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-Mil Mesetas-
Gilles Deleuze/Félix Guattari
¿Uno sólo o varios lobos?
(cap. 2)

Dibujo
del Hombre de los Lobos
Nota: Siempre
decimos que si uno se atreve a "leer" no hay que temer; aparte de la rima
cantada, no hay que temer aventurarse en lo que a primera vista pueda parecer
"una crítica de ( lobo) feroz", ya se verá porqué, nada más lejos de esto en lo
que continúa bajo la pluma de Deleuze y Guattari. Insistimos, "si se lee", no si
se hace de ese leer mero sentir. Si sentir pero no sentir "yo" y sólo yo. Sentir
en nombre propio,- hubieran dicho D. y G.- no es sentir "yo". Sentir en nombre
propio es dar lugar a las multiplicidades; sentir en nombre propio es nombrarse
de múltiples maneras más allá del Nombre.
"Mil Mesetas" es la
continuación del "AntiEdipo", lleva como subtítulo "Capitalismo y
Esquizofrenia", pero también, dicen los autores, cada "meseta" puede leerse de
manera separada (Ed. Pre-textos, Madrid).
Arte Rupestre
Aquél día, el
Hombre de los lobos se levantó del diván más cansado que de costumbre. Sabía que
Freud tenía la genialidad de rozar la verdad, pasar de largo, y suplir luego el
vacío con asociaciones. Sabía que Freud no entendía nada de nada de lobos, de
anos tampoco, por cierto. Freud sólo entendía de perros, de colas de perros.
También sabía que muy pronto Freud le consideraría curado, pero que no era
cierto, que continuaría siendo eternamente tratado por Ruth, por Lacan, por
Leclaire. Por último, sabía que estaba a punto de adquirir un verdadero nombre
propio, Hombre de los lobos, mucho más propio que el suyo, puesto que con él
accedía a la más alta singularidad en la aprehensión instantánea de una
multiplicidad genérica, los lobos, pero que ese nuevo, ese verdadero nombre
propio iba a ser desfigurado, mal ortografiado, retranscrito en patronímico.
A
pesar de todo, Freud iba a escribir poco después algunas páginas
extraordinarias. Páginas fundamentalmente prácticas, en el artículo de 1915
sobre "El inconsciente", relativas a la diferencia entre neurosis y psicosis.
Freud dice que un histérico o un obseso son personas capaces de comparar
globalmente un calcetín con una vagina, una cicatriz con la castración, etc. Sin
duda, aprehenden el objeto como global y perdido a un tiempo. Ahora bien, captar
eróticamente la piel como una multiplicidad de poros, de puntitos, de pequeñas
cicatrices o de agujeritos, captar eróticamente un calcetín como una
multiplicidad de mallas, eso sí que no se le ocurriría a un neurótico, sólo un
psicótico es capaz de hacerlo: "creemos que la multiplicidad de las pequeñas
cavidades no permitiría que el neurótico las utilizase como sustitutos de los
órganos genitales femeninos". Comparar un calcentín con una vagina, pase, lo
hacemos a diario, pero comparar un puro conjunto de mallas con un campo de
vaginas, eso sólo puede hacerlo un loco, dice Freud. Y es un descubrimiento
clínico muy importante: ahí radica toda la diferencia de estilo entre neurosis y
psicosis. Así, cuando Salvador Dalí se esfuerza en reproducir sus delirios puede
hablar largo y tendido DEL cuerno del rinoceronte; no por ello su discurso deja
de ser un discurso de neurópata. Pero cuando se pone a comparar la piel en carne
de gallina con un campo de minúsculos cuernos de rinoceronte, está muy claro que
la atmósfera cambia, y que hemos entrado de lleno en la locura. ¿Una nueva
comparación? Más bien una pura multiplicidad que cambia de elementos o que
deviene. Al nivel micrológico, las pequeñas ampollas "devienen" cuernos, y
los cuernos, penes pequeños.
A
punto de descubrir el gran arte del inconsciente, el arte de las multiplicidades
moleculares, Freud no cesa de volver a las unidades molares, y de reecontrar sus
temas familiares, el padre, el pene, la vagina, la castración.... etc. (A punto
de descubrir un rizoma, Freud siempre vuelve a las simples raíces). El
procedimiento de reducción es muy interesante en el artículo de 1915: Freud
dice que el neurótico orienta sus comparaciones o identificaciones hacia las
representaciones de las cosas, mientras que la única representación que le queda
al psicótico es la de las palabras (por ejemplo la palabra agujero). "La
identidad de la expresión verbal, y no la similitud de los objetos, es la que
dicta la elección del sustituto" (1). Así pues, cuando no hay unidad de cosa, al
menos hay unidad e identidad de palabra. Se observará que los nombres están
tomados aqui en un uso extensivo, es decir, funcionan como nombres
comunes que aseguran la unificación de un conjunto que incluyen. El nombre
propio sólo puede ser así un caso límite de nombre común que contiene en sí
mismo su multiplicidad ya domesticada y la relaciona con un ser y objeto
planteado como único. La relación del nombre propio como intensidad con
tanto para las palabras como para las cosas. Según Freud, cuando todo
se fragmenta y pierde su identidad, aún queda la palabra para restablecer una
unidad que ya no existía en las cosas. ¿No estamos asistiendo al nacimiento
de una aventura ulterior, la del Significante, esa instancia despótica e
insidiosa que suplanta a los nombres propios asignificantes, que sustituye
las multiplicidades por la pálida unidad de un objeto que se considera perdido?
No
andamos lejos de los lobos. El Hombre de los lobos, en su segundo
episodio llamado psicótico, vigilará constantemente las variaciones o el
trayecto variable de los agujeritos o pequeñas cicatrices de la piel de su
nariz. Pero en el primero, que Freud considera neurótico, cuenta que ha soñado
con seis o siete lobos en un árbol, y ha dibujado cinco. Ahora bien, ¿quién
ignora que los lobos van en manada? Nadie, salvo Freud. Lo que cualquier
niño sabe perfectamente, Freud lo desconoce. Freud pregunta, con falso
escrúpulo: ¿cómo explicar que haya cinco, seis o siete lobos en el sueño? Como
ha decidido que era una neurosis, emplea el otro procedimiento de reducción:
no inclusión verbal al nivel de la representación de las palabras, sino
asociación libre al nivel de la representación de las cosas. El resultado es
el mismo, puesto que siempre se trata de volver a la unidad, a la identidad de
la persona o del objeto supuestamente perdido. Los lobos tendrán que
desembarazarse de su multiplicidad. La operación se realiza asociando
el sueño con el cuento del Lobo y los siete cabritos (de los que sólo
seis fueron comidos). Asistimos al júbilo reductor de Freud, vemos literalmente
la multiplicidad salir de los lobos para afectar a los cabritos, que no pintan
nada en esta historia. Siete lobos que ahora son cabritos, seis lobos, puesto
que el séptimo cabrito (el propio Hombre de los lobos) se oculta en el reloj,
cinco lobos, puesto que quizá fue a las cinco cuando vió a sus padres hacer el
amor, y porque la cifra romana V se asocia con la abertura erótica de las
piernas femeninas, tres lobos, puesto que los padres quizá hicieron el amor tres
veces, dos lobos, puesto que eran los padres more ferarum, o tal vez dos
perros que con anterioridad el niño habría visto acoplarse, un lobo, puesto que
el lobo es el padre -estaba claro desde el principio-, por último, cero lobos,
puesto que ha perdido su cola, tan castrado como castrador. ¿A quién quieren
tomar el pelo? Los lobos no tenían ninguna posibilidad de salir bien parados, de
salvar su manada: desde el principio se había decidido que los animales sólo
podían servir para representar un coito entre padres, o, a la inversa, para ser
representados por ese coito. Freud ignora totalmente la fascinación que
ejercen los lobos, el significado de la llamada muda de los lobos, la llamada a
devenir lobo. Unos lobos observan y fijan al niño que sueña; cuánto más
tranquilizador es decirse que el sueño ha producido una inversión, y que es el
niño el que mira a los perros o a los padres haciendo el amor. Freud sólo conoce
el lobo o el perro edipizado, el lobo-papá castrato castrador, el perro atado,
el Sí... Sí... del psicoanalista.
Franny escucha una emisión sobre los lobos. Yo le pregunto: ¿te gustaría ser un
lobo? Respuesta altanera: "que tontería, no se puede ser un lobo, siempre se es
ocho o diez, seis o siete lobos. No que uno sea seis o siete lobos a la vez,
sino un lobo entre otros lobos, un lobo con cinco o seis lobos". Lo
importante en el devenir-lobo es la posición de masa, y, en prirner lugar, la
posición del propio sujeto parte de ella, la distancia a la que se mantiene, la
manera de estar o no unido a la multiplicidad. Para atenuar la severidad de
su respuesta, Franny cuenta un sueño: "Hay un desierto. Pero tampoco tendría
sentido decir que estoy en el desierto. Es una visión panorámica del desierto,
ese desierto no es trágico ni está deshabitado, sólo es desierto por su color
ocre y su luz, ardiente y sin sombra. En él hay una multitud bulliciosa,
enjambre de abejas, melé de futbolistas o grupo de tuaregs. Yo estoy
en el borde de esa multitud, en la periferia; pero pertenezco a ella, estoy
unida a ella por una extremidad de mi cuerpo, una mano o un pie. Sé que esta
periferia es el único lugar posible para mí, moriría si me dejara arrastrar al
centro de la melé, pero seguramente me sucedería lo mismo si la abandonara. Mi
posición no es fácil de conservar, incluso diría que es muy dificil de mantener,
porque esos seres se mueven sin parar, sus movimientos son imprevisibles y no
responden a ningún ritmo. Unas veces se arremolinan, otras van hacia el norte y
luego, bruscamente, hacia el este, sin que ninguno de los individuos que
componen la multitud mantengan la misma posición con relación a los demás. Así
pues, también yo estoy en perpetuo movimiento, y eso exige una gran tensión,
pero a la vez me proporciona un sentimiento de felicidad violento, casi
vertiginoso". Qué gran sueño esquizofrénico. Estar de lleno en la multitud y a
la vez totalmente fuera, muy lejos: borde, paseo a lo Virginia Woolf ("jarnás
volveré a decir soy esto, soy aque1lo").
Problema del poblamiento en el inconsciente: todo lo que pasa por los
poros del esquizofrénico, las venas del drogadicto, hormigueos, bullicios,
ajetreos, intensidades, razas y tribus. ¿No es de Jean Ray, que tan bien ha
sabido asociar el terror con los fenómenos de micromultiplicidades, ese cuento
en el que una piel blanca está levantada a causa de tantas ampollas y pústulas,
y por cuyos poros pasan negras cabezas enanas, gesticulantes, abominables, que
es necesario afeitar a navaja cada mañana? Y también las "alucinaciones
liliputienses" producidas por el éther. Uno, dos, tres esquizofrénicos: "en cada
poro de la piel me crecen bebés" -"Pues a mí no es en los poros, es en las venas
donde me crecen barritas de hierro" -"No quiero que me pongan inyecciones, salvo
si son de alcohol alcanforado. De lo contrario, me crecen senos en cada poro".
Freud intentó abordar los fenómenos de multitud desde el punto de vista del
inconsciente, pero no vio claro, no veía que el propio inconsciente era
fundamentalmente una multitud. Miope y sordo, Freud confundía las
multitudes con una persona. Los esquizofrénicos, por el contrario, tienen
una mirada y un oído muy finos. Jamás confunden los rumores y las oleadas de la
multitud con la voz de papá. En cierta ocasión, Jung sueña con osamentas
y cráneos. Un hueso, un cráneo, nunca existen solos. El osario es una
multiplicidad. Freud se empeña en que eso significa la muerte de
alguien. "Jung, sorprendido, le hace observar que había varios cráneos, no
uno sólo. Pero Freud continuaba ... (2)
Una
multiplicidad de poros, de puntos negros, de pequeñas cicatrices o de
mallas. De senos, de bebés y de barras. Una multiplicidad de abejas, de
futbolistas o de tuaregs. Una multiplicidad de lobos, de chacales... Ninguna
de estas cosas se deja reducir, sino que más bien nos remite a un cierto
estatuto de las formaciones del inconsciente. Intentemos definir los
factores que intervienen aquí: en primer sueño precedente. El árbol desnudo en
el que están encaramados los lobos en el sueño del Hombre de los lobos. La piel
como envoltura o anillo, el calcetín como superficie reversible. Una casa, una
habitación, y tantas cosas más, cualquier cosa. Nadie hace el amor con amor sin
constituir para sí, con el otro o los otros, un cuerpo sin órganos. Un cuerpo
sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos, sino un cuerpo en el
que lo que hace de órganos (¿lobos, ojos de lobos, mandíbulas de lobos?) se
distribuye según fenómenos de masa, siguiendo movimientos brownianos, bajo
la forma de multiplicidades moleculares. El desierto está poblado. El
cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización
de los órganos, en la medida en que ésta compondría un organismo. No es un
cuerpo muerto, es un cuerpo vivo, tanto más vivo, tanto más bullicioso cuanto
que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar
saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un
cuerpo poblado de multiplicidades. El problema del inconsciente no
tiene nada que ver con la generación, y sí mucho con el poblamiento, la
población. Es un asunto de población mundial en el cuerpo lleno de la
tierra, y no de generación familiar orgánica. "Adoro inventar hordas, tribus,
los orígenes de una raza... Regreso de mis tribus. Por ahora, soy hijo adoptivo
de quince tribus, ni una más, ni una menos. Y son mis tribus adoptivas, porque
las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas". Nos dicen: ¿pero
el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos
tener que decir no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus
que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él.
En
segundo lugar hay, pues, que definir la naturaleza de esas multiplicidades y
de sus elementos. EL RIZOMA. Uno de los caracteres esenciales del sueño de
multiplicidad es que cada elemento no cesa de variar y de modificar su
distancia respecto a los demás. En la nariz del Hombre de los lobos, los
elementos no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros
en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido
cicatricial. Ahora bien, esas distancias variables no son cantidades extensivas
que se dividirían unas en otras, sino que más bien son siempre indivisibles,
"relativamente indivisibles", es decir, que no se dividen ni antes ni después de
un cierto umbral, que no aumentan ni disminuyen sin que sus elementos no
cambien de naturaleza. Enjambre de abejas, e inmediatamente después melé de
futbolistas con camiseta a rayas, o bien banda de tuaregs. 0 también: el
clan de los lobos se refuerza con un enjambre de abejas contra la banda de los
Deulhs, bajo la acción de Mowgli que corre en el borde (claro que sí, Kipling
comprendía mejor que Freud la llamada de los lobos, su sentido libidinal, y
además en el Hombre de los lobos también hay una historia de avispas y de
mariposas que sustituirá a la de los lobos: se pasa de los lobos a las avispas).
Pero, ¿qué quiere decir eso, esas distancias indivisibles que se modifican sin
cesar, y que no se dividen ni se modifican sin que sus elementos no cambien
siempre de naturaleza? ¿No suponen el caracter intensivo de los elementos y de
sus relaciones en ese género de multiplicidad? Exactamente igual que una
velocidad o una temperatura, que no se componen de velocidades o de
temperaturas, de naturaleza. Pues esas multiplicidades no tienen el principio
de su métrica en un medio homogéneo, sino en otra parte, en las fuerzas que
actúan en ellas, en los fenómenos físicos que las habitan, precisamente en la
libido que las constituye desde dentro, y que no las constituye sin dividirse en
flujos variables y cualitativamente distintos. El propio Freud reconoce la
multiplicidad de las "corrientes" libidinales que coexisten en el Hombre de los
lobos. Por eso no deja de sorprendernos su forma de tratar las multiplicidades
del inconsciente. Para él siempre habrá que reducirlo todo a lo Uno: las
pequeñas cicatrices, los agujeritos serán las subdivisiones de la gran cicatriz
o del agujero mayor llamado castración los lobos serán los substitutos de un
único y mismo padre que aparece por todas partes, tantas como se le haya puesto
(como dice Ruth Mack Brunswick, adelante, los lobos son "todos los padres y los
médicos"; pero el Hombre de los lobos piensa: y mi culo, ¿no es un lobo?).
Había que hacer lo contrario, había que compreder en intensida: el Lobo es la
manada, es decir, la multiplicidad aprehendida como tal en un instante por su
acercamiento o su alejamiento de cero, distancias que siempre son
indescomponibles. El cero es el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos.
Si el inconsciente no conoce la negación es porque en él no hay nada
negativo, tan sólo acercamientos y alejamientos indefinidos del punto cero, que
de ningún modo expresa la carencia, sino la positividad del cuerpo lleno como
soporte y agente (pues "se necesita un aflujo hasta para expresar la falta
de intensidad"). Los lobos designan una intensidad, una banda de intensidad,
un umbral de intensidad en el cuerpo sin órganos del Hombre de los lobos. Un
dentista le decía al Hombre de los lobos "le van a caer los dientes a causa de
su forma de masticar, usted mastica con mucha fuerza"; al inismo tiempo sus
encías se cubrían de pústulas y de agujeritos (3). La mandíbula como intensidad
superior, los dientes como intensidad inferior, y las encías pustulosas como
acercamiento a cero. El lobo como aprehensión instantánea de una multiplicidad
en esa zona, no es un representante, un substituto, es un yo siento. Yo
siento que devengo lobo, lobo entre los lobos, en el borde de los lobos, y el
grito de angustia, el único que Freud oye es: ayúdeme a no devenir lobo (o, al
contrario, a no fracasar en ese devenir). Y no es una representación: nada de
creerse un lobo, de representarse como lobo. El lobo, los lobos, son
intensidades, velocidades, temperaturas, distancias variables indescomponibles.
Todo un hormigueo, un "lobeo". Y ¿quién puede creer que la máquina anal
no tiene nada que ver con la máquina de los lobos, o que ambas sólo estén
unidas por el aparato edípico, por la figura demasiado humana del Padre? Pues al
fin y al cabo el ano también expresa una intensidad, en este caso el
acercamiento a cero de la distancia que no se descompone sin que los elementos
no cambien de naturaleza. Da igual campo de anos que manada de lobos. ¿No
está el niño unido a los lobos por el ano, en la periferia? Descenso de la
mandíbula al ano. Estar unido a los lobos por la mandíbula y por el ano. Una
mandíbula no es una mandíbula de lobo, la cosa no es tan sencilla, sino que
mandíbula y lobo forman una multiplicidad que se transforma en ojo y lobo, ano y
lobo, según otras distancias, siguiendo otras velocidades, con otras
multiplicidades, en límites de umbrales. Líneas de fuga o
desterritorialización, devenir-lobo, devenir-inhumano de las intensidades
desterritorializadas, eso es la multiplicidad. Devenir lobo, devenir agujero
es desterritorializarse según líneas distintas enmarañadas. Un agujero no es más
negativo que un lobo. La castración, la carencia, el substituto, qué historia
contada por un idiota demasiado consciente que no entiende nada de las
multiplicidades como formaciones del inconsciente. Un lobo, pero también un
agujero, son partículas, producciones de partículas, trayectos de partículas en
tanto que elementos de multiplicidades moleculares. Ni siquiera vale decir
que las partículas intensas e inestables pasan por agujeros, un agujero es tan
partícula como lo que pasa por él. Los físicos dicen: los agujeros no son
ausencias de partículas, son partículas que van más rápido que la luz. Anos
volantes, vaginas rápidas, la castración no existe.
Volvamos a esa historia de multiplicidad, porque fue un momento muy
importante la creación de ese sustantivo precisamente para escapar a la
oposición abstracta de lo múltiple y lo uno, para escapar a la dialéctica, para
llegar a pensar lo múltiple al estado puro, para dejar de considerarlo como el
fragmento numérico de una Unidad o Totalidad perdidas, o, al contrario, como el
elemento orgánico de una Unidad o Totalidad futuras -para distinguir más bien
los tipos de multiplicidad-. Así por ejemplo, el físico-matemático
Riemann establece una distinción entre multiplicidades discretas y
multiplicidades continuas (estas últimas sólo encuentran el principio de su
métrica en las fuerzas que actuán en ellas). Meinong y Russell hablarán
de multiplicidades de magnitud o de divisibilidad, extensivas, y de
mulplicidades de distancia, más próximas de lo intensivo. Para Bergson
hay multiplicidades numéricas o extensas, y multiplicidades cualitativas y de
duración. Nosotros hacemos más o menos lo mismo cuándo distinguimos
multiplicidades arborescentes y multiplicidades rizomáticas. Macro y
micromultiplicidades. Por un lado, multiplicidades extensivas, divisibles y
molares; unificables, totalizables, organizables; conscientes o preconscientes.
Por otro, multiplicidades libidinales, inconscientes, moleculares, intensivas,
constituidas por partículas que al dividirse cambian de naturaleza, por
distancias que al variar entran en otra multiplicidad, que no cesan de hacerse y
deshacerse al comunicar, al pasar las unas a las otras dentro de un umbral, o
antes, o después. Los elementos de estas últimas multiplicidades son partículas;
sus relaciones, distancias; sus movimientos, brownianos; su cantidad,
intensidades, diferencias de intensidad.
Todo
esto tiene una base lógica. Elias Canetti distingue dos tipos de
multiplicidad ,que unas veces se oponen y otras se combinan: de masa y de
manada. Entre los caracteres de masa, en el sentido de Canetti,
habría que señalar la gran cantidad, la divisibilidad y la igualdad de los
miembros, la concentración, la sociabilidad del conjunto, la unicidad de la
dirección jerárquica, la organización de territorialidad o de territorialización,
la emisión de signos. Entre los caracteres de manada, la pequeñez o la
restricción del número, la dispersión, las distancias variables indescomponibles,
las metamorfosis cualitativas, las desigualdades como diferencias o saltos, la
imposibilidad de una totalización o de una jerarquización fijas, la variedad
browniana de las direcciones, las líneas de desterritorialización, la proyección
de partículas (4). Sin duda, no hay más igualdad ni menos jerarquía en las
manadas que en las masas, pero no son las mismas. El jefe de manada o de que el
jefe de grupo de masa consolida y capitaliza lo adquirido. La manada,
incluso en su propio terreno, se constituye en una línea de fuga o de
desterritorialización que forma parte de ella, y a la que da un gran valor
positivo; las masas, por el contrario, sólo integran tales líneas para
segmentarizarlas, bloquearlas, afectarlas de un signo negativo. Canetti señala
que en la manada cada miembro permanece solo a pesar de estar con los
demás (por ejemplo los lobos-cazadores); cada miembro se ocupa de lo suyo al
mismo tiempo que participa en la banda. "En las constelaciones cambiantes de la
manada, el individuo se matendrá siempre en el borde. Estará dentro, e
inmediatamente después en el borde, en el borde, e inmediatamente después
dentro. Cuando la manada forma un círculo alrededor de su fuego, cada cual podrá
ver a sus vecinos a derecha y a izquierda, pero la espalda está libre, la
espalda está abiertamente expuesta a la naturaleza salvaje". Reconocemos aquí la
posición esquizofrénica, estar en la periferia, mantenerse en el grupo
por una mano o un pie... A ella opondremos la posición paranoica del sujeto
de masa, con todas las identificaciones entre el individuo y el grupo, el
grupo y el jefe, el jefe y el grupo; formar parte plenamente de la masa,
aproximarse al centro, no permanecer nunca en la periferia, salvo cuando la
misión lo exige. ¿Por qué suponer (como Konrad Lorenz por ejemplo) que las
bandas y su tipo de camaradería representan un estado evolutivamente más
rudimentario que las sociedades de grupo o de conyugalidad? No sólo hay bandas
humanas, sino que hasta las hay especialmente refinadas: la "mundanidad" se
distingue de la "sociabilidad", puesto que está más próxima de una manada, y el
hombre social tiene una imagen envidiosa y errónea del mundano, puesto que
desconoce las posiciones y jerarquías específicas de la mundanidad, las
relaciones de fuerza, sus ambiciones y proyectos tan particulares. Las
relaciones mundanas no se corresponden nunca con las relaciones sociales, no
coinciden con ellas. Hasta los "manierismos" (los hay en todas las bandas)
pertenecen a las micromultiplicidades y se distinguen de los usos o costumbres
sociales.
No obstante, no hay que oponer los dos tipos de multiplicidades, las máquinas
molares y las moleculares, según un dualismo que no sería mejor que el de lo Uno
y lo Múltiple. No hay más que multiplicidades de multiplicidades que forman un
mismo agenciamiento, que se manifiestan en el mismo agenciamiento:
las manadas en las masas, y a la inversa. Los árboles tienen líneas
rizomáticas, y el rizoma puntos de arborescencia. ¿Cómo no se iba a necesitar un
enorme ciclotrón para producir partículas locas? ¿Cómo las líneas de
desterritorialización podrían ser tan siquiera asignables fuera de los circuitos
de territorialidad? ¿Cómo no iba a ser en grandes extensiones, y en relación con
las profundas transformaciones que se producen en ellas, donde de pronto surge
el minúsculo arroyo de una intensidad nueva? ¿Cuánto no hay que hacer para
obtener un nuevo sonido? El devenir-animal, el devenir-molecular, el
devenir-inhumano suponen una extensión molar, una hiperconcentración humana, o
las preparan. En Kafka, la construcción de una gran máquina burocrática
paranocia va unida a la creación de pequeñas máquinas esquizofrénicas de un
devenir-perro, de un devenir-coleóptero. En el Hombre de los lobos,
el devenir-lobo del sueño es inseparable de la organización religiosa y dos
multiplicidades o dos máquinas, sino un solo y mismo agenciamiento maquínico que
produce y distribuye el todo, es decir, el conjunto de enunciados que
corresponden al "complejo". ¿Qué nos dice el psicoanálisis sobre todo
esto? Edipo, nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada
ni a nadie. Lo elimina todo, masas y manadas, máquinas molares y moleculares,
todo tipo de multiplicidades. Veáse si no el segundo sueño del Hombre de los
lobos, en el momento del episodio llamado psicótico: en una calle, un muro con
una puerta cerrada, a la izquierda un armario vacío; el paciente frente al
armario, y una enorme mujer con una pequeña cicatriz que parece querer pasar del
otro lado del muro; detrás de éste, unos lobos que se precipitan hacia la
puerta. La Sra. Brunswick no puede engañarse: por más que se
esfuerza en reconocerse en la enorme mujer, ve perfectamente que aquí
los lobos son los bolcheviques, la masa revolucionaria que ha saqueado el
armario o confiscado la fortuna del Hombre de los lobos. En un estado
metaestable, los lobos han pasado a formar parte de una gran máquina social.
Pero, salvo lo que ya decía Freud,(el psicoanálisis no tiene nada que decir
sobre todas estas cuestiones: todo sigue remitiendo aún a papá (que, como
por casualidad, era uno de los jefes del partido liberal en Rusia, pero eso no
tiene ninguna importancia, basta con decir que la revolución ha "satisfecho el
sentimiento de culpabilidad del paciente"). Verdaderamente podría pensarse
que la libido, en sus inversiones y contrainversiones, no tiene nada que ver con
las conmociones de masas, los movimientos de manadas, los signos colectivos y
las partículas de deseo.
En realidad, no basta con atribuir al preconsciente las multiplicidades molares
o las máquinas de masa, reservando para el inconsciente, otro tipo de máquinas o
de multiplicidades. Lo propio del inconsciente es el agenciamiento de las dos,
el modo en que las primeras condicionan a las segundas, y éstas preparan las
primeras, se escapan de ellas o vuelven a ellas: la líbido lo baña todo. Hay,
pues, que tenerlo todo en cuenta: el modo en que una máquina social o una masa
organizada tienen un inconsciente molecular que no sólo indica su tendencia a la
descomposición, sino también los componentes actuales de su práctica y de su
organización; el modo en que un individuo, tal o cual, incluido en una masa
tiene un inconsciente de manada que no se parece necesariamente a las manadas de
la masa de la que forma parte; el modo en que un individuo o una masa van a
vivir en su inconsciente las masas y las manadas de otra masa o de otro
individuo. ¿ Qué quiere decir amar a alguien?. Captarlo siempre en
una masa, extraerlo de un grupo, aunque sea restringido, del que forma
parte, aunque sólo sea por su familia o por otra cosa; y después buscar sus
propias manadas, las multiplicidades que encierra en sí mismo, y que quizá son
de una naturaleza totalmente distinta. Juntarlas con las mías, hacer que
penetren en las mías, y penetrar las suyas. Bodas celestes, multiplicidades de
multiplicidades. Todo amor es un ejercicio de despersonalización en un cuerpo
sin órganos a crear; y en el punto álgido de esa despersonalización es donde
alguien puede ser nombrado, recibe su nombre o su apellido, adquiere la
más intensa discernibilidad en la aprehensión instantánea de los múltiples que
le pertenecen y a los que pertenece. Manada de pecas en un rostro, manada de
muchachos que hablan en la voz de una mujer, camada de muchachas en la voz del
Sr. de Charlus, horda de lobos en la garganta de alguien, multiplicidad de anos
en el ano, la boca o el ojo hacia el que uno se inclina. ¡Cada uno pasa por
tantos cuerpos en su propio cuerpo! Albertine es lentamente extraída de un grupo
de muchachas, que tiene un número, una organización, un código, una jerarquía
determinadas; y no sólo ese grupo y esa masa restringida están inmersos en todo
un inconsciente, sino que Albertine tiene sus propias multiplicidades que el
narrador, al aislarla, descubre en su cuerpo y en sus mentiras, hasta que el
final del amor la vuelva indiscernible.
Pero
sobre todo no hay que creer que basta con distinguir masas y grupos exteriores
en los que alguien participa o a los que pertenece, y los conjuntos intemos que
englobaría en sí mismo. La distinción no es en modo alguno la de lo exterior y
la de lo interior, siempre relativos y cambiantes, intercambiables, sino la de
tipos de multiplicidades que coexisten, se combinan y desplazan -máquinas,
engranajes, motores y elementos que intervienen en un determinado momento para
formar un agenciamiento productor de enunciado: te amo (u otra cosa)-.
Volviendo a Kafka, Felice es inseparable de una cierta máquina social y
de las máquinas parlantes cuya firma representa; ¿cómo no iba a pertenecer a ese
tipo de organización, a los ojos de Kafka, fascinado como está por el comercio y
la burocracia? Pero al mismo tiempo, los dientes de Felice, los grandes dientes
carnívoros la hacen pasar según otras líneas a las multiplicidades moleculares
de un devenir-perro, de un devenir-chacal... Felice, inseparable del signo de
las máquinas sociales modernas, las suyas y las de Kafka (aunque no son las
mismas), y de las partículas, las pequeñas máquinas moleculares, de todo el
extraño devenir, del trayecto que Kafka hará y le obligará a hacer a través de
su perverso aparato de escritura.
No hay enunciado individual, sino agenciamientos maquínicos productores de
enunciados. Nosotros decirnos que el agenciamiento es fundamentalmente libidinal
e inconsciente. El agenciamiento es el inconsciente en persona. Por ahora,
nosotros vemos en él distintos tipos de elementos (o multiplicidades): máquinas
humanas, sociales y técnicas, molares, organizadas; máquinas moleculares, con
sus partículas de devenir-inhumano; aparatos edípicos (por supuesto, claro
que hay enunciados edípicos, y muchos); aparatos contraedípicos, de aspecto
y funcionamiento variables. Más adelante analizaremos todo esto. En realidad, ni
siquiera podemos hablar de máquinas diferentes, sino únicamente de tipos de
multiplicidades que se combinan y forman en un determinado momento un solo y
mismo agenciamiento maquínico, figura sin rostro de la libido. Todos estamos
incluidos en un agenciamiento de ese tipo, reproducimos el enunciado cuando
creemos hablar en nombre propio, o más bien hablamos en nombre propio cuando
producimos el enunciado. Qué extraños son los enunciados, verdaderos discursos
de locos. Decíamos Kafka, también podríamos decir el Hombre de los lobos: una
máquina religioso-militar que Freud asigna a la neurosis obsesiva; una máquina
anal de manada o de devenir-lobo, también avispa o mariposa, que Freud asigna al
carácter histérico; un aparato edípico que Freud convierte en el único motor, el
motor inmóvil que aparece por todas partes; un aparato contraedípico (¿el
incesto con la hermana, incesto-esquizofrénico, o bien el amor con "personas de
condición inferior", o bien la analidad, la homosexulidad?) todas esas cosas en
las que Freud no ve más que sustitutos, regresiones y derivados de Edipo. En
verdad Freud no ve ni entiende nada. No tiene la menor idea de lo que es un
agenciamiento libidinal con todas las maquinarias que utiliza, todos los amores
múltiples.
Claro que hay enunciados edípicos. Por ejemplo, en el relato de Kafka
Chacales y Arabes, es muy fácil hacer ese tipo de lectura: siempre es
posible, no se corre ningún riesgo, siempre funciona, pero, eso sí, no se
entiende nada. Los árabes están claramente relacionados con el padre, los
chacales con la madre; y entre los dos, toda una historia de castración
representada por las tijeras oxidadas. Pero se da la circunstancia de que los
árabes son una masa organizada, armada, extensiva, extendida por todo el
desierto; y los chacales una manada intensa que no cesa de adentrarse en el
desierto, siguiendo líneas de fuga o de desterritorialización ("están locos,
verdaderamente locos"); entre los dos, en el borde, el Hombre del norte, el
Hombre de los chacales. Y las enormes tijeras, ¿no son el signo árabe que
conduce o lanza las partículas-chacales, tanto para acelerar su loca carrera,
desprendiéndolas de la masa, como para devolverlas a esa masa, dominarlas y
excitarlas, hacerlas girar? Aparato edípico del alimento: el camello muerto;
aparato contraedípico de la carroña: matar los animales para comer, o comer para
limpiar las carroñas. Los chacales plantean bien el problema: no es un
problema de castración, sino de "limpieza", la prueba del desierto-deseo.
¿Qué prevalecerá, la territorialidad de masa o la desterritorialización de
manada, bañando la líbido todo el desierto como cuerpo sin órganos en el que se
desarrolla el drama?
No hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un
agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación (no
entender por "agentes colectivos" los pueblos o las sociedades). El nombre
propio no designa un individuo: al contrario, un individuo sólo adquiere su
verdadero nombre propio cuando se abre a las multiplicidades que lo atraviesan
totalmente, tras el más severo ejercicio de despersonalización. El nombre propio
es la aprehensión instantánea de una multiplicidad. El nombre propio es el
sujeto de un puro infinitivo entendido como tal en un campo de intensidad.
Exactamente lo que Proust dice del nombre: al pronunciar Gilberte tenía la
sensación de tenerla totalmente desnuda en mi boca. El Hombre de los lobos,
verdadero nombre propio, nombre íntimo que remite a los devenires, infinitivos,
intensidades de un individuo despersonalizado y multiplicado. ¿Pero entiende
el psicoanálisis algo de la multiplicación? Esa hora del desierto en la que el
dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo. Esa hora
de la noche en la que mil agujeros se abren en la superficie de la tierra.
Castración, castración, grita el espantajo psicoanalítico que siempre ha visto
un agujero, un padre, un perro donde hay lobos, un individuo domésticado donde
hay multiplicidades salvajes. Al psicoanálisis sólo le reprochamos que
haya seleccionado los enunciados edípicos. Pues esos enunciados, en
cierta medida, aún forman parte de un agenciamiento maquínico respecto al cual
podrían servir de índices corregibles, como en un cálculo de errores. Lo que
realmente le reprochamos es que haya utilizado enunciados edípicos para hacer
creer al paciente que iba a tener enunciados personales, individuales, que por
fin iba a poder hablar en nombre propio. Ahora bien, todo está falseado desde el
principio: el Hombre de los lobos jamás podrá hablar. Se esforzará en vano en
hablar de los lobos, en gritar como un lobo, Freud ni siquiera escucha, mira a
su perro y responde "es papá". Mientras esta situación dure, Freud hablará de
neurosis, y cuando falle, de psicósis. El Hombre de los lobos recibirá la
medalla psicoanalítica por los servicios prestados a la causa, e incluso
la pensión alimentaria que se da a los ex-combatientes mutilados. El Hombre de
los lobos sólo hubiera podido hablar en su nombre si se hubiese puesto de
manifiesto el agenciamiento maquínico que producía en él tales o tales
enunciados. Pero eso no es lo que hace el psicoanálisis en el preciso momento en
que se persuade al sujeto de que va a proferir sus enunciados más individuales,
se le priva de todas las condiciones de enunciación. Hacer callar a las
personas, impedirles hablar, y sobre todo, cuando hablan, hacer como si nada
hubiesen dicho: esa es la famosa neutralidad psicoanalítica. El Hombre de los
lobos continúa gritando: ¡seis o siete lobos! Freud responde: ¿qué? ¿Cabritos?
Qué interesante, si elimino los cabritos, queda un lobo, tiene que ser tu
padre... Por eso el Hombre de los lobos se siente tan cansado: permanece tumbado
con todos sus lobos en la garganta, y todos los agujeritos en su nariz, todos
esos valores libidinales en su cuerpo sin órganos. Estallará la guerra, los
lobos devendrán bolcheviques, el Hombre de los lobos sigue asfixiado por todo lo
que tenía que decir. Sólo nos comunicarán que se volvió bien educado, cortés,
resignado, "honesto y escrupuloso", en una palabra, curado. El se venga
insistiendo en que el psicoanálisis carece de una visión verdaderamente
zoológica: "Para un joven no hay nada tan valioso como el amor a la naturaleza y
la compresión de las ciencias naturales, en particular de la zoología"
(5).
Notas:
1.
Freud, Metapsicología, "Lo Inconciente", Cap. 7.
2. E.
A. Bennet, "Lo que verdaderamente dijo Jung".
3. R.
Mac Brunswick "Un suplemento a la historia de una neurosis infantil de Freud".
4. E.
Canetti, "Masa y Poder". Algunas diferencias indicadas aquí son señaladas
por Canetti.
5.
Carta citada por Roland Jaccard, "El hombre de los lobos".
Nota, selección y destacados: Sergio Rocchietti.
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