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Personajes del Lago de Atitlán, Guatemala.

Por Marcela Depiera


No es fácil llegar al lago Atitlán, ni tampoco entrar en él. Algunos llegan y, sin decidirlo, se van quedando; otros lo observan, no lo comprenden, se van.
Por allí transitan personajes de distintas partes del mundo que buscan tranquilidad y, cuando la encuentran, se quedan.
Cuentan historias, las suyas y las de otros.
Poco saben de cultura maya, de los que no se mueven de allí porque están desde siempre.
El lago es custodiado por tres volcanes muy tranquilos que le hacen sombra el sol al atardecer. En sus orillas se asoman más de diez pueblos, cuyos nombres evocan a algún apóstol o santo. Los más visitados son San Pedro La Laguna, Santiago Atitlán y San Marcos La Laguna. En cada uno de ellos confluyen dos místicas que no se rozan ni se entienden.

San Pedro La Laguna es un pueblo de doble vida.
Un médico andaluz cuenta, en una charla informal, sus teorías sobre los hongos alucinógenos de Palenque, en México. Cuenta que escribió su tesis del doctorado acerca de las propiedades curativas de estos hongos —los Ostrafaria Culensis— y que son muy buenos para el tratamiento de las fobias, ya que actúan sobre los mecanismos de defensa haciendo desaparecer el miedo que suelen provocar. Paciente y médico deben tomarlos durante el tratamiento para compartir una misma sintonía. Dice que lleva dos vidas, la de médico y la otra, que él llama la insana. Insinúa de qué se trata: cuando no cura, anda de juerga.
Trabaja en un programa asistencial en un pueblito guatemalteco en la frontera con Honduras, que no aparece en el mapa. A España vuelve sólo por cuatro meses para hacer plata y así poder viajar el resto del año.
El trabajo en la frontera forma parte de sus viajes, entonces no se cuestiona lo poco que gana. Sus amigos andaluces le envían cajas de medicamentos y, como puede, brinda asistencia a los niños.
En sus vacaciones siempre elige San Pedro La Laguna, donde, mientras se fuma unos puritos, encuentra tranquilidad. “Aquí hay dos pueblos”, dice, “y hay que quedarse unos días para conocerlos. Una vez que entrás es difícil que puedas irte”.
Seguramente los indígenas no saben que hay dos pueblos.
Seguramente ellos duermen cuando estos personajes hacen ruido a fiesta.

Un chileno gana plata en San Pedro con negocios oscuros. Comparte con el andaluz una misma mesa en el bar que da al lago. Elige este lugar o quizás ya no puede elegir otro. Quién sabe por qué debió irse de Grecia, donde vivió más de la mitad de su vida, para refugiarse a las orillas del Atitlán. Esta temporada exhibe a su novia holandesa, que muestra un valioso pasaporte color bordó. El hombre anda en algo oscuro: ofrece comprarle a una extranjera su pasaporte azul por buena plata. Ríe. Asegura que es simple, que se denuncia la pérdida y se saca otro, o si no, se consigue fácil el pasaporte guatemalteco con sello de residencia por tres años. El de color bordó se paga más. Sigue riendo. Su discurso, jocosamente temerario, se hace público sin pudores.

San Marcos la Laguna es pueblo de esoteristas. Allí se venden cursos de meditación, yoga, reiki, comida naturista. Los mayas poco entienden de cultura oriental con acento inglés. Ellos no viven en la orilla sino en la montaña, adonde es difícil llegar. No reciben turistas. Posiblemente no necesiten de quienes no hablan su lengua.
Una italiana vive en San Marcos La Laguna hace veinte años. Es cromoterapeuta y cuenta que hace cinco estuvo por irse a vivir a India. Llegó al aeropuerto con su equipaje pero le dijo adiós a su compañero y se quedó. Dice que el lago tiene energía, que Roma no le gusta y a India ya no quiere ir. Ese es su lugar. “Ya llegué, aquí me quedo”, dice, mirando una casa en construcción que da al lago, en medio de la nada. Dentro de ese esqueleto de hormigón que le prestaron vive sola y tranquila.

Dos amigos, uno guatemalteco y otro austríaco, viven en Viena y, este febrero, vacacionan en Guatemala recorriendo el lago. Amigos y socios, tienen un local de artesanías en Austria. Descansan y negocian mientras desayunan tranquilos. Son bien distintos, el austríaco anda en silla de ruedas y sólo habla alemán; el guatemalteco, con el sello maya en su cara, lo ayuda a rodar y le traduce cuando le viene en ganas.

Santiago de Atitlán es el pueblo elegido por los artesanos. Allí hay un mercado, una iglesia y un santo que va de casa en casa. En cada una pasa un año y ese año es de gloria para los anfitriones. Los niños cobran algunos quetzales por mostrar el camino hacia Maximón, ése es su nombre.
Lejos de aparentar santidad, Maximón exhibe un cigarro prominente en su boca. De su cuello cuelgan miles de corbatas de colores. Descansa en el comedor de la casa y, desde que llega, el ambiente se transforma.
Maximón en el centro, a un costado Cristo, al otro San Juan Bautista. Para que ni católicos ni evangelistas se molesten. Del techo cuelgan unos animales embalsamados llamados pisotes, junto a vistosas guirnaldas muy gastadas.
A la luz de la vela y a cambio de unos quetzales, el escenario cobra vida: la familia recibe la visita de quienes no rezan. Acento español y maya no se entienden, de modo que visitantes y anfitriones sólo fuman juntos un cigarrillo en honor al santo.

Hay alguien que no va a quedarse en el lago: una mujer muy joven que dice sentirse decepcionada con el lugar. Vaya a saber qué le juraron que encontraría allí. Una noche de insomnio se levanta a hablar con los que murmuran en el patio de un hotel. Es tarde: para ella ya no hay experiencias novedosas y parece que lamenta sentir que nada resta por ver. “Lo que pasa es que ya viajé demasiado y ya todo es lo mismo”, dice.
Se nota que está sufriendo esa vejez temprana que acentúa sus rasgos. Es de algún país europeo, la delata el color de su cabello y el acento de su correcto español. “No quiero decir de dónde soy, no hablemos de eso”, dice.
Es extraño que alguien se resista a develar su nacionalidad. Me pregunto si buscaría en el Atitlán ensayar una nueva identidad. Quizás el chileno pueda ayudarla.

La cultura maya es la dueña indiscutible del lago. A veces lo descuida y cede vastas porciones de tierra. Es silenciosa, habla poco, no grita ni pelea. Sus niños no saben de niñeras ni de apuros. Quizás no lloran porque viajan atentos al calor de su madre. Ambos se confunden en un solo cuerpo y en una misma ropa. Ojitos negros y brillosos anuncian su presencia anudados en la espalda de mamá, como marsupiales. Silueta con joroba atestigua maternidad.

Todos —visitantes y nativos— callan cuando el sol se hunde tras la montaña.
Allí la tranquilidad es un refugio donde el silencio es cómplice del olvido.



 


 

 

 

 

 

24 de Julio del 2002

  

 

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