¿QUÉ QUIERE DECIR? (ETIMOLOGÍAS)
Sergio Rocchietti

Aunque
usted no lo crea, las palabras son como esas famosas muñecas
rusas llamadas "mamushkas", que al abrirlas contienen
otra muñeca y otra, y así sucesivamente hasta hallar a la más pequeña.
Siempre podemos establecer nuevas relaciones
o seguir encontrando nuevas palabras.
No nos damos cuenta de esto, pasamos por las
palabras o las frases sin detenernos un instante a reflexionar en lo que estamos
diciendo. Entonces, ¿por qué no hacerlo?
Meditemos un momento, tomemos un tiempo,
fugaz incluso, para demorarnos en su sonoridad, para acariciarlas en sus
relieves, sintiendo sus rugosidades. Las palabras son bellos objetos si
podemos contemplarlas; si podemos sentirlas.
Atendamos a su sonoridad y no a lo que
significan. O mejor, no sólo atendamos a lo que significan sino que reparemos
en su sonoridad. ¿Cómo es esto?
Por ejemplo, dijimos que estas muñecas se
llaman "mamushkas", si quiero buscar la significación de una palabra ¿qué hago?,
voy a la biblioteca, tomo un diccionario, busco esa palabra, leo, y allí creo
que tengo su significado. Esto es lo que quiere decir esa palabra.
Hagamos otra cosa, escuchemos su sonoridad,
pues "mamushka" no es una palabra que vayamos a encontrar en un diccionario
castellano. ¿A qué me suena "mamushka"? A madre. ¿Y no tenemos
corroborado en esas imágenes pintadas sobre la superficie de madera de las
muñecas, que ciertamente se trata de madres?
¿No son esas fornidas matronas rusas (matrioshkas)
una imagen de la madre? Si tomo la muñeca mayor y la abro ¡oh! sorpresa, hay
otra en su interior, abro la que encontré y hay otra dentro de ella y así
sucesivamente, hasta llegar a la más pequeña.
¿No es esto una imagen del contener?
Sí, ¿y qué podemos decir del contener? ¿O no es que una madre contiene en su
cuerpo al hijo durante el embarazo?
En lo anterior hemos ido desde la
sonoridad hasta las imágenes, que no son solamente visuales, sino que
son propias de cada individuo y es por eso que son lo que propiamente nos
singulariza, a cada uno de nosotros. Esta función de las palabras es lo que
podemos llamar evocación. Podría haber sucedido que ustedes dijeran: "a
mí la palabra 'mamushka' me trae a la conciencia la imagen de un 'mamut' ", y
eso hubiera sido tan válido como mi evocación. Hubiera sido otra, y nada más.
Nada más, con lo que ello implica.
¿Qué implica?
Otro camino a seguir; otro camino de
evocaciones a proseguir.
Habíamos llegado al contener haciendo algo
con las muñecas y encontrando una palabra: "madre". Cambiemos, ahora no hago
nada con las manos, no abro ninguna muñeca, cierro mis ojos y escucho la palabra
"contener" ¿A qué suena?
¿Qué resuena en esa palabra con más fuerza?
¿Qué resalta para mí?
Es esta una situación especial, no siempre
estoy en condiciones de poder oír lo que allí acaece. A veces puedo lograrlo,
otras no.
Ahora puedo. Dejo que no se presente sino el
sonido. No hay imágenes visuales, o mejor, sí hay una imagen de la palabra
escrita y la sonoridad ¿musical? de la misma. Me lleva, me transporta y en un
instante fulgurante aparece algo distinto a lo que se presentaba. De contener
llego a tener ¿Llego o fui llevado? Llego porque me dejé llevar, al poner en
suspenso lo que quieren decir las palabras.
Lo que quieren decir ¿no es una frase
ambigua? Re-pi-tá-mos-lo. Lo que quieren decir las palabras. ¡Las palabras
quieren decir! La cuestión es si "yo" las dejo.
Las palabras hablan.
A condición, claro está, de que haya alguien
para escucharlas. Alguien no es "yo".
¿A qué estamos acostumbrados? A que los seres
humanos hablen y a que hablen con otros. Si hablan solos nos hacen sospechar.
Usualmente es así.
¿Qué hemos planteado hasta aquí? Uno: las
palabras tienen significado, esto es lo que cada palabra significa. Puedo
detenerme aquí y sentir que eso es lo que quiere decir cada palabra o
frase.
Dos, puedo proseguir, si hay un querer
decir de las palabras ahora debo hacer silencio de lo que me dicen casi
siempre, para poder continuar ese querer decir y llegar así o ser llevado a otro
lugar ¿Cómo es esto? Yo no digo nada, ellas dicen. Alguien escucha. Si
"yo" escucho y no digo, el "yo" no está.
Silencio. Escucho.
Poner en suspenso lo que me dicen las
palabras para hallar el querer decir de las palabras es poner en suspenso
lo que cotidianamente me dicen a mí esas palabras.
Lugares transitados, gastados innúmeras veces
sin la sorpresa del nuevo encuentro. Rutina repetida y reiterada: ya sé lo que
me van a decir.
Ahora bien, puede que usted crea, y con justa
razón, que es mejor dejar a las palabras donde están, que es mejor no tocarlas.
No se lo voy a discutir. Si usted piensa así, es lo mejor que puede hacer, no
tocarlas, pues si lo hace no sabrá adónde pueden conducirlo y eso es sumamente
inquietante.
¿Qué? Es sumamente inquietante perder las
referencias precisas, perder los senderos hollados tantas veces.
No y no, definitivamente no. No se lo
aconsejo.
Claro está que si usted ha conservado algo
del deleite infantil por degustar nuevas palabras y nuevos pensamientos puede
continuar por este camino nuevo.
¡Ah! Se dio cuenta, hemos dejado de
considerar a las palabras como muñecas rusas para que se transformen en caminos.
Sí, las palabras se transforman y no sólo
eso, sino que también nos transforman.
1993
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al autor: srocchietti@ciudad.com.ar
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