|
"IMPERIO"
Michael Hardt y Antonio Negri
PREFACIO
El imperio se está materializando ante nuestros propios ojos. Durante las
últimas décadas, a medida que se derrumbaban los regímenes coloniales, y luego,
precipitadamente, a partir de la caída de las barreras interpuestas por los
soviéticos al mercado capitalista mundial, hemos asistido a una globalización
irreversible e implacable de los intercambios económicos y culturales. Junto
con el mercado global y los circuitos globales de producción surgieron un nuevo
orden global, una lógica y una estructura de dominio nuevas: en suma, una nueva
forma de soberanía. El imperio es el sujeto político que efectivamente regula
estos intercambios globales, el poder soberano que gobierna el mundo.
Muchos sostienen que la globalización de la producción y el intercambio
capitalistas significa que las relaciones económicas se han hecho más autónomas
respecto de los controles políticos y, en consecuencia, que la soberanía
política está en decadencia. Algunos ensalzan esta nueva era corno la de la
liberación de la economía capitalista de las restricciones y deformaciones que
le habían impuesto las fuerzas políticas; otros le critican haber cerrado los
canales institucionales a través de los cuales los trabajadores y ciudadanos
pueden influir en la fría lógica de la ganancia capitalista u oponerse a ella.
Indudablemente es cierto que, en concordancia con los procesos de globalización,
la soberanía de los Estados-nación, si bien continúa siendo efectiva, ha ido
decayendo progresivamente. Los factores primarios de producción e intercambio
-el dinero, la tecnología, las personas y los bienes- cruzan cada vez con mayor
facilidad las fronteras nacionales, con lo cual el Estado-nación tiene cada vez
menos poder para regular esos flujos y para imponer su autoridad en la economía.
Ya ni siquiera deberíamos concebir a los Estados-nación más dominantes como
autoridades supremas y soberanas, ni fuera de sus fronteras ni tampoco dentro de
ellas. La decadencia de la soberanía de los Estados-nación no implica, sin
embargo, que la soberanía como tal haya perdido fuerza(l). Durante todo el
tiempo en que se produjeron las transformaciones contemporáneas, tanto los
controles políticos y las funciones del Estado como los mecanismos reguladores
continuaron gobernando el ámbito de la producción y el intercambio económico y
social. Nuestra hipótesis básica consiste en que la soberanía ha adquirido
una forma nueva, compuesta por una serie de organismos nacionales y
supranacionales unidos por una única lógica de dominio. Esta nueva forma
global de soberanía es lo que llamamos «imperio».
La declinante soberanía de los Estados-nación y su creciente incapacidad para
regular los intercambios económicos y culturales es en realidad uno de los
síntomas primarios de este imperio que comienza a emerger. La soberanía del
Estado-nación fue la piedra angular de los imperialismos que construyeron las
potencias europeas a lo largo de la era moderna. No obstante, lo que hoy
entendemos por «imperio» es algo por completo diferente del
«imperialismo». Las fronteras definidas por el sistema moderno de
Estados-nación fueron fundamentales para el colonialismo y la expansión
económica europeos: las fronteras territoriales de la nación delimitaban el
centro del poder desde donde se ejercía el dominio sobre los territorios
extranjeros externos, a través de un sistema de canales y barreras que
alternativamente facilitaban y obstruían los flujos de producción y circulación.
El imperialismo fue realmente una extensión de la soberanía de los
Estados-nación europeos más allá de sus propias fronteras. Eventualmente, casi
todos los territorios del mundo podrían dividirse en parcelas y el mapa del
mundo entero aparecería codificado con colores europeos: el rojo para los
territorios británicos, el azul para los franceses, el verde para los
portugueses, etcétera. Donde sea que tenga sus raíces, la soberanía moderna
construyó un Leviatán que se extendió por encima de su dominio social e impuso
fronteras territoriales jerárquicas, tanto para vigilar la pureza de su propia
identidad como para excluir todo lo diferente.
El tránsito al imperio se da a partir del ocaso de la soberanía moderna.
En contraste con el imperialismo, el imperio no establece ningún centro
de poder y no se sustenta en fronteras o barreras fijas. Es un aparato
descentrado y desterritorializador de dominio que progresivamente incorpora
la totalidad del terreno global dentro de sus fronteras abiertas y en permanente
expansión. El imperio maneja identidades híbridas, jerarquías flexibles e
intercambios plurales a través de redes adaptables de mando. Los colores
nacionales distintivos del mapa imperialista del mundo se han fusionado y
mezclado en el arco iris global imperial.
La transformación de la moderna geografía imperialista del globo y la
instauración del mercado mundial señalan una transición dentro del modo
capitalista de producción. Lo más significativo es que las divisiones
espaciales de los tres mundos (el Primer Mundo, el Segundo y el Tercero) se han
mezclado en un revoltijo tal que continuamente hallamos el Primer Mundo en el
Tercero, el Tercero en el Primero y ya casi no encontramos el Segundo en ninguna
parte. El capital parece tener que vérselas con un mundo uniforme o, en
realidad, con un mundo definido por nuevos y complejos regímenes de
diferenciación y homogeneización, desterritorialización y reterritorialización.
La construcción de las rutas y los límites de estos nuevos flujos globales
estuvo acompañada por una transformación de los procesos productivos dominantes,
lo que dio por resultado una reducción del rol del trabajo industrial en
fábricas, desplazado por la prioridad que se le da hoy al trabajo comunicativo,
cooperativo y afectivo. En la posmodernización de la economía global, la
creación de la riqueza tiende aún más hacia lo que llamaremos la producción
biopolítica, la producción de la vida social misma, un proceso en el cual
cada vez más lo económico, lo político y lo cultural se superponen e
invierten recíprocamente.
Muchos localizan en los Estados Unidos la autoridad última que gobierna
todos los procesos de la globalización y el nuevo orden mundial. Sus defensores
consideran que los Estados Unidos son el líder mundial y la única superpotencia
y sus detractores denuncian a ese país como opresor imperialista. Estas dos
perspectivas se basan en el supuesto de que los Estados Unidos sencillamente se
pusieron el sayo del poder global que las naciones europeas habían dejado caer.
Si el siglo XIX fue un siglo británico, el siglo XX fue estadounidense; o dicho
de otro modo, si la modernidad fue europea, la posmodernidad es estadounidense.
El cargo más irrecusable que pueden presentar sus críticos es que los Estados
Unidos están repitiendo las prácticas de los antiguos imperialistas
europeos, mientras que sus defensores juzgan que los Estados Unidos son un líder
mundial más eficiente y más benévolo y que están haciendo bien lo que los
europeos hicieron mal. No obstante, nuestra hipótesis básica de que ha surgido
una nueva forma imperial contradice estos dos enfoques. Estados Unidos no
constituye -y, en realidad, ningún Estado-nación puede hoy constituir- el centro
de un proyecto imperialista. El imperialismo ha terminado. Ninguna
nación será un líder mundial como lo fueron las naciones europeas modernas.
Por cierto, los Estados Unidos ocupan una posición privilegiada en el
imperio, pero este privilegio no procede de sus similitudes con las antiguas
potencias imperialistas europeas, sino de sus diferencias. Podemos reconocer más
fácilmente tales diferencias si prestamos particular atención a los fundamentos
propiamente imperiales (no imperialistas) de la constitución de los Estados
Unidos, y al decir «constitución» nos estamos refiriendo tanto a la
Constitución formal, el documento escrito junto con sus diversas enmiendas y
aparatos legales, como a la constitución material, es decir, la
formación y reformación continuas de la composición de las fuerzas sociales.
Thomas Jefferson, los autores de The Federalist y los demás fundadores
ideológicos de los Estados Unidos se inspiraron en el antiguo modelo imperial;
creían que estaban creando, del otro lado del Atlántico, un nuevo imperio con
fronteras abiertas y en expansión, un imperio en el que el poder se
distribuiría efectivamente en redes. Esta idea imperial sobrevivió y maduró
a lo largo de toda la historia de la constitución de los Estados Unidos y ahora
ha emergido en una escala global en su forma más acabada.
Deberíamos señalar que empleamos aquí la palabra «imperio» no como una
metafóra, lo cual exigiría demostrar las semejanzas entre el orden mundial
actual y los imperios de Roma, China, el continente americano y algunos otros,
sino más bien como un concepto que requiere fundamentalmente un
enfoque teórico(2).El concepto de imperio se caracteriza principalmente
por la falta de fronteras: el dominio del imperio no tiene límites. Ante
todo, pues, el concepto de imperio propone un régimen que efectivamente abarca
la totalidad espacial o que, más precisamente, gobierna todo el mundo
«civilizado». Ninguna frontera territorial limita su reino. En segundo lugar,
el concepto de imperio no se presenta como un régimen histórico que se origina
mediante la conquista, sino antes bien como un orden que efectivamente suspende
la historia y, en consecuencia, fija el estado existente de cosas por toda la
eternidad. En la perspectiva del imperio, ése es el modo como siempre serán
las cosas y el modo como están destinadas a ser. En otras palabras, el imperio
no presenta su dominio como un momento transitorio dentro del movimiento de la
historia, sino como un régimen que no tiene fronteras temporales y, en este
sentido, está más allá de la historia o en el fin de la historia. En tercer
lugar, el dominio del imperio opera en todos los registros del orden social y
penetra hasta las profundidades del mundo social. El imperio no sólo
gobierna un territorio y a una población, también crea el mundo mismo que
habita. No sólo regula las interacciones humanas, además procura gobernar
directamente toda la naturaleza humana. El objeto de su dominio es la vida
social en su totalidad; por consiguiente, el imperio presenta la forma
paradigmática del biopoder. Finalmente, aunque la práctica del imperio está
continuamente bañada en sangre, el concepto de imperio siempre está dedicado
a la paz: una paz perpetua y universal, que trasciende la historia.
El imperio que se nos presenta hoy produce enormes poderes de opresión y
destrucción, pero esta realidad de ningún modo debería hacernos sentir nostalgia
por las antiguas formas de dominación. El paso al imperio y sus procesos de
globalización ofrecen nuevas posibilidades a las fuerzas de liberación. Por
supuesto, la globalización no es un solo fenómeno y los múltiples procesos que
reconocemos como globalización no están unificados ni son unívocos. Nuestra
tarea política, sostendremos en este libro, no es meramente resistir a estos
procesos; también es reorganizarlos y redirigirlos hacia nuevos fines. Las
fuerzas creativas de la multitud que sostienen el imperio también son capaces de
construir autónomamente un contraimperio, una organización política alternativa
de los flujos e intercambios globales. Las luchas por combatir y subvertir
el imperio, así como aquellas destinadas a construir una alternativa real,
deberán pues librarse en el terreno imperial mismo -en realidad, estas nuevas
luchas ya han comenzado a surgir. A través de estas contiendas y muchas otras
semejantes, la multitud tendrá que inventar nuevas formas democráticas y
un nuevo poder constitutivo que algún día nos conduzca a través del
imperio y nos permita superar su dominio.
La genealogía que seguimos en nuestro análisis del tránsito del imperialismo al
imperio será primero europea y luego euroestadounidense, no porque creamos que
estas regiones son la fuente exclusiva o privilegiada de las nuevas ideas y de
la innovación histórica, sino simplemente porque ésa fue la ruta geográfica
dominante a lo largo de la cual se desarrollaron los conceptos y las prácticas
que animan al imperio de nuestros días, en concordancia, como sostendremos
luego, con el desarrollo del modo capitalista de producción(3). Mientras la
genealogía del imperio es, en este sentido, eurocéntrica, sus poderes
presentes no se limitan a ninguna región. La lógica de dominio, que de
algún modo se originó en Europa y en los Estados Unidos, hoy rige las prácticas
de dominación en todo el planeta. Y lo más importante es que las fuerzas que
combaten al imperio y efectivamente prefiguran una sociedad global
alternativa tampoco se limitan a ninguna región geográfica. La geografía de
estos poderes alternativos, la nueva cartografía, aún no ha sido trazada
o, más bien, está comenzando a ser diseñada hoy a través de las resistencias,
las luchas y los deseos de la multitud.
Al escribir este libro, hemos apelado a nuestras mejores aptitudes con la
intención de aplicar un enfoque ampliamente interdisciplinario(4). Nuestra
argumentación apunta a ser tanto filosófica como histórica, tanto cultural como
económica, igualmente política que antropológica. En parte, nuestro objeto
de estudio exige este enfoque interdisciplinario, puesto que en el imperio, las
fronteras que anteriormente podrían haber justificado las perspectivas
disciplinarias estrechas se están derrumbando progresivamente. En el mundo
imperial, el economista, por ejemplo, necesita tener un conocimiento básico de
la producción cultural para comprender la economía y, por su parte, el crítico
cultural necesita contar con un conocimiento básico de los procesos económicos
para entender la cultura. De modo que ese carácter interdisciplinario es una
exigencia de nuestro proyecto. Esperamos que este libro contribuya a crear una
estructura teórica general y constituya una caja de herramientas
conceptuales que permitan teorizar y actuar en el imperio y contra él(5).
Como la mayor parte de los libros extensos, éste puede leerse de muchas
maneras diferentes: de la primera página hasta la última, de atrás hacia
adelante, por partes, saltando de una sección a otra o a través de las diversas
correspondencias. Los capítulos de la Primera Parte introducen la problemática
general del imperio. En la zona central del libro, la Segunda y la Tercera
Parte, contamos la historia del tránsito desde la modernidad a la posmodernidad
o, para decirlo de otro modo, desde el imperialismo al imperio. La Segunda Parte
narra, principalmente desde el punto de vista de la historia de las ideas y la
cultura, el tránsito del período moderno temprano al presente. El hilo conductor
que atraviesa toda esta parte es la genealogía del concepto de soberanía. La
Tercera Parte narra el mismo pasaje, pero desde el punto de vista de la
producción, por lo cual la producción se entiende en un sentido muy amplio
que va desde la producción económica a la producción de la subjetividad.
Esta narrativa abarca un período más corto y se concentra sobre todo en las
transformaciones de la producción capitalista desde fines del siglo XIX hasta el
presente. Por lo tanto, las estructuras internas de la Segunda y la Tercera
Parte se corresponden: los primeros capítulos de cada una de ellas tratan la
fase imperialista, moderna; los capítulos intermedios abordan los mecanismos de
la transición y los finales analizan nuestro mundo imperial, posmoderno.
Estructuramos el libro de este modo con la intención de poner énfasis en la
importancia del desplazamiento desde la esfera de las ideas a la de la
producción. El intermezzo entre la Segunda y la Tercera Parte hace las
veces de bisagra que articula el movimiento desde un punto de vista al otro.
Procuramos que este cambio de punto de vista funcionara de un modo semejante al
momento de El capital en que Marx nos invita a abandonar la
ruidosa esfera del intercambio y descender a la morada oculta de la producción.
El reino de la producción es el ámbito donde se revelan más claramente
las desigualdades sociales y, además, donde surgen las resistencias y las
alternativas más efectivas al poder del imperio. En la Cuarta Parte
tratamos de identificar estas alternativas que hoy están trazando los
lineamientos de un movimiento que se extenderá más allá del imperio.
Comenzamos a escribir este libro bastante después del fin de la guerra del Golfo
Pérsico y lo completamos bastante antes de que comenzara la guerra de Kosovo. De
modo que el lector debería situar el argumento en un punto intermedio entre
aquellos dos acontecimientos trascendentes para la construcción del imperio.
NOTAS
PREFACIO:
1. Sobre la declinante soberanía de los Estados-nación y la transformación de la
soberanía en el sistema global contemporáneo, véase Saskia Sassen, ¿Losing
Control? Sovereignty in an Age of Globalization, Nueva York, Columbia
University Press, 1996.
2. Sobre el concepto de «imperio», véase Maurice Duverger, «Le concept d'empire»,
en Maurice Duverger (comp.), Le concept d'empire, París, PUF, 1980,
págs. 523. Duverger divide los ejemplos históricos en dos modelos primarios:
por un lado, el Imperio romano y, por el otro, los de Arabia, China,
Centroamérica y otros semejantes. Nuestros análisis tienen que ver
principalmente con el modelo romano, por ser el que animó la tradición
euroestadounidense que condujo al orden mundial contemporáneo.
3. «La modernidad no es un fenómeno de Europa como sistema independiente,
sino de Europa como centro.» Enrique Dussel, «Beyond Eurocentrism: The World
System and the Limits of Modernity», en Fredric Jameson y Masao Miyosh (comps.),
The Cultures of Globalization, Durham, University Press, 1998, págs.
3-31; cita de la pág. 4.
4. Dos textos interdisciplinarios nos sirvieron como modelos a lo largo de la
redacción de este libro: El capital de Marx y Mil mesetas de
Deleuze y Guattari.
5. Ciertamente, la nuestra no es la única obra que prepara el terreno para el
análisis y la crítica del imperio. Aunque no empleen el término «imperio»,
muchos autores se orientan en esa misma dirección; entre ellos podemos citar a Fredric Jameson, David Harvey, Arjun Appadurai, Gayatri Spivak, Edward Said,
Giovanni Arrighi y Arif Dirlik, para nombrar sólo a algunos de los más
conocidos.
El
texto en su versión castellana está editado (primera edición, marzo
del 2002) por la editorial Paidós. Del cual se reproduce su Prefacio
completo.
Selección y
destacados: S.R.
Artículos
relacionados, ver en sección Transdisciplina:
"Insistencia", autores: Luciana Prato y Sergio Rocchietti; y también en la
misma sección:
"Un Intento" (hacia la transdisciplina), Sergio Rocchietti.
Revista
Con-versiones
|
|