de sus criados: (...) "trae
el tintero y el papel". El criado los trajo y la princesa escribió: "En el
nombre de Dios misericordioso"; seguidamente me dijo: "¿Qué es esto?" Yo le
respondí: "Tangry nam!, es decir: "Es el nombre de dios". Ella continuó:
"joch" o dicho de otro modo, "Está bien". Tras lo cual me preguntó de qué
país venía, respondiéndole yo que venía de la India. La princesa dijo entonces:
"¿Del país de la pimienta? (Malabar), a lo que yo contesté afirmativamente. Me
preguntó extensamente por ese país, por las vicisitudes que atravesaba, y yo
satisfice su curiosidad. Añadió la princesa: "Tengo que hacer absolutamente la
guerra a ese país y apoderarme de él, pues me agrada la abundancia de sus
riquezas y de sus tropas". A lo que dije: "Hágalo". La princesa ordenó que me
dieran: 1º vestidos; 2º la carga de arroz de dos elefantes; 3º dos hembras de
búfalo; 4º diez ovejas; 5º cuatro libras de poción o jarabe; 6º cuatro
marthaban o grandes vasos de porcelana, llenos de jengibre, pimienta,
limones y mangos; todo ello bien salado y propio para servir en los viajes por
mar.
El patrón
del barco me ha contado que Ordudxa tiene en su ejército a mujeres libres,
muchachas esclavas y cautivas que combaten como los hombres; que sale con las
tropas integradas por hombres y mujeres; que hace incursiones en las tierras de
sus enemigos, que asiste a los combates y que lucha contra los bravos. Me ha
dicho también que en cierta ocasión tuvo lugar una tenaz batalla entre la
princesa y uno de sus enemigos, que murieron gran número de soldados de Ordudxa
y que todas sus tropas estaban a punto de huir a la desbandada; que entonces la
princesa se lanzó hacia delante y atravesó las filas de guerreros hasta llegar
ante el rey al que combatía; que le atravesó de un golpe mortal, matándole y que
sus tropas huyeron; que Ordudxa volvió con la cabeza de su enemigo clavada en su
lanza y que los parientes del muerto pagaron ricos tesoros para recuperar su
cabeza; por último, que cuando la princesa se volvió hacia su padre, le dio esta
ciudad de Cailucary que su hermano gobernaba antes de ella. Por el mismo patrón
de barco sé que los hijos de los reyes solicitan casarse con Ordudxa y que ella
responde: "Sólo me casaré con quien combata conmigo y me venza"; pero que evitan
luchar contra ella por temor al perjuicio que le reportaría ser vencidos por la
princesa.
Extraído de "El Correo"
Revista publicada por la UNESCO
Abril 1987
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