TODO
FULGOR ¿PERECERA? (*)
Ana
María Gómez
“Poéticamente habita el hombre”
Martín Heidegger
Y otra vez, en el
curso de ese mismo viaje, durante la travesía de ese mismo océano, también ya
estrenada la noche, en el gran salón del puente principal se produjo el
estallido de un vals de Chopin que conocía de un modo secreto e íntimo...Esa
noche, perdida entre noches y noches, de eso estaba segura, la chiquilla la
pasó en ese barco y estuvo allí cuando se produjo el estallido de la música de
Chopin bajo el cielo ilumninado de brillanteces. No había un soplo de viento
y, en el paquebote negro, la música se propaló por todas partes, como una
exhortación del cielo de la que no se supiera de qué trataba, como una orden
de Dios de la que se ignoraba el contenido. Y la joven se levantó como para
ir, a su vez, a matarse, a arrojarse a su vez al mar, y después lloró porque
pensó en el hombre de Cholen y no estaba segura, de repente, de no haberle
amado con un amor que le hubiera pasado inadvertido por haberse perdido en la
historia como el agua en la arena y que lo reconocía sólo ahora en este
instante de la música lanzada a través del mar”
Marguerite Duras
– en realidad Marguerite Donnadieu – en París, en 1984, relatando su historia
de niña, de niña nacida en Indochina yendo hacia Europa, despidiéndose de lo
que no había querido que fuese un amor compartido y que, sin embargo reconoce
como tal, en su fuerza, en su potencia, a través de esa música, esa música
secreta e íntima de Frederick Chopin. Música que nos
retorna, a su vez, desde la intimidad de esa historia en el film cuando la voz,
sólo la voz en off de Jeanne Moreau dice eso mismo que leímos. Un film que
realizó Jean jacques Annaud de quien se dice que, luego de haber rechazado el
libro ofrecido por la autora, tras leerlo nuevamente “enloqueció de deseo”y
aquél tuvo que ser rescatado pues ya lo tenía otro director. La relación entre
el director y la autora fue de un tumulto inenarrable pero Annaud, evidentemente
surcado por un deseo, no cejó en su intento: tal como dijo, lo que pretendía no
era ser fiel a la obra sino a las emociones de Duras, esas emociones que,
evidentemente, le habían ganado. Y de ello se trató : de transmitir emociones
tal como él mismo lo expresó rodando las escenas eróticas “...cerca de los
cuerpos, de la honestidad de la carne. Quise obligar al espectador a comprender
que trato de mostrar el placer haciéndolo partícipe del mismo
”Una mujer nacida
en este siglo –1914 - que narra su historia de adolescente a través de la
pasión. Un hombre – el amante de Cholen de quien toman el titulo tanto el libro
como la película, “El amante” – atravesado por un amor desesperado y
desesperanzado quien pasados muchos años está aún retenido por ese amor y que
dice a aquella niña ya mujer madura que “...era como antes, que todavía la
amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”
Y una música
enlazando, tramando, tejiendo historias, devanando tiempos, tiempos inefables,
tiempos de deseo, de pasión, tiempos de cultura, tiempos de fulgores de esos
fulgores que despiertan en los humanos las emociones estéticas y el goce de lo
bello. Goce inefable y, como dice Freud, el que corresponde a “Lo perecedero”.
“Estamos hechos, somos seres de MOMENTOS”, dice el maestro que nos introduce en
el malestar que toda cultura produce en el humano por el domeñar de sus
pulsiones. Pero todo es malestar en esa cultura o ella misma debe ser reconocida
en esos instantes restallantes de belleza que , como a la protagonista de la
historia la llevan a reconocer, en su serena tristeza, la pérdida para siempre
de ese amor temprano que no quiso ser en su tiempo porque estaba marcado por la
imposibilidad de las diferencias? Historias de pasión, de la pasión del amor que
anuda imágenes y palabras, significantes, símbolos.
Historias de amor
que nos conducen por los caminos de esa música, llevados, guíados por ella, a
otros amores, a otro amor: el de George Sand – Aurore Dupin – y Frederick Chopin
y que nos conduce también a otra producción de la pulsión sublimada: una obra
teatral, “Un amor que tiende a la muerte”. En la pieza teatral, sólo las cartas,
el testimonio, esas cartas que Aurore Dupin lee , las cartas que anudaron en esa
trama peculiar a esos seres. Chopin nunca habla, no lo necesita: sólo se expresa
por su música, su instrumento no es su voz, es su piano. George Sand habla por
su letra, de su puño y letra ha escrito a Chopin “Se lo adora. George”. Chopin
guarda celosamente ese pequeño – gran trozo de pasión en su album. Era el
preludio de la relación entre ellos, una relación de amor diferente entre esos
seres del cuidado, de la protección, del resguardo a la que la muerte dice fin.
Un amor que reposa el tumulto de los seres en el invierno de Valldemosa, en la
quietud de ese valle, en el silencio de la Cartuja, en el transcurrir del frío y
la lluvia del invierno Balear, de esas islas extraordinarias que parecen haber
sido depositadas sobre el mar, como al descuido.
La música, ese
“arte de combinar los sonidos” que al hacerse pulsión sublimada, eleva el mero
objeto – dice Lacan – a la dignidad de la cosa. La cosa del mundo, esa cosa
imposible de retener, de acaparar, de atesorar, salvo por su instantáneo y
perecedero, inefable fulgor. La cosa del mundo - das Ding freudiano - que el
arte, la cultura, nos permiten vislumbrar a través de ese centelleo fulgurante,
de esa estrella fugaz, de ese resplandor del momento, de la inmediatez, que como
las huellas en la arena son borradas por el mar. Pero el retorno, el retorno de
lo mismo en su diferencia, un retorno que permite a Duras elevarse de ese mero
objeto de la sexualidad, a la cosa del amor. Y Marguerite se dignifica a través
de esa música que plenifica la noche, remembranzas de otro amor, de otros amores
que la convocan a lo secreto y lo íntimo. Y que llaman a esas lágrimas de
pérdida, del ya nunca más, de lo que ya es memoria, de lo que ya es recuerdo del
amante de Cholen.
En 1915 – a poco
de terminada la primera Gran Guerra – Freud escribe acerca de “Lo
perecedero”.Está en los Dolomitas y discurre con un amigo taciturno y un joven
poeta . La preocupación de los otros: que la belleza de esa florida campiña
estival, la belleza de la naturaleza , ese esplendor, esté condenado a
perecer. Dos posibilidades psíquicas, dice Freud: por esa condena o nos
conducimos al hastío del mundo – y su correlato, el malestar – o a la rebelión
que nos hace decir NO! a esa fatalidad ,”Es imposible que todo ese esplendor de
la naturaleza y del arte, de nuestro mundo sentimental y del mundo exterior
realmente esté condenado a desaparecer en la nada. “Le negué al poeta pesimista
que el crácter perecedero de lo bello involucrase su desvalorización. Por el
contrario: es un incremento de su valor. La cualidad de lo perecero comporta un
valor de rareza en el tiempo. Las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan
más precioso...En cuanto a lo bello de la naturaleza, renace luego de cada
destrucción invernal, y este renacimiento bien puede considerarse eterno en
comparación con el plazo de nuestra propia vida. En el curso de nuestra
existencia vemos agostarse para siempre la belleza del humano rostro y cuerpo,
más esta fugacidad agrega a sus encantos uno nuevo. Una flor no nos parece
menos espléndida porque sus pétalos solo esten lozanos una noche.
En el crudo
invierno de Estambul, los jardines del palacio de Topkapi están vestidos de alba
nieve silenciosa, un rayo curioso de sol la ilumina en su esplendor y le
anuncia su dilución. Dentro del palacio, guardado para siempre en su urna de
cristal, el fulgor de uno de los diamantes más grandes y valiosos del mundo nos
resguardan del perecer. Pero sólo es carbón hecha piedra preciosa por el arte
del orfebre.
“Ars longa, vita
brevis”decían sabiamente los romanos. Porque más allá de la perdurabilidad del
objeto, está nuestra memoria, y por nuestra memoria el fulgor renovado del
encuentro, del buen encuentro, de la eutichia, con esa cosa de lo Real que nos
llega, en este caso, a través de ese “arte de combinar los sonidos”, de la
música. El encuentro a través de un siglo, de muchos seres, de Frederick, de
Aurore, de Marguerite, del hombre de Cholen, de Annaud, de nosotros, hoy aquí.
Un buen encuentro que nos anuda, más allá de los malestares, por los caminos del
arte, de la sublimación, de la belleza, del goce de lo estético. Un encuentro
que nos permite retrotraernos de un duelo que, sino, sería eterno, constante,
mortificante y mortal, en su dominio umbroso de pulsiones de muerte. Eros, agape
y filia se anudan hoy aquí – los modos del amor en Platón – para cada quien en
su registro, para dejarnos el dulce sabor de los fulgores de la instaneidad de
la cultura y del arte.
Poéticamente
habitemos los hombres, nos invita el filósofo. Poéticamente, en el campo de la
poiesis, de la creación de ese nuevo surgimiento de un nuevo sentido que puede
abrir el camino de lo bello. Hoy es la música que, también en nosotros,
surgiendo vaya a saberse desde que rincón de la memoria infantil, ante la
convocatoria a este buen encuentro,se nos impuso. Esa música que Freud quiso
clave para la avanzada desde la cual una totalidad se pone en movimiento a un
mismo tiempo.
La potencia del
recuerdo. “Recuerde el alma dormida, - dice el poeta - avive el seso y
despierte, como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando”. Las
voces de la cultura ponen las notas necesarias para que esa brevedad, esa vida
deleterea, venzan el silencio de Thanatos, de esa pulsión de muerte silenciosa,
de esa muerte que se viene, tan callando.
Voces de regocijo
porque, también, somos seres de sorpresa y alguna vez, quizás, para cada quien
que sepa reconocerlo y valorarlo, algún fulgor, no perecerá.
(*)
Trabajo presentado en las Jornadas “Fulgores del malestar” - Bellas
Artes – 20 y 21 de agosto de 1999 - Y publicado en la
revista libro “mal estar” Nº 0 Fundación Proyecto al Sur – Editorial
Corregidor
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