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- Improvisación -
Jacques Lacan
Siendo docente, cuando me iniciaba en el Departamento
de Psicoanálisis de la Universidad de Vincennes, tuve la ocasión
en 1974 de plantearle al Doctor Lacan, una pregunta que resumiré
en estos términos:
¿El deseo de muerte debe situarse del lado del deseo de dormir o del deseo de
despertar?. El Dr. Lacan, que estaba sentado en su escritorio, guardó
silencio y ya había
renunciado a escucharlo con respecto a esta pregunta, cuando al cabo de media
hora me dio su respuesta de un modo lo bastante específico,
como para que yo pudiera tomar notas lo más completas posibles. Es la
transcripción
de esas notas lo que aquí
remito.
Catherine Millot
El deseo de
dormir corresponde a una acción
fisiológica
inhibidora. El sueño
es una inhibición
activa. Es a ese punto al que podemos concebir que venga a articularse lo simbólico.
Es sobre el cuerpo que se articula el lenguaje, por la paradoja biológica
que constituye una instancia que impide la interrupción
del dormir. Gracias a lo simbólico,
el despertar total es la muerte, para el cuerpo. El dormir profundo vuelve
posible que dure el cuerpo.
Más allá del despertar.
Lo que Freud imagina de la pulsión
de muerte implica que el despertar del cuerpo es su destrucción.
Porque en el sentido opuesto al principio de placer, esto lo califica como un
más allá: este más allá, es una oposición.
La vida, en cuanto a ella, está bastante más allá de todo despertar. La
vida no es concebida, el cuerpo no la atrapa en nada, la lleva simplemente.
Cuando Freud dice: "la vida aspira a la muerte", es en tanto que la vida, por
estar encarnada, por estar en el cuerpo, aspiraría
a una total y plena conciencia. Se puede decir que es ahí,
donde se señala
que aún
en el despertar absoluto hay una parte de sueños
que es justamente...
No nos despertamos nunca, los deseos mantienen los sueños.
La muerte es un sueño,
entre otros sueños
que perpetúan
la vida, el de permanecer en lo mítico.
Es del lado del despertar donde se sitúa
la muerte. La vida es algo totalmente imposible, que puede soñar
con un despertar absoluto.
Por ejemplo en la religión
nirvanesca, la vida sueña
con escaparse a sí
misma. Queda sin embargo que la vida es real y que este retorno es mítico.
Es mítico,
y forma parte de esos sueños
que sólo
se articulan de lenguaje. Si no hubiese lenguaje, uno no se pondría
a soñar
con estar muerto como una posibilidad. Esta posibilidad es tan contradictoria
que aún
en esas aspiraciones no solamente míticas
sino místicas,
se piensa que se alcanza al real absoluto que no está modelado más que
por un cálculo.
Soñamos
confundirnos con lo que se extrapola al nombre por el hecho de que habitamos el
lenguaje. Pero del hecho de que habitamos el lenguaje, nos amoldamos a un
formalismo -del orden del cálculo, justamente- y nos imaginamos que, de lo real
hay un saber absoluto. Al fin de cuentas, en el nirvana, es a ahogarse en ese
saber absoluto, del que no hay huella, a lo que se aspira. Creemos que seremos
confundidos con ese saber supuesto sostener el mundo, mundo que sólo
es sueño
de cada cuerpo.
Que
esté
articulado sobre la muerte, solo el lenguaje, al fin de cuentas,
lo testimonia. ¿Es eso lo que está reprimido? Es difícil
afirmarlo. Es pensable que todo el lenguaje no sea hecho más que
para no pensar la muerte, que, es la cosa menos pensable que hay.
Y es por eso que concibiéndola
como un despertar, digo algo que está implicado por mi pequeño
nudo: simbólico,
imaginario, real, (SIR).
Tendería
más bien a pensar, que el sexo y la muerte son solidarios,
como está probado por lo que sabemos del hecho que son los cuerpos
que se reproducen sexualmente los que están sujetos a la muerte.
Pero es también
por la represión
de la no-relación
sexual, como el lenguaje niega la muerte. El despertar total que
consistiría
en aprehender el sexo -lo que está excluido- puede tomar, entre
otras formas la de la consecuencia del sexo, es decir, la muerte.
El sin-sentido de lo real.
Freud comete un error al concebir que la vida puede aspirar
a regresar a la inercia de las partículas,
imaginadas como materiales. La vida en el cuerpo subsiste
sólo
del principio del placer. Pero el principio del placer en los seres
que hablan está sometido al inconciente, es decir al lenguaje. Al
fin de cuentas, el lenguaje permanece ambiguo: suple la ausencia
de relación
sexual y por eso enmascara la muerte, aún
cuando sea capaz de expresarla, como una especie de deseo profundo.
De todos modos, no se tienen pruebas, para los análogos del lenguaje
en el animal, de una conciencia de muerte. No pienso que
las haya más en el hombre por el hecho del lenguaje: el hecho de
que el lenguaje habla de la muerte, eso no prueba que tenga de ella
algún
conocimiento.
Es el límite
muy retrocedido al que sólo
se accede por lo real del sexo. La muerte es un despertar
que participa aún
del sueño
en tanto el sueño
está ligado al lenguaje. Que algunos sueños
sean de los que despiertan indican que deben relacionarse con el
sexo más que con la muerte.
Los sueños,
en el ser que habla, conciernen a este sin sentido de lo real
constituido por la no-relación
sexual, que así
estimula más al deseo, justamente, de conocer esa no-relación.
Si el deseo es del orden de la falta, sin que pueda decirse
que sea su causa, el lenguaje es aquello al nivel de lo cual
se prodigan las tentativas para establecer esa relación;
su misma prodigalidad señala
que jamás la alcanzará. El lenguaje puede ser concebido como
lo que prolifera a nivel de esa no-relación,
sin que se pueda decir que esa relación
exista fuera de lenguaje.
Nota:
Texto aparecido en el
único número
en castellano de la revista L' Ane, año
1982, sin mención
de editorial ni de traductor.
Selección
y destacados: S.R.
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