"Setenta años me
han enseñado a aceptar la vida con alegre humildad, comenzó diciendo el
profesor Freud."
La escena en que
tuvo lugar nuestra conversación fue su casa de verano en el Semmering, una
zona montañosa de los Alpes austríacos donde le agrada reunirse a la Viena
elegante.
Desde el momento
en que una afección maligna de la mandíbula superior hizo necesaria una
operación, Freud usa una ortopedia mecánica para facilitarle el lenguaje.
"Detesto
mi mandíbula mecánica porque la lucha con el mecanismo me consume tanta
preciosa energía. Sin embargo, prefiero una mandíbula mecánica a no tener
ninguna. Todavía prefiero la existencia a la extinción."
"Quizá los dioses son bondadosos con nosotros", siguió diciendo
el padre del psicoanálisis, "al hacernos la vida cada vez más desagradable a
medida que envejecemos. Al final, la muerte parece menos intolerable que las
múltiples cargas que arrastramos".
Freud rehúsa
admitir que el destino se haya ensañado con él con especial malicia.
¿Por qué dijo tranquilamente, debería esperar algún favor especial? La
vejez, con sus manifiestas incomodidades, nos llega a todos. Golpea a un
hombre aquí y a otro allá, Sus golpes siempre se descargan en un lugar vital
y la victoria final pertenece inevitablemente al Gusano Conquistador.
"No me rebelo contra el
orden universal. Después de todo continuó el maestro indagador del cerebro
humano he vivido más de setenta años. Tuve suficiente para comer, gocé de
muchas cosas la camaradería de mi mujer, mis hijos, las puestas de sol-.
Observé crecer las plantas en primavera. De vez en cuando disfruté de
estrechar una mano amiga. Una vez o dos encontré un ser humano que casi me
comprendió. ¿Qué más puedo pedir?
Yo le dije: Usted ha tenido fama. Su trabajo afecta a la literatura de toda la
tierra. Por su causa, el hombre mira a la vida y a sí misino con ojos
diferentes. Y recientemente, en su septuagésimo aniversario, el mundo se unió
para homenajearlo, con la excepción de su propia universidad!
"Si la Universidad de Viena me hubiera reconocido sólo me habría puesto en un
aprieto. No hay razón para que ellos decidieran aceptarme a mí o a mi doctrina
porque tengo setenta años. No le concedo ninguna importancia especial a los
decimales."
¿Cree en alguna forma de persistencia de la personalidad después de la muerte?
"No he pensado nada sobre eso. Todo lo que vive, perece. ¿Por qué debería yo
sobrevivir?
¿Le gustaría volver de alguna forma, reintegrarse desde el polvo? En otras
palabras, ¿no desea la inmortalidad?
Francamente, no. Si uno reconoce los motivos egoístas que subyacen a toda
conducta humana, no tiene el más leve deseo de retornar. La vida, moviéndose
en círculo, podría volver a ser la misma.
Por otra parte, incluso si la eterna recurrencia de las cosas, para usar la
frase de Nietzsche volviera a reinvestirnos con nuestras vestiduras carnales,
¿de qué beneficio podría sernos esto, sin memoria? No habría enlace entre el
pasado y el futuro.
“Por lo que a mí concierne, estoy perfectamente contento de saber que el
eterno fastidio de vivir terminará algún día. Nuestra vida es necesariamente
una serie de compromisos, una interminable lucha entre el yo y su entorno. El
deseo de prolongar la vida indebidamente me parece absurdo."
No hay razón por
la que deseáramos vivir más tiempo. Pero hay muchas razones para desear vivir
con la menor cantidad posible de incomodidades.
Soy tolerablemente feliz porque estoy agradecido por la ausencia de dolor y
por los pequeños placeres de la vida, por mis hijos y por mis flores.
Bernard Shaw
afirma que nuestra vida es demasiado corta. Piensa que el hombre puede, si lo
desea alargar la duración de la vida humana haciendo jugar su voluntad sobre
las fuerzas de la evolución. Piensa que la humanidad puede recobrar la
longevidad de los patriarcas.
"Es posible -replicó Freud- que la muerte misma pueda no ser una necesidad
biológica. Quizá morimos porque queremos morir. Incluso que del mismo modo que
el odio y el amor por la misma persona habitan en nuestro interior al mismo
tiempo, la vida combina, con el deseo de mantenerse, un ambivalente deseo de
su propia aniquilación.
Igual que una banda de goma extensible tiene la tendencia a volver a asumir su
forma original, toda materia viva, conciente o inconcientemente, anhela
recobrar la completa y absoluta inercia de la existencia inorgánica. El deseo
de vida y el deseo de muerte conviven lado a lado dentro de nosotros.
La Muerte es la compañera del Amor. Juntos gobiernan el mundo. Este es el
mensaje de mi libro "Más allá del principio del placer".
"En el comienzo el
psicoanálisis dio por sentado que el Amor era lo más importante. Hoy sabemos
que la Muerte es igualmente importante".
"Biológicamente, cada ser viviente, no importa cuán intensamente bulla la vida
dentro de él, anhela el Nirvana, anhela el cese de la fiebre llamada vida”,
anhela retornar al seno de Abraham. El deseo puede ser disfrazado por
circunloquios variados. Sin embargo, el último objeto de la vida es su propia
extinción".
Eso, exclamé, es
la filosofía de la autodestrucción. Justifica el autosacrificio. Lógicamente
conduciría al mundo al suicidio.
"La humanidad no
elige el suicidio porque la ley de su ser aborrece el camino directo hacia su
objetivo. La vida debe completar su cielo de existencia. En todo ser normal,
el deseo de vida es suficientemente fuerte para contrabalancear el deseo de
muerte, aunque en el final el deseo de muerte pruebe ser más fuerte".
"Nos ilusionamos
con la idea de que podemos vencer a la Muerte a voluntad. Lo cual quizá sería
posible si no fuera porque tiene un aliado en nuestro propio interior".
"En ese sentido
agregó Freud con una sonrisa estamos justificados en decir que toda muerte es
un suicidio disfrazado."
Empezó a hacer
frío en el jardín. Continuamos nuestra conversación en el estudio. Observé
sobre el escritorio de Freud una pila de manuscritos con su prolija escritura.
¿Sobre qué está trabajando?, le pregunté.
"Estoy escribiendo una defensa del análisis profano, el psicoanálisis
prac;ticado por profanos. Los doctores quieren declarar legal todo análisis
que no sea hecho por médicos recibidos!. La historia, el viejo plagiador, se
repite siempre igual después de cada descubrimiento. Los doctores luchan al
comienzo para que no se imponga una nueva verdad. Después, tratan de
monopolizarla".
¿Tuvo usted mucho
apoyo del campo profano?
"Algunos de mis
mejores alumnos son legos."
¿Sigue
practicando intensamente el psicoanálisis?
"Ciertamente. En este mismo momento estoy trabajando sobre un caso
difícil, desenmarañando los conflictos psíquicos de un interesante nuevo
paciente".
"Mi hija también
es psicoanalista, como usted ve..."
En ese momento la
Srta. Anna Freud apareció seguida por su paciente, un muchacho de once años,
inequívocamente anglosajón por sus rasgos. El chico parecía perfectamente
feliz, completamente inconsciente de un conflicto o alteración en su
personalidad.
¿Alguna vez, le pregunté al Profesor Freud, se analizó usted mismo?
"Naturalmente, El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo.
Analizándonos estamos más capacitados para analizar a otros".
"El psicoanalista es como el chivo expiatorio de los hebreos. Otros cargan sus
pecados sobre él. Debe ejercitar su arte hasta el límite para deshacerse de la
pesada carga depositada sobre él."
Siempre tengo la impresión, observé, de que el psicoanálisis induce en todos
aquellos que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. No hay nada en
la vida humana que el psicoanálisis no pueda hacernos comprender. " Tout
comprendre c'est tout perdonner" “Comprender todo es perdonar
todo”-
"Al contrario
-tronó Freud mientras sus rasgos asumían la orgullosa severidad de un profeta
hebreo, comprender todo no es perdonarlo todo. El psicoanálisis nos enseña no
sólo lo que podemos soportar sino también lo que debemos evitar. Nos dice qué
es lo que debe ser exterminado. La tolerancia del mal no es de ningún modo un
corolario del conocimiento."
Repentinamente
comprendí por qué Freud había luchado tan amargamente contra aquellos de sus
seguidores que habían desertado de él, por qué no pudo perdonarles su
alejamiento del camino recto del psicoanálisis ortodoxo. Su sentido de la
rectitud es la herencia de sus antecesores. Una herencia de la que él está
orgulloso, tan orgulloso como de su raza.
"Mi lengua es el
alemán me explicó-. Mi cultura y mi formación son alemanas. Me consideraba a
mí mismo intelectualmente un alemán, hasta que me di cuenta del incremento del
perjuicio antisemítico en Alemania y en la Austria alemana. Desde ese momento,
ya no me considero más alemán. Prefiero considerarme judío."
De algún modo esta
observación me desilusionó.
Me parecía que el
espíritu de Freud debía morar en las alturas, más allá de cualquier prejuicio
de raza, que no debía ser manchado por ninguna clase de rencor. Sin embargo,
su genuina indignación, su honesta cólera me lo hizo más atractivamente
humano.
Aquiles sería intolerable si no fuera por su talón!
Me agrada, señor
profesor, observé, que usted también tenga sus complejos, que también usted
traicione su mortalidad.
"Nuestros
complejos replicó Freud son la fuente de nuestra debilidad, pero también a
menudo son la fuente de nuestra fuerza."
Me pregunto, observé, qué clase de complejos tengo!
"Un análisis
serio replicó Freud toma al menos un año. Puede incluso llevar dos o tres.
Usted está dedicando muchos años de su vida a la caza del león. Ha buscado,
año tras año, las figuras descollantes de su generación, invariablemente
hombres mayores que usted. Roosevelt, el Kaiser, Hindenburg, Briand, Foch,
Joffre, George Brandes, Gerhart Hauptmann y George Bernard Shaw…”
Es parte de mi
trabajo.
"Pero es también
su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su
corazón. Usted está buscando el gran hombre que tome el lugar del padre. Es
parte de su complejo paterno."
Vehementemente
negué la aseveración de Freud. Sin embargo, reflexionando, me pareció que
podría haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugerencia casual. Podía
ser el mismo impulso que me llevaba hacia él.
Desearía, observé después de un momento, poder permanecer aquí suficiente
tiempo para echar un vistazo a mi corazón a través de sus ojos.
Quizá, como la
Medusa, moriría de terror enfrentando a mi propia imagen! Pero sé mucho de
psicoanálisis, y temo que me anticiparía o trataría de anticiparme a sus
interpretaciones.
"La inteligencia en un paciente replicó Freud no es una desventaja. Por el
contrario, a veces facilita la tarea."
En este punto, el maestro del psicoanálisis difiere, de muchos de sus
adherentes que rechazan cualquier autointerpretación del paciente en
tratamiento.
La mayoría de los psicoanalistas emplean el método freudiano de la "libre
asociación". Estimulan al paciente a decir todo lo que le venga a la mente, no
importa cuán estúpido, obsceno, inoportuno o irrelevante pueda parecer.
Siguiendo huellas aparentemente insignificantes, pueden rastrear hasta su
guarida a los dragones psíquicos que lo rondan. Les disgusta que el paciente
desee cooperar activamente, porque temen que una vez que la dirección de la
búsqueda comience a quedar clara para él, sus deseos y resistencias luchando
inconscientemente para preservar sus secretos puedan lograr despistar al
cazador psíquico y hacerle perder el rastro. También Freud reconoce este
peligro.
"¿Cuál es su
objeción a las bestias? replicó Freud, prefiero infinitamente más la sociedad
de los animales que la sociedad humana."
¿Por qué?
"Porque son mucho más simples. No sufren de una personalidad dividida ni de Ia
desintegración del yo, que resulta de los intentos del hombre de adaptarse a
pautas de la civilización demasiado altas para su mecanismo intelectual y
psíquico.
"El salvaje, como
la bestia, es cruel, pero carece de la mezquindad del hombre civilizado. La
mezquindad es la revancha del hombre sobre la sociedad por las restricciones
que ésta le impone. Esta necesidad de venganza anima al reformador profesional
y al buscavida. El salvaje le puede cortar la cabeza, se lo puede comer, lo
puede torturar, pero le ahorrará los continuos pequeños aguijoneos que a
menudo vuelven casi intolerable la vida en una comunidad civilizada.
"Los más
desagradables hábitos e idiosincrasias del hombre, sus mentiras, su cobardía,
su falta de reverencia, son engendrados por su incompleta adaptación a una
civilización determinada. Es el resultado de los conflictos entre nuestros
instintos y nuestra cultura.
"¡Cuánto más
agradables son las simples, directas e intensas emociones de un perro,
moviendo la cola o ladrando su displacer! Las emociones del perro agregó Freud
pensativamente nos recuerdan a algunos de los héroes de la antigüedad. Quizás
ésa es la razón por la que, inconscientemente les damos a nuestros canes los
nombres de los héroes antiguos, tales como Aquiles y Héctor."
Mi propio perro,
interrumpí, se llama Ajax.
Freud sonrió.
Estoy contento,
agregué, de que no pueda leer. ¡Sería un miembro menos deseable en la casa si
pudiera gruñir sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de
Edipo!
Incluso usted,
profesor, encuentra la existencia demasiado compleja. Sin embargo, me parece
que usted mismo es parcialmente responsable por las complejidades de la
civilización moderna. Antes de que inventara el psicoanálisis no sabíamos que
nuestra personalidad estaba dominada por una beligerante hueste de complejos
altamente objetables. ¡El psicoanálisis ha hecho de la vida un complicado
rompecabezas!
"De ningún modo
replicó Freud, el psicoanálisis simplifica la vida. Adquirimos una nueva
síntesis después del análisis. El psicoanálisis reorganiza el laberinto de
impulsos extraviados y trata de volver a enrollarlos al carrete al que
pertenecen. 0, para cambiar la metáfora, provee el hilo que conduce a un
hombre fuera del laberinto de su propio inconsciente."
Superficialmente
parece, sin embargo, que la vida humana no tendría por qué ser tan compleja, Y
cada día alguna nueva idea propuesta por usted o por alguno de sus discípulos
vuelve el problema de la conducta humana más complejo y más
contradictorio.
Por lo menos el psicoanálisis nunca le cierra la puerta a una nueva verdad.
Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, quedan adheridos a cada
pronunciamiento que emana de usted.
"La vida cambia y el psicoanálisis también cambia observó Freud,
estamos sólo en los comienzos de una nueva ciencia."
Me da la impresión
de que la estructura científica que usted ha erigido es muy elaborada. Sus
principios la teoría del desplazamiento, de la "sexualidad infantil" y de la
"simbología del sueño" parecen ser fantásticamente permanentes.
"Sin embargo, le repito, estamos sólo al comienzo. Yo soy únicamente un
iniciador. Tuve éxito en sacar a la superficie monumentos enterrados en el
sustrato de la mente. Pero donde yo, he descubierto unos pocos templos, otros
pueden descubrir un continente."
¿Todavía pone el énfasis más importante en el sexo?
"Le replico con
las palabras del gran poeta Walt Whitman: 'Careceríamos de todo si
careciéramos de sexo'. De todos modos, le acabo de explicar que hoy le doy
casi la misma importancia a lo que está 'más allá' del placer la muerte, la
negación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman el dolor,
como un paso hacia la aniquilación! Explica por qué todos los hombres buscan
el descanso, por qué el poeta agradece.
"Pude haber
cometido muchos errores, pero estoy completamente seguro de que no me
equivoqué cuando enfaticé la importancia del instinto sexual. Es porque es tan
fuerte que el instinto sexual choca más frecuentemente con las convenciones y
las salvaguardas de la civilización. La humanidad, en su propia autodefensa,
busca negar su suprema importancia. El proverbio dice que: "si usted rasca al
ruso, por debajo aparece el tártaro". Analice cualquier emoción humana, no
importa cuán lejos pueda aparentemente estar de la esfera sexual, y esté
seguro de que descubrirá en alguna parte el instinto primal al que la vida
debe su perpetuación."
La noche había caído.
Para mí ya era
tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez albergó el
esplendor imperial de los Habsburgo.
Freud, acompañado
por su mujer y su hija, trepó, para despedirme, los escalones que conducían
desde su refugio de la montaña a la calle. Me pareció gris y triste mientras
levantaba la mano como despedida.
"No me haga
aparecer como un pesimista remarcó después del último apretón de manos, yo no
desdeño al mundo, expresar desprecio por el mundo es sólo otro modo de
cortejarlo, de ganar audiencia y aplausos!"
"No, no soy un
pesimista, no mientras tenga a mis hijos, a mi mujer y a mis flores!
"Afortunadamente
agregó sonriendo las flores no tienen ni carácter ni complejidades, amo mis
flores. Y no soy infeliz, al menos no más infeliz que los otros."
*Tomado
de The Penguin Book of Interviews. An Anthology from 1859 to the
present days, Unidres, Ed. C. Silvesier, 1994.
Traducción
del inglés: Beatriz Castillo para la revista "Conjetural".