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INSTANTE POETICO E INSTANTE METAFISICO
por Gastón Bachelard
Entrecruzamiento
extremo para muchos, la metafísica y la poesía. No para G.B. , alabemos
las audacias si son como las aquí presentadas. Un extremo rigor
con una potencia poética inusitada dan lugar a lo posible de ser
pensado, sentido y vivido con respecto al tiempo, el gran ausente
de la metafísica occidental hasta Heidegger y aún así, como planteaba
Borges, sigue estando en ausencia como tema.La segunda parte de
"Ser y Tiempo" que trataba "El tiempo y el ser"
nunca fue escrita por M.H.
Recomendamos
del mismo autor: "La intuición del instante", Editorial
Siglo Veinte, Bs. As.,1980.
I
La poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema tiene
que dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y
objetos, todo a la vez. Si ella sigue simplemente el tiempo de la vida es menos
que la vida; sólo puede ser más que la vida inmovilizando la vida,
viviendo a la vez la dialéctica de las alegrías y las penas. Es entonces el
principio de una simultaneidad esencial en que el ser más disperso, más
desunido, conquista su unidad.
Mientras que todas las demás experiencias metafísicas se preparan con
interminables proemios, la poesía rehusa los preámbulos, los principios,
los métodos y las pruebas. Rechaza la duda. A lo sumo requiere un preludio de
silencio. Ante todo, golpeando sobre las palabras huecas, hace callar la
prosa o los trinos que dejarían en el espíritu del lector una continuidad de
pensamiento o, de murmullo. Luego, después de las sonoridades vacías, produce
su instante. Para, construir un instante complejo, para insertar en ese
instante simultaneidades numerosas, el poeta destruye la continuidad simple del
tiempo encadenado.
En todo verdadero poema pueden hallarse, pues, los elementos de un
tiempo detenido, de un tiempo que no sigue la medida, de un tiempo que
llamaremos vertical, para distinguirlo del tiempo común que huye
horizontalmente con el agua del río, con el viento que pasa. De esto se
desprende una paradoja que es preciso enunciar con claridad: mientras que el
tiempo de la prosodia es horizontal, el tiempo de la poesía es vertical. La
prosodia sólo organiza sonoridades sucesivas: ajusta cadencias, administra fugas
y emociones, muchas veces, ¡ay! a destiempo. Al aceptar las consecuencias del
instante poético, la prosodia logra llegar a la prosa, al pensamiento explicado,
a los amores experimentados, a la vida social, a la vida corriente, la vida que
se desliza lineal, continua. Pero todas las reglas prosódicas no son más que
medios, viejos medios. El fin es la verticalidad, la profundidad o la
altura; es el instante estabilizado en que las simultaneidades, al ordenarse,
demuestran que el instante poético tiene una perspectiva metafísica.
El instante poético es, pues, necesariamente complejo: conmueve, prueba
-invita, consuela-, es sorprendente y familiar. En su esencia el instante
poético es una relación armónica de dos opuestos. En el instante apasionado del
poeta siempre hay algo de razón; en el rechazo razonado, siempre queda un poco
de pasión. Las antítesis sucesivas comienzan a gustarle al poeta. Pero para el
arrobo, para el éxtasis, es preciso que las antítesis se reduzcan a
ambivalencia. Entonces surge el instante poético... Por lo menos el instante
poético es la conciencia de una ambivalencia. Pero es más, pues es una
ambivalencia excitada, activa, dinámica. El instante poético obliga al ser a
valorizar o a desvalorizar. En el instante poético, el ser asciende o
desciende, sin aceptar el tiempo del mundo, que volvería a reducir la
ambivalencia a la antítesis, lo simultáneo a lo sucesivo.
Podrá verificarse sin dificultad esa relación entre la antítesis y la
ambivalencia cuando se quiere entrar en comunión con el poeta que, con toda
evidencia, vive en un instante los dos polos de sus antítesis. El segundo polo
no es provocado por el primero.
Los dos polos nacieron juntos. A partir de ese momento se encontrarán los
verdaderos instantes poéticos de un poema en todos los puntos en que el corazón
humano puede invertir las antítesis. Más intuitivamente, la ambivalencia bien
trabada se revela por su carácter temporal: en lugar del tiempo viril y,
valiente que se lanza hacia adelante y rompe, en lugar del tiempo suave y
sometido que se lamenta y que llora, se tiene el instante andrógino. El
misterio poético es una androginia.
II
Pero, ¿sigue
siendo tiempo ese pluralismo de acontecimientos contradictorios
encerrados en un instante único? ¿Sigue siendo tiempo toda esta
perspectiva vertical que domina el instante poético? Sí, pues las
simultaneidades acumuladas son simultaneidades ordenadas. Dan una
dimensión al instante por cuanto le dan un orden interno. Por eso el tiempo
es un orden y no es más que eso. Y todo orden es un tiempo. El orden de las
ambivalencias en el instante es pues un tiempo. Y es ese tiempo vertical lo que
descubre el poeta cuando rechaza el tiempo horizontal, es decir, el
devenir de los demás, el devenir de la vida, el devenir del mundo. Son pues
éstos los tres órdenes de experiencias sucesivas que tienen que liberar al ser
encadenado en el tiempo horizontal:
1ero. acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de los demás
- romper los cuadros sociales de la duración;
2do. acostumbrarse a no referir el tiempo propio al tiempo de las cosas -
romper los cuadros fenomenales de la duración;
3ero. acostumbrarse -dura prueba- a no referir el tiempo propio al tiempo
de la vida -, dejar de saber si late el corazón, si brota la alegría - romper
los cuadros vitales de la duración.
Sólo entonces se alcanza la referencia autosincrónica en el centro de uno mismo,
sin vida periférica. De pronto se borra toda superficial horizontalidad. El
tiempo ya no fluye. Brota.
III
Para retener o, más bien, para volver a encontrar ese instante poético
estabilizado, hay poetas, como Mallarmé, que directamente maltratan el
tiempo horizontal, que invierten la sintaxis, que detienen o desvían las
consecuencias del instante poético. Las prosodias complicadas ponen piedras en
el arroyo para que las ondas pulvericen las imágenes fútiles, para que los
remolinos destrocen los reflejos. Leyendo a Mallarmé con frecuencia se tiene la
impresión de un tiempo recurrente, que aparece para finalizar instantes ya
pasados. Se vive, entonces, con atraso, los instantes que ya debían haberse
vivido: sensación tanto más extraña cuanto que no participa de ningún pesar, de
ningún arrepentimiento, de ninguna nostalgia. Simplemente está hecha de un
tiempo trabajado, que a veces sabe hacer preceder el eco a la voz y poner
el rechazo en la confesión.
Otros poetas, más felices, captan naturalmente el instante estabilizado.
Baudelaire ve, como los chinos, la hora en los ojos de los gatos, la hora
insensible en que la pasión es tan completa que desdeña realizarse: "En el fondo
de sus ojos adorables siempre veo con nitidez la hora, siempre la misma, una
hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división en minutos, segundos,
una hora inmóvil que no está marcada en los relojes...". Para los poetas que
realizan de esta manera el instante con holgura, el poema no se desenvuelve, se
anuda, se teje, nudo a nudo. Su drama no se efectúa. Su mal es una flor
tranquila.
En equilibrio sobre la medianoche, sin esperar nada del hálito de las horas, el
poeta se aligera de toda vida inútil; experimenta la ambivalencia abstracta del
ser y del no ser. En las tinieblas ve mejor su propia luz. La soledad le trae el
pensamiento solitario, un pensamiento que no se distrae, un pensamiento que se
eleva, que se tranquiliza exaltándose con pureza.
El
tiempo vertical se eleva. A veces también se hunde. Medianoche,
para quien sabe leer El Cuervo (*) ya
nunca volverá a sonar horizontalmente. Suena en el alma descendiendo,
descendiendo... Raras son las noches en que tengo el valor
de ir hasta el fondo, hasta la duodécima campanada, hasta la duodécima
herida (**), hasta el
duodécimo recuerdo... Entonces vuelvo al tiempo chato; encadeno,
me reencadeno, vuelvo junto a los vivos, a la vida. Para vivir
siempre hay que traicionar a los fantasmas...
En el tiempo vertical -descendente- se escalonan las peores penas,
las penas sin causalidad temporal, las penas agudas que atraviesan un corazón
sin motivo, sin languidecer jamás. En el tiempo vertical -ascendente- se
consolida el consuelo sin esperanza, ese extraño consuelo autóctono, sin
protector. En suma, todo lo que nos desliga de la causa y de la recompensa, todo
lo que niega la historia íntima y el deseo mismo, todo lo que desvaloriza al
mismo tiempo el pasado y el futuro, se halla en el instante poético.
¿Quiérese
el estudio de un pequeño fragmento del tiempo poético vertical? Tómese el
instante poético de la nostalgia sonriente, en el momento mismo en que la
noche se duerme y estabiliza las tinieblas, en que las horas apenas respiran, en
que la soledad por sí sola es va un remordimiento. Los polos ambivalentes de la
nostalgia sonriente, casi se tocan. La menor oscilación sustituye el lino
por el otro. La nostalgia sonriente constituye, pues, una de las
ambivalencias más sensibles de un corazón sensible. Pues se desarrolla con toda
evidencia en un tiempo vertical, ya que ninguno de los dos elementos: sonrisa o
nostalgia, es antecedente. El sentimiento es acá reversible o, mejor dicho, aquí
la reversibilidad del ser se ha sentimentalizado: la sonrisa tiene
nostalgias, y la nostagia sonríe, la nostalgia consuela. Ninguno de los tiempos
expresados sucesivamente es causa del otro; y esto constituye la prueba de que
están mal expresados en el tiempo sucesivo, en el tiempo horizontal. Sin
embargo, de uno a otro hay un devenir, un devenir que sólo puede experimentarse
verticalmente, ascendiendo, con la impresión de que la nostalgia se aligera, que
el alma se eleva, que el fantasma perdona. Ahora florece verdaderamente el
infortunio. Un metafísico sensible hallará aquí, en la nostalgia
sonriente, la belleza formal del infortunio. Comprenderá en función de la
causalidad formal, el valor de desmaterialización en que se reconoce el instante
poético. Una prueba más de que la causalidad formal se desenvuelve en el
interior del instante, en el sentido de un tiempo vertical, mientras que la
causalidad eficiente se desenvuelve, en la vida y en las cosas,
horizontalmente, agrupando instantes con intensidades distintas.
Naturalmente, en la perspectiva del instante, se puede experimentar
ambivalencias de mayor alcance: "Siendo niño, sentí en mi corazón dos
sentimientos contradictorios: el horror a la vida y el éxtasis de la vida". Los
instantes en que esos sentimientos se sienten conjuntamente, inmovilizan
el tiempo, porque se experimentan juntos ligados por el interés fascinante en la
vida. Sustraen al ser de la duración común. Tal ambivalencia no puede
describirse en tiempos sucesivos, como un vulgar balance de las alegrías y de
las penas pasajeras. Contrastes tan agudos, tan fundamentales, proceden de una
metafísica inmediata. Se vive su oscilación en un solo instante, por éxtasis y
caídas que hasta pueden hallarse en oposición con los sucesos. La aversión a la
vida nos sobreviene en pleno gozo con la misma fatalidad que el orgullo en el
infortunio. En los temperamentos cíclicos que se desenvuelven en la duración
habitual, siguiendo a la luna, los estados contradictorios no ofrecen más que
parodias de la ambivalencia fundamental. Sólo una psicología profundizada del
instante podrá darnos los esquemas necesarios para comprender el drama
poético esencial.
Por otra parte, es notable que uno de los poetas que más intensamente captaron
los instantes decisivos del ser, sea el poeta de las correspondencias. La
correspondencia baudelairiana no es, como a menudo se sostiene, una simple
transposición que proporcionaría un código de analogías sensuales. Es una suma
de un ser sensible en un instante único. Pero las simultaneidades sensibles que
reúnen los perfumes, los colores y los sonidos, no hacen más que provocar
simultaneidades más remotas y más profundas. En esas dos unidades de la noche y
de la luz se encuentra la doble eternidad del bien y del mal. Lo que hay de
"vasto" en la noche y en la claridad, por otra parte, no debe sugerirnos una
visión espacial. La noche y la luz no son evocadas por su extensión, su
infinito, sino por su unidad. La noche no es un espacio. Es una amenaza de
eternidad. Noche y luz son instantes inmóviles, instantes negros o claros,
alegres o tristes, negros y claros, tristes y alegres. Nunca el instante
poético ha sido más completo que en este verso, en que puede asociarse a la
vez la inmensidad del día y de la noche. Nunca se ha hecho sentir tan
físicamente la ambivalencia de los sentimientos, el maniqueísmo de los
principios.
En el camino de esta meditación, de pronto se llega a esta conclusión: toda
moralidad es instantánea. El imperativo categórico de la moralidad no tiene
nada que ver con la duración. No retiene ninguna causa sensible, no espera
ninguna consecuencia. Va directamente, verticalmente en el tiempo de las formas
y de las personas. El poeta es entonces el guía natural del metafísico que
quiere comprender todos los poderes de enlaces instantáneos, la fuga del
sacrificio, sin dejarse dividir por la grosera dualidad filosófica del sujeto y
el objeto, sin dejarse detener por el dualismo del egoísmo y del deber. El poeta
anima una dialéctica más sutil. Revela a la vez, en el mismo instante, la
solidaridad de la forma y de la persona. Demuestra que la forma es una persona y
que la persona es una forma. La poesía se convierte así en un instante de
la causa formal, un instante de la potencia personal. Se desentiende entonces de
lo que rompe y de lo que disuelve, de una duración que dispersa ecos. Busca
el instante. No necesita más que el instante. Crea el instante. Fuera del
instante no hay más que prosa y canción. Es en el tiempo vertical de un instante
inmovilizado donde la poesía encuentra su dinamismo específico. Hay un dinamismo
puro de la poesía pura. Es el que se desarrolla verticalmente en el tiempo de
las formas y de las personas.
Notas:
(*)
Poema de Edgar Allan Poe cuyo elemento iterativo es "Never
more" (nunca más) dicho por el cuervo cada vez que el poeta
termina una estrofa. Volver al texto
(**)Probable referencia a la
creencia medieval de que: "Cada hora hiere, la última mata".
Texto
aparecido en los "Cuadernos de Filosofía", Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires, Año X, Número 13, Enero/Junio 1970, Págs. 149/154.
Traducción
de Elsa Taverni
Selección,
destacados y notas: Sergio Rocchietti.
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