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En el corazón de Chiapas, San Juan Chamula

 

Por Marcela Depiera

 

San Juan Chamula es un pueblo sin cura. Se encuentra a 10 km de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas.

Lo mas atractivo es su iglesia, de paredes blancas y rebordes verdes.

El cura se fue hace un par de siglos. Se fue porque lo echaron y después de éste no vino otro. La colonización hizo lo que pudo y también lo que no: hubo un cura que fue el último.

En esta región viven los Tzotziles, comunidad indígena de cultura Maya, cuyas costumbres se mantuvieron tan firmes, a pesar del tiempo, que un día de hace unos siglos el cristianismo bajó los brazos y les dejó esa casa verde y blanca con Cristo y santos. Uno yace recostado en el frente y otros desfilan inmóviles a ambos costados de la iglesia vestidos, a imagen y semejanza de sus fieles, con telas multicolores. Cada santo completa su atavío con un gran espejo colgado del cuello, que refleja el alma de quien les eleva una plegaria. Se entiende que de esta forma no necesitan de un cura que interceda por ellos con sentencias eternas.

Sabido es que el plan de la Iglesia era bien otro, pero los Tzotziles lucharon por lo suyo. Con batallas religiosas continúan hasta el día de hoy disputándose un territorio.

Sin bancos, el piso está muy prolijamente terminado con baldosas lustradas, pero ellos lo cubren de verde pino. Llevan las hojas en grandes baldes y arman en unos minutos un colchón fino en donde se sientan. Quizás reproducen la tierra por la que pelean las comunidades indígenas de Chiapas.

Hay lugar para todos, pero ellos prefieren agruparse en un rincón de la iglesia. Comienza la ceremonia, que es toda una fiesta. Toman Coca Cola o Pepsi, lo mismo da. Para ellos el sabor es bien otro que para el resto del mundo. Lo que importa es la efervescencia que contiene, pues, aseguran, de este modo pueden expulsar por sus bocas el mal que guardan dentro. El sortilegio se cumple: no paran de beber. No es lo único. También hay ponch del cual aspiran el aliento de los dioses, y refrescos que solo pueden tomar aquellos que no guardan rencor con nadie. No es sencillo, no es una fiesta cualquiera.

Y hay música que suena de instrumentos que ellos han creado.

Los "hombres mono" presiden la ceremonia: son sagrados y se distinguen del resto de la gente por un gran gorro con cintas de colores en la punta, que sujetan al mentón con una gruesa piel de mono.

Las mujeres usan largas trenzas, dos y todas iguales; sus faldas las diferencian de otras comunidades. Rostros serios; rostros que cargan con la Historia y la tierra.

Unos niños se distraen. Corren por la iglesia pidiendo monedas a quienes observan el rito. No reciben dinero; los visitantes les convidan chicles. Su lengua es el tzotzil, pero la palabra chicle la conocen bien. Se ponen contentos y disputan el primer puesto en la fila.

La celebración continúa mientras para ellos el mundo comienza a ser más extenso.

Quizás, cuando grandes, ellos no continúen con la fiesta.


Revista Con-versiones

 

 

        

 

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