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Viaje por una mirada
Chiang Mai, Tailandia

Marcela Depiera

Corre la noche de un alto febrero en una montaña verde de Chiang Mai. Una choza, una casa o un palacio: resulta difícil precisar de qué se trata. Aquella es la más jerarquizada de las construcciones donde los Lisu (*), una de las tantas tribus que habitan el norte de Tailandia, desarrollan sus reuniones sociales. Allí somos invitados esa noche.

Sobre un piso de tierra alisada, uno de ellos prepara su pipa. Fija su mirada en el pequeño orificio donde coloca las hebras. El fuego fijo en sus ojos. Ojos que no conocieron más que la pipa y el fuego en el tiempo incalculable de su vida.

¿Cuál es la edad del hombre que solo mira el fuego? ¿Cuál será el viaje que imagina quien nunca ha visto un mapa?

Ojos que parecen no haber abandonado la montaña. Mi mirada fija en el fuego que sus ojos reflejan.

Si viajar es mudar el cuerpo, él nunca lo hizo. Se quedó aquí, una noche de febrero, en estas calles hechas de pisada y hoz.

Las visitas sólo se ocupan de observar, de llevarse la historia que ellos no cuentan, de robarles una foto, de trazar otro mapa.

Sí, allí se arma un nuevo mapa: lo inventan los visitantes de países lejanos al dejarles alguna gorra con visera o un buzo made in China que les abrigará en las noches frescas.

Ya todo está listo. Mostrando sus dientes oscuros de tanto mascar tabaco, sin palabras, el hombre ofrece su pipa. Me observa, sonríe, me enseña. Recostado, envuelto en su raída túnica azul, espera.

Es febrero y es de noche: el fin de un viaje por una mirada quieta.

(*) Lisu: tribu originaria del Tibet. Una de sus lugares de ocupación se encuentra en Chiang Mai, Tailandia.

 


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