¿QUÉ? UN INTELECTUAL
Sergio
Rocchietti

Sapere
aude
Atrévete
a conocer
-Preludio-
El intelectual
nace en la Edad Media ¿Quién lo engendra? La ciudad, la división
entre escuela monástica y escuela urbana, y además, las universidades;
aunque el término será acuñado en el siglo XIX, se lo debemos
al escritor E. Zola.
El maestro
de escuela era, en aquélla época, siglo X, al que hubiéramos
podido llamar intelectual. De escuela de ciudad, valga el énfasis,
pues esto va a destacar la relación estrecha, de origen, entre
el intelectual y la ciudad. Recréese mentalmente la imagen de
una ciudad medieval, y se advertirán fácilmente las diferencias
con una ciudad actual. Es tan necesario percibir lo continuo como
lo discontinuo; para nuestro tema, es la cuestión del mercado
del saber. Podemos rastrearlo desde la antigua polis (ciudad)
griega, adonde iban los sofistas a enseñar por dinero, como agregaría
Sócrates; desde allí hasta la universidad del siglo XIII, o a
la academia renacentista de Marsilio Ficino (Florencia), o a los
"enciclopedistas" franceses, o al profesor kantiano
del siglo XVIII, o hasta hace poco tiempo, mayo del '68. Va a
haber fracturas como similitudes, convergencias y divergencias.
Lo persistente será un mercado del saber.
¿Y qué es un
mercado del saber? Algo que se va constituyendo con el
paso de los siglos y que comienza con un dracma en Grecia, con
el cual se podía comprar el libro de un sofista, para continuar
con Aristóteles siendo pedagogo de Alejandro Magno, y así podemos
llegar hasta la bomba atómica. Una relación entre saber y poder,
para simplificar la cuestión y también citar a F. Bacon cuando
sostenía, acertadamente, que "saber es poder".
El mercado
del saber establecerá una y múltiples relaciones entre el
saber y el poder.
No es nuestra
la ocasión para delimitar esos pasos y figuras de los nombres
del conocer junto con las manifestaciones epocales del poder.
Eso lo dejamos para el porvenir.
-El intelectual,
hoy-
¿Quién es el
intelectual, hoy? ¿Es un lugar? ¿O no es más que una figura de
la obra monumental de Hegel, La fenomenología del Espíritu, -la
octava para ser precisos- la del saber absoluto?.
J.Lacan retoma este saber absoluto para transformarlo en el sujeto
supuesto saber. De absoluto a supuesto. El sujeto supuesto
saber no es otra cosa que la suposición que se ubica en el horizonte
del "hay el lenguaje", y por lo tanto -aquí comienza
la suposición- en ese horizonte se yergue una figura humana. Necesidad
siempre reiterada, nunca concluida, de que en esa forma podamos
reconocer que hay alguien y no más bien nada.
Encarnar, por favor que se encarne. Un cuerpo sostiene mi ignorancia
¿O es que acaso no solemos hablar de "corpus", cuerpo
de conocimientos? Hay alguien que causa, que provoca, que fascina;
lo vea o no, sé que hay alguien allí. Si camino lo encuentro;
si espero, vendrá porque ya está aquí. Mientras hablo o mientras
callo. Está.
Intelectual
es aquel que ayuda a percibir una intelección nueva, que está
allí, pero que no "se ve" todavía sin su indicación.
O es aquel que tiene respuesta para todo lo que se le pregunta.
Estos son dos modos de existir de la intelectualidad de hoy. Nos
estamos refiriendo a lo que se le pide, al modo en el cual se
acude ante determinados "nombres" -todos sabemos quienes
son los hacedores de opinión- para que nos cuenten lo que saben
acerca de tal o cual tema, problema o suceso.
Pero si ahondamos
un poco no nos queda más que decir: el intelectual hoy no existe
porque no hay el intelectual.
¿Debemos concluir
ya y proponer la caducidad de esta palabra? ¿O debemos volver
a aquella vieja distinción platónica, la de la doxa, opinión,
y la episteme, saber? Aunque Freud agregaría: "hay
saberes y saberes, ignorancias e ignorancias". Lo cual
nos llevaría a plantear el problema del saber y su relación con
la ignorancia. Pero dejemos esto. Continuemos. Dijimos, no
hay el intelectual, pero hay el perito. Es reconocida
la pertinencia de la intervención en determinados temas de determinados
profesionales. Así, si el intelectual puede haber sido desde un
escritor a un artista plástico o un autodidacta, hoy el que ocupa
este lugar es el profesional, quien, desde las miras cada vez
más estrechas de su disciplina puede proferir -si se le acerca
un micrófono- palabras e interjecciones en una jerga absurdamente
específica. Y así, el negocio continúa, inalterable: el mercado
-ya no del saber- perpetúa lo despiadado de un dispositivo económico
que reduce el ser a la subsistencia o reduce el ser a la opulencia.
Da igual. Reduce.
¿Se puede pensar
en la existencia cuando duele el estómago vacío? No. ¿Se
puede pensar en la existencia cuando duele el estómago lleno?
No. ¿Se puede pensar en la existencia? No, vea televisión.
¿Se puede pensar? No. Mejor que pensar es obedecer. Obedecer
a los intensos impulsos provenientes de las in - satisfacciones
propuestas en la "aldea global", ¡gracias Mac
Luhan!, o lo que es lo mismo, en aquello que hace masa hoy.
-Premisa-
Hoy no hay el
intelectual. Hoy hay la masa virtual.
Masa virtual
que todo hogar alberga, desconocidos pero juntos, fascinados e
incomunicados, ¿hipnotizados?. Las masas televisivas, masas virtuales,
son nuestras más numerosas agrupaciones de la actualidad. Millones
de personas contemplan el mágico aparato de luz, sonido y movimiento.
Desde su invención, toda realidad se transforma en realidad virtual.
Si quisiéramos ser rigurosos diríamos: toda realidad se transforma
en realidad virtual desde que hay lenguaje. No lo demostraremos,
sólo lo dejamos planteado.
-Corolario-
De la premisa
anteriormente expuesta: el show debe continuar. Léanse
con este corolario diversos hechos de la vida cotidiana actual
de las urbes (gimnasios, modas, disco, cuerpo, etc.), y adquirirán
éstos una nueva racionalidad.
El show debe
continuar,
¿no fue esa la canción final en un video clip, de un líder del
rock, en el momento en que la muerte real -no virtual- lo alcanzaba?
El show, lo que se muestra, lo que se ve, debe continuar;
el video, las imágenes crean el maquillaje para que no se horade
el placer de ver, para no ira más allá. Más allá. El show debe
continuar, las luces no se deben apagar; el escenario debe estar
siempre ocupado. Tengo que distraerme, divertirme. Si no. Si no.
Tedio. Aburrimiento. Si no. Aparecen preguntas. Preguntas sobre
mí. En mí.
¿Dónde
está el intelectual hoy? Encuéntrelo. Haga zapping
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al autor: srocchietti@ciudad.com.ar
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