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ELOGIO DE MI ZAPATERO

(Acercamiento a la circulación de objetos en la sociedad contemporánea)
Luciana Prato

¿Cuántos talleres de zapateros pueden poblar la ciudad?. El oficio del zapatero es un oficio olvidado en los contextos actuales, dícese postmodernos. Post que da cuenta de lo posterior, de lo porvenir, y por ello, quizás, impulsados por improntas consumistas que conducen una producción de objetos desechables, intercambiables, fugaces, no duraderos.

Las producciones normalizadas, standarizadas que llevan sellos de industrias orientales y abastecen los mercados de todo el globo globalizado, tienen olor a nada. Son objetos que se compran y tiran, se rompen, se cambian. ¿Cuánta vida útil puede tener una radio japonesa?, si se rompe es conveniente comprar una nueva antes que arreglarla. (¿Conveniente desde qué dimensión del existir?). Existe un dinamismo derrochador que sostiene el proceso de vida moderno. Parafraseando a Arendt, el ritmo de las máquinas y la automatización amplía e intensifica la vida, pero en realidad la hace más mortal, ya que desj¡gasta la ‘durabilidad’. Intercambiar, reemplazar: avatares de la circulación de objetos actuales, objetos innominados, ausentes de identidad, quebrados y extirpados de un existir que atraviese la utilidad.

Pero en otra perspectiva, (siempre para Nietzsche el conocimiento es perspectivo) los objetos pueden ser revestidos de una vida otra, que puede olerse, degustarse, palparse, o tímidamente intuirse. Sólo que en la profusión múltiple de objetos de consumo no pueden rastrearse las marcas de la historia que son las que dejan trazos que son afecto, deseo, sueño del propietario, del usuario, del fabricante. Es que tampoco hay un propietario, un fabricante, un alguien. Como objetos innominados, las personas son innominadas. Se extirpan los rastros de vida y sólo quedan esqueletos testigos de muerte. Cosas, cosas, cosas.

Hay un mercado de objetos, en los que estos revisten un valor de uso y un valor de cambio, diría Marx. Yo agregaría que el zapatero, el restaurador, como reparadores de sueños incorporan al objeto una existencia otra que quien tiene mirada de coleccionista puede desentrañar. ¿Quién puede ser hoy coleccionista? Una mirada poética, que subvierte los designios utilitaristas, y halla tesoros en lo diminuto, preciosidades en lo olvidado, dones en lo desechado.

Puede aprehenderse un objeto como producto, como mercancía, como mercadería, como bien de consumo. Palabras todas huecas, chatas, vanas, tediosas. Puede determinarse el valor de un objeto de acuerdo a la cantidad de fuerza de trabajo depositada para su producción, desde una óptica marxista, y puede hallarse el valor fantasmático de un objeto a los ojos de voyeur coleccionista. Un fantasma que habla de un enlace pulsional con dicho objeto, recordaría quizás Lacan. Valor fantasmático habla de revestir el objeto de deseo, de erotizarlo, volverlo objeto de goce para mi ser cuerpo, mi ser deseante, mi ser pulsional y estético. Ver el objeto con ojos de coleccionista es verse un poco en el objeto, ¿identificarse?. Quizás la proclama que subyace sea: No quiero ser objeto de consumo de consumación que se consume en un uso fugaz. Y si soy otra cosa, soy humano, es decir, constituido por un tramado de lenguaje, de acciones, de palabras, de gestos, que dejan marcas y huellas, hendiduras en mi carne, en mi alma que me hacen ser. Y quizás, o al menos a ello apueste, las acciones y el discurso se escabullan del tamiz de intercambio que enmudece, y pauperiza pútridamente. (Pienso en otra concepción del pauperismo, además de esta. Se pregunta Benjamín, mirando al trapero por los límites de la miseria humana, pero a la vez afirma que la bohemia encuentra en este habitante de la ciudad algo de sí misma e incluso ambos ‘estaban en una protesta más o menos sorda contra la sociedad, ante un mañana más o menos precario’. A repensar). Entonces, el hombre, sus acciones, sus discursos, se escabullen. Sólo a veces. Dolorosamente a veces.

Amo los objetos antiguos, y sumergirme en las tiendas de muebles usados. No finos comercios de antigüedades for export o delicadas casas que adornan los barrios del norte, sino los grandes galpones con placares sillas camas mesas amontonadas y polvorientas que invitan a una mirada deseosa de hallarles su belleza, de indagar y escudriñar sus historias, sometiéndolos amorosamente a una mirada profunda.

Con ojos de coleccionista se disfrutan esos objetos, con la intuición del que huele, siente, indaga en los materiales, las formas, las huellas del tiempo. Del tiempo que es historia petrificada y a la vez viva. Que vive y se recupera en la contemplación del objeto. Un placard de roble, con flores talladas, desvencijado, húmedo. Que guarda en su interior etiquetas autoadhesivas ya inexistentes, y conserva rastros de rostros y cuerpos reflejados en los ovales del espejo. Y guarda vestigios de las ropas que se colgaron, los pullóveres doblados, los zapatos. Un placard que puede embellecerse y pulirse y desempolvarse del olvido. El olvido torna grises y mustios los objetos y quizás también a las personas. ¡ Desterrar el olvido!. Y elegir minuciosamente el espejo que será trabajado para extraer de sí su belleza subterránea. Su belleza que no es tal sin los relatos que lo nutren, lo rodean y diría, lo constituyen. (Nuevamente las palabras. Los objetos son palabras, el mundo es palabras, las personas lo son. Homenaje a Wittgenstein).

 

Y así las ferias americanas también son tiendas donde uno juega a hallar la pollera única que es tal porque no conlleva la condena de la etiqueta que la homologa a multiplicidad de polleras y además no responde a los cánones de la moda actual, que produce todo igual para todos, en una atmósfera de indolencia urbana. Y si uno puede jugar, y ver el mundo con una mirada estética, quizás sea un intento de realizar la estética generalizada de la vida que propone Onfray. ¿ Y por qué no esgrimir al zapatero como un bastión de objetos cargados de afecto, centinela de senderos recorridos y horizontes por recorrer, que se rebela y resiste a las improntas modernistas?.

Mi zapatero es terco y malhumorado pero hace de cada zapato desarmado un arte del zurcido y el remiendo. Los devuelve renovados y listos para escalar más alturas, atravesar senderos, caminar historias propias que luego parecen de otros seres. Los zapatos son testigos de lo ido, de lo que fue y de lo que no pudo ser, de lo porvenir y de lo que espera ser caminado. Los zapatos, denigrados a posiciones banales, siempre desde cierta perspectiva, hoy quizás pueda rescatarlos como compañeros de recorridos y trayectos, que cargan toda la osamenta de la existencia y sostienen cada paso como cada decisión, cada retroceso, caída, regresos, marchas, y por qué no vuelos. (¿Se vuela con zapatos?)

Olor a cemento de contacto que invita a inspirar y marearse, el sol que ingresa por la ventana ilumina pilas de botas, sandalias, alpargatas, zapatillas, amontonadas sucias pegoteadas. Y de esa masa informe y heterogénea el zapatero sabe identificar mi calzado que de ningún modo aceptaría que confundiese con los de una dama, una madre, un librero. Mis zapatos tienen los remiendos propios, llevan impresa la forma de mi pie y acumulan el deseo de cada paso acontecido. Y por supuesto: de ninguna manera son reemplazables.

Los toma y siempre los desarma frente a mí. Los despega, los destroza, los abre. Con dolor siento que me corta, que me rompe. Yo soy mis zapatos. Pero luego el zapatero revisa y pega, arma y cose. Desarma para armar. Despega para pegar. Corta para coser y emparchar.

Quizás con las personas suceda lo mismo. Pueda optarse por elegir compañías de producción en masa o no tanto, pero descartables, innominadas, desechables, con poca vida útil y confundidas en la multitud de la urbe. O pueda apostarse a un sutil trabajo de artesano zapatero o restaurador, para limpiar, pulir, pegar y renovar. Dar vida nueva conservando la memoria de lo recorrido. Con mirada de coleccionista, que es también mirada melancólica, melancolía que habla de una sensibilidad intensificada al extremo, la vida es vida, mejor sin posibilidad de ser evaluada en términos de utilidad - inutilidad. O mejor dicho: ¡rescatemos lo inútil!.

Me inclino por la tarea artesanal de inventar, recuperar nuestras heridas para suturarlas y embellecer lo atravesado. Estoy atravesada. Quizás el oficio del zapatero al modo de Tiquio, famoso arreglador de Beocia que según la mitología había hecho el escudo de cuero de áyax, sirva para proteger de los atravesamientos de lanzas en las batallas. Tiquio trabaja para áyax que es águila, intrépida, impetuosa y sagaz pero que requiere de un escudo artesanal. Y no por ello han de desmerecerse las hazañas de mi zapatero. Con su antigua Singer cosió el escudo contra el frío, gamulán añejo del príncipe-pintor. Escudo de cuero y piel que le sirve para guarecerse del frío que carcome los huesos, que tiñe de gris el alma. Y cose mis zapatitos de danza, que no serán las botas de las siete leguas pero puedo convertirlas en tales con un grand jeté. Y aunque no son las zapatillas rojas lo son para mí cuando animan mi cuerpo y animo yo su cuerpo. Ya no hay porción de los zapatos que no haya sido refaccionada por mi zapatero. Quizás me hubiese convenido comprar unos nuevos, dirían. Pero no comprenden. El que no tiene mirada de coleccionista está condenado a no entender. ¿De qué me servirían unos nuevos? Quiero ese calzado que carga impreso en su carne de cuero las marcas del tiempo, mis bailes, mis movimientos, escenarios y salas deambuladas. Cansancios, humores, deseos.

Fuerte parche de cuero en los hombros, en lugar de piel de buey como el de áyax. Escudos, zapatos, gamulanes, botas. Cose, arma y desarma con su Singer, otro objeto de carne y hueso para apreciar con ojos de coleccionista. ¡ Cuántas veces deseo tener una de esas máquinas!, y ser por un rato zapatera.

Y quizás pueda criticárseme de antimodernista. El impulso del intercambio, de lo desechable no me importa. Y el deambular galpones buscando objetos, hurgar ferias americanas eligiendo los propios trapos, e insistir con el zapatero, sea un modo de protesta o de rebelión frente al capitalismo, frente a la multiplicidad de la nada. A la profusión de lo ausente metamorfoseado en objetos que son nada.

Prefiero la detención serena en un objeto que quizás no elijo, me elige. Me elige para que lo descubra, lo devele, lo haga aparecer y con ellos los recorridos deambulados, como con los zapatos que devuelve mi zapatero. Lo moderno, el mínimal es hueco, es vacío, es nada. Es mutilación de lo afectivo y de cuentos narrados en una silla antigua, en un espejo humedecido, en un placard añejo.

Y mi zapatero sigue en su taller claro, su pantalón que tiene los muslos cubiertos de pegamento duro, que forma una capa gruesa, tiesa. De pegamento, quizás como los pantalones endurecidos de óleo del pintor-príncipe, pero éste va para otro elogio. Su malhumor, el del zapatero, y descortesía ya no me ofenden. Quizás guarde las heridas de los zapatos que arregla. O remiende zapatos porque no puede zurcir sus heridas.

 


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