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El seminario de Caracas

Jacques Lacan

 

 No soy muy inquieto. Prueba es que esperé lllegar a los ochenta para venir a Venezuela. Vine porque me dijeron que era el lugar apropiado para convocar a mis alumnos de América Latina. ¿Son ustedes mis alumnos? No lo prejuzgo, porque a mis alumnos suelo educarlos yo mismo. Los resultados no son siempre maravillosos.
 

Se habrán enterado del problema que tuve mi Escuela de París. Lo resolví como se debe, empezando por la raíz. Quiero decir: arrancando de raíz a mi seudoescuela.

Todo lo obtenido desde entonces me confirma que hice bien. Pero ésa ya es historia antigua. En París acostumbro hablar ante un auditorio donde muchas caras me son conocidas haber venido a verme a mi casa, en 5 Rue de Lille, donde está mi práctica.

Ustedes, al parecer son lectores m
íos. Sobre todo que nunca los he visto escucharme. Entonces, desde luego, tengo curiosidad por lo que puede llegarme de ustedes. Por eso digo: gracias, gracias por haber respondido mi invitación. Es un mérito de ustedes, porque más de uno se ha atravesado en mi camino hacia Caracas. Las apariencias, en efecto, indican que esta reunión molesta a mucha gente y en particular a quienes hacen profesión de representarme sin consultarme. Entonces, cuando me presento, por supuesto, no dan pie con bola. En cambio, tengo que dar las gracias a quienes tuvieron la idea de la reunión y, en especial a Diana Rabinovich. Lo asocio con mucho agrado a Carmen Otero y su marido Miguel, en quienes he confiado para todo lo que entraña un congreso como éste. Gracias a ellos, me siento aquí en mi casa.

Vengo aqu
í antes de lanzar mi Causa Freudiana. Como ven no me desprendo de este adjetivo. Sean ustedes lacanianos, si quieren. Yo soy freudiano.

Por eso creo adecuado decirles algunas palabras del debate que mantengo con Freud, y que no es de ayer.

Aqu
í está: mis tres no son los suyos. Mis tres son lo simbólico, lo real y lo imaginario. Me ví llevado a situarlos con una topología, la del nudo, llamado borromeo.

El nudo borromeo pone en evidencia la funci
ón del al-menos-tres. Anuda a los otros dos desanudados.

Eso le di yo a los m
íos. Se los di para que supieran orientarse en la práctica. Pero ¿se orientan mejor que con la tópica legada por Freud a los suyos?

Hay que decirlo: lo que Freud dibuj
ó con su tópica, llamada, segunda, adolece de cierta torpeza. Me imagino que era para darse a entender dentro de los l
ímites de su época.

Pero ¿no podr
íamos más bien aprovechar lo que allí figura la aproximación a mi nudo?

Consid
érese el saco fofo que se produce como vínculo del ello en su artículo que debe decirse: "Was Ich und das Es". El saco, al parecer, es el continente de las pulsiones. ¡Qué idea tan disparatada la de bosquejar eso así!. Sólo se explica por considerar a las pulsiones como bolitas, que han de ser expulsadas por los orificios del cuerpo una vez ingeridas.Sobre eso se abrocha un ego, donde parece preparado el punteado de columnas por contar. Pero esto no lo deja a uno menos enredado; pues el mismo se cubre con un extraño ojo perceptivo, donde para muchos se lee también la marca germinal de un embrión sobre el vitelo.

A
ún no es todo. La caja registradora de algún aparato a la Marey est
á aquí de complemento. Lo cual dice mucho en cuanto a la dificultad de referencia a lo real.Por último, dos barras sombrean con su juntura la relación de este conjunto barroco con el propio saco de bolitas. Y ya está designado lo reprimido. La cosa deja perplejo. Digamos que no es lo mejor que dijo Freud. Podemos incluso confesar que florece la pertinencia del pensamiento que pretende traducir.

¿No ser
á más bien como me ha ocurrido decirlo, botella de Klein, sin adentro ni afuera? ¿O aún, sencillamente, por qué no el toro?

Me contento con apuntar que el silencio atribu
ído al ello tal supone la palabrería. La palabreria que la oreja está esperando, la del "deseo indestructible" que ha de traducirse en ella.

Desconcertante la figura freudiana al oscilar, as
í del propio campo a lo simbólico que ausculta.

Con todo, llama la atenci
ón, que este enmarañamiento no ha impedido a Freud volver despu
és a las indicaciones más notables sobre la práctica del análisis, y en especial sus construcciones.

( ¿Debo darme aliento recordando que a mi edad Freud no hab
ía muerto?)

Desde luego mi nudo no lo dice todo. Si no, ni siquiera tendr
ía la oportunidad de orientarme en lo que hay: puesto que no hay, no-todo. No todo, con seguridad, en lo real que abordo en mi práctica.

Observen que en mi nudo lo real queda constantemente figurado con la recta infinita, o sea, con el c
írculo no cerrado que supone. Con ello se sostiene que sólo pueda ser admitido como no-todo.

Sorprendente es que el n
úmero no sea dado en lalengua misma. Con lo que vehiculiza de real.

¿Por qu
é no admitir que la paz sexual de los animales, si tomo al que dicen ser su rey, el león, radica en que el número no se introduce en su lenguaje, cualquiera que sea. Sin duda, el amaestramiento puede dar su apariencia. Pero nada más.

La paz sexual quiere decir que se sabe que hacer con el cuerpo del Otro. Pero, ¿qui
én sabe qué hacer con un cuerpo de habla ser (parletre)? Salvo apretarlo más o menos.

Al Otro, ¿qu
é se le ocurre decir, y siempre que tenga ganas? Dice: "Apriétame duro". Bien tonto para la copulación. Cualquiera sabe hacerlo mejor. Digo cualquiera: una rana, por ejemplo.

Hay una pintura que me baila en la cabeza desde hace tiempo. Logr
é recordar, no sin dificultades propias de mi edad, el apellido de su autor. Es de Bramantino.

Pues bien, esta pintura est
á bien hecha para dar fe de la nostalgia de que una mujer no sea una rana, que está puesta patas arriba en el primer plano del cuadro.

Lo que m
ás me llamó la atención en el cuadro es que la Virgen , la Virgen con el niño, tiene algo así como la sombra de una barba. Con lo cual se parece a su hijo, como lo pintan adulto.

La relaci
ón figurada de la Madona es m
ás compleja de lo que se puede pensar. Por cierto que se soporta mal.

Eso me tiene preocupado. Pero queda que con ello me sit
úo, creo, mejor que Freud en lo realmente Interesado en lo que toca al inconsciente. Porque el goce del cuerpo hace punto contra el inconsciente.

De all
í mis matemas que proceden de que lo simbólico sea el lugar del Otro, pero que no haya Otro del Otro.

Se sigue con ello que lo mejor que puede hacer lalengua es demostrarse al servicio del instinto de muerte. Es una idea de Freud. Es una idea genial. Quiero decir, tambi
én, que es una idea grotesca.

Lo que es mejor, es que es una idea que se confirma porque lalengua s
ólo es eficaz al pasar a lo escrito.

Esto me inspir
ó mis matemas -en la medida en que puede hablar de inspiración para un trabajo que, me costó vigilias donde, que yo sepa, ninguna musa (muse) me visitó- pero ser
á que me divierto (mamuse) sin musa.

La idea de Freud es que el instinto de muerte se explica por el desplazamiento a lo m
ás bajo de tensión tolerada por el cuerpo, Freud lo designa con un más allá del principio del placer: esto es, de placer en el cuerpo.

Hay que reconocer, en todo caso, que es un Freud del inicio en una idea m
ás que delirante que todas las cosas que yo les he podido participar.

Porque, desde luego, no les digo todo. Ese es mi m
érito.Ya está.

Declaro abierto este Encuentro, que versa sobre lo que ense
ñé. Quienes hacen que haya yo enseñado algo, son ustedes con su presencia.


Texto publicado en el único nÏmero aparecido de la versión en castellano de la Revista L'Ane, año 1982. Sin mención de traductor.

 

Selección y destacados: S.R

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