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"Algunas cosas" (Versiones de las cosas)

Sergio Rocchietti


Al suspiro encontrado en el suspiro,
cuando respiramos el mismo aliento

 

¿Qué mejor que entrar en una casa desordenada?.

No en esas que parecen esperar, siempre dispuestas, para que llegue el fotógrafo de un catálogo de decoración. ¿Qué mejor oportunidad para ver y sentir en ese desorden, en esa disposición arrojada casi al azar, las existencias que allí transcurren?.

La vida, la nuestra, la humana, no es sin objetos.

Vulgarmente a esos objetos los llamamos cosas.

Los objetos nos informan de sus poseedores ¿o debemos decir que hay objetos que nos hablan, que nos dicen de aquellos que los han manipulado?. De aquéllos que los han querido, que los han deseado, que los han usado. Y luego, que los han olvidado, que los han desechado, que los han, simplemente, dejado.

Cuando sucede, porque suele suceder, que reencontramos esos objetos, queridas cosas que formaron parte de nosotros, sentimos un aluvión de sensaciones pasadas que retornan en un instante con ese olor de los tiempos idos. Cada uno sabrá reconocer ese olor a viejo, a pasado, a inactual, que trae el morral de los recuerdos que vienen en tropel hacia nosotros.

E instantáneamente nos invadirán hechos de nuestra vida, sucesos que ya no estaban tan cerca como "esas cosas" que habían sido dejadas.

Nosotros y nuestros objetos. Nuestra ropa, lentes, estilográfica, instrumentos; diversidad en diversidad. Multiplicidad de lo necesario o de lo innecesario, según sea el tiempo de su consideración. En los presentes lo necesario se hace certeza, pensemos en la moda, por ejemplo, o en aquellas maneras privilegiadas en las cuales nos queremos "dar a ver". En los pasados cierta mirada de conmiseración hacia nosotros mismos o hacia los que fuimos, no es lo mismo, que hace que "algunas cosas" que nos acompañaron nos hagan casi sonrojar, al enfrentarnos con ellas.

Los objetos condensan tiempos.

Nuestras imágenes, aquellas que portamos, construyen espacios.

Las imágenes de otros construyen espacios e intersectan con "nuestros" espacios. En esas intersecciones se producen inclusiones que hacen a las conjunciones o a las disyunciones. El espacio propuesto por el otro puede ser altamente habitable, algo a ser recorrido, o no, puedo apenas incluirme en él, quizás de alguna extraña manera, pero no para ser ámbito amable, ¡hay tantas formas!. Está el espacio que nos incluye a ambos o a varios, están los tiempos que hacen a lo mismo. Extrañas figuras del tiempo y el espacio, formas retorcidas o planas, pliegues y grietas, pasajes, túneles, puentes, repliegues o retornos sobre sí mismos, multilaminados, atravesamientos súbitos, todas estas consideraciones son las que proponemos para los encuentros con las cosas. Las mencionamos meramente, no nos detendremos en ellas.

Desde ya, lo hemos dado ha entender, no lo hemos dicho, la vida humana no es sin objetos y no es sin otros. Lo que hace que lleguen los otros, en lo que estamos planteando, son los objetos. El otro o los otros, llegan a través de los objetos, pero no son lo más importante, es como si pudiéramos decir: nosotros y los objetos. Nosotros y "nuestras" cosas. Nosotros y las cosas. Nuestra perspectiva se detiene aquí, aunque la progresión admite las siguientes continuaciones: las cosas y los otros. Las cosas de los otros. Las cosas de los otros y nosotros. Las cosas de los otros y nuestras cosas. Las cosas de los otros y nuestras cosas y nosotros.

Hay escenografías. Mezcla del trabajo de otros y el nuestro. Cierta pereza hace que nos acomodemos casi con deleite a esos decorados pintados por extraños, claro, después nos quejamos ¡pero es tan sencillo dejar esas tareas en otras manos!.

Las escenografías forman con nuestras cosas parte de los decorados. Nuestras realidades son decoraciones. Nuestros escenarios nos son necesarios, reconocemos en ellos la tiranía que ejerce la forma del cuerpo bajo sus diversas manifestaciones, pero también hay una tiranía de las escenificaciones que son las que provistas por los cuerpos y los relatos, hacen a las historias, a las individuales y a las no individuales. Los relatos se hacen con palabras pero nuestras historias se hacen con relatos que incluyen diversas materias: emociones, sensaciones, percepciones, ruidos, tibiezas, frases dichas por otros, olores, otros cuerpos, trazos, huellas, hálitos, pequeños soplos de viento con sonido formal y entendible o no, suspiros, dolores, puntos de angustia, ausencias, olvidos, mentiras, transcripciones, hojas secas de distintos colores recogidas a orillas de un lago, vidas reflejadas en múltiples superficies de reflexión. Caudal milenario que cae desde lo alto y nos arrastra, formamos parte, sin saber cómo, de aquello que nos alcanza, formamos parte y nos relacionamos, y no formamos parte y no nos relacionamos con aquello que nos toca, y sólo caemos desde ese caudal, con ese caudal. Caemos.

Caemos y recordamos. Recordamos cayendo. Un roce, una levedad, una nada, un aroma apenas sentido, un destello, y ¡zas!, estamos cayendo.

La memoria es grave. La memoria es grávida. La memoria es peso. La memoria es peso sobre nuestro cuerpo.

Y también, siempre hay un también, como siempre hay un pero. Y también la memoria es leve, parodiemos a Kundera, la memoria leve es la memoria alada, la memoria vuelo, la memoria ligera. También recordamos ascendiendo. No nos suelen ocurrir ambas cosas a la vez.

Nuestra memoria es un gigantesco desván sin límites, donde se acumulan las cosas más disímiles unas con otras, y se mezclan y se juntan y se pierden y vuelven a aparecer sin que las esperemos, sorprendiéndonos, hiriéndonos, advirtiéndonos quiénes fuimos, dónde estuvimos, con quién. En fin, qué hemos hecho, de qué nos arrepentimos, de qué nos congratulamos.

Y hay también objetos mudos.

Intuimos en ciertas cosas una densidad viviente muy especial, pero al no conocer con quienes estuvieron, o a quienes sostuvieron, porque los objetos también pueden sostenernos, no podemos saber de qué se trata con ellos. Es en ese preciso momento, el de nuestro desconocimiento, cuanto más se hallan "esas cosas", en curso de ser meros objetos frente a nosotros. Son meras cosas, materialidad descarnada, o función, diseño, o fortuita circunstancia, jamás enlace. No nos llevan a otros espacios, a ese que hemos llamado caudal o desván, espacio-caudal, espacio-desván. No nos llevan a otros tiempos. No nos hacen sonreír. No nos angustian. Son objetos mudos.

Son objetos mudos porque no pueden hablar.

No pueden hablarnos.


 

La consonancia de significaciones de los textos nos trae a Ernesto Sábato cuando en su libro: "La resistencia" nos destaca, en clave literaria, que:

"... aquel par de zuecos, aquella vela, esa silla, no quieren decir ni esos zuecos, ni esa vela macilenta, ni aquella silla de paja, sino Van Gohg, Vincent: su ansiedad, su angustia, su soledad; de modo que son más bien su autorretrato, la descripción de sus ansiedades más profundas y dolorosas. Sirviéndose de objetos de este mundo aparentemente seco que está fuera de nosotros y que muy probablemente nos sobrevivirá. Como si esos objetos fueran temblorosos y transitorios puentes para salvar el abismo que siempre se abre entre uno y el universo, símbolos de aquello profundo y recóndito que reflejan; indiferentes y grises para los que no son capaces de entender la clave, pero cálidos y tensos y llenos de intensión secreta para los que la conocen. Porque el hombre hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el cuerpo, impregnándolo de sus anhelos y sentimientos, manifestándose a través de las arrugas carnales, del brillo de los ojos, de las sonrisas y de las comisuras de sus labios".

"Si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en el pequeño mundo a nuestro alrededor y sólo atendemos a las razones del trabajo, tantas veces deshumanizado y competitivo, ¿cómo podremos resistir?".

"Si vivimos como autómatas seremos ciegos a las huellas que los hombres nos van dejando..."

"El hombre se expresa para llegar a los demás, para salir del cautiverio de su soledad. Es tal su naturaleza de peregrino que nada colma su deseo de expresarse. Es un gesto inherente a la vida que no hace a la utilidad, que trasciende toda posibilidad funcional. Los hombres a su paso van dejando su vestigio; del mismo modo, al retornar a nuestra casa después de un día de trabajo agobiante, una mesita cualquiera, un par de zapatos gastados, una simple lámpara familiar, son conmovedores símbolos de una costa que ansiamos alcanzar, como náufragos exhaustos que lograran tocar tierra después de una larga lucha contra la tempestad".

 

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Fotos en el Edén: S.R.

Comentarios al autor: srocchietti@ciudad.com.ar

 

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