EL PEZ EN BICICLETA
Miguel Benasayag - Edith Charlton
Un poco antes
y... no hubiera ocurrido ( vide blanche, lo cual es espacio en
blanco o literalmente, vacío blanco). Ya ocurrió y no podemos
decirlo sino después. Ya ocurrió. Y a pesar de eso "el discurso
amoroso es hoy de una extrema soledad" ¿podría ser de otro
modo? Creemos que no. Porque siempre el discurso amoroso será
de una extrema soledad, no el amor. Háganse las diferencias. ¡No,
no!. ¡No se nos pida tamaña iniquidad!. Llénense los espacios
en blanco con amor. Amores, amados, amadas, siempre habrá algún
pequeño blanco resquicio que nos relanzará al blanco vacío, al
espacio de los amores. Sin definiciones. Así.
Lo que seguirá
es el capítulo quince de un libro que recomendamos si eso sirve
para algo, sabemos que no; toda recomendación será cuando haya
encuentro y entonces no será recomendación sino encuentro. Entonces,
de un libro que no recomendamos: "Crítica de la felicidad",
M. Benasayag y E. Charlton, Ediciones Nueva Visión, Bs. As., 1992.
Sergio
Rocchietti
L'
amour... toujour l'amour. Estas líneas están escritas en Francia,
tierra identificada, con razón o sin ella, con el amor, ese extraño
fenómeno designado por Alain Badiou como una de las cuatro proceduras
genéricas (las otras son el matema, el poema y la invención política,)
(1). Después
de todo, ya se sabe, del lado de la felicidad, con amor y agua
fresca todo va bien(*),
incluso en el país del camembert.
A pesar de largas y serias investigaciones, no hemos podido descubrir
aún el porqué del agua fresca.
Si
es cierto que existe una figura de la totalidad totalizante, de
la armonía pastoril cristalizada, ella es exactamente la que evoca
el significante "amor". Cuando decimos "amor",
no hemos dicho todo, lejos de ello; sin embargo, la mayoría de
las veces, no queda nada por decir, excepto agua fresca, ¿por
qué será?. Corriendo el riesgo de caer en una herejía más, trataremos
de decir algo acerca del amor.
La
condición amorosa, con todas sus imágenes cercanas a un autismo
romántico, remite tanto a los hombres como a las mujeres a una
subjetividad muy particular, en la que se fusionan de manera imaginaria,
permanente y armónica con otro ser que los comprende (comprende
todo, por supuesto), los envuelve, los protege, los estimula...
Ying y Yang, Juan y María... La enfermedad amorosa nos da la ilusión
de un cotidiano mágicamente transformado: me pongo las medias,
María está ahí; ella se cepilla los dientes, Juan está ahí. ¡Qué
bárbaro! Al amor a primera vista, mientras se trata de una metáfora,
todos conseguimos más o menos superarlo, porque a lo cotidiano
transformado por el amor le siguen días posteriores en que María
pierde lentamente sus poderes.
Motivo
Celta (frag.)
Nuestra
sociedad de la mercancía y del espectáculo ha hecho del amor una
super-mercancía descartable. Todo tiene que ocurrir en la estupefacción
del consumidor encantado, pero nuestra sociedad digiere rápido.
Sabemos todos, gracias a fabulosas herramientas tales como la
televisión, de qué modo enamorarse, reemplazando, por ejemplo,
el agua por la Coca-Cola, cómo vivir un amor a primera vista embriagado
por su perfume(**),cómo
declarar su amor con un diamante ... (***).
El agua fresca, prótesis indispensable
para el acontecimiento amoroso, es alegremente reemplazada por
otros productos menos acuosos y más caros según el antojo de nuestros
publicitarios, esos gangsters de nuestra época.
Pero
dejando de lado las bromas, "una mujer sin un hombre es como
un pez sin bicicleta": este bellísimo slogan elaborado por
las "hermanas" del movimiento feminista nos permite
escribir algunas palabras más allá de toda armonía pastoral amorosa.
Nosotros pensarnos que hay que atreverse a deconstruir radicalmente
y sin concesiones estas visiones unidimensionales y estériles
de un amor-armonía, de un encuentro perfecto que responde a no
se sabe qué correspondencia cósmica capaz de producir un todo.
No,
no se trata de un enchufe eléctrico ni de una sabiduría cualquiera
de la naturaleza, que determinaría una línea unívoca y sin ruptura
del género. ¿Has visto, hijo mío?, las moscas van con las moscas,
el gallo con las gallinas, el vecino con la vecina... El amor
tiene más que ver con un pez muy original al que le gusta una
bicicleta y con una bicicleta que sueña con vivir con un pez.
Ni armonía, ni encaje, ni correspondencia, simplemente, tal vez,
admiración.
"La
admiración, según dice Luce Irigaray, esa pasión que no
tiene ni contrario ni contradictorio, y que siempre es por una
primera vez. Así, el hombre y la mujer, la mujer y el hombre están
siempre una primera vez en el encuentro porque son insustituibles
el uno con respecto al otro. Jamás estaré en el lugar de un hombre,
jamás un hombre estará en mi lugar. Cualesquiera que sean las
identificaciones posibles, jamás ocupará uno exactamente el lugar
del otro -son irreductibles uno con respecto al otro" (2).
Imaginemos la sorprendida admiración
entre un pez y una bicicleta. La bicicleta no creo que este ser
tan raro, sin piernas ni brazos, sepa hacerla andar como se debe
y, por su parte, el pez no ve en la bicicleta una buena herramienta
para ir a su trabajo de pez.
La
frase del discurso amoroso está enunciada por Jacques Lacan
como: "Te pido que rechaces lo que te ofrezco porque
no es eso..." Nunca es eso y, sin embargo, no podemos impedimos
ofrecer nuestro amor. Para que el amor no tenga la cara de una
botella de Coca-Cola, es necesario poder identificar el vacío,
la fisura o la ruptura de un acuerdo entre dos seres que podrán
decir de la armonía: "No es eso."
Motivo
Celta (frag.)
Frente
a su mutua incapacidad para convertirse en la herramienta del
otro, el pez y la bicicleta tienen la posibilidad de construir
a partir del vacío una relación de admiración y de fidelidad llamada
amor. Fidelidad entre un pez y una bicicleta podría querer decir
no tomar al otro como objeto en un "salto del intervalo",
respetarlo y admirarlo como quien sigue siendo otro con el pasar
del tiempo. Ser fiel, para la burguesía, significa gozar del otro
en su consumo y su digestión hasta que el otro entregue su alma,
que ya no tenga secretos, tanto de profundidad como de libertad.
En la felicidad mercantil, fidelidad significa encarcelar al otro,
amor bancario en que uno invierte parte de su capital en alguien
y el resto en otra persona...
Que
no se trate de un enchufe eléctrico, que a pesar de la "buena"
voluntad del sexólogo todo no ocurra como entre los hipopótamos,
también quiere decir que, mientras el amor entre un pez y una
bicicleta esté fundado en la ética y la admiración, no habrá aberración
ni perversión, ni "mala elección de objeto", en una
palabra, no habrá patología. Entre pez y bicicleta, incluso entre
varios, todo está permitido.
"La
palabra fidelidad, escribe Alain Badiou, remite con claridad
a la relación amorosa, pero yo diría que es más bien la relación
amorosa la que remite, en el punto más sensible de la experiencia
individual, a la dialéctica del ser y del acontecimiento, cuya
fidelidad propone un ordenamiento temporal. En efecto, está fuera
de duda que el amor, lo que se llama amor, se funda con una intervención
y, por lo tanto, con una nominación, en los parajes de un vacío
convocado por un encuentro" (3).
El acontecimiento amoroso, tratado
como tal por Badiou, tiene sin duda que ver con la "verdad",
la "verdad" que plantea un indiscemible, haciendo un
agujero en lo cotidiano, en el saber (hacer) cotidiano. Frente
a este punto de vacío se requiere la ética, porque en ese momento
de ruptura de lo cotidiano que constituye el acontecimiento del
encuentro amoroso, los hombres y las mujeres tarnbién pueden aplastar
lo que hay de nuevo en este encuentro transformándolo en una "aventura"
o, peor todavía, en un casamiento. Desde el principio son infieles,
no en el sentido burgués de engañar a su pareja, sino infieles
al acontecimiento, a la singularidad del acontecimiento.
Dicen
que las cigüeñas son monógamas; en cambio, los gorilas aparentemente
no lo son, ¡bagatelas! Ni las cigüeñas ni los gorilas, ni siquiera
los hipopótamos pueden hacer de otro modo lo que hacen. Para ellos,
la imagen que se impone es la de un ciclista en perfecta armonía
con su bicicleta, o la de una horma con su zapato.
En
las relaciones amorosas que intentan existir más allá de las leyes
de la mercancía, todo queda por construir en un juego arriesgado,
juego de fidelidades múltiples. Pero sin duda, como lo dice Luce
Irigaray, se trata para la mujer de amarse a sí misma (nosotros
diremos ser fiel a sí misma) para poder amar a otras mujeres u
hombres. Con agrado incluimos en esta opinión a todos los peces
y bicicletas que se lanzan en la aventura amorosa.
Notas:
(1).
Alain Badiou, Manifeste pour la philosophie, Le Seuil.
Paris, 1989.
(*)
Hemos optado por dejar la expresión francesa Vivre d'amour
el d'eau fraîche, cuyo equivalente en castellano es Amor,
pan y cebolla, debido a las numerosas y precisas referencias
que de ella hace el autor a lo largo de este capítulo [N. del
T.]
(**)
Coup de foudre, cuyo significado en castellano es "amor
a primera vista", es también el nombre de un perfume [N.
del T.]
(***)
Comment déclarer son amour avec un diamant: referencia a una
publicidad francesa para la promoción de diamantes [N. del T.1]
(2).
Luce Irigaray, Ethique de la différence sexuelle, Ed.
de Minuit, Paris, 1984, p.20.
(3).
Alain Badiou, L´ Etre et l' Evénement, Seuil, Paris, 1988,
p. 257.
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