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LABERINTO (versiones del alma)

Sergio Rocchietti

 

Nietzsche

 

"Si quisiéramos ensayar una arquitectura
modelada sobre el patrón de nuestra
alma (somos demasiado cobardes para
ello), el laberinto sería nuestro
arquetipo".

F. Nietzsche, Aurora.

 

Hace mucho tiempo alguien dijo: "No llegarías a encontrar en tu camino (hodós) los límites de tu alma (psikhé) ni aún recorriendo todos los caminos: tan profunda dimensión tiene".

Ese alguien fue Heráclito, filósofo presocrático, y estamos presentando el fragmento 45 de lo que a nosotros llegó de su obra.

¿Cómo representarnos este mensaje que nos llega desde el siglo VI antes de Cristo, desde un lugar llamado Grecia?. Por mi parte lo considero una paradoja (paradoxa: maravilla) y a la vez una paradoja lógica, lo cual quiere decir que convoca la perplejidad de nuestra razón (logos), sumergiéndola en un estado de confusión al leerlo por vez primera. Podemos continuar el mismo itinerario propuesto por Heráclito, recorrer los caminos para resolver el enigma. Ahora bien, esta frase nos anticipa un vaticinio: afirma que no vamos a encontrar en nuestro recorrer un camino, los límites del alma, de la psikhé, ni aún si recorremos todos los caminos. Los caminos que existen.

Alguien camina, da un paso tras otro, busca, ¿qué busca? Alguien que camina puede sólo caminar, pero alguien que busca caminando, no sólo camina. Insisto, ¿qué busca?

Propongo que a sí mismo. No es casual que lo haga, ya que en otro fragmento, el 119, nos dice Heráclito: "Me busqué a mí mismo".

Claro, ya sé que algunos dirán que él estaba al alcance de su mano. Sí y no; como le hubiera gustado decir a Heráclito: “sí y no, mi querido amigo”.


Hay una evidencia perceptiva. Alguien camina, camina sobre el suelo, camina en una región, camina en el mundo. El mundo físico está surcado de caminos. Atravesado, rodeado, estigmatizado, herido por los caminos, y en esos caminos hay personas caminando, pero nuestra pregunta será: ¿Es que recorriendo esos caminos encontrarán los límites de su alma (psikhé)? Heráclito dice no. Acordamos con él.

Hay caminos para caminar con los pies y hay caminos para recorrer de otro modo. Hay caminos en el mar -Odiseo lo demuestra-, y hay caminos que se surcan sin moverse jamás de la polis (Atenas) -Socrates nos lo muestra-.

Las dimensiones del alma. Buscarse a sí mismo.

Encontrarse, olvidarse, perderse, buscarse, preguntarse, contestarse, extraviarse, hallarse, descansar, olvidar, angustiarse, preguntar, encontrar, olvidar...

*

¡Caminar! Una vez más su propia voz lo sacó de esa aletargada sensación. Caminar. Su cansado cuerpo se dormía y él lo acompañaba, sin embargo no dejaba de buscar. La espada guiaba sus pasos. El brillo del metal era enceguecedor cuando encontraba los escasos rayos de luz que a veces se filtraban por esos muros. ¡Esos muros!. Recordaba la angustia y la incertidumbre de los días del sorteo. Los jóvenes y las jóvenes que iban a ser enviados a él conocían su destino: la muerte. Por ello, compadeciéndose de los padres atenienses, se ofreció para ir; estaba seguro que él lo lograría. El podría matar al Minotauro, la duda no lo perturbaba, lo encontraría y lo mataría.

La espera continuaba, la búsqueda continuaba, esa interminable sucesión de pasillos corredores, patios, sitios extraños que siempre conducían a sitios extraños, simétricos, iguales, perpetuos, lo mareaba, lo confundía, lo adormecía. Paso a paso, iba dejando tras de sí el hilo que le había ofrecido Ariadna por consejo de Dédalo, el constructor. ¿Podría alguna vez salir de allí?
 
No temía la muerte en manos del Minotauro; sí el extravío, el perderse, el no encontrar la salida, el vagar ciegamente por el laberinto.

*

Teseo mató al Minotauro, monstruo concebido en el vientre de Pasifae, esposa de Minos, rey de Creta. El mito griego dice que, como Minos no cumplió con su pacto de matar al toro en sacrificio, que le había enviado el dios Poseidón para que demostrar que era un elegido por los dioses para ser rey. En castigo por su actitud, Poseidón hizo que su esposa Pasifae se enamorase de ese mismo toro. Pasifae pide entonces ayuda a Dédalo para resolver su problema, y éste construye un simulacro de vaca dentro del cual ella se sitúa para satisfacer su pasión.

De esta unión nace el Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Para ocultar su vergüenza, Minos consulta al oráculo y recibe el mensaje de acudir a Dédalo para que éste construya un intrincado palacio, en donde de allí en más vivirían Pasifae y - en lo más sinuoso de ese recorrido - el Minotauro.

El Laberinto ("palacio de las hachas") tiene una evidencia arqueológica: en 1927, Arthur Evans encuentra en Creta los testimonios en piedra de esta construcción.

El laberinto tiene una evidencia no tan explícita en una relación que queremos plantear: ¿no son los caminos del alma algo similar a él? Las dimensiones del alma (psikhé) ¿no nos hacen sentir que puede haber un monstruo escondido en ella?

Algo acecha en cada cuestionamiento que nos hacemos; si ese cuestionamiento es lo suficientemente intenso, percibimos allí un peligro innominado. Recorrer el laberinto no es fácil tarea.

Teseo y el Minotauro.

Nosotros y el alma.

Nosotros y la psikhé.

El laberinto espera.

¿Nos atreveremos a hacer un recorrido por nuestra alma y por la de otros?

*

Hace mucho tiempo que existe el alma (psykhé) quizás desde los griegos y antes aún, en los egipcios, quizás, y es lo más probable desde que hay culto a los muertos, reverencia al cadáver, desde que empiezan a ejercer su influencia los símbolos sobre nosotros. Pero no es nuestra intención hacer una historia del alma. El alma egipcia no es el alma griega y el alma griega no es el alma egipcia y aún esforcémonos para poder llegar a que: el alma de un griego no es el alma de otro griego, ni de un egipcio. Son aproximaciones vanas las que hacemos. Giramos en redondo y no avanzamos.

¿Cuál es el verdadero problema? Para nosotros es el tema del alma. Y ni siquiera estamos reposando en siglos de consideraciones, casi siempre cristianas, sino que nos ceñimos a:

"Si quisiéramos ensayar una arquitectura modelada sobre el patrón de nuestra alma (somos demasiado cobardes para ello), el laberinto sería nuestro arquetipo".

Desbrocemos lo que nos indica Nietzsche. Ensayar una arquitectura es llevar un problema a una dimensión concreta. La de lo material.
Ensayamos una arquitectura sobre el patrón de nuestra alma.
¿Y que figura surgiría si podemos hacer una arquitectura del alma?

La del laberinto.

El alma: un laberinto.

El alma y su arquetipo: el laberinto.

Y es aquí que nos hace una advertencia (Nietzsche) y un desafío y una afirmación al mismo tiempo en ese “somos demasiado cobardes para ello”.

No sólo somos cobardes sino que somos “demasiado cobardes” para hacer arquitectura de nuestra alma.
Aceptemos que hay laberinto.
Aceptemos que el laberinto nos concierne.
Aceptemos que el laberinto es la forma arquetípica en la cual nuestro humano vagar, caminar o dirigirnos, se hace presente.
No bajo la forma del laberinto de Creta. Ni siquiera bajo la forma de cualquier laberinto ritual de cualquier época.
El laberinto concreto intenta cernir un problema presentándolo bajo esa figura (la del laberinto) y resolverlo en su acción (ritual) para poder olvidar ese mismo problema, porque ya al ejecutar la acción de representación conjuramos nuestra inquietud.

Aceptemos que el laberinto concreto es una forma aproximada.
Aceptemos que el alma es una forma aproximada.

Una forma que hace presencia de las dimensiones del alma.

Aceptemos que el alma es un problema. Nuestro problema.

Oigamos lo que nos dice, porque nos lo sigue diciendo, Heráclito: el alma no tiene límites y podemos acercarla a la figura de un camino que recorremos y que nunca terminaremos de recorrer. Acerquemos las palabras al alma y digamos que: así como no dejaremos de caminar no dejaremos de hablar aunque hagamos silencio o no nos movamos. Aún así en silencio e inmóviles caminaremos y hablaremos. Porque si recordamos aquello de “me busqué a mi mismo” (también nos lo recordaba Heráclito) no podemos dejar de sentir que es una tarea siempre inacabada también siempre lograda, hasta que sigamos nuevamente. Las pausas casi siempre marcan nuestras fatigas o nuestros reposos.

Ya hemos hecho intentos de arquitectura del alma (el aparato psíquico) y no por eso somos menos “demasiado cobardes” para recorrer esos caminos. Siempre hay Minotauros en nuestros caminos o por lo menos eso imaginamos, o presentimos, o tememos. Es igual. No queremos saber de ellos por más Ariadnas que haya para alcanzarnos hilos de oro que harán nuestra salida del laberinto segura. A Las Ariadnas se las abandona (Teseo) para que un dios las proteja (Dionisio). Y a las psykhé no se las recorre por temor al Minotauro (que es el sueño de Pasifae si recordamos que cualquier mujer sueña o tiene pesadillas con bestias). Nuestro mundo profano nos provee de ambas posibilidades. 

El laberinto es una aproximación. Y no es una mala aproximación. Si somos más sutiles diremos que: Encontrarse, olvidarse, perderse, buscarse, preguntarse, contestarse, extraviarse, hallarse, descansar, volver a olvidar, angustiarse, preguntar hasta el hartazgo, encontrar y perder, olvidar nuevamente... son esas las dimensiones que hacen al laberinto. Son esos los momentos relevantes, los que harán traza para esa escritura que se realiza sobre la superficie de ese camino. De ese camino-texto. De ese camino que se va poblando de signos. Signos-huella.Y aún hay mucho más pero intentaremos allanar nuestro camino. Esos signos-huella hacen al camino como hacen a la aparición de signos sobre nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo-texto.

Laberinto-alma-camino-huella-signo.
Y nosotros.

Signo significado. Signo comprendido. Huella no percibida. Trazo doloroso.

Pregunta extraviada.

Y nosotros.

 

***

Con-versiones diciembre 2011

 

        

 

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