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ENTREVISTA A NORMAN MAILER.
(POR CHRISTOPHER HITCHENS)
Publicada por la New Left Review. (Página 12, 13 de julio de1997).
La capacidad para
escandalizar que caracteriza a Norman Mailer no tiene igual en el mundo de las
letras contemporáneo.
En este
extraordinario reportaje realizado por el ensayista inglés Christopher Hitchens,
queda a la vista que la lucidez de Mailer corre pareja con su megalomanía a la
hora de analizar el signo de los tiempos, en su país y en el mundo.
El pensamiento
político de Norman Mailer ha sido siempre considerado algo así como un registro
personal del zeitgeist (espíritu de los tiempos) norteamericano, libre de todo
deber ideológico. Mailer ha tratado de pensar los dos grandes temas
norteamericanos, el sexo y la violencia, interrogándolos en los distintos puntos
donde se intersectan, y su tema específico ha sido la profusa interpretación del
clisé que postula un supuesto "sueño americano". Su Camelot incluye tanto un
Arturo de lo más falible como un Grial; su Marilyn Monroe no es una mera diosa
del deseo plástico; sus púgiles trepan al ring mientras la mafia decide los
resultados. Por sobre todas las cosas, Mailer ha tratado de estar
específicamente presente en los eventos decisivos de la historia. Pero no es el
simple transgresor profesional que sus críticos a menudo han satirizado. Ciertos
episodios de su vida privada hicieron poco por apaciguar esas incomodidades.
Pero su legajo puede leerse con la misma facilidad como una voluntad de
explotación, o como una resistencia a la jubilación herbívora de tantos
escritores e intelectuales norteamericanos.
Si "Los
ejercitos de la noche" ilustró y reforzó el espíritu de radicalidad
antibélico, "La canción del verdugo" expuso la profunda reserva de
resentimiento populista que desde entonces viene desesperando a liberales y
radicales. Si su obra maestra de ficción, "El fantasma de Harolt",
enfatizó el mortal poder invasor del estado de seguridad nacional, "Oswald", su
libro siguiente, fue una advertencia contra confortables explicaciones de la
omnipotencia conspirativa. Su última novela, "The Gospel according to the
Son" (El Evangelio según el Hijo), se propone como una reescritura
radical del Nuevo Testamento narrada por su protagonista, lo que sin duda no ha
deleitado a los fundamentalistas ni a los materialistas.
La experiencia de
vida de Mailer incluye la guerra en el Pacífico y las tempranas paranoias de la
Guerra Fría , la generación beat y la Revolución Cubana, la era Vietnam y los
rugidos del conflicto racial. Es, pues, lo suficientemente abarcadora como para
convertirlo en un espécimen. El carácter deliberadamente paradójico de su
posición de "conservador de izquierda" es un desafío algo belicoso a todos
aquellos que permanecen fijados en la ortodoxia o la corrección.
Su nombre en
Estados Unidos es sinónimo de disidencia permanente. Usted siempre estuvo
en la oposición: no sólo respecto de las mayorias ; también dentro del
circuito Intelectual, o incluso de su propio círculo de amistades. Recuerdo
haberle oído decir una vez que había refinado su disidencia hasta darle un
nombre, y que se definía a sí mismo como un orgulloso
conservador de izquierda.
¿Puede
desarrollar este concepto?
-Casi imposible:
una de las leyes de la retórica dice que no se puede desarrollar un oxímoron. Y
ése es el efecto que produce ser un conservador de izquierda: la gente deja de
pensar y te mira atónita.
Se habla de
quiebre de los valores, yo no creo que haya un quiebre sino una colisión de
valores. Cuanto más fanática de los valores se vuelve la gente, menos valores
hay, por el esfuerzo que demanda defenderlos. Y eso es lo que pasa hoy en día.
De modo que uno debe decidir dónde es de izquierda y dónde conservador. Para mí
es algo relativamente simple, pero no le pediría a nadie que fuera un
conservador de izquierda. Un modo de definirlo es decir en contra de qué está
uno. Yo diría que estoy contra las corporaciones. Creo que las corporaciones le
hicieron tanto daño al mundo (o sin duda se lo habrán hecho para cuando
desaparezcan) como el que los comunistas le hicieron a la inteligencia del
pueblo ruso. De hecho, el corporativismo y el estanilismo tienen más semejanzas
que diferencias. Por otro lado, estoy totalmente en contra de la "corrección
política". Creo que algo invalorable desapareció en el mundo el día en que
los grupos étnicos dejaron de insuflarse entre sí. No es que yo lo pregone, pero
en los viejos tiempos uno realmente sabía por qué estaba dispuesto a pelear y
por qué no. Si uno era judío, como es mi caso, muy pronto en la vida había
que tomar ciertas decisiones básicas. ¿Te pelearías o no, con alguien que te
dice judío de mierda?. Ahora nadie te dice algo así. Y, si te lo dice,
queda automáticamente descalificado. Uno ya no necesita decidir si va a
permitirlo o no. Esa clase de cosas forman parte de la pérdida de definición
que afecta hoy al mundo entero, a causa de la corrección política. Es como si
estuviéramos entrando en una gran, gran entropía.
¿Qué lo llevó
a la izquierda? ¿Qué significaba para usted ser de izquierda? ¿Y qué
clase de Izquierda es?
-Ser de
izquierda era sencillo: bastaba con creer que el capitalismo era un desastre.
No sabíamos si el socialismo era mejor, y ciertamente tampoco sabíamos si el
estalinismo era mejor, porque habíamos oído decir tantas cosas ... Hablo de los
años después de la Segunda Guerra. Yo había estado en el ejército, y sabía
que era una organización horrible. De modo que salí de ahí con una gran
desconfianza hacia el gobierno y el ejército. Pero después de la guerra caímos
en un inmenso tironeo propagandístico según el cual los rusos, que hasta
entonces nos habían ayudado a salvar el mundo de la amenaza nazi, eran
súbitamente el enemigo. Y yo desconfiaba por completo de eso. Si uno tenía
amigos en la izquierda, en el Partido Comunista o meros simpatizantes de la
Unión Soviética, uno querría creer lo mejor acerca de Stalin y sus muchachos.
Cosa que no era fácil: había que sacarse de la cabeza el Pacto Nazi-Soviético.
Uno sabía que los rusos no eran del todo confiables pero tampoco se podía
confiar mucho en la prensa norteamericana de entonces. Tenía lo suyo ser
de izquierda en aquellos tiempos. Podíamos no saber si los rusos eran buenos o
malos, pero no nos cabía duda de que lo que pasaba en Estados Unidos no estaba
nada bien. Porque al tema del capitalismo había que sumarle el tema racial.
La estrecha
relación entre la violencia y la mentalidad masculina (hombres en
combate, hombres en ring de box, hombres en un bar pegándose botellazos
en la cara) siempre a sido una constante en usted, ¿no?.
-Puede que sí,
pero eso fue porque pensaba que me había asomado al mundo siendo demasiado
blando. Para empezar no fui un buen soldado. Lo he dicho antes: en un escuadrón
de doce hombres, yo habré sido el tercero o cuarto empleado de abajo. De modo
que salí del ejército con muchas pequeñas heridas en mi ego. Y cuando publiqué "Los
desnudos y los muertos" y tuve ese éxito enorme, sentí que no me lo
merecía. Así que, a partir de ahí, me dediqué a reconstruir mi personalidad.
Llegué a esas conclusiones bajo la poderosa influencia analítica de la
marihuana. Porque hay dos cosas de las que me jacto en la vida, una de ellas es
que nunca me psicoanalicé, cosa que me da un raro orgullo. La otra es haberme
autoanalizado, con marihuana. Porque si uno es un egomaníaco tiene que ser capaz
de autoanalizarse. Y así se vuelve una bendición ser egomaníaco. En caso
contrario es una enfermedad. Gracias a la marihuana, finalmente entendí cómo
rehacer mi psiquis, que es la razón por la cual la gente se psicoanaliza.
Se
suele ver a Estados Unidos en esos términos, como un país en permanente
necesidad de demostrar lo que es capaz de hacer...
-¿Un problema de
machismo? Bueno, en este país hasta las feministas actúan como hombres, como
hombres patéticos, esa clase de tipos que dicen que se oponen a toda forma de
violencia. Ya sabe a lo que me refiero: esa clase de gente que se le tira a uno
encima, pero rastreramente, sin vigor, sin honor. Este es un país que cree
que ha ganado toda guerra en la que entró, sea Vietnam o la Guerra Fría... Pero
ningún norteamericano está dispuesto a enfrentar la más profunda de las
contradicciones de Estados Unidos: que somos una nación cristiana. ¿Se le
ocurre algún país más moralista que éste? Y, al mismo tiempo, somos los
archipracticantes del capitalismo. Es decir de la codicia. Todos
queremos tener más dinero que el vecino , aunque no tengamos la menor idea de
qué hacer con ese dinero.
También hay
una gran contradicción entro ese cristianismo y la aplicación de la pena
capital. ¿Puede explicar a qué se debe esa Inclinación norteamericana por la
pena de muerte?
-A eso quería
llegar cuando hablaba de esta contradicción: al terrible problema de
conciencia norteamericano. En este país hay más devotos cristianos que en
cualquier otra parte del mundo, y como buenos devotos creen que en última
instancia deben estar preparados para lavarles los pies a los pobres. Y por otro
lado nos sofoca la codicia. Este es un conflicto terrible e inmediato. Pero si
nos metemos con la pena de muerte no sé si vamos a estar de acuerdo,
porque yo no me opongo totalmente. Digamos que me opongo al 95 o al 99 por
ciento de las ejecuciones. Pero pienso que no se puede despojar a la sociedad
del derecho ocasional de matar a alguien. En cualquier caso, tal como está
planteado el asunto, la pena de muerte es sólo parte de la rabia general de
este país. Quiero decir: en los últimos 30 años este país ha pasado por las
dislocaciones espirituales más repugnantes. Tuvimos el asesinato de John
Kennedy, luego los asesinatos de Bob Kennedy y Martin Luther King. Tuvimos la
guerra de Vietnam. Luego Watergate. Y después tuvimos el Imperio del Mal, con
Ronald Reagan, y un total desconocimiento de lo que era la realidad. Y después
la Guerra Fría terminó, y la gente, de golpe, sintió que de algún modo había
sido engañada. Creyeron durante años en una serie de cosas que no eran verdad.
Y, principalmente, perdieron toda la estructura protectora de la Guerra Fría,
que había creado un enorme campo magnético alrededor de los Estados Unidos.
Hasta ese momento teníamos nuestro enemigo, nuestro enemigo estaba ahí, eran los
rusos, el materialismo, el ateísmo, el comunismo. (... ) Después vino el cambio.
Y todo aquello que apuntaba en una sola dirección se desparramó hacia todas
partes. De ahí la rabia que hay hoy en Estados Unidos. La pena capital es
sólo uno de los aspectos de esa rabia.
¿Usted dice
que los norteamericanos están hoy más enojados que nunca?
-De hecho están
tan enojados que me asustan. Estados Unidos vive hoy en un estado prefascista.
El problema es que, tal como se la practica, la pena de muerte es increíblemente
desagradable porque la mayoría de los ejecutados no tuvo ninguna clase de
defensa legal. Y la mayoría de los ejecutados son criminales negros. Esos dos
factores bastarían para erradicarla. La pena de muerte no es admisible siquiera,
cuando su explicación no exhibe el mismo porcentaje de representatividad de la
población que comete crímenes. A veces, muy pocas veces (una vez en mil) uno se
encuentra con un criminal como Jeffrey Dahmer. Sus crímenes son tan ofensivos,
tan profundamente inmundos, y la maldad con que la gente reacciona ante él es
tan inmensa, que la sociedad haría mejor en ejecutar a su autor. Porque, si no
se lo ejecuta, es como si se intensificara el deseo fascista de apoderarse de la
sociedad y gobernarla con total autoridad. Y no creo que valga la pena pagar ese
precio.
Hay una
propuesta (para algunos sólo tiene una intención satirica) de legislar la
pena de muerte como método de enseñanza pública.
-Creo que yo fui
uno de los primeros en proponerlo. Muestren por la TV a los convictos a punto de
ser ejecutados. Bueno, en cierta medida eso se está haciendo ahora. También
solía decir que filmen las ejecuciones, y dejen que el público asista a ellas.
¡Hagamos linchamientos públicos!, lo decía jocosamente, porque sabía que no
sucedería nunca. Con algo podemos contar de parte del gobierno, y es que
nunca se invitará al público a una ejecución. Aunque nos convirtamos en un
Estado totalmente fascista y totalitario. Hay sustitutos para eso.
Durante mucho
tiempo este país estuvo profundamente dividido ante el asesinato de los
Kennedy y el halo de misterio y conspiración que los rodea. En su libro sobre
Oswald usted se acerca como nunca al tema y alcanza una suerte de veredicto
abierto sobre el asunto.
-¿Usted se
refiere a la idea de que fueron asesinados por intervención del gobierno? Todo
lo que puedo hacer es contestar sobre la base de mi limitada experiencia.
Ciertamente había un clima general que hacía posible un complot cuando John
Kennedy fue asesinado. Pero es difícil para mí creer en un complot de esas
proporciones. Es ahí donde no coincido con Oliver Stone. JFK (John F. Kennedy)
es una maravillosa película, una gran película, pero en un nivel mítico, porque
nos hizo comprender qué significa que un presidente sea asesinado y nos
transmitió la sensación de horror y de sospecha que se abatió sobre todo el
país. Pero los detalles eran absurdos. No se arma una conspiración con
doscientas, quinientas o mil personas. No funcionaría. Sí fue una conspiración,
debió ser en una escala muchísimo más pequeña.
Queda también
la pregunta de que una conspiración de esa naturaleza haya usado una
figura tan volátil como Oswald (Lee H. Oswald el asesino de J.F.K.)
-Nadie en su sano
juicio lo hubiera usado. Pero incluso si hubo conspiración y usaron a Oswald ,
debió ser una estructura muy pequeña. Me inclino más a pensar que Oswald lo hizo
por su cuenta. Llegué a esa conclusión con cierta tristeza. Me hubiera gustado
mucho más encontrar una conspiración. Soy conspirador por temperamento. Quiero
decir: como novelista uno prefiere mil veces la conspiración antes que un
protagonista solitario. Hay más para escribir. Pero simplemente no encontré
nada, ni siquiera una sospecha de conspiración.
Usted ha
dedicado gran parte de su vida literaria buscando evidencias de hechos y
cosas poco visibles, que están en el aire, ocultas a los ojos de los demás,
porque nadie antes señaló en esa dirección. Me preguntaba si no le ha
dedicado esa clase de atención al milenio que viene.
-No mucho, no
todavía. Siento cierto nerviosismo ante el nuevo milenio. Como si la olla
estuviera demasiado cerca del hervor. Para mí, a esta altura, no tiene demasiada
importancia, porque ya soy demasiado viejo para el milenio que viene, pero para
cierta gente más joven, que piensa un poco demoniacamente (lo que no quiere
decir con maldad, sino simplemente con alguna tendencia apocalíptica), el cambio
de dígitos va a ser muy importante. Y cuanto más cerca estemos del 2000, más
excitante va a ser. En Estados Unidos, por ejemplo, hay una evidente tendencia a
pensar en ello como la línea de largada y esas cosas. De modo que cuanto más nos
acercamos al año 2000, más preparados deben estar todos, la gente debe
expresarse más, dominar más y más su existencia o buscar acontecimientos mágicos
a los que pueda unirse. Digámoslo así: si yo fuera un Testigo de Jehová, diría
que apostemos a los últimos seis meses del milenio. Si el mundo fuera a ser
destruido, si hay alguna chance -cosa que no creo-, sucedería antes del año
2000.
Sumando eso a
la atmósfera neurótica y vengativa e iracunda que describía antes, ¿no
hay margen para el mal agüero?.
-Creo que hay
mucho margen para el mal agüero. Hay miles de cosas que podrían salir muy mal.
No puedo recordar otra época en la que haya habido amenazas desde tantas
direcciones. Algún pequeño poder del Tercer Milenio podría convertirse en una
potencia nuclear real. Podrían estallar movimientos derechistas en diversos
puntos del mundo. Podrían darse más horrores étnicos como Bosnia. Hay tantas
hipótesis de catástrofe... Este país podría virar hacia la extrema derecha. Y, a
esta altura, no habría mecanismos para detener algo así. Porque los liberales
progresistas siempre se han estrangulado a sí mismos. El último intento de
estrangularse fue la "corrección política". Y además ya no quedan grandes
enmiendas entre los liberales. Ninguna. Y la izquierda tiene escasas chances de
lograr que la escuchen.
¿Hay alguien
en la Izquierda a quien respete o admire?
-Hay gente que me
gusta, pero no se me ocurre nadie a quien seguir para aprender algo. Dios, ya he
perdido la mitad de mi cerebro, y si para interpretar algo tengo que seguir
dependiendo de mi propio pensamiento... ¡en que triste estado está el mundo!
(... ) Cuando uno empieza a escribir, cuando uno es joven, el terror mayor
radica en que la idea de que la gente lea tu libro y venga a matarte. Por
eso Salman Rushie nos afectó tan profundamente. Por fin alguien escribía
un libro por el que iban a matarlo. Pero lo que uno descubre escribiendo es
que no: nunca pasa nada. Uno escribe sus libros y dice cosas terribles, pero
nadie llama a tu puerta para decirte: "estás en problemas. Vas a sangrar por
esto". Nunca, así que el segundo horror es que lo que uno escribe no importa.
Y ese horror es aún mayor. Después de todo, con el primero, tal
vez uno podía ponerse a la altura de las circunstancias, ser más heroico de lo
que creía ser. Pero el segundo es simplemente el desastre absoluto: lo que
escribo no importa. Entonces uno trata de resistir, de no caer en ese
mar muerto y putrefacto de la inanición... Por la cultura vale la pena correr
grandes, grandes riesgos. Por la sencilla razón de que, sin cultura, somos
bestias totalitarias. El nuevo mundo de la tecnología nos induce a ser
totalitarios. Lo que nos promete la tecnología es que todos podemos ser
freaks del control: que el mundo es nuestro para dominarlo.
Después de trabajar seis horas frente a una computadora fluorescente ya no nos
quedan sentidos: ése es el trueque. "Yo doy mis sentidos, dénme sólo el control
sobre mi entorno", parece decir la gente. Y lo único que todavía resiste es
la cultura. Incluso me atrevería a decir que la cultura es lo único que nos
preserva del totalitarismo. Pero la cultura es más que un cd rom. Es ir a
una librería o una biblioteca y encontrar un viejo libro en un estante perdido y
descubrir que tal vez nadie lo haya pedido en cinco años, y que eso forma parte
de su virtud: esa pátina de pasado. La pequeña comunión que se produce entre el
libro y uno es lo que está desapareciendo.
Usted ha
escrito mucho sobre esa tierra de nadie dentro de E.E.U.U. donde todo es oscuro
y mediocre, una región de la vida humana donde la gente es básicamente cobarde y
conformista. Y ha sostenido que todo lo que actúe contra eso, aún si es extremo
y desesperado, es preferible a seguir llevando esa vida plástica.
-Creo que, antes
de poder empezar a pensar el futuro positivamente, con optimismo, tenemos que
crear una línea de defensa. Si E.E.U.U. va hacia el fascismo (cosa que
podría suceder fácilmente dado el estado terrible de las relaciones entre
blancos y negros), entonces me preocupa la suerte del mundo entero. No estoy
seguro, pero me parece que el resto del mundo también se volverá fascista
rápidamente. Al menos a las superpotencias les va a resultar difícil no caer
en formas de gobierno igualmente autoritarias. Y entonces, dada la nueva
autopista informática, estaremos bajo el yugo. Y podríamos estar bajo el yugo
durante un siglo. Así que creo que la primera línea de defensa es parar el
fascismo. Es el viejo grito de 1930 que vuelve. Y creo que la izquierda tiene
que hacer una limpieza total.
Retomando lo que
decía de la pena de muerte, la izquierda debe revisar sus ideas sobre la
naturaleza humana y reconocer que somos mucho más oscuros y sangrientos y
complejos y contradictorios de lo que jamás ha reconocido el pensamiento de
izquierda. A pesar de la idea conservadora, reaccionaria, de que el ser
humano es miserable, debemos encontrar la manera de ver la naturaleza humana
como noble y miserable a la vez. Tenemos que vivir con la idea de que cada
esperanza puede ser destruida de un plumazo, por la sencilla razón de que
quienes sostienen esas esperanzas son seres humanos, capaces de aniquilar y
arruinar todo de buenas a primeras. Cuando realicemos un acto de modestia y
dejemos de pensar que porque uno ha tenido una buena educación puede dominar
todos los aspectos de su existencia a través de su cerebro; cuando
abandonemos esa noción de que el freak del control es el producto más
noble jamás desarrollado por la humanidad, entonces tal vez la izquierda pueda
regenerarse.
Por ahora, sólo
podemos ver lo que está mal en la oposición. Tenemos una mente estrecha
y somos fútiles. Y la derecha, en este país nos hizo pedazos. Lo
que necesitamos es que aparezcan un buen par de teóricos. ¡Ah, si
apareciera un Marx entre nosotros, un nuevo Marx!. No para que tenga
razón: simplemente para darnos algo de entusiasmo y algo que nos
haga bullir la sangre de nuevo.
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