El
Horla, un río que corre de noche... (*)
Griselda
Gambaro (1988)
Maupassant, a
quienes muchos juzgan el continuador de Flaubert, sabía que hay tantas
realidades como seres existen sobre la tierra. En el prólogo de “Pierre et
Jean”, afirmaba que «los grandes artistas son aquellos que imponen a la
humanidad su ilusión particular». De este modo hay que entender a este
maestro del realismo y del naturalismo, que desdeñaba eso que se llama la
objetividad.
«El realista, si
es un artista, tratará de no mostrarnos la fotografía trivial de la vida:
buscará darnos de ella la visión más completa, más intensa, más patente que la
realidad misma». Flaubert le había enseñado el uso de la palabra justa
porque, como le aconsejaba, se debía decir en una sola palabra «en qué un
caballo de fiacre no se parece a los otros cincuenta que lo preceden y lo
siguen», es decir, que intentara desentrañar por la palabra -que implica
siempre una elección personal- una de las esencias de la realidad: la
particularidad.
De esta mezcla de
realidad objetiva y profundamente subjetiva de la que están hechos los grandes
artistas, Maupassant extrae las características de su estilo. La subjetividad de
Maupassant no es rienda suelta para expresar sus sentimientos y sus ideas
personales, es sólo la reserva útil de su experiencia. No “usa” sus personajes:
éstos son libres, aunque esclavos de las costumbres y prejuicios de su tiempo.
Pero como todo gran creador que cuenta una historia para contar otra, trasciende
la anécdota, trasciende sus temas sobre la ambición de las “pequeñas gentes”,
la culpa, el adulterio, el honor de los hombres y las mujeres, la guerra, para
ofrecernos una visión vigente sobre la naturaleza humana, para mostrarnos aún
hoy cómo somos. Y entonces, la anécdota pasa a segundo lugar y lo que habla es
la pequeñez o la grandeza del hombre, sus resentimientos, su capacidad de
devoción o de miseria, sus pasiones, a veces cómicas, a veces devastadoras y
sangrientas, sus miedos a lo que él llama “lo horrible”y que es también
el miedo a la locura y a la muerte..
En ese período
que va de “Bola de Sebo” a “El Horla”, de “Mademoiselle Fifi” a
los “Cuentos del día y de la noche”, con un lenguaje extremadamente
preciso, de frases netas y sobrias, Maupassant ajusta su escritura
con una tensión sabia que jamás decae. Cuentista por encima de todo,
porque ningún género como el cuento -y también la “nouvelle”- han
revelado las excelencias de su estilo, el dominio del tempo
del relato.
De “El Horla”,
Maupassant había escrito una primera versión que Editorial Argonauta incluye
como apéndice en esta edición.(*) Versión no exenta de logros, pero que se
resiente por una estructura más convencional: el director de una casa de salud
convoca a siete científicos para someterles el caso de un enfermo, que les
narrará su historia. Con cierta torpeza, Maupassant retiene el relato por
situaciones que rozan lo descriptivo, por la distancia que toma el personaje
central con sus propias experiencias, por una necesidad de explicación. Más
tarde, como hizo con muchos de sus cuentos, Maupassant retomó el tema y encontró
la forma justa.
En “El Horla” están
todas sus obsesiones, salvo la sexual. Pero hay que conocer la vida de
Maupassant para saberlo. Mientras fue capaz de escribir, las dominó, no pesan
sobre su obra. “El Horla”, ese diario escueto de alguien que se siente rodeado
por una presencia puramente fantástica que termina por ser más concreta y
poderosa que lo real, es un trabajo sin fisuras. Aún la forma elegida de
Diario, no es sólo una manera más acertada de acercarse al tema o un artificio
producto del oficio, esas fechas que encabezan las distintas partes del relato
dejan de ser simple cronología, esos lapsos que se omiten entre situación y
situación son tan significativos en la vida del protagonista como los días
narrados, como si hubiera una doble escritura “textual” , y las dos, la tácita y
la expresa, alcanzan la misma sugerencia, poseen la misma fuerza. Hermosísima,
por esa mezcla de ambigüedad y detalle, es la presencia de ese personaje que no
se sabe cómo es, sólo que se alimenta de leche y agua, que recoge una flor, que
lee, que estrangula... Ese ser sin nombre, cuyo origen se ignora , y que cuando
él mismo se nombra es por un sonido (El Horla) que no puede asociarse con otro,
familiar o conocido, nombra lo misterioso y lo inexpresable, y al determinarlo
concreta una amenaza sin salvación. Ese nombre inédito pertenece a un ser nuevo
que dominará al hombre, “lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento,
por el solo poder de su voluntad”
Relato de estructura
lineal, pero de complejidad riquísima dentro de esa estructura,
pleno de situaciones sobrecogedoras que no desmiembran el relato
sino que acentúan su horror, como la actitud del protagonista de
incendiar la casa con el propósito de destruir El Horla y olvidarse
de los criado que duermen. “¡Me había olvidado de los criados!
¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!”
Pero este fragmento,
sabiamente preparado por la esperanza de la salvación, por una escritura
tranquilizada que se va agitando hasta terminar en ese grito de angustia,
tiene tal intensidad que deja una huella imborrable.
Si “El Horla”
alcanza esta dimensión de obra maestra es por esa mezcla de objetividad
y subjetividad controlada, repito, porque Maupassant no olvida nunca
que es, no sólo el que cuenta, sino el que observa, el que “se”
observa, -y porque es un gran artista, no confiesa: envuelve al
lector en una obsesión objetiva que todos pueden compartir: el relato.
“El Horla” es como
un río que sólo corre de noche, porque el hombre siempre ha identificado a la
muerte y a sus miedos con la noche, es la noche la que trae con sus sombras y el
sueño, su densa zozobra, su imprecisa, pero palpable amenaza. También trae su
intolerable inquietud de otra belleza, de otros mundos, de otra percepción más
afinada que la nuestra. No hay salvación para el gran miedo de Maupassant a la
locura y a la muerte, pero el relato en su acontecer lo desmiente, pide al
lector que enfrente sus fantasmas y si el protagonista de “El Horla” considera
el suicidio como su única salida, la escritura propone otra salvación, porque
toda escritura supone la lectura “de otro”, y quizá compartir, a través del
arte, la más oscura de las pesadillas, sea una manera de exorcizarla.
El hombre pierde siempre porque está destinado a morir, pero no
obstante, a través del arte, gana y perdura.
Notas
(*)
Segundo prólogo a El Horla de Guy de Maupassant. Editorial Argonauta,
Primera Edición 1988 en la Colección Insurrexit- Ilustraciones de
Julian Damazi, según la edición publicada por Libraiie Ollendorff,
París , 1908.
Se
lee en la solapa: “Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del
hombre ha terminado. Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores
de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes
y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo
todavía. Aquel a quien los presentimientos adjudicaban formas monstruosas
o graciosas de gnomos o espíritus, de genios, hadas o duendes...
– Guy de Maupassant”
Selección:
V.G.
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