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LOS
AFECTOS EN PSICOANALISIS
Federico Aberastury
(Aportes a la clínica psicoanalítica de niños a partir de un caso
clínico: ¿Y si no habla? ¿Y si no juega?)
I.
La teoría.
Faltaban aún diez
años para el comienzo del siglo, cuando el joven Freud publicaba en un
manual de divulgación médica su artículo sobre Psicoterapias considerado
actualmente, si es pertinente la distinción, como "pre-psicoanalítico".
Su título "Psychische
Behandlung (Seelebehandlung) fue traducido como Tratamiento Psíquico
(Tratamiento del alma) por José Luis Etcheverry, Tratamiento del alma o, desde
el alma de las perturbaciones de ésta o del cuerpo por el "Prístino poder
ensalmador de las palabras", instrumento esencial del tratamiento anímico.
Poniendo el
acento sobre la función y campo de la palabra y el lenguaje, Freud se
dirigía a los representantes de la medicina moderna que restringían, por
entonces su interés a lo corporal. Si bien reconocían nexos entre lo anímico y
lo corporal supeditaban la comprensión de los primeros a los "mecanismos
racionales" que permitían desde la física y la química un "conocimiento
fisiológico" que lo explicaba casi todo, coronando la muerte de Dios iniciada en
el Siglo de las Luces.
Se avanzaba sobre
el "seguro terreno de las ciencias que pisaba fuerte" dejando que los filósofos,
a quienes despreciaban, se ocuparan de lo anímico.
Freud
consideraba incorrecta pero comprensible esta orientación del juicio científico
contemporáneo que no dejaría de pesar sobre sus itinerarios. De estos
itinerarios justamente, hemos de interesarnos los psicoanalistas hoy, si con
Lacan entendemos, que como tales privilegiaremos una teoría de los
afectos que considere para la experiencia analítica "lo que en el afecto
prevalece de lo inconsciente". La experiencia conduce al investigador y
clínico Freud, a tomar como punto de partida las manifestaciones del
"nerviosismo" y de las personas neuróticas, buscando allí las relaciones
recíprocas entre cuerpo y alma.
"La expresión de
las emociones". Ciertos estados anímicos denominados afectos,
desfilan y se ordenan. Miedo, ira, arrobamiento sexual, cuitas del alma...
"Estados efectivos persistentes de naturaleza penosa o 'depresivos' pasan a ser
con harta frecuencia causas patógenas". La pregunta sobre la causa relaciona ya,
en este momento pre-psicoanalítico, pathos y afecto. Afecto y cuerpo. Afecto y
pensamiento. Sigue Freud: "Los afectos en sentido estricto se
singularizan por una relación muy particular con los procesos corporales; pero
en rigor, todos los estados anímicos, aún los que solemos considerar procesos de
pensamiento son en cierta medida 'afectivos' ".
Los estados
efectivos, los pensamientos "se revelan" y resuenan en el cuerpo (Gedamkenverraten).
Por cierto es visible que Freud nunca participó de esa presunta oposición
conceptual entre intelecto y afecto, en el sentido de: si me ocupo del uno no me
estoy ocupando del otro.
¿Por qué darle
tanto privilegio al afecto? Como si gracias a él hubiese un acceso
directo y auténtico a lo verdadero. En realidad ellos remiten, mas bien, desde
el punto de vista de la experiencia analítica a la rúbrica de lo que engaña
excepto la angustia, para la cual Lacan reserva la cualidad de lo
que no engaña.
En "A propósito
de los afectos", Jacques Alain Miller precisa esta dirección del
pensamiento de Lacan para acotar enseguida, que, en su enseñanza, en el
psicoanálisis, el afecto que interesa no es verdadero de entrada, sino que se
trata de hacerlo verdadero ("Verificar el afecto"). Señala también que Lacan
no empuja el afecto hacia la emoción, ni considera a ésta como su nódulo. Mas
bien las distingue y empuja en cambio el afecto hacia la pasión, precisamente,
dice, la pasión del alma. Orientación ésta que considera decisiva.
Esto nos lleva a
una primera conclusión: si la emoción corresponde al cuerpo en
tanto afectado ( Otro del Otro, si lo hubiera) la pasión como nódulo del
afecto es como su definición lo indica, movimiento del alma, o
dicho de otra manera, efectos del significante entre el Campo del Sujeto
(pleno o de la naturaleza) y el Campo del Otro. En Freud, el
factor cuantitativo, "la cuota de afecto" que se amarra o es amarrada por
significantes (ideas-representaciones).
La teoría
pulsional o el concepto de pulsión constituye una de las cuatro
ficciones fundamentales del edificio psicoanalítico. Sabemos que la pulsión
implica un montaje del cual la praxis psicoanalítica no puede ignorar sus
resortes, pues hacen a lo más esencial y complejo de la misma, a saber, la
transferencia.
Es apuntando a
las cuestiones de la transferencia y a su movimiento en el análisis
con niños y adolescentes que me interesa abordar el tema de las pasiones por
el atajo que me permite el establecer un paralelismo entre Sade y Freud
(especialmente desde Lacan), a partir de una materia que les es común y de la
cual ambos abrevan para inaugurar sus prácticas . El libertinaje como
"práctica por la libertad" en Sade y el psicoanálisis como "profesión imposible"
en Freud.
Esta materia
común es la perversión que es homologada en Sade al concepto de
pasión. Tanto Sade como Freud relacionan la cultura, la moral
y la organización social con la represión de la sexualidad perversa en un
predominio de la "razón universal" y el "yo responsable". Sade alienta
una revolución por vía del libertinaje. Coloca su concepción Spinoziana de la
naturaleza en el lugar de Dios y de la razón atea, intentando realmente colocar
su discurso en el lugar del Otro. Aboga por una naturaleza que destruya su obra:
el nombre, y edifica la utopía libertina donde el acto se opone a la
razón y a la conciencia moral.
En tanto Freud,
aunque pesimista, se ubica del lado de la razón atea y de los productos
culturales. Apuesta a la sublimación como opción ante la neurosis y edifica su
profesión imposible.
Freud
diferencia la pasión-perversión como inherente a la organización yoica y
por ende al registro imaginario de la realidad de lo inconsciente. En el lugar
de la naturaleza sadiana está el inconsciente freudiano.
Lacan, en
cambio propondrá un "Dios no ha muerto, Dios es Inconciente" como un
núcleo de real más allá de lo inconsciente que abre las puertas a una clínica
de lo real, donde acto y escena tendrán una particular
importancia como nuevas posibilidades clínicas en el psicoanálisis de niños y
adolescentes.
II. El caso
clínico.
Estoy muy
angustiada por lo de Pedrito... ¿Vos podrías verlo?.
Ana se levantó
del diván y me miró, casi suplicante, mientras esperaba mi respuesta.
La miré, mientras
le sonreía afectuosamente y le dije que sí, que lo trajera la sesión siguiente.
Su rostro se distendió aliviado y me preguntó. ¿Y que le digo?. Decile que es
para ayudarlo con los ahogos y con lo que lo hace sufrir, que soy como un médico
pero que cura jugando y hablando. También le podes decir que soy Federico, el
que te ayuda a vos. Con eso es suficiente. Gracias, me dijo Ana, en la puerta,
mientras se iba, ya terminada su sesión. El día anterior al del encuentro
pactado me llamó por teléfono. Dice Rafael (su pareja actual), si él puede venir
. Decile que si, que venga nomás, que será bienvenido. Ríe, me saluda hasta
mañana y corta.
Ana es mi
paciente desde hace ya muchos años. Una repetición que tomaba la forma de una
neurosis de destino había marcado su relación con los hombres. A poco de
comenzar su análisis suspendió el mismo para casarse y comenzar su vida de
casada en una provincia del norte. En esas condiciones es abandonada por su
novio la víspera de su boda, casi sin explicaciones, habiendo ella cortado todos
sus vínculos profesionales y dejado su vivienda en la capital. Lo imprevisto
tuvo el efecto de una neurosis traumática. La necesidad de irse a cualquier
lugar se impuso casi compulsivamente ante lo inconmensurable de la angustia.
Decidió aceptar
un empleo en el Sur y no tuve noticias de ella durante casi un año. Cuando
regresó retomó sus contactos profesionales y también su análisis.
De ahí en más ser
abandonada e intentar retener sufrientemente, y sin éxito, a los sucesivos
hombres que se presentaban a su relación amorosa eran las coordenadas de su
martirio, que se complementaba por el ser maltratada y humillada, cuando no
estafada, por sus eventuales objetos de enamoramiento. La "curiosidad" de que
ella se desinteresara y maltratara a otros candidatos que se caracterizaran por
"quererla bien" completaban el cuadro.
Pero ya bordeando
los cuarenta años, y en un tramo de su análisis que, a mi entender correspondía
al de la neurosis de transferencia, sucedió un acontecimiento que cambió
radicalmente su vida y concomitantemente el curso de su monótono padecer.
Pablo entró en su
vida y parecía contradecir a sus prototipos anteriores. Quería estar con ella, y
ella con él. Aunque ciertas características de "tiro al aire" y poco responsable
en lo económico, la hacían dudar. No obstante lo presentó a sus padres (cosa que
nunca había hecho con nadie) y todo parecía encaminarse en armonía.
Solo su frigidez
y sus dudas sobre ser objeto de "uso" por Pablo ensombrecían su momentánea
felicidad. Hasta que una actitud de Pablo cae sobre ella como un rayo en un día
de sol. Su ex mujer lo llama y las reacciones de Pablo le hacen sospechar un
abandono, aunque éste jura que nada quiere saber con su ex mujer, que por otra
parte lo había dejado por otro. Es allí donde Ana queda embarazada, a pesar de
las precauciones que ambos tomaban. Pablo reacciona agresivamente y la acusa de
haber quedado embarazada para retenerlo. Y es ahí donde, para Ana, se convierte
en causa primera el tener ese hijo.
Ella que nunca
había pensado en la maternidad, sustituye el deseo por el hombre, por un "ahora
o nunca" en relación con ese hijo, dejando de esperar vanamente el amoroso
reconocimiento de un hombre. Pablo amenaza, "el embarazo o yo", y ella elige el
embarazo. Pablo desaparece de su vida. La amargura ante el abandono y la
decepción frente al hombre se convirtieron en indignación y enojo. Esto es lo
nuevo en Ana.
Nueve meses
después nace Pedro. Luego de esto fue la decisión de una lucha legal por el
reconocimiento de la paternidad y por una cuota alimentaria.
Pablo la destrató
y la humilló toda vez que intentó comunicarse con él "por las buenas". Luego
desapareció. Durante dos años Ana se dedicó a su hijo, a su profesión, y a una
nueva relación con sus padres y hermana. Guardaba una foto de Pablo, con barba,
y le decía a Pedro: "este es tu padre". Cada vez que Pedro veía un hombre con
barba por la calle gritaba: "¡Papá!". Al año un hombre de aquellos que "la
quieren bien" se acercó a ella y a Pedro, y luego de un tiempo de relación, con
cierto maltrato por parte de ella, fue descartado por ser pobre y sin ambiciones
porque le daba vergüenza presentarlo a sus padres.
Hace seis meses
conoce a Rafael e inicia una relación. Se ocupa de Pedro como si fuera su hijo y
ella se siente bien con él, cosa que le extraña de sí. Prácticamente conviven.
Pedro que
hasta ese entonces se caracterizaba por su "buen carácter" y el acomodarse a
todo, comenzó con el siguiente cuadro sintomático, ante la alarma y el
azoramiento de la madre. Crisis severas de broncoespasmo y rechazo violento a
los intentos de la madre de nebulizarlo. Llanto ininterrumpido y desolador sin
motivo aparente, matizado por "berrinches". Insomnio, que hace que Rafael lo
acompañe en su cuarto, hasta a veces quedarse a dormir con él. Intuitivamente
Rafael le dice a la madre que ella no vaya, que lo deje ir a él.
Angustiada y ante
la idea de una psicosis es que Ana me pide: "¿Lo podes ver?".
Quiere descartar
una psicosis infantil y también preguntarme sobre la conveniencia, o no, de un
tratamiento psicoanalítico para Pedro. Se trataría de una hora de juego
diagnóstica según los términos en que fui considerándola en el curso de
mi propia experiencia.
¿ Y si no
habla? ¿Y si no juega?. Había expresado temerosa la madre.
"Vos no te
preocupes" le había dicho para calmarla, mientras pensaba en el porqué de tanto
miedo al supuesto silencio de Pedro. Parodiando a Hamlet pensé en la
preparación de la escena en que atraparía el inconsciente del pequeño rey.
Tomaría en cuenta
para armar la escena lo que era motivo de angustia para la madre. El síntoma
somático del niño, la angustia, el llanto y las crisis de agresividad. Había
decidido manejarme con la hipótesis, a revisar durante el curso de los
acontecimientos de que se tratara de una neurosis de angustia apenas contenida
por la inervación somática ante la circunstancia edípica de la castración de la
madre.
Preparé la
escena: Dos pescados de madera pintada y un patito más pequeño del mismo
material. Una lata abierta con caramelos, sobre un bout de pie que habitualmente
uso para apoyar mis pies. El diván y un silloncito enfrente del mío.
Los
personajes: la madre, el pequeño, Rafael, porque había querido estar, y yo
mismo en el lugar del Otro de la madre.
III. La
sesión: silencios, escenas, sonidos y pocas palabras.
1)
momento de la mirada y disposición de la escena.
2)
Tildeo especular de movimientos.
3)
Hacer jugar la escena.
4) El
sonido o ruido y la presentificación del síntoma del cuerpo en
sesión.
5) La
interpretación en acto.
6)
Momento de concluir y acontecimiento.
7)
Resolución de los síntomas y conclusiones teóricas.
Momento de la
mirada y disposición de la escena.
La entrevista
comenzó con la entrada en mi consultorio de Ana, Pedro, y Rafael, quienes
concurrieron a la hora prevista. Luego de saludar por su nombre a Pedro, con un
beso, y hacer lo propio con la madre les pregunté a ambos como estaban,
repitiendo, para Pedro, mientras hablaba con Ana, las características de lo que
íbamos a tratar de hacer para ayudar a Pedro, al estilo de:
"Yo sé que Pedro
esta enterado que vos me contaste de sus enfermedades, sus miedos y sus
tristezas". Luego los hice pasar al consultorio donde estaba preparado el
escenario, el diván, mi sillón, un silloncito enfrente y el bout de pie, con las
figuras en madera, y la lata con caramelos abierta. Rafael se sienta en el
silloncito, Ana en el diván, mientras yo ocupo mi sillón. Pedro se ubica, parado
al lado de la madre. Les ofrezco caramelos y Pedro mira a los ojos a la madre,
no acepta el convite y se coloca al lado de ella ofreciéndome su perfil y dando
la espalda a Rafael. Se instala el silencio. Rafael cruza sus brazos y fija su
mirada en el piso, Ana mira a Pedro intentando parecer calma y
también me mira como esperando que yo haga o diga algo, hasta que en un
momento dice: "¿Qué hago?". Le respondo: -Y... si queres podes acostarte. Lo
hace, y se recuesta en el diván como si estuviese en su sesión. Yo tomo un
cuaderno y hago un esquema de la situación mientras soy mirado por Pedro y Ana.
Rafael permanece con la vista baja.
Tildeo
especular de movimientos.
He llamado de
esta manera a la operación que consiste en observar los movimientos del niño,
cuando éste no juega, ni habla, e imitarlos. Cuidando de hacerlo a la manera de
un grotesco y con semblante de curiosidad, como aplicándome a la tarea de que la
repetición de los movimientos pareciese compleja y requiriese toda mi atención.
Pedro no parece
aceptar al inicio de este encuentro las invitaciones a hablar o jugar, y queda
replegado de toda actividad conmigo quedándose parado al lado de la madre,
ofreciéndome su perfil y la mirada de reojo. Una vez instalado el silencio me
dedico a observar los movimientos de Pedro que paso a relatar.
Mira a Ana
buscando sus ojos. Luego se introduce los dedos en la boca y acercándose
lentamente al borde del diván, a los pies de la madre, comienza a patear muy
suavemente y a pisar la base de la lámpara de pie que allí se encuentra,
altemativamente. Luego juega con el nylon que recubre la parte inferior del
diván (a los pies de la madre, allí recostada) de tal manera que mueve el nylon
hacia fuera y luego lo regresa a su lugar, repitiendo este movimiento varias
veces.
Luego que esta
secuencia se repite lo suficiente para identificarlas como módulos diferentes y
definidos, me incorporo lentamente colocándome detrás de Pedro, simulando
interés exagerado mientras me rasco la cabeza, parpadeando y realizando un
prognatismo, a la manera de un simio. Mientras Pedro me mira con sorpresa
e insinuando cierta mirada divertida, realizo los movimientos de los dos
módulos, en la misma secuencia, simulando alguna torpeza, lo miro parpadeando,
como solicitando aprobación y vuelvo a sentarme en mi sillón.
Pedro me mira con
curiosidad, sin ningún disgusto ni temor, y se retira a su lugar, pero ya
mirando de frente a mí y al bout de pie donde están los objetos.
Hacer jugar la
escena.
La superficie del
bout de pie representaba el escenario. Aun lado de la lata coloqué a los
pescaditos que representaban a la pareja en su cuarto, y del otro lado, el
patito que representaba a Pedro en su pieza.
Comencé a hacer
girar sobre si mismo al patito, para representar así el pavor nocturno y el
insomnio. Luego el pescado más grande, que representaba a Rafael, acudía donde
estaba el patito y quedaba junto a él, quedando ambos quietos para representar
la calma momentánea. Del otro lado hacia girar al pescado que representaba a
Ana, para representar la angustia de la madre, (y lo que era mi hipótesis, la
castración de la madre, ante la llegada de Rafael y la sexualidad genital que
este traía para ella, agente de la castración de la ecuación madre-hijo-falo).
Cuando el pescado
Rafael acudía al pescado Ana comenzaba el girar del patito, y cuando este acudía
al patito, comenzaba a girar el pescado Ana, y así varias veces.
El ruido
exterior, la presentificación del síntoma del cuerpo en sesión y la
interpretación en acto...
Un ruido exterior
llamó la atención de Pedro y éste estornudó, dos veces, mientras me miraba. Tomé
entonces una de las tapas de la lata como si fuese la mascarilla del nebulizador
y simulé un ataque de asma con el intento de alivio mediante la nebulización,
alternando esta representación con el girar simultáneo del patito y el
pescado-Ana mientras miraba a Pedro, quien no me sacaba los ojos de encima.
Entonces, dejando los objetos, sobre el bout de pie, me desparramé como agotado
sobre mi sillón, levanté ambos brazos y dije: "¡Bueno, acá dejamos, por ahora!".
Me levanté y me dirigí a la sala de espera invitando al grupo a seguirme.
Momento de
concluir y acontecimiento.
Tras de mí, se
levantó Rafael y pasábamos a la sala de espera, cuando escucharnos la voz
sorprendida de Ana que nos llamaba: "¡Rápido, vengan, miren!". Regresamos y
sorprendimos la siguiente escena: Pedro había tomado la lata y repetía con
sorprendente exactitud mi representación del ataque de asma y el alivio de la
nebulización. Al vernos aparecer tomó la otra parte de la lata que contenía los
caramelos, tomó un caramelo para sí, y nos ofreció al resto, que aceptamos el
convite. Luego saludé a todos con un beso y los acompañé hasta la salida.
Resolución de
los síntomas y conclusiones teóricas.
Dos días después
Ana, me llamó para comunicarme que Pedro aceptaba las nebulizaciones y hablaba
de mí llamándome por mi nombre de pila. A los quince días se había
normalizado la totalidad del cuadro sintomático y al mes había desaparecido todo
rastro de trastorno respiratorio. Pedro no comenzó ningún tratamiento
psicoanalítico y no le fue recomendado por mí a la madre, por lo menos en
las circunstancias actuales.
Conclusiones:
no sólo la palabra es instrumento de lenguaje sino que a raíz
de los anudamientos RSI y las lógicas nodales que les son correlativas
a la instrumentación de estas categorías, en relación con los fundamentos
freudianos, es posible explorar las condiciones de la escenificación,
la actuación y el acontecimiento.
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