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"Hambre y Psicoanálisis"

Nora Martinez

 

Propongo el término Hambre, para nombrar esta problemática actual desde la perspectiva del psicoanálisis. La situación que quiero plantear es la pobreza y cuál es el aporte que puede ofrecer el psicoanálisis a esta clínica que la época nos impone.

Voy a partir de una experiencia que realicé en un hogar de chicos de la calle, allí vivían los niños, y también sus madres..

Muchos días estuve toda la tarde allí, sin que nadie golpeara la puerta. Con el tiempo advertí que eso tenía que ver con cierto grado de "desconfianza", y el hecho de que apareciera alguien nuevo implicaba que "había que probarlo" para ver si resistía. No se trataba del acto de ignorar la presencia de un analista, sino de un rechazo. Por parte del analista, se trataba de estar allí soportando la mirad a de la prueba del otro.

Entonces decidí, salir a encontrarme con ellos, a charlar en el hogar, a preguntar por las camas, jugar con los chicos, a generar encuentros, una modalidad de instalar la transferencia. En este caso, la gente ya está en la institución y el analista llega a inaugurar un lugar desconocido.

Ocurría que contaban su historia, y se recibía distinto, a veces eso era posibilidad de algo, otras veces lo que sucedía tenía que ver con "contar su historia", compartirla con alguien y sentirse escuchadas.

Básicamente un sujeto llega a un análisis a pedir algo, dicho en una frase podría ser "sáqueme este sufrimiento", con la ilusión de que el analista se lo va a sacar, más que ilusión, convencido de que se lo vamos a extirpar: cirujanos psíquicos. Sin ir a lo grotesco, mi experiencia en el trabajo con los "hambrientos", me lleva a pensar que esto es así, casi lindando con lo mágico.

En general, todos los pacientes llegan con esa suposición, pero lo que escucho en los "hambrientos" está del lado de la convicción, tal vez de lo que se trate en principio es de derribar, deshacer tal evidencia, no la ilusión, porque si no obturamos la transferencia y no existe posibilidad de que un sujeto varíe su posición.

Habrá que pensar, que es posible que quiera seguir sufriendo. Es posible, además, que el que tenga que adaptar cierta flexibilidad, sea el analista... Habrá que escuchar si lo que se demanda no es más sufrimiento. Frente a este estado de cosas lo que aparece será si el deseo de interrogarse existe. Me cuestiono si la interrogación no partirá del deseo del analista.

Aparece el planteo acerca del lugar del analista, lugar donde no hay respuestas sino interrogantes. Y en esos interrogantes se devela la omnipotencia de suponer que todo el mundo sabe a qué se dedica un analista. Allí es donde se debe estar alerta y correrse de ese lugar donde no sirve ubicarse, se reestructura esa situación, y en este punto estamos en la línea de ir adaptando el psicoanálisis a las nuevas circunstancias.

Volviendo a la primera entrevista. El hambriento siente que está frente a un discurso distinto. En las instituciones nos encontramos que existe predominantemente un discurso médico; no he encontrado aún la excepción. En un lugar como éste un analista no encaja en ningún discurso.

Entonces, ante lo desconocido, el rechazo.

Luego, ¿qué puede ofrecer el psicoanálisis a la clínica con el "hambriento"?; una primera aproximación podría ser: una escucha singular donde pueda emerger un sujeto diferenciado de la masa, un origen en relación a sus ancestros, pero sin perder la oreja en relación a la historia comunitaria; quiero decir, la significación que posee el con-vivir en grupos familiares dispersos y el origen socio-cultural. Esto estaría dado por la postura que adopta el analista en relación a las técnicas de las que puede servirse en un principio como apoyatura para una posible entrada en análisis; dado que no podemos escuchar, ya que no hay nada para decir cuando lo que abunda es hambre y frío, claro que no será nuestra tarea tener una olla en el consultorio, pero sí, no desconocer esta cuestión; luego, puntualizar nuestro quehacer.

Uno de los interrogantes que en un principio guió este trabajo fue: ¿por qué alguien que vive en una villa decide emigrar y lo logra y otros no?.

Para poder ir pensando esta clínica, me permito diferenciar cuatro aspectos, relacionados éstos con el entorno sociocultural y económico: consumo masivo, no consumo, consumido, hambriento.

El que hoy nos ocupa es el Hambriento, pero brevemente diré qué entiendo por los otros.

Cuando digo Consumo masivo, hago referencia a la propuesta social de consumir cuanta cosa sea innecesaria, es decir, todas las imposiciones que el sistema nos ordena.

Por No consumo entiendo, toda la comunidad que ha tenido que reducir sus gastos para soportar la crisis económica y de esta manera optar por los gastos "más necesarios".

Por Consumido entiendo a todo aquel personaje que se ha convertido en producto, es decir, que la sociedad "lo consume".

Para poder transmitir algo del orden de la clínica con el hambriento, es lícito situarnos en esta perspectiva y no desconocer ciertas cuestiones que tienen que ver con la cotidianeidad y el entorno social.

Digo, podría pensar que no hay lugar para el hambriento, ni proyecto social que garantice la recuperación de esta clase, podría pensar que hay una sociedad entera para reprimirlos, oprimirlos y relegarlos aún más.

Podría pensar que para el hambriento están todas las posibilidades cerradas; se le ofrece un camino oscuro, sin salida, y cuando devuelven aquello que tomaron se los encierra y discrimina.

La opción que ofrece el estado para los chicos de la calle, es el reformatorio, que como todos sabemos los forma en la delincuencia. Si acaso existía posibilidad de otra salida, la escuela de la delincuencia (reformatorio) le ofrece el mejor camino para internarse definitivamente en el caos.

Tenemos todo un panorama social, que debemos escuchar, pero no amparar, porque no es nuestro quehacer, ese panorama nos sirve para poder trabajar si no lo desatendemos.

A saber, ¿qué podemos escuchar del deseo de tener un hijo, cuando no se sabe por qué , ni cómo nacen, ni cual es la relación entre el ciclo menstrual y la posibilidad de tener un hijo? Alguien una vez me dijo que era responsabilidad de ellas informarse. Lo cierto es que no considero que se trate de responsabilidades. En realidad la urgencia pasa por otro lado; saber quién tiene una changa para hacer o quién puede darle un plato de comida.

Si bien un analista no se maneja con supuestos, en estos casos hasta lo más obvio, debe ser interrogado.

¿Qué posibilidad de metáfora existe, si ni siquiera hay posibilidad de imaginar algo
más que un plato de comida o un baño con agua caliente?

Una vez escuchaba a una madre que decía: "yo siento rechazo por mi hijo, él viene a abrazarme y me lo quiero sacar de encima, me da lástima pero es así, no lo puedo evitar". Resulta que ese hijo había sido producto de una violación y esta madre no había podido asociar esto, porque había tanta urgencia por sobrevivir, que ese rechazo pasaba a quedar a un lado.

En los chicos de la calle, algo tan normal como acostarse en una cama, donde uno se relaja (o por lo menos tiene la posibilidad física de hacerlo), y tiene un espacio íntimo para pensar, para rememorar el día, bueno, esto no ocurre en los pibes de la calle, ellos siempre tienen que estar alertas, porque la policía los levanta, y la gente también. Entonces, no sólo no tienen su espacio íntimo, sino que además no pueden dormir, esto me decía una chica que era de la calle y llegó al hogar y los primeros días no podía relajarse, porque ella estaba acostumbrada a tener un ojo abierto, dispuesta a salir corriendo por la policía y por las violaciones. Además llega al hogar para protegerse de la policía que la estaba buscando, entonces donde encuentra un lugar de protección, no puede vivirlo como tal.

Cuando hoy en día hacemos referencia a la clínica actual, la estamos diferenciando de la tradicional; neurosis, psicosis, perversión. En las actuales incluimos drogadependencia, bulimia, anorexia, psicosomáticas, pero creo que deberíamos incluir la clínica con el pobre. Digamos que cada vez es más la población que pide un tratamiento y no puede pagarlo. En la práctica psicoanalítica, el pago entra en funcionamiento en relación a la transferencia, por eso se impone que podamos pensar de qué modo manejamos esta cuestión en relación a la "clínica con el hambriento". Cuando hablamos de esta clínica hacemos referencia a aquellos que no disponen de un peso diario para la leche, a diferencia del que no puede pagar un tratamiento porque tuvo que reducir los gastos en su economía familiar (No consumo).

De modo que es necesario pensar cómo se puede insertar el dinero, en un psicoanálisis, cuando un sujeto no maneja ni diez centavos diarios. O mejor cuál es el modo simbólico en donde pueda circular algo de este orden.

Como diría F. Dolto: si el contrato de pago simbólico debe significar su deseo, decidir por si mismo y a largo plazo generar la posibilidad de expresarse, de actuar, crear; me pregunto si es lícito pensar que estas posibilidades están obturadas en los hambrientos y además cuál es la relación del deseo. Deseo de qué. En otras palabras, cuál es el goce que está en juego.

Lo único que supe cuando llegué al lugar era que a su directora no le gustaban los grupos: "nada de grupos y llenarles la cabeza con cosas raras..."

Esta directora y fundadora del hogar, que de ahora en más llamaré Reina-Madre, posee un doble discurso, es dadivosa y represiva. Ella es la que da techo, comida, educación y todo lo da por amor a sus hijos, para que ellos no sufran lo que ella sufrió. De este modo, el hogar, se convierte en una sucursal de la Villa, pero con protección. Sería algo así como un "aguantadero" hasta que los chicos cumplen la mayoría de edad, que ahí es 13-14 años. Para los que en vez de venir de la Villa, venían de la calle, se transforma en algo más saludable, porque por lo menos tienen un techo, una cama, agua caliente y comida pero se sigue en la misma cuestión de dependencia, resentimiento, exclusión.

Luego de mucho tiempo de trabajo, llevé a cabo un grupo al que denominé "Taller para madres", pero desde la escuela donde asistían los chicos becados, ya que en el Hogar "estaba prohibido".

Allí hubo verdaderas sesiones, hubo momentos de escucha e interpretaciones analíticas. Se valoraba la disposición de cada una para escuchar a la otra, se escuchaban de otro modo. Estaban hablando desde otro lugar, por fuera de la institución.

La dirección empleada para los grupos fue poder inaugurar otro registro en relación al lugar, que no tiene que ver con el destino, entendido éste, como la convicción de ser pobres y que serán pobres toda su vida hasta tanto el mundo no pague su deuda con ellos. Digo, el destino, esa marca, no genera movimiento, poder correrse de ese lugar posibilita la circulación.

Si el analista tiene claro hacia donde se dirige, tal cuestión funciona como herramienta, es decir, inaugurar un espacio para modificar un discurso unilateral donde el sujeto no cuenta.

La experiencia derivó en que en cada hogar se postulase una encargada y se elegía por votación. Cada postulante debía confeccionar una propuesta que sería presentada a la Reina-Madre, y quedarían postuladas las que Ella considerase. Tal propuesta fue rechazada por la Reina-Madre. También fue rechazada una propuesta hecha por las mismas madres de inaugurar otro "Taller", pero en el hogar.

Entonces cuando algo del deseo empieza a circular, es decir, cuando comienza a vacilar la cuestión de que el mundo está en deuda con ellos, que su único destino es ser pobres, emerge la figura de la Reina-Madre, prohibiendo, esto es, dando consistencia una vez más, recordando, que su único lugar es la pobreza.

Desde mi punto de vista, la salida para estas madres, está relacionada con recuperar la identidad cultural y personal. ¿Qué significa esto? Que cada una viene con su historia individual y a su vez de algún pueblo del interior, a internarse en el caos de la Capital e intentar trabajar, donde es sabido, son rechazadas. Entonces el único destino posible es la institución y la posición de seguir siendo "hambrientos". Tal vez debiéramos trabajar sobre la situación de desamparo, la dignidad e identidad perdida. La humillación que sufre el que tiene que pedir.

Es esa fijación al significante "pobre", lo que dificulta el deslizamiento metonímico.

Allí son todos "carasucias", un anónimo en la masa de excluídos...


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