El mundo y el pantalón
Samuel Beckett
Cuando
leemos lo que escribió Beckett acerca de la pintura y en especial
de los hermanos Van Velde no podemos menos que asombrarnos. Gratamente
asombrarnos. Es una tersa sensación que nos recorre el cuerpo bajo
las formas sutiles de esa "extraña energía que es la palabra"
la que nos convoca al cuerpo y al color, a la forma y a la sensación.
La pintura como lo dado a ver, si es visto, será mucho más que algo
que se ve, será... que cada uno mantenga sus extrañas relaciones
con esa otra palabra que resume tantas cosas: el arte, o con esa
emoción ¿estética?. Nuestra interrogación cuenta de nuestro desacuerdo
con cualquier estética que intente limitar el concepto de "lo
bello" a... lo bello. Y recordamos a Nietzsche cuando nos trae
el estilete de la siguiente frase: "Tenemos el arte para que
la verdad no nos mate". Dos precisiones, una, verdad y arte
no se oponen, dos, ¿podremos alguna vez vivir verdades artísticas?
Decimos nosotros que hubiera dicho Nietzsche: "Quizás..."
(poner tono meditativo). ¿Podremos alguna vez asistir al arte en
la vida, ejerciéndose allí donde es tan necesario?. Para que ello
ocurra se hace necesario que dejemos de esperar que "el arte"
sea cosa de "artistas" y "museos", de "galerías"
y caballetes" de "expertos" o de "entendidos"
o, vayamos hacia ese otro extremo, también que el arte no sea la
mera sensación de un gusto o de un disgusto. El arte en la vida
hará de cada quien el artista de sus propios actos. Un acto de artista
será el entrelazado de vida acción y emoción con la filigrana plateada
de la sublimación. En definitiva, serán indistinguibles los humanos
y los artistas.
"El
mundo y el pantalón" fue escrito en los primeros meses de 1945.
Primera edición como «La peinture des van Veide ou le monde et le
pantalon», Cahiers d'Art, 20-21, 1945-46. Primera edición en libro.
París: Les Editions de Minuit. 1989.
Sergio
Rocchietti
EL CLIENTE: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme
un pantalón en seis meses.
EL SASTRE: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón
Para
empezar, hablemos de otra cosa, hablemos de dudas antiguas,
caídas en el olvido, o reabsorbidas por elecciones que no se
ocupan de ellas, por lo que se ha convenido en llamar obras
maestras, malas esculturas y obras de mérito.
Dudas de aficionado, claro está, de aficionado muy sabio, tal y como lo sueñan
los pintores, que llega agitando los brazos y se marcha agitando los brazos, con
la cabeza aturdida por lo que ha creído entrever. Qué tontería las
preocupaciones del ejecutante, al lado de las angustias del aficionado, que
nuestra iconografía de tres al cuarto ha cebado de fechas, de períodos, de
escuelas, de influencias, y que sabe distinguir, hasta tal punto es sabio, entre
un gouache y una acuarela, y que de vez en cuando cree adivinar lo que ama,
manteniendo el espíritu abierto. Pues el pobre se imagina que nada de lo que
es pintura debe serle extraño.
No
hablemos de la crítica propiamente dicha. La mejor, la de
un Fromentin. un Grohmann, un McGreevy, un Sauerlandt, es Amiel.
Histeroctomías hechas con palustre. ¿Cómo podría ser de otro modo?
¿Pueden solamente citar? Cuando Grohmann demuestra en Kandinsky
reminiscencias del grafismo mongol, cuando McGreevy pone en estrecha
relación a Yeats y Watteau, ¿adónde van los rayos? Cuando Sauerlandt
se pronuncia, con finura y seamos justos- parsimonia, sobre el caso
del gran pintor desconocido que es Ballmer, ¿dónde cae todo eso?
Das geht mich nicht an, decía Ballmer, al que los escritos
de Herr Heidegger hacían sufrir cruelmente. Y lo decía con
mucha modestia.
0,
entonces, se hace estética general, como Lessing. Es un juego
encantador.
0,
entonces, se hace anécdota, como Vasari o Harper's Magazine.
0,
entonces, se hacen catálogos razonados, como Smith.
0,
entonces, uno se entrega con toda franqueza a un parloteo desagradable y
confuso. Este es aquí el caso.
Con las palabras no se hace otra cosa que contarse. Los mismos lexicógrafos
se manifiestan abiertamente. Y hasta en lo confesional uno se traiciona.
¿No
se podría atentar contra el pudor en otra parte más que en las superficies
pintadas casi siempre con amor y a menudo con cuidado, y que son, también
ellas, confesiones? Parece que no. Las copulaciones contra natura son muy
cotizadas entre los aficionados a lo bello y lo raro. No hay más que inclinarse
ante el saber vivir.
Acabado, completamente nuevo, el cuadro está ahí, un sinsentido.
Pues aún no es más que un cuadro, no vive aún más que de la vida
de las líneas y los colores, no se ha ofrecido más que a su autor.
Dense cuenta de la situación. Espera que le saquen de ahí. Espera
los ojos, los ojos que durante siglos, pues es un cuadro con porvenir,
van a cargarlo, alimentarlo de la única vida que cuenta, la de los
bípedos sin plumas. Acabará por reventar. Importa poco. Lo recompondrán.
Lo remendarán. Le ocultarán el sexo y le sostendrán la garganta.
Le pondrán un jamón en el sitio del muslo, como se hizo con la Venus
del Giorgione, en Dresde. Conocerá los sótanos y los techos.
Le caerán encima con paraguas y escupitajos, como se hizo con el
Lurçat, en Dublín. Si hay un fresco de cinco metros de alto por
veinticinco de largo, lo encerrarán en una prensa de tomates, habiendo
tenido cuidado presumiblemente de avivarle los colores con ácido
azótico, como se hizo con el Triunfo de César de Mantegna,
en Hampton Court. Cada vez que los alemanes no dispongan de tiempo
para mudarse, se transformará en champiñón en un garaje abandonado.
Si hay un Judith Leyster, se lo darán a Hals. Si hay un Giorgione
y es demasiado pronto para dárselo todavía a Tiziano, se
lo darán a Dosso Dossi (Hannover). El señor Berenson lo explicará
todo. Habrá vivido y repartido alegría.
Eso
explica por qué los cuadros tienen mejor pinta en el museo que en
una casa particular.
Eso
explica por qué la Obra Maestra desconocida de Balzac
está en tantas cabeceras de cama. Sustraída al juicio de los hombres,
la obra acaba por expirar, en medio de suplicios espantosos. La
obra considerada como creación pura, y cuya función se detiene en
la génesis, está abocada a la nada.
Un
solo aficionado (iluminado) la habría salvado. Uno solo de
esos señores con el rostro ahuecado por los entusiasmos sin garantía,
con los pies aplanados por estaciones innombrables, con los dedos
desgastados por catálogos de cincuenta francos, que miran primero
de lejos, luego de cerca, y que consultan con el pulgar, en los
casos particularmente espinosos, el relieve del empaste.
Pues no se trata aquí del animal grotesco y despreciable cuyo espectro
asedia los talleres, como el del tapir los cuchitriles de los estudiantes
de la Escuela Normal, sino más bien del loco inofensivo que
corre, como otros al cine, a las galerías, al museo y hasta a las
iglesias, con la esperanza -agárrense bien- de gozar. No quiere
instruirse, el muy cerdo, ni convertirse en mejor. No piensa más
que en su placer.
El
es quien justifica la existencia de la pintura como cosa pública.
Yo
le dedico estas consideraciones, si bien hechas para obnubilarlo aún más.
No
pide más que gozar. Se ha hecho lo imposible para impedírselo.
Se
ha hecho lo imposible especialmente para que secciones enteras de la pintura
moderna le sean tabúes.
Se
ha hecho lo imposible para que elija, para que tome partido, para que acepte
a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que
deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o
encontrar fea, sin saber por qué.
Le
dicen:
«No
se acerque al arte abstracto. Está fabricado por una banda de truhanes y
tramposos. No sabrían hacer otra cosa. No saben dibujar. Siendo así que
Ingres dijo que el dibujo es la probidad del arte. No saben pintar. Siendo
así que Delacroix dijo que el color es la probidad del arte. No se
acerque. Un niño haría lo mismo».
¿Qué
puede importarle el que sean unos truhanes si le proporcionan placer? ¿Qué puede
importarle el que no sepan dibujar? ¿Sabía dibujar Cimabue? ¿Qué quiere
decir: saber dibujar? ¿Qué puede importarle que los niños puedan hacer lo mismo?
Que hagan lo mismo. Será maravilloso. ¿Qué es lo que se lo impide? ¿Tal vez sus
padres? ¿0 no disponen de tiempo?
Le
dicen:
«No
pierda su tiempo con los realistas, con los surrealistas, con los cubistas, con
los fauvistas, con los domesticados, con los impresionistas, con los
expresionistas, etc.». Y cada vez le dan razones excelentes. Falta poco para que
le digan que no se aficione demasiado a los deplorables siglos de pintura
precézanniana.
Le
dicen:
«Todo lo que es bueno en pintura, todo lo que es viable, todo lo que puede usted
admirar sin temor, se encuentra en una línea que va desde las grutas de Eyzies
hasta la Galería de Francia».
No
se precisa si es una línea preestablecida o si es un trazado que se desarrolla
proporcionalmente como la baba de la babosa. No se le muestra en qué signos
puede saber si un cuadro dado se adapta a ella. Es una línea invisible. Su
línea, ¿no sería un plano por casualidad?
Le
dicen:
«No
tiene el derecho de abandonar la expresión directa más que quien está
capacitado. La pintura deformada es el refugio de todos los fracasados».
¡Derecho! ¿Desde cuándo el artista, en cuanto tal, no tiene todos los
derechos, es decir, ninguno? Quizá pronto le esté prohibido exponer, e incluso
trabajar, si no puede justificar tantos años de academia.
Con
idénticos balidos saludaban, hace ciento cincuenta años, el verso libre y la
gama tonal.
Le
dicen:
Picasso está bien. Puede ir a él con confianza.
Y ya
no volverá a escuchar los ronquidos homéricos.
Le
dicen, con una gran bondad:
«Todo es objeto para la pintura, sin exceptuar los estados de ánimo, los sueños
e incluso las pesadillas, a condición de que su transcripción se haga con medios
plásticos».
¿Sería por casualidad el empleo o no empleo de esos instrumentos quienes
decidirían la presencia o la ausencia, en la línea citada antes, de un cuadro
dado?
Sería en todo caso útil, e incluso interesante, saber lo que se entiende por
medios plásticos. Siendo así que nadie lo sabrá jamás. Es algo que sólo los
iniciados huelen.
Pero
supongamos que la definición se adquiere, de una vez por todas, de manera tal
que no importe qué legañoso pueda exclamar, delante de un cuadro que haya que
juzgar: «Está bien, los medios son plásticos», y que quede establecido al mismo
tiempo que sólo es buena la pintura que se sirve de ellos. ¿Qué decir, en ese
caso, del artista que renunciase a hacerlo?
Esto
provoca vastos y tenebrosos problemas de estética práctica, hablo de los que
tienen tendencia al pompier, al hipopompier, al hiperpompier, y al pompier de
propósito deliberado, a sus relaciones recíprocas y zonas de estratificación, y,
de una manera general, a la legitimidad, perdón, a la oportunidad de la chapuza
creativa deseada.
Le
dicen:
"Dalí es pompier. No sabría hacer otra cosa".
He ahí lo que se llama no dejar nada al azar. Primero se
estrangula, luego se destripa.
Los
juicios hermanados prosperan en estos momentos. Dicen mucho de los jueces.
Propongo el espécimen de arriba como modelo de género. Es corto, claro, muy
equilibrado (afirmación primero, luego negación), graciosamente trascendental,
fácil de pronunciar para los anglosajones y sin réplica. Es decir, que habría
que empezar la réplica en torno a los quince años de edad, lo más tarde.
No
serían demasiados diez volúmenes de análisis nauseabundos para extirparle el
enorme y maligno malentendido, el que envenena desde hace tanto tiempo, en el
plano de la idea, las relaciones entre pintores, entre aficionados, entre
pintores y aficionados.
Pues
si no es Dalí, es otro; y si no es pompier, es otra cosa.
Veamos solamente algunas de las cuestiones que se plantean cuando hayamos
admitido que pompier tiene un sentido y que Dalí, voluntaria o
involuntariamente, presenta las marcas de su marchitamiento.
¿Por
qué no debería hacer pompier, deliberadamente, si le convenía?
¿No
se puede concebir el pompier y el no pompier reunidos, aquél al servicio de
éste? La prosa de La Princesse d'Elide, ¿sería tan bella si no hubiera versos?
Los paisajes de Claude, ¿no le deben nada realmente al estucado?
¿Cómo puede saberse que no sabría hacer otra cosa? ¿Ha firmado acaso una
declaración en ese sentido? ¿Y por qué no habría hecho pompier, nada más
que pompier, desde su más tierna infancia, si le convenía?
Y
¿por qué, no sabiendo hacer otra cosa que pompier, no habría de obtener
de ello algo admirable? ¿Porque pompier admirable es una contradictio
in adjectio? Lo fue.
Y
así sucesivamente.
He
aquí una ínfima parte de lo que le dicen al aficionado.
Nunca le dicen:
«No
hay pintura. Sólo hay cuadros. Estos, al no ser salchichas, no son
ni buenos ni malos. Todo lo que se puede decir de ellos es que traducen,
con mayor o menor pérdida, absurdos y misteriosos empujes hacia
la imagen, que son más o menos adecuados en relación a oscuras tensiones
internas. En cuanto a que usted decida por sí mismo el grado
de adecuación, no ha lugar, ya que no está en la piel del forzado.
El mismo no sabe nada tampoco la mayor parte del tiempo. Por otra
parte se trata de un coeficiente sin ningún interés. Pues pérdidas
y beneficios se contrarrestan en la economía del arte, donde el
tú es la luz de lo dicho, y toda presencia, ausencia. Todo lo
que conseguirá saber de un cuadro es cuánto le gusta (y, en rigor,
por qué, si ello le interesa). Pero incluso eso probablemente
no lo sepa usted nunca, a menos que se vuelva sordo y olvide el
catón. Llegará un tiempo en que, de sus visitas al Louvre, pues
sólo irá al Louvre, no le quedarán más que recuerdos de duración:
"Me quedé tres minutos delante de la sonrisa del Profesor Pater,
mirándole"».
He
ahí una ínfima parte de lo que no le dicen jamás al aficionado. No es que sea
manifiestamente más verdadero que lo demás.
Pero
lo cambiaría.
La
pintura (ya que no existe) de Abraham y Gerardus van Velde es poco
conocida en París, es decir, poco conocida. Sin embargo trabajan en ella desde
hace veinte años, desde hace dieciséis años.
La
de A. van Velde es particularmente poco conocida. Sus cuadros, por así decirlo,
no han salido nunca del taller, a menos que cuente como salida el oreo anual
cabeza abajo en los Independientes. De esta larga reclusión, surgen, hoy, tan
frescos como si, desde sus comienzos, nunca hubieran dejado de ser admirados,
tolerados, vilipendiados.
Ninguna exposición, ni siquiera modesta, ha reunido nunca en París las telas de
uno o de otro.
Por
el contrario, una importante exposición de G. van Velde tuvo lugar en
Londres, en 1938,
en
la Galería Joven Guggenheim. Extraño encuentro. Numerosas telas suyas se han
quedado en Inglaterra.
Han
trabajado sobre todo en París y en sus accesos inmediatos. A. van Velde,
sin embargo, ha vivido un tiempo en Córcega (1929-1931) y en Mallorca
(1932-1936).
Iba
a olvidar lo más importante. A. van Velde nació en La Haya, en octubre de
1895. Era el instante de las brumas. G. van Velde nació cerca de Leyden,
en abril de 1897. Fue el instante de los tulipanes.
Lo que sigue no será más que una desfiguración verbal, es decir, un asesinato
verbal, de emociones que, lo sé bien, sólo me conciernen a mí.
Desfiguración, si bien se piensa, menos de una realidad afectiva que de su
risible huella cerebral. Pues basta que reflexione acerca de todos los placeres
que me dieron, de todos los placeres que me dan los cuadros de A. van Velde, y
acerca de todos los placeres que me dieron, de todos los placeres que me dan los
cuadros de G. van Velde, para que los sienta escapárseme, en un derrumbamiento
innombrable.
Así
pues, una doble matanza.
En
cuanto a la forma, tendrá forzosamente el aire de una serie de proposiciones
apodícticas. Es la única manera de no ponerse en evidencia.
Importa, en primer lugar, no confundir las dos obras. Son dos cosas, dos series
de cosas absolutamente distintas. Se separan, cada vez más, una de otra. Se
separarán, cada vez más, una de otra. Como dos hombres que, salidos de la puerta
de Chatillon. se encaminasen, sin conocer demasiado bien el camino, con
frecuentes paradas para darse valor, uno hacia la Rue du Champsde-I'Alouette, v
el otro hacia l'Ile des Cygnes.
Importa luego asegurar bien sus relaciones. Que se parezcan, dos hombres que
caminan hacia el mismo horizonte, en medio de tantas dormidas, sentadas,
navegaciones en común.
Hablemos primero del mayor. Su originalidad es, de los dos, con mucho, la más
fácil de aprehender, la más brillante. La pintura de G. van Velde es
excesivamente reticente, ejecutada por irradiaciones que se sienten defensivas,
está dotada de lo que los astrónomos llaman (salvo error) una gran velocidad de
evacuación. Mientras que la de A. van Velde parece congelada en un vacío
lunar. El aire la ha abandonado.
Exagero.
Pienso sobre todo en las últimas telas, las que G. van Velde acaba de
traer del Sur, las que A. van Velde ha hecho en 1940 y 1941, (no ha hecho
nada después). El contraste se dejaba notar menos hace diez años. Pero ya ha
estallado.
Esta
distribución de los papeles es de lo más inesperado. Todo hacía prever lo
contrario. Y tengo miedo de que no vayamos hacia comprobaciones que deberán, en
efecto, invertirlos, para todo espíritu preocupado por la coherencia.
¿De
dónde viene esta impresión de cosa en el vacío? ¿De la manera? Es como si se
dijese que la impresión de azul viene del cielo. Busquemos un círculo más
amplio.
En
Abraham van Velde nos las tenemos que ver con un esfuerzo de percepción
tan exclusiva y extrañamente pictórica que nosotros, siendo nuestras reflexiones
sólo murmullos, no la concebimos más que con pena, no la concebimos más que
arrastrándola hacia una especie de ronda sintáctica, más que colocándola en el
tiempo.
(Anoto, literalmente entre paréntesis,
el
curioso efecto,
del que he sido testigo más de una vez, que producen estos cuadros
sobre el espectador de buena fe. Le privan,
incluso al más propicio al comentario,
del
uso de la palabra.
No es en absoluto un silencio de trastornado, a juzgar por las elocuentes
refutaciones que terminan de todos modos por manar. Es un silencio, casi se
diría que de conveniencia, como el que se guarda, preguntándose por qué, delante
de un mudo.)
Escribir percepción puramente visual es escribir una frase desprovista de
sentido. Como
un por supuesto. Pues cada vez que se quiera hacer hacer a las palabras un
verdadero trabajo de transbordo, cada vez que se les quiera hacer expresar algo
que no sean palabras, se alinean de manera que se anulan mutuamente. Es, sin
duda, lo que le da a la vida todo su encanto.
Pues
no se trata, de ninguna manera, de una toma de conciencia sino de una
toma
de visión, de una toma de vista simplemente.
¡Simplemente! Y de una toma de visión en el único campo que a veces se deja ver
sin más, que no insiste siempre en ser mal conocido, que concede por momentos a
sus fieles ignorar todo lo que no sea su apariencia:
el
campo interior.
Espacio y cuerpo, acabados, inalterables, arrancados del tiempo por el hacedor
de tiempo, al abrigo del tiempo en la fábrica de tiempo (¿quién se pasaba el día
en el Sacré-Coeur para no tener que verlo más?), he ahí lo que valen Barbizon y
el cielo de Pérouse. Por otra parte, en un cierto sentido, en eso consiste la
salida.
Los
pájaros han caído, Manto se calla, Tiresias ignora.
Ignorancia, silencio y el azul inmóvil, he ahí la solución de la adivinanza, la
última única solución.
Para
algunos.
¿En
qué se han ensañado las artes representativas, desde siempre? En querer detener
el tiempo, al representarlo.
Cuántos vuelos, carreras, ríos, flechas. Cuántas caídas y ascensiones. Cuánta
humareda. Hemos tenido hasta un chorro de orina (oveja negra del divino Potter),
símbolo por excelencia de la huida de las horas.
Nunca estaremos bastante reconocidos por ello.
Pero
quizá ya era hora de que el objeto se retirase, por aquí y por allá, del mundo
llamado visible.
El
"realista", sudando delante de su cascada y echando pestes contra las
nubes, no ha cesado de encandilarnos. Pero que no nos venga ya a jorobarnos con
sus historias de objetividad y de cosas vistas. De todas las cosas que nadie ha
visto jamás, sus cascadas son seguramente las más enormes. Y, si existe un medio
donde se haría mejor en no hablar de objetividad, es el que él surca, bajo su
sombrero quitasol.
La
pintura de A. van Velde seria, pues, en primer lugar, una pintura de la
cosa en suspenso, yo diría incluso de la cosa muerta, idealmente muerta, si este
término no tuviese tan fastidiosas asociaciones. Es decir que la cosa que se ve
en ella ya no está solamente representada como en suspenso, sino estrictamente
tal como es, realmente congelada. Es la cosa a solas, aislada por la necesidad
de verla, por la necesidad de ver. La cosa inmóvil en el vacío, he ahí, por fin,
la cosa visible, el objeto puro. Yo no veo otro.
La
caja craneal tiene el monopolio de este artículo.
Es
allí donde a veces el tiempo se adormece, como la rueda del contador cuando se
apaga la última bombilla.
Es
allí donde se empieza, por fin, a ver, en la oscuridad. En la oscuridad que ya
no teme a ningún amanecer. En la oscuridad que es alba y mediodía y atardecer y
noche de un cielo vacío, de una tierra fija. En la oscuridad que ilumina el
espíritu.
Es
ahí donde el pintor puede tranquilamente guiñar el ojo.
Estamos lejos del famoso «derecho» de la pintura para crear sus objetos. Es el
aire pleno quien llama a esta operación audaz.
Lejos igualmente de las fantochadas de lo surreal.
Relaciones de utensilios con la gran escuela de la pintura crítica -crítica de
sus objetos, crítica de sus medios, crítica de sus fines, crítica de su crítica,
y de la que aún no estamos más que en las magníficencias sienesas.
Había una vez un hombre que se llamaba el gran Tomás...
Inútil buscar la originalidad de A. van Velde fuera de esta objetividad
prodigiosa, pues todo lo demás se liga a ella no ciertamente como consecuencia,
ni como efecto, sino en el sentido en que la ocasión misma la ha suscitado.
Hablo de todo lo que esta pintura presenta de no razonado, e ingenuo, de no
combinado, de mal retocado.
Imposible razonar sobre lo único. La
pintura razonada
es aquella en la que
cada toque es una síntesis, cada tono el elegido entre mil, cada trazo, símbolo,
y que se acaba en sus subterfugios de entimema. Es la naturaleza muerta en la
mariposa. Es la máquina de coser sobre la mesa de operaciones. Es el rostro
visto de frente y de perfil a la vez. Es sin duda también la dama con senos
dorsales, aunque esto no sea cierto. Produce obras maestras a su manera.
Imposible querer otra cosa que lo desconocido, lo finalmente visto, cuyo centro
está en todas partes y la circunferencia en ninguna; ni el único agente capaz de
hacerlo cesar; ni la finalidad, que es hacerlo cesar. Pues es de eso de lo que
se trata, de no ver ya esa cosa adorable y espantosa, de volver a entrar en el
tiempo, en la ceguera, de ir a aburrirse delante de torbellinos de carne nunca
muerta y estremecerse bajo los álamos. Entonces se la muestra, de la única
manera posible.
Imposible poner orden en lo elemental.
Se
la muestra o no se la muestra.
La
pintura conjetural le ha proporcionado los utensilios. Su influencia no va más
allá. Este utensilio, A. van Velde lo ha modificado mucho después. No por
ello se siente menos su proveniencia. El lo ha adaptado a las necesidades de su
trabajo, que no tiene nada de conjetural.
Hay
Braques que parecen meditaciones plásticas sobre los medios usados
en la obra. De ahí esa extraña impresión de hipótesis que se desprende
de ellos. Lo definitivo queda siempre para mañana. Parece que esta
puntualización es pertinente para una gran parte, y no la menor,
de lo que se conoce como pintura moderna viva.
En
A. van Velde, nada parecido. El
afirma. Ni siquiera eso. Atestigua. Sus
medios tienen la especificidad de un espéculo, no existen más que
en relación a su función. No se interesa en ellos lo suficiente
como para dudarlo. No se interesa más que en lo que reflejan.
Tocamos aquí algo fundamental y que permitiría aprehender en virtud de qué
exactamente existe, desde Cézarme, toda una pintura que ha cortado con sus
antecedentes (que hace tiempo perdió al querer ligarse de nuevo a ellos), y en
virtud de qué, a su vez, la pintura de A. van Velde se separa de ésta.
El
arte adora los saltos.
Pasar de esta fidelidad masiva a la pintura de G. van Velde es pasar del
Homme au heaume a Vue de Delfi, de la Sixtina a los Loges (comparo
relaciones).
Es
un paso difícil.
¿Qué
decir de esos planos que se deslizan, de esos contornos que vibran, de esos
cuerpos como tallados en la bruma, de esos equilibrios que un nada puede romper,
que se rompen y se reconstruyen a medida que se mira? ¿Cómo hablar de esos
colores que respiran, que jadean? ¿De esa estasis pululante? ¿De ese mundo sin
peso, sin fuerza, sin sombra?
Aquí
todo se mueve, nada, huye, regresa, se deshace, se rehace. Todo cesa, sin cesar.
Se diría la insurrección de las moléculas, el interior de una piedra en la
milésima de segundo antes de disgregarse.
Es eso la literatura.
Sería preferible no exponerse a estas dos maneras de ver y pintar en un mismo
día. Al menos al principio.
Pongámoslo más groseramente. Dejemos de ser ridículos.
A. van Velde pinta la duración.
G. van Velde pinta la sucesión.
Dado
que, antes de poder ver la duración, con mayor razón antes de poder
representarla, se la debe inmovilizar, aquél se desvía de la duración
natural, la que gira como una peonza bajo el azote del sol. El la idealiza, hace
de ella un sentido interno. Y justamente al idealizarla puede realizarla con esa
objetividad, esa nitidez sin precedente. Ese es su hallazgo. Lo debe a una
necesidad que tiende al extremo de ver claro.
Este, por el contrario, está enteramente vuelto hacia el afuera, hacia el
caos de las cosas en la luz, hacia el tiempo. Pues no se conoce el tiempo más
que en las cosas que agita, que impide ver. Es dándose enteramente al
afuera, mostrando el macrocosmos sacudido por los estremecimientos del tiempo,
como se realiza, como realiza al hombre, si se prefiere, en lo que tiene de más
inconmovible, en su certeza de que allí no hay presente ni reposo. Es la
representación de ese río por donde, según el modesto cálculo de Heráclito,
nadie desciende dos veces.
Es
un raro memento mori, la pintura radiante de G. van Velde. Lo
anoto de paso.
Ninguna relación con la pintura de reloj de suspensión, la que, por haber
concedido a los nenúfares dos minutos diarios durante la eternidad del salmista,
cree haber bloqueado la rotación terrestre, por no hablar de los aburridos
pataleos de los astros inferiores. En G. van Velde el tiempo galopa, lo espolea
con una especie de frenesí de Fausto a contrapelo.
«He
aquí lo que somos», dicen sus telas. Y añaden: «Es una suerte».
Con
esto, es una pintura de una tranquilidad y una dulzura extraordinarias.
Decididamente, en ella no comprendo nada. No hace ruido. La de A. van Velde
hace un ruido muy caracterizado, el de una puerta que cruje a lo lejos, el
ruidillo sordo de la puerta que acaban de hacer crujir al arrancarla del muro.
Dos
obras en suma que parecen refutarse, pero que de hecho se reúnen en el corazón
del dilema, el dilema mismo de las artes plásticas: ¿Cómo representar el cambio?
Han
rehusado, cada uno a su manera, el bies. No son ni músicos, ni literatos, ni
peluqueros. Para la pintura, la cosa es imposible. Por otra parte es de la
representación de esta imposibilidad de donde la pintura moderna ha obtenido una
buena parte de sus mejores efectos.
Pero
ni el uno ni el otro tienen lo que hace falta para sacar partido plásticamente
de una situación plástica sin salida.
Es que en el fondo la pintura no les interesa.
Lo que les interesa es la condición humana.
Volveremos sobre ello.
¿Qué
les queda, entonces, de representable, si renuncian a representar el cambio?
¿Existe algo, fuera del cambio, que se deje representar?
Les
queda, a uno lo que sufre, lo que ha cambiado; al otro lo que impone, lo que
hace cambiar.
Dos
cosas que, en el desasimiento, el uno, del verdugo, el otro, de la víctima, en
el que finalmente llegan a ser representables, siguen creyendo. Todavía no son
cosas. Eso llegará. En efecto.
En
ello hay dos actitudes profundamente diferentes, y cuyos principios
prematuramente erigidos en antítesis hacen las delicias de la psicología desde
siempre, desde los dyskoloi y los eukoloi. Tienen sus raíces en la misma
experiencia. Eso es lo encantador. ¿No?
El
análisis de esta divergencia, aunque no explique nada, ayudará quizás a situar
las dos obras, una frente a otra. Podrá iluminar notablemente la diferencia que
acusan desde el punto de vista del estilo, diferencia cuyo sentido profundo
importa penetrar si queremos evitar el fundar sobre ella una confrontación
meramente superficial. No sabríamos insistir en ello demasiado. Esta especie de
negligencia categórica, de desidia altiva, este uso despreciativo de medios
soberanos, que traducen tan bien, en el primogénito, la urgencia y la primacía
de la visión interior, se convertirán, en el otro, en faltas irreparables. Pues
éste no se ocupa de la cosa sola, cortadas sus amarras con todo lo que hacía de
ella un simple indicio de perdición, diríase que cortadas sus amarras con ella
misma y cuyo desencallamiento exige precisamente esta mezcla de maestría y
aburrimiento, sino de
un
objeto infinitamente más complejo. A decir verdad, menos de un objeto que de un
proceso, un proceso sentido con una acuidad tal que ha adquirido de él una
solidez de alucinación, o de éxtasis. Se ocupa siempre de lo compuesto.
Ya no es el compuesto natural, agazapado en sus melancólicos tornasoles
cotidianos, sino los mismos elementos cuya presencia permanece. Confrontado a
este bloque impenetrable, A. van Velde lo ha hecho saltar para liberar en
él aquello que necesitaba. Para el otro, esta solución estaba excluida de
antemano.
Las
dos cosas debían permanecer asociadas. Pues no se representa
la
sucesión más
que por medio de los estados que se suceden, más que imponiendo a éstos un
deslizamiento tan rápido que acaben por fundirse, diría que por estabilizarse,
en la imagen de la sucesión misma.
Forzar la invisibilidad innata de las cosas exteriores hasta que esta misma
invisibilidad se convierta en cosa, no simple conciencia de límite, sino una
cosa que se puede ver y hacer ver, y hacerlo, no en la cabeza
(los pintores no
tienen cabeza, lean, pues, en su lugar, lienzo, o estómago, o lugares donde les
entarasco con ello)
sino
en la tela,
he ahí un trabajo de una complejidad diabólica y que requiere un oficio de una
flexibilidad y ligereza extremas, un oficio que insinúe más que afirme, que no
sea positivo más que con la evidencia fugaz y accesoria del gran positivo, del
único positivo, del tiempo que acarrea.
¿Existe detrás de estos pintarrajos un sólido fondo de trucos para engañar al
ojo? ¿Sabrían trazar el arco iris sin ayuda de un compás? ¿Prestar, qué digo,
dar relieve al culo de un caballo desbocado, bajo la lluvia? Nunca les he
preguntado.
La pintura de los Van Velde tiene otros secretos que sería fácil reducir
(a la impotencia) por medio de lo que precede. Pero no creo que todo se pierda.
No ignoro cuántos de tales desarrollos deben de parecer arbitrarios,
esquemáticos y poco conformes con las imágenes que les dieron ocasión y
alimento, las imágenes de las imágenes. Conferirles unos aires más decentes, más
persuasivos, con gran refuerzo de las restricciones y los matices, no sería
difícil, sin duda. Pero no vale la pena.
Por
otra parte no se ha tratado nunca de lo que hacen estos pintores, o creen hacer,
o quieren hacer, sino únicamente de lo que yo les veo hacer.
Debo
repetirlo por temor a que se les tome por cochinos intelectuales.
Siendo así que no se puede concebir una pintura menos intelectual que ésta.
A. van Velde, en particular, no debe de empezar a darse cuenta de lo que ha
hecho hasta diez años después. Entendámonos. El sabe cada vez cómo están las
cosas, a la manera de un pez en alta mar que se detiene en la profundidad
favorable, pero las razones para ello se las ahorra.
Esto
parece también verdad para G. van Velde, con las restricciones (henos
ahí) que impone su ataque tan distinto.
Me
hacen pensar en ese pintor de Cervantes que, a la pregunta «¿Qué pintáis?»,
respondía: «Lo que salga de mi pincel».
Para
terminar, hablemos de otra cosa, hablemos de lo "humano".
Es
un vocablo, y sin duda también un concepto que se reserva para los tiempos de
los grandes degüellos. Hace falta la pestilencia, Lisboa y una carnicería
religiosa mayor para que los seres sueñen en amarse, en dejar en paz al
jardinero de al lado, en ser simplissimus.
Es
una palabra que hoy día se devuelve con un furor nunca igualado. Diríase un
dumdum.
Eso
llueve sobre los medios artísticos con una abundancia muy particular. Es una
pena. Pues el arte no parece necesitar cataclismos para poder ejercerse.
Los
estragos son ya considerables.
Con
"Esto no es humano", está dicho todo. A la basura.
El
día de mañana se le exigirá a la carnicería que sea humana.
Eso
no es nada. Por lo menos estamos acostumbrados.
Lo
que es, propiamente espantoso es que el artista mismo lo admita.
El
poeta que
dice: no soy un hombre, no soy más que un poeta. El medio más rápido de hacer
rimar amor y vacaciones pagadas.
El
músico que
dice: tocaré la sirena con la trompeta en sordina. Eso lo hará más humano.
El
pintor que
dice: todos los hombres son hermanos. Vamos, un pequeño cadáver.
El
filósofo que
dice: Protágoras tenía razón.
Son
capaces de demolernos la música, la poesía y el pensamiento durante cincuenta
años.
Sobre todo, no protestemos.
¿Quieren un
existente
adecuado? Pónganle un azul. Denle un silbato.
¿Les
interesa el
espacio?
Hagamos que cruja.
¿Les
atormenta el
tiempo?
Matémosle juntos.
¿La
belleza? El hombre reunido.
¿La
bondad?
Extinguir.
¿La
verdad? La
ventosidad del mayor número.
Que
llegará a ser, en esta feria, esta pintura solitaria, solitaria de soledad que
se cubre la cabeza, de soledad que tiende los brazos.
Esta pintura cuya parcela menor contiene más humanidad verdadera que
todas sus procesiones hacia una felicidad de cordero sagrado.
Supongo que la lapidarán.
Existen las condiciones eternas de la vida. Y existe su coste. Maldición a
quienes los distingan.
Después de todo se contentarán con rechiflar.
Sea
como sea, se volverá sobre esto.
Pues
no hacemos sino comenzar a incordiar con los hermanos Van Velde.
Yo
abro la serie.
Es
un honor.
Selección, nota inicial y destacados: S.R.
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