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El Habla, 2da parte
Martin Heidegger
Nota
preliminar: en verdad es ésta una nota "in media res", lo cual hace que
tengamos que introducir un cambio a nuestra primera propuesta de dejar
"intocado" el texto de M.H., hemos destacado algunas cuestiones pues
consideramos que era importante que así se lo hiciera. Si la primera parte
ofrecía una experiencia a realizar, esta segunda requiere de una señalización,
aunque mínima, para efectuar su recorrido (S. R.).
El dolor petrificó el umbral .
Pero los versos
ahora señalados muestran la particular belleza de las imágenes empleadas. Esta
belleza acentúa el encanto del poema y subraya la perfección estética de la obra
de arte.
El poema describe
una tarde de invierno. La primera estrofa narra lo que sucede en el
exterior: cae la nieve y resuena la campana de la tarde. Lo exterior roza el
interior de la morada humana. La nieve cae en la ventana, La campana se hace oír
en cada casa. En el interior todo está bien provisto y preparada la mesa.
En la segunda
estrofa nace un contraste. Frente a los muchos que están amparados en casa,
otros caminan por oscuros y desconocidos senderos. Pero éstos, quizás escarpados
senderos, llevan, a veces, al portal de la morada acogedora. Esto mismo no está
propiamente representado. En su lugar el poema menciona el árbol de la gracia.
La tercera
estrofa invita al caminante a entrar desde el exterior oscuro al luminoso
interior. Las casas de los 'muchos' y las mesas de sus cotidianas comidas se han
transformado en templo y altar.
El contenido
del poema podría desgranarse con aún más claridad, su forma delimitarse aún
más nítidamente, pero si procediéramos de este modo permaneceríamos fijados en
una representación del habla que rige desde hace milenios. Según esta
representación el habla es la expresión por el hombre de estados de ánimo
internos y de la visión del mundo que los guía. ¿Se puede romper esta
inamovible representación del habla? ¿Por qué debe ser rota? En su esencia el
habla no es ni expresión ni actividad del hombre. El habla habla.
Buscamos ahora el hablar del habla en el poema. Así, lo buscado reside en lo
poético de lo hablado.
«Una tarde de
invierno» es el título del poema. De él esperamos la descripción de una tarde de
invierno tal como es en realidad. Pero el poema no representa una tarde de
invierno presente en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Tampoco describe una
tarde ya presente ni quiere dar a una tarde no presente la apariencia de una
presencia, ni siquiera tal impresión. Por supuesto que no, se dirá. Todo el
mundo sabe que un poema es poesía. Es poesía incluso cuando aparenta describir.
En un poema el poeta imagina algo que puede ser y estar en su presencia.
Venido a ser, el poema nos evoca la imagen de lo que, de este modo, ha sido
representado. En el hablar del poema habla la imaginación poética. Lo hablado
del poema es lo que el poema exterioriza desde sí mismo en el decir. Esto así
hablado habla en tanto enuncia su contenido. El habla del poema es un
decir-expresar en más de un sentido. Indiscutiblemente, el habla demuestra ser
expresión. Pero lo demostrado se opone a la frase, «el habla habla», siempre y
cuando se admita que hablar no es, en su esencia, un expresar.
Incluso cuando lo
entendernos desde el decir poético, lo hablado del poema nos aparece bajo
coacción, siempre exclusivamente como expresión expresada. El habla es
expresión. ¿Por qué no nos resignarnos a este hecho?. Porque lo justo y lo usual
de esta representación del habla no alcanza para fundar en ella la dilucidación
de su esencia. ¿Cómo medimos esta insuficiencia? Para ser capaces de esta
medición ¿no debe vincularnos ya otra medida?. Ciertamente. Esta medida se da a
conocer en la frase: el habla habla. Hasta ahora esta frase directriz sólo
tenía por objeto defendernos de la empedernida costumbre de relegar de inmediato
el habla a las formas de la expresión, en lugar de pensar el habla a partir de
sí misma. El poema leído fue elegido porque, por razones ahora no
explicables, se nos revela idóneo para darnos indicaciones fecundas en nuestra
tentativa de dilucidar el habla.
El habla
habla. Esto quiere decir al mismo tiempo y ante que nada: el
habla habla. ¿El habla? ¿Y no el hombre? ¿No es aún más insostenible
lo que nos pide ahora la frase rectora ¿Queremos acaso negar que el hombre sea
aquel ser que habla. De ningún modo. No lo negamos ni tampoco negarnos la
posibilidad de ordenar las formas del habla bajo la rúbrica de «expresión». Pero
preguntamos: ¿hasta qué punto habla el hombre?. Preguntamos: ¿Qué es hablar?.
Cuando cae la nieve en la ventana ,
Largamente la campana de la tarde resuena ,
Este hablar
nombra la nieve que cae sin ruido en la ventana en el día que declina mientras
la campana de la tarde resuena. Cuando nieva de este modo, todo lo que tiene
duración dura más. Por ello dobla largamente la campana de la tarde que día tras
día suena su tiempo rigurosamente delimitado. El hablar nombra el tiempo de la
tarde de invierno. ¿Qué es este «nombrar»? ¿Rodea solamente con palabras
de una lengua a los objetos y sucesos conocidos y representables: nieve,
campana, ventana, caer, resonar? No. El nombrar no distribuye títulos, no emplea
palabras, sino que llama las cosas a la palabra. El nombrar invoca. La
invocación acerca lo invocado. Pero este acercamiento no acerca lo invocado
para depositarlo en el ámbito de lo que está presente e incorporarlo en ello. Es
cierto, la invocación llama a venir. De este modo trae a una cercanía la
presencia de lo que anteriormente no había sido llamado. Sin embargo, en cuanto
la invocación llama a venir, ha llamado ya a lo que se está llamando. ¿Adónde
llama?. A la lejanía, donde se halla como aún ausente lo llamado.
La invocación
llama a venir a una proximidad. Pero la invocación no arranca a lo que está
siendo llamado a su lejanía en la que permanece retenido por el «hacia dónde»
del llamado. La invocación invoca en sí y, por ello, llama hacia aquí, hacia la
presencia y llama hacia allá, en la ausencia. La nieve que cae y la campana de
la tarde que suena nos está siendo dicho aquí y ahora por el poema. Llegan a
presencia en la invocación. Pero no toman su lugar en medio de lo que es aquí
ahora presente en esta sala. ¿Cuál es más alta: la presencia que tenemos ante
nuestos ojos o la presencia invocada?
Para muchos es preparada la mesa
Y está bien provista la casa .
Los dos versos
hablan como frases enunciativas, a modo de constatación de lo existente. Así
parece indicarlo el decidido «es». Y, sin embargo, su modo de hablar es la
invocación. Los versos traen la mesa preparada y la casa bien provista a aquella
presencia que está siendo sostenida hacia la ausencia (dem Abwesen zu-gehaltene
Anwesen).
¿Qué invoca
la primera estrofa? Invoca cosas, las llama a venir. ¿Hacia dónde? No las invoca
como presentes hacia lo ya presente, como sí la mesa nombrada por el poema
debiera tomar su lugar en medio de las filas de sillas ocupadas por ustedes. La
sede de la venida que es a la vez invocada en la invocación, es una presencia
resguardada en la ausencia. A esta llegada pide venir la invocación nombradora.
Pedir venir es invitar. Invita las cosas para, en tanto que cosas, concernir con
ellas a los hombres. La caída de la nieve conduce a los hombres bajo el cielo
que se apaga en la noche. El resonar de las campanas de la tarde lo lleva, en
tanto que hombres, frente a lo divino. Casa y mesa vinculan a los mortales a la
tierra. Estas cosas invocadas de este modo recogen junto a ellas el cielo y la
tierra, los mortales y divinos. Los Cuatro son, en una primordial unidad, un
mutuo pertenecerse. Las cosas dejan morar la Cuaternidad (Geviert) de
los Cuatro cerca de ellas. Este dejar-morar-reuniendo es el ser cosa de las
cosas (Das Dingen der Dinge). A la Cuaternidad unida de cielo v tierra,
de mortales e inmortales, que mora en el «cosear» de las cosas, la llamamos: el
mundo. Al ser nombradas las cosas son invocadas a su ser cosa. Siendo cosa
des-pliegan mundo; mundo en el que moran las cosas y que así son cada vez las
moradoras. Las cosas, al «cosear», gestan (tragen aus) mundo. Nuestro
idioma alemán antiguo denomina la Austragung (gestación): bern, bären,
de donde vienen las palabras gebären (estar en gestación, parir) y Gebärde
(gesto, ademán). «Coseando» las cosas son cosas. «Coseando» gestan mundo.
La primera
estrofa invoca a las cosas a su «cosear», las llama venir. La invocación que
llama cosas llama a venir, las invita a la vez que llama hacia ellas, las
encomienda al mundo desde el cual hacen su aparición. Por ello la primera
estrofa no nombra solamente cosas. Nombra a la vez el mundo. Invoca a "los
muchos" quienes, en tanto que mortales, pertenecen a la Cuaternidad del mundo.
Las cosas proveen a los mortales condicionándolos (Die Dinge be-dingen
die Sterblichen). Ello quiere decir ahora: a su tiempo y cada vez las
cosas visitan propiamente con mundo a los mortales. La primera estrofa
habla en cuanto que invoca las cosas a venir.
La segunda
estrofa habla de modo distinto a la primera. También ella llama a venir.
Pero su invocación comienza llamando y nombrando a los mortales:
En el caminar algunos ...
No son todos ni
los muchos los mortales llamados, tan sólo «algunos», aquellos que andan por
oscuros senderos. Estos mortales pueden soportar el morir en tanto que viaje
hacia la muerte. Pues en ella se reúne la más alta ocultación del ser. La muerte
ha adelantado ya a todo morir. Aquellos «en el caminar» deben todavía
«caminarse» casa y mesa en lo oscuro de sus senderos, no sólo y ni siquiera
primero para ellos mismos, sino para los muchos; pues éstos creen que, meramente
instalados en sus casas y sentados a sus mesas, están ya aprovisionados y
condicionados (.. Schon von den Dingen be-dingt) por las cosas y han
alcanzado la sede del habitar.
La segunda
estrofa comienza invocando a «algunos» de los mortales. Si bien éstos
pertenecen junto a los inmortales, a la tierra y el ciclo, a la Cuaternidad del
mundo, los dos primeros versos de la segunda estrofa no invocan propiamente al
mundo. Más bien, casi como la primera estrofa sólo que en secuencia distinta,
nombran a la vez las cosas: el portal, los oscuros senderos. Sólo los otros dos
versos de la segunda estrofa llaman, en lo propio, al mundo. Repentinamente,
nombran algo del todo distinto:
Dorado florece el árbol de la gracia
De la savia fresca de la tierra .
El árbol está
genuinamente enraizado en la tierra. Así crece hacia el florecimiento abriéndose
al favor del cielo. Es invocada la erección del árbol. ésta mide a la vez la
embriaguez del florecimiento y la sobriedad de las savias nutritivas.
Crecimiento retenido de la tierra y prodigalidad del cielo pertenecen a su mutua
unidad. El poema nombra el árbol de la gracia. Su genuino florecimiento
resguarda la fruta inmerecida: lo sagrado que salva (das darrettend Heilige)
y que es favorable a los mortales. En el dorado florecimiento del árbol
reinan tierra y cielo, divinos y mortales. Su unida Cuaternidad es el mundo.
Ahora la palabra «mundo» ya no es empleada en el sentido metafísico. No nombra
ya, ni la representación secularizada del universo de la naturaleza y de la
historia, ni la representación teológica de la creación (mundus), ni tampoco la
mera totalidad de lo presente (cosmos).
El tercer y
cuarto verso de la segunda estrofa invocan al árbol de la gracia. Llaman
propiamente al mundo a venir. Llaman a venir a la Cuaternidad del mundo e
invocan así mundo hacia las cosas.
Los versos
comienzan con la palabra «Dorado». Para mejor oír esta palabra y su invocación,
recordaremos un poema de Píndaro (Isthm. V). Al principio de esta oda el
poeta llama al oro periósion pánton, aquello que lo trasluce (durchglanzt)
todo, panta, con resplandor y, antes que nada, cualquier presencia torno
suyo. El resplandor del oro resguarda toda presencia en desocultado de su
aparecer.
Tal como la
invocación que llama las cosas llama acá y allá el decir que nombra mundo
invoca hacia acá y hacia allá, del mismo modo en sí. Confía mundo a las cosas y,
a la vez, resguarda las cosas en el resplandor del mundo. éste concede su
esencia a las cosas. Las cosas gestan mundo configurándolo. El mundo consiente
las cosas.
El hablar de
las dos primeras estrofas habla invitando a cosas a venir al mundo y el mundo
hacia las cosas. Ambos modos de la invocación son distintos aunque no separados.
Tampoco están sólo mutuamente acoplados. Pues el mundo y las cosas no están el
uno al lado del otro. Se atraviesan mutuamente. Atravesándose de este modo los
dos mesuran un Medio (Mitte). En el concuerdan. En tanto que así
concordes, son íntimos. El Medio de ambos es la intimidad. Lo Medio entre
dos, nuestro idioma alemán lo llama zwischen (entre). El latín dice:
inter. A lo que corresponde el alemán unter. La intimidad entre mundo
y cosa no es una fusión donde ambos se pierden. Sólo reina intimidad donde lo
que es íntimo, mundo y cosa, deviene pura distinción y permanece distinto. En el
Medio de los dos, en el inter-medio de mundo y cosa, en su ínter, esto
es, en su unter, reina el Schied. [Unter-Schied, Schied: scheiden =
separar (T)]
La intimidad de
mundo y cosa reside en el entre-medio, reside en el Unter-Schied, en la
Diferencia. La palabra Diferencia está ahora liberada de su uso habitual.
Lo que ahora nombra esta «Diferencia» no es un concepto genérico para todas las
diferencias posibles. La ahora nombrada Diferencia es sólo una en cuanto tal.
Es única. A partir de ella, la Diferencia mantiene el Medio separado; Medio
hacia y a través del cual el mundo y las cosas están concordes. La intimidad de
la Diferencia es lo unitivo de la Diaforá, de la gestación terminal, habiendo
llevado de un extremo a otro (durchtragender Austrag). La Diferencia
lleva a término el mundo en su «mundear», lleva a término las cosas en su «cosear».
Llevándolos así a su término, los lleva el uno hacia el otro. La Diferencia
no es una mediación posterior, vinculando el mundo y las cosas por un Medio
procurado a propósito para ello. La Diferencia, en tanto que Medio, media
el mundo y las cosas a su esencia, esto es, a esta relación mutua cuya unidad
lleva a término.
«Diferencia»
no significa ya, por consiguiente, una distinción entre objetos establecida por
nuestro modo de representación. La Diferencia tampoco es sólo una relación que
está presente entre mundo y cosa como para que la constate un representar que la
encuentre. La Diferencia no se desprende posteriormente como relación entre
mundo y cosa. La Diferencia para mundo y cosa hace advenir la cosa a su ser
propio (ereignet) en el gestar configurativo de mundo, hace advenir a su
ser propio el mundo en el consentimiento de cosas.
La Diferencia
no es ni distinción ni relación. La Diferencia es a lo sumo dimensión para
mundo y cosa. Pero en este caso «dimensión», a su vez, no significa ya un ámbito
preexistente en el cual pudiera establecerse cualquier cosa. La Diferencia es
la dimensión en cuanto que mesura mundo y cosa llevándolos a lo que les es
propio solamente. Su mesurar abre la separación entre mundo y cosa, donde
pueden ser el uno para el otro. Tal apertura es el modo por medio del cual la
Diferencia, aquí, mesura a ambos de par en par. La Diferencia en tanto que Medio
para mundo y cosa, mesura la medida de su esencia. En la encomendación que llama
las cosas y el mundo, lo verdaderamente nombrado es: la Diferencia.
La primera
estrofa del poema encomienda a las cosas a venir, que, al «cosear», generan
el mundo. La segunda estrofa invoca la venida del mundo que, «mundeando»,
consiente las cosas. La tercera estrofa encomienda al Medio a venir para
mundo y cosa: el llevar a término de la intimidad. Por esto llama con destacada
invocación la tercera estrofa:
Entra caminante en silencio;
¿A dónde? El
verso no lo dice. Pero llama al caminante que entra al silencio. El silencio
gobierna el portal. De pronto resuena la extraña invocación:
El dolor petrificó el umbral .
Este verso habla
en solitario en medio de lo hablado de todo el poema. Nombra el dolor. ¿Qué
dolor? El verso solamente dice: «Dolor ... » ¿De dónde y en qué medida es
invocado el dolor?
El dolor petrificó el umbral .
«... petrificó
... » Esta palabra es la única en el poema que habla en la forma verbal del
pasado. Con todo, no nombra algo pasado, algo que ya no es presente. Nombra algo
que es, habiendo ya sido. En el haber sido de la petrificación, está
primeraniente presente el umbral.
El umbral está
constituido por la viga sobre la que se descansa todo el portal. Sostiene el
Medio en el que ambos, fuera y dentro, se atraviesan. El umbral sostiene el
Entre. En su fiabilidad se junta lo que, en el Entre, entra y sale. La
fiabilidad del Medio no debe ceder hacia ningún lado. Llevar el Entre a término
requiere perseverancia y, en este sentido, dureza. El umbral, dado que sostiene
el Entre, es duro porque el dolor lo petrificó. Pero el dolor venido a ser dolor
en cuanto que piedra, no se ha petrificado en umbral para entumecerse en él. El
dolor es dolor en el umbral perseverando como tal dolor.
Mas ¿qué es
dolor?. El dolor desgarra. Es el desgarro. Con todo, no desgarra en astillas
que se desparraman. Ciertamente el dolor desgarra des-juntando; separa, pero de
modo que, al mismo tiempo, reúne todo en sí. En tanto que separación, su
desgarro es, a la vez, el tirar que, como trazo primero abriendo de pronto el
espacio, dibuja y junta lo que se mantiene separado en la disjunción. El dolor
en el desgarro es lo unitivo que reúne y separa. El dolor es la juntura del
desgarro. Ella es el umbral. Ella lleva a término el Entre, el Medio de
los dos que están separados en él. El dolor junta el desgarro de la
Diferencia. El dolor es la Diferencia misma.
El dolor petrificó el umbral .
El verso invoca
la Diferencia, pero no la piensa en lo propio ni denomina su esencia por este
nombre. El verso invoca la separación del Entre, el Medio que reúne y, en cuya
intimidad, el gesto de las cosas y el favor del mundo se atraviesan y mesuran
mutuamente.
Entonces, ¿sería
el dolor la intimidad de la Diferencia para mundo y cosa?. Ciertamente. Sólo que
no debemos representarnos el dolor antropológicamente, como una sensación que
produce dolor. No debemos tampoco representamos la intimidad en el sentido
psicológico como aquello donde reside la capacidad de sentimiento.
El dolor petrificó el umbral .
El dolor ha
juntado ya el umbral a su porte. La Diferencia se despliega [Der Unter-Schied
west ... ; west se entiende aquí en el sentido de «esenciar,, o sea:
la Diferencia «esencia»... (T)] ya en tanto que habiendo sido, desde donde son
llevados a término mundo y cosa. ¿De qué modo?
Y luce en pura luz
En la mesa pan y vino .
¿Dónde luce la
pura luz? Sobre el umbral, donde es llevado a término el dolor. El desgarro de
la Diferencia deja relucir la pura luz. Su iluminante juntura libera y dispensa
la puesta en claro del mundo en lo que tiene de propio. El desgarro de la
Diferencia libera el mundo a su "mundear", que concede las cosas. Por la puesta
en claro del mundo en su dorado resplandor llegan a lucir al mismo tiempo pan y
vino. Las dos cosas grandemente nombradas relumbran en la simplicidad de su «cosear».
El pan y el vino son los frutos del cielo y de la tierra, ofrenda de los divinos
a los mortales. Ambos reúnen alrededor de sí a estos Cuatro desde la simplicidad
de la Cuadratura (Vierung). Las cosas invitadas, pan y vino, son ellas
mismas simples porque sus gestualizaciones de mundo están inmediatamente
colmadas por el favor del mundo. Tales cosas se bastan a sí mismas dejando morar
la Cuaternidad del mundo en torno a ellas. La pura luz del mundo y el simple
resplandor de las cosas atraviesan y mesuran el Entre, la Diferencia.
La tercera
estrofa invoca mundo y cosas al Medio de su intimidad. La juntura de su
mutua pertenencia es el dolor.
Sólo la tercera
estrofa reúne la invocación de las cosas y la invocación del mundo. Pues la
tercera estrofa llama originariamente desde la simplicidad de la íntima
invocación que llama a la Diferencia al tiempo que la deja sin decir. La llamada
originaria que invita a venir a la intimidad entre mundo y cosa, es la verdadera
invocación. Es la esencia del hablar. En lo hablado del poema se
despliega (west) el hablar. Es el hablar del habla. El habla habla. Habla
invocando lo encomendado, cosa-mundo y mundo-cosa, al Entre de la Diferencia. Lo
que es invocado de este modo es mandado a la Diferencia para el advenimiento de
la Diferencia. Pensamos aquí en el antiguo sentido de «mandar» que aún conocemos
de la frase: «Encomienda tus caminos al Señor». La invocación del habla
encomienda de este modo su invocación al mandato (Geheiss) de la
Diferencia. ésta deja reposar el «cosear» de las cosas en el «mundear» del
mundo. La Diferencia ex-propia la cosa para apropiarla a la quietud de la
Cuaternidad. Tal ex-propiación no sustrae nada a la cosa. Al contrario, la lleva
a lo que le es propio: a que demore mundo. El resguardar en la quietud es el
apaciguar (Stillen). La Diferencia apacigua la cosa en tanto que tal cosa
llevándola al mundo.
Mas, este
apaciguamiento sucede únicamente del modo que, al mismo tiempo, la Cuaternidad
del mundo colme la gestación configurante de la cosa, en la medida en que el
apaciguamiento consiente suficiencia a la cosa para demorar mundo. La
Diferencia apacigua doblemente. Apacigua dejando reposar las cosas en el favor
del mundo. Y apacigua dejando que el mundo tenga su suficiencia en la cosa. En
el doble apaciguamiento de la Diferencia adviene el silencio (Stille).
¿Qué es el
silencio? No es sólo lo que no resuena. En lo que no resuena se perpetúa
meramente la inmovilidad del sonar y del fonar. Pero la inmovilidad no está sólo
limitada a la fonación en tanto que su superación, ni es lo inmóvil propiamente
lo que es quieto. Lo inmóvil es siempre, por así decir, el reverso de lo que
está en la quietud. Lo inmóvil mismo reposa aún en la quietud. Pero la quietud
tiene su esencia en esto que apacigua. En tanto que apaciguamiento del silencio
la quietud es, en rigor, siempre más movimentada que todo movimiento y más
removida que cualquier remoción.
La Diferencia
apacigua, además, doblemente: las cosas a su «cosear» y el mundo a su «mundear»
(die Dinge ins Dingen und die Welt ins Wel ten). Así apaciguados, cosa y
mundo no escapan jamás a la Diferencia. Más bien la salvan en el apaciguamiento
en tanto cual la Diferencia es el silencio mismo.
Apaciguando cosa
y mundo a lo suyo propio, la Diferencia invoca mundo y cosa al Medio de su
intimidad. La Diferencia es lo que invoca. Reúne a ambos a partir de sí
misma, llamándoles a venir al desgarro que ella es. La invocación que reúne es
el resonar. En ello sucede más que la mera propagación y difusión de una onda
sonora.
Cuando la
Diferencia reúne mundo y cosa a la simplicidad del dolor de la intimidad, los
invita a ambos a acceder a su ser. La Diferencia es el mandato que permite
el llamado de toda invocación para que cada una pertenezca al mandato. El
mandato de la Diferencia ha reunido ya siempre en sí toda invocación. La
invocación reunida en sí misma que convoca alrededor de sí invocando, es el
resonar en tanto que el «son».
La invocación de
la Diferencia es el doble apaciguamiento. La invocación reunida, el mandato - en
tanto cual la Diferencia llama mundo y cosa - es el son del silencio. El
habla habla en cuanto que mandato de la Diferencia que encomienda mundo y cosa a
la simplicidad de su intimidad.
El habla habla en tanto que son del silencio (Die
Sprache spricht als das Geläut der Stille). El silencio apacigua llevando a
término mundo y cosa en su esencia. Llevar a término mundo y cosa en el modo del
apaciguamiento es el advenimiento apropiador de la Diferencia. El habla - el son
del silencio - es en cuanto que se da propiamente la Diferencia. El habla se
despliega como el advenimiento de la Diferencia para mundo y cosa.
El son del silencio no es
nada humano. En cambio, el ser humano es, en su esencia, ser hablante. Esta
palabra «hablante» significa aquí: llevado a su propiedad a partir del hablar
del habla. Lo que es de este modo apropiado - la esencia humana es llevado por
el habla a lo que le es propio: permanecer encomendado a la esencia del habla,
al son del silencio.
Tal apropiación deviene
propiedad en la medida en que la esencia del habla - el son del silencio
necesita y pone en uso el hablar de los mortales para poder sonar como el
son del silencio a sus oídos. Sólo en la medida en que los hombres pertenecen al
son del silencio son capaces, en un modo que a ellos les es propio, del
hablar que hace sonar el habla.
El hablar de los
mortales es invocación que nombra, que encomienda venir cosas y mundo desde la
simplicidad de la Diferencia. Lo que es hablado en el poema es la pureza de
la invocación del hablar humano. Poesía, propiamente dicho, no es nunca
meramente un modo (Melos) más elevado del habla cotidiana. Al contrario,
es más bien el hablar cotidiano un poema olvidado y agotado por el desgaste y
del cual apenas ya se deja oír invocación alguna.
Lo contrario a lo
hablado puro, es decir al poema, no es la prosa. La prosa pura no
es jamás «prosaica». Es tan poética y por ello tan escasa como la poesía.
Si se fija
exclusivamente la atención sobre el hablar humano y si se considera a éste como
manifestación interior del hombre; si además se concibe lo que es así
representado como el habla misma, entonces la esencia del habla no puede
aparecer de otro modo que como expresión y actividad del hombre. Pero el hablar
de los humanos, en tanto que hablar de mortales, no reposa en sí mismo. El
hablar de los mortales reside en la relación al hablar del habla.
A su tiempo se
hará inevitable la reflexión de cómo en el hablar del habla, en tanto que son
del silencio de la Diferencia, el hablar de los mortales y su enunciación
advienen a su propiedad. En la enunciación, sea discurso o sea escritura, se
rompe el silencio. ¿En qué se rompe el son del silencio?. Roto, ¿cómo llega a la
enunciación de la palabra? ¿De qué modo determina el apaciguamiento roto la
palabra de los mortales que suena en versos y frases?
Si, a la sazón,
el pensamiento llegara algún día a responder a estas preguntas, deberá, sin
embargo, guardarse de considerar la enunciación e incluso la expresión como los
elementos decisivos del hablar humano.
La
vertebración (Gefüge) del hablar humano no puede ser más que el modo (Melos)
en el que el hablar del habla -el son del silencio de la Diferencia- lleva a
los mortales a la apropiación por el mandato de la invocación de la Diferencia.
El modo según el
cual los mortales, llamados desde la Diferencia en la misma, hablan a su vez, es
el Corresponder. [Entsprechen: Corresponder. La sustantivación
entiende el término castellano en un sentido eminente: es el responder al
mandato del habla sometiéndose a él (T)].
El hablar humano,
antes que nada, debe haber escuchado el mandato de la invocación en tanto que
cual el silencio de la Diferencia llama mundo y cosa al desgarro de su
simplicidad. Cada palabra del hablar de los mortales habla desde esta escucha y
en tanto que tal escucha.
Los mortales
hablan en la medida en que escuchan. Están atentos a la invocación del
mandato del silencio de la Diferencia, aunque no la conocen. La escucha
des-prende del mandado de la Diferencia lo que lleva a la sonoridad de la
palabra. El hablar que des-prende escuchando es el Corresponder.
Con todo, cuando
el hablar de los mortales des-prende su hablado desde el mandato de la
Diferencia, ha obedecido ya, a su modo, a la invocación. El Corresponder es,
en tanto que un des-prender que escucha, al mismo tiempo un responder con
reconocimiento. Los mortales hablan en la medida en que Corresponden al
habla de un modo doble: des-prenden del habla lo que le devuelven. La palabra
de los mortales habla en cuanto que, de modo múltiple, Corresponde.
Toda verdadera
escucha retiene su propio decir. Pues la escucha se retiene en la
pertenencia por la que queda apropiada al son del silencio. Toda Correspondencia
está entonada en la retención que se detiene en sí misma. Por eso, estando a la
escucha, será propio del retenimiento estar dispuesto a la invocación de la
Diferencia. Pero la retencióndebe estar atenta a no seguir meramente en su
escucha al son del silencio, mas bien debe anticipar su escucha, estar sostenido
hacia él y, por así decirlo anticipar su invocacion.
La anticipación
en la retención determina el modo como los mortales Corresponden a la
Diferencia. Es de este modo como habitan los mortales en el hablar del habla.
El habla habla.
Su hablar llama a venir a la Diferencia que libera mundo y cosas a la
simplicidad de su intimidad.
El habla habla.
El hombre habla
en cuanto que Corresponde al habla. Corresponder es estar a la escucha. Hay
escucha en la medida en hay pertenencia al mandato del silencio.
Lo que importa no
es proponer una nueva visión acerca del habla. Todo consiste en aprender a morar
en el hablar del habla. Para ello es precisa una comprobación constante de si y
de hasta dónde somos capaces de lo que le es propio a la Correspondencia: la
anticipación en la retención. Porque:
El hombre habla sólo en cuanto que Corresponde al habla.
El habla habla.
Su hablar habla para nosotros en lo hablado:
Una tarde de invierno
Cuando cae la nieve en la ventana,
Largamente la campana de la tarde resuena,
Para muchos es preparada la mesa
Y
está bien provista la casa.
En
el caminar algunos
Llegan al portal por senderos oscuros.
Dorado florece el árbol de la gracia
De
la savia fresca de la tierra.
Entra caminante en silencio;
El
dolor petrificó el umbral.
Y
luce en pura luz
En
la mesa pan y vino.
Selección y destacados: S.R.
Referencia:
"De camino al habla", Martin Heidegger. Ediciones Del
Serbal, Barcelona.
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